Nos encontramos ante un destino impensable del sionismo para sus padres fundadores, quienes jamás hubieran imaginado que el Estado de Israel terminaría primero por ningunearlo y después por expropiárselo. A aquellos que crearon el movimiento judío de autodeterminación no se les habría ocurrido sospechar que Israel terminaría por convertirlo, por razones de «utilidad pública», en un mesianismo y sustraerlo de la historia contemporánea. Ninguno de los padres fundadores previó que, de agencia ejecutora de la visión de crisol de diásporas, el nacionalismo israelí, con sus órganos estatales, se apropiaría del sionismo sin otra indemnización que políticas expansionistas de seguridad y guerra permanente.
Este destino aciago tiene su historia. Tras proclamar la independencia israelí en 1948, Ben Gurión proclamó sin demora también el fin del movimiento sionista, dado que el Estado de Israel había sido creado. Las funciones fundamentales de relativas a la absorción de inmigrantes y la colonización sionista empezaron a ser ejecutadas por agencias del Estado de Israel, no por la Agencia Judía, un ninguneo que la Guerra de los Seis Días cambiará cuando Jerusalén convoque a la Agencia Judía Ampliada en 1968 con organizaciones anteriormente sionistas norteamericanas. Su afiliación a la Organización Sionista Mundial los comprometía a movilizar fondos y apoyar en gran escala la aliá (emigración a Israel) y ambiciosos proyectos de colonización. Desde entonces, la visión del sionismo estatizado y ampliado planificaba mucho más allá de la Línea Verde del pequeño Israel; el Gran Israel exigía colonizar los territorios ocupados de Cisjordania, Jerusalén Oriental, la meseta del Golán y la franja de Gaza.
A partir de 1977, la transformación del movimiento sionista en una agencia expropiada que implementa políticas del nacionalismo israelí será dirigida por la derecha sionista en el poder que relevó al laborismo. Pero aun el gobierno laborista de Rabin, que negociaba con la Autoridad Palestina los Acuerdos de Oslo I y II, excluyó a la Organización Sionista Mundial en la movilización por la paz en comunidades de la diáspora y en círculos juveniles e intelectuales.
Finalmente, las coaliciones de extrema derecha mesiánica, lideradas por el populismo de Netanyahu junto a partidos kahanistas fascistas y ultraortodoxos antisionistas, culminan la liquidación no solo de la paz con los palestinos: Netanyahu apresuró la apostasía de la ideología sionista del movimiento de liberación nacional del pueblo judío en un credo irredentista mesiánico para crear el Estado-apartheid de Judea y Samaria.
Ahora bien, el último de los padres fundadores del sionismo, Nahum Goldmann, fue el único en advertir lúcidamente sobre este proceso de ninguneo, estatización, expropiación y militarización del sionismo por parte del Estado de Judea y Samaria.
A cuarenta y cuatro años de su muerte, me honra recordar hoy al olvidado visionario, brillante intelectual y diplomático sionista del pueblo judío, Nahum Goldmann, presidente del Congreso Judío Mundial y de la Organización Sionista Mundial.
Nahum Goldmann (1894-1982) nació en Lituania y creció en Alemania en el seno de una familia judía reconocida. Estudió filosofía y derecho en universidades alemanas. Desde joven se identificó profundamente con el pensamiento sionista y, en la década de 1920, participó en la publicación de una revista sionista y en el lanzamiento del proyecto de la enciclopedia judeoalemana. En total, se publicaron doce volúmenes de la enciclopedia, diez en alemán y dos en hebreo.
Con el ascenso del régimen nazi, Goldmann interrumpió su labor intelectual al huir de Alemania a Suiza. En 1935, el gobierno nazi le revocó oficialmente la ciudadanía alemana. Procurando una solución a su nueva situación de apátrida, Goldmann recibió ayuda del estadista francés Louis Barthou para obtener la ciudadanía y un pasaporte de Honduras, dato que resulta casi desconocido. Ha sido un país latinoamericano, pues, el que le posibilitó al apátrida Goldmann volver a emigrar, esta vez a New York, donde continuó trabajando por la causa sionista representando durante varios años a la Agencia Judía.
En 1936, Goldmann ayudó a fundar el Congreso Judío Mundial junto con el rabino Stephan Wise, ejerciendo de primer presidente de su junta ejecutiva (posteriormente, ocuparía la presidencia desde 1949 hasta 1977, su época de oro). Durante el Mandato Británico, Goldmann participó en diversas causas sionistas, incluyendo negociaciones con los británicos para lograr la creación de un Estado judío. En particular, apoyó la partición de Palestina, argumentando que la soberanía era más importante que el territorio de Eretz Israel.
Además de su labor sionista, Goldmann defendió paralelamente los intereses judíos a escala mundial. En general, se ignora el hecho de que haya sido presidente del Congreso Judío Mundial desde 1949 y presidente de la Organización Sionista Mundial desde 1956 hasta 1968, cargos que, como se ve, se solaparon en el tiempo. Pero el sionista Goldmann nunca creyó que el Estado judío satisfaría las necesidades de todos los judíos; por el contrario, creía en la necesidad de una diáspora fuerte para la subsistencia colectiva del pueblo judío. Fundó la Conferencia de Organizaciones Judías (COJO) y participó activamente en otras causas en pro de los derechos nacionales y culturales de los judíos en el mundo, como la discriminación de los judíos soviéticos, y la necesidad de fortalecer la educación y la cultura, así como la importancia de desarrollar una vida judía dinámica en la Diáspora.
Tal concepción del sionismo provocó enfrentamientos ideológicos entre el sionista Ben Gurion, defensor de los intereses nacionales del recién creado Estado de Israel, y el sionista Nahum Goldmann, que velaba por los derechos nacionales y causas humanitarias en la diáspora judía global.
La distancia entre ambos líderes principalmente estaba dada por tres grandes diferencias ideológicas: el choque de los intereses entre la diáspora judía y el Estado israelí, el rol de la diplomacia internacional y la postura frente al mundo árabe.
Ben Gurión creyó fanáticamente que el verdadero sionista debía hacer aliá. Despreciaba el estilo de vida de los judíos en la Diáspora y chocaba constantemente con Goldmann, quien defendía su existencia como una cuestión vital a fin de garantizar su identidad étnica-cultural fuera de Israel.
En 1960, tras el secuestro del criminal nazi Adolf Eichmann, Goldmann sugirió que el juicio debía llevarse a cabo ante un tribunal internacional para darle mayor legitimidad global. Ben Gurión rechazó airadamente la idea, argumentando que solo el Estado judío soberano tenía la autoridad moral y el derecho nacional exclusivo de juzgar a los responsables del Holocausto.
En 1962, Goldmann obtuvo la ciudadanía israelí, pero a pesar de sus frecuentes visitas, nunca llegó a ser residente permanente, dividiendo su tiempo principalmente entre Suiza e Israel. Criticaba lo que consideraba la excesiva dependencia y admiración de Israel por su poderío militar.
Respecto de la política israelí hacia el Mundo Árabe, Goldmann criticó el enfoque militarista e intransigente de Ben Gurion y abogó constantemente por el reconocimiento mutuo con los palestinos y el Medio Oriente. En cambio, Ben Gurión priorizaba la fuerza militar y la seguridad del estado como condición existencial, sin comprender, según relató Goldmann en su libro, que los líderes árabes jamás aceptarían la presencia de un Israel militarizado en Medio Oriente. Goldmann solía decir que Ben Gurión veía los problemas del poder político y la soberanía desde la perspectiva de su pequeño kibutz (Sde Boker), mientras que él los analizaba con una visión global de la diplomacia internacional.
A partir de 1967, reprochó al gobierno laborista no adoptar una postura más conciliadora hacia los árabes. A pesar de creer en la centralidad de Israel para el pueblo judío, también estaba convencido, como sionista, de la dependencia israelí del apoyo del judaísmo mundial y de la legitimidad internacional de Israel. Los críticos israelíes atribuyeron el posicionamiento internacionalista de Goldmann —a su juicio, errónea—, a una «mentalidad» propia de la Diáspora. Sus principales objeciones tras la contienda bélica se centraron en los siguientes puntos:
1. Exceso de triunfalismo y militarismo: Goldmann advirtió en repetidas ocasiones que Israel había desarrollado una peligrosa «tendencia hacia un optimismo injustificado», confiando excesivamente en su victoria militar en lugar de aprovechar sus logros bélicos para buscar activamente tratados políticos de paz con sus vecinos. Su política hacia los territorios ocupados abogaba por una postura más flexible y pacífica. En el Congreso Sionista Mundial celebrado en Jerusalén en junio de 1968, exigió que se otorgaran mayores derechos o una solución justa a los árabes en los territorios bajo ocupación militar tras la guerra.
2. Alejamiento del propósito sionista original: Goldmann sostenía, además, con argumentos sionistas ideológicos, que la deriva nacionalista y expansionista posterior a 1967 alejaba a Israel de su propósito sionista original: ser un centro cultural único y espiritual. Su sionismo convenció a Goldmann de que «la singularidad de Israel le impide ser un país normal como todos los demás».
3. Asimismo, cuestionó la negativa israelí a adoptar un estatus de país neutral e internacionalmente garantizado; siempre estuvo convencido de que la seguridad a largo plazo de Israel dependía menos de las conquistas territoriales y más del consenso internacional y el apoyo de la Diáspora. En las antípodas de la doctrina de seguridad nacional, recomendaba que, en plena Guerra Fría, Israel adoptara una posición de neutralidad, sin comprometerse a la alineación con ninguno de los bloques mundiales antagónicos, como única posibilidad de velar por los intereses particulares de las diásporas judías que vivían en ambos bloques.
Hoy más que nunca resulta iluminador leer nuevamente algunos fragmentos del último capítulo de su libro, La Paradoja Judía. Conversaciones de León Abramowicz con Nahum Goldmann, cuyas reflexiones y críticas son muy pertinentes, pese a referir a hechos anteriores a los años 70:
• Sobre la desmemoria de las potencias coloniales y la memoria de los pueblos oprimidos:
Estoy absolutamente en contra del intento israelí de colonizar un territorio que se extiende entre la Franja de Gaza y el Sinaí, y de los planes de construir la ciudad de Yamit. La idea tendrá que ser descartada una vez que se haya alcanzado la paz. Los árabes no la aceptarán, y muchos israelíes mismos son hostiles a ella. Este tipo de empresa es el resultado de un error de cálculo por parte del gobierno israelí, que tiene la impresión de que, si Israel presenta al mundo un hecho consumado, el mundo se lo tragará. (…) Los árabes tienen la misma memoria histórica que los judíos. La raza semita es testaruda; no olvida nada.
En una gran reunión en Sydney, Australia, dije una vez que la mala suerte de Israel era tener por enemigos a los árabes en lugar de a los británicos. De hecho, los británicos tienen un genio para olvidar; en el espacio de una generación han perdido el mayor imperio del mundo, y a pesar de ello son muy felices: durante algún tiempo su principal preocupación popular fue quién iba a casarse con la princesa… ¿Se imaginan a los judíos en la misma situación? El Templo de Jerusalén fue destruido hace dos mil años, y nosotros observamos un día de ayuno anual en recuerdo… ¡Si hubiéramos perdido un imperio equivalente al británico habríamos tenido que ayunar dos veces por semana durante esos veinte siglos!
(…) Y si hace falta una prueba para demostrar lo absurdo que es atribuir un carácter inmutable a cualquier pueblo, basta con citar el ejemplo de Israel: en el transcurso de dos o tres generaciones, los israelíes se han convertido en lo contrario de lo que se suponía que eran los judíos durante los dos mil años de diáspora. (…) Son las diferentes condiciones de vida en la Diáspora y en un Estado independiente las que han producido un cambio tan sorprendente en un lapso de tiempo tan corto. Lo mismo podría ocurrir con los árabes, una vez liberados de los complejos de la dominación colonial y restaurados en un sentido de seguridad y respeto humano.
(…) El gran error de los sionistas fue su insistencia en monopolizar todos los puestos de poder. Sin embargo, imagínense la combinación de la perspicacia financiera y comercial judía con los miles de millones árabes: Oriente Próximo podría convertirse en una de las regiones más ricas del mundo. No cabe duda de que tomamos la dirección equivocada desde el principio y no prestamos suficiente atención a las advertencias de una minoría sionista con visión de futuro (personas como Buber, Kalvariski, Arlosoroff y otros) que intuían que se trataba de un paso en falso. A menudo señalo que si hubiéramos dedicado el veinte por ciento de la energía que gastamos en influir en los gobiernos británico, estadounidense, alemán y francés a influir en los árabes, nunca habría habido guerra, pero nos dijimos: «¿Qué importan estos beduinos? Es mejor convencer a Balfour, Wilson y Roosevelt». Un craso error.
• Sobre convivencia árabe-israelí y crítica al alineamiento con potencias imperiales:
La primera condición para el éxito es, por supuesto, que los judíos se adapten al mundo árabe. En mi opinión, los productores de petróleo tenían toda la razón; se comportaron brutalmente, pero no hay que olvidar que el mundo capitalista los explotaba cínicamente. Los gobiernos occidentales ganaban mucho más con la reventa del petróleo que los árabes con el precio del crudo. Gracias a la explotación del Tercer Mundo, los países occidentales vivieron una época de prosperidad sin precedentes. Pues bien, en este punto en particular Israel debería haberse puesto del lado de los árabes y no alinearse con Estados Unidos y los explotadores. Su posición en este problema ha tenido una consecuencia desastrosa, porque los árabes se dijeron: “Israel es decididamente un elemento extranjero. Es un agente del imperialismo y tenemos que eliminarlo”.
La prueba definitiva para los árabes de que el Estado de Israel interfería en su política internacional y, por lo tanto, no debía ser tolerado fue la guerra del Sinaí. No podían aceptar ni el ataque israelí que desencadenó el conflicto ni, mucho menos, la connivencia con franceses y británicos que, en represalia contra Nasser por nacionalizar el Canal de Suez, utilizaron a Israel como punta de lanza. Considero esa guerra como uno de los mayores errores de Ben Gurión.
Coda
Si Goldmann hubiera vivido hoy la situación de guerra permanente de Israel y la ola de odio antisionista en el mundo, no habría titulado a su último libro La paradoja judía, sino posiblemente El sionismo sentenciado, dento y fuera del Estado judío.
Nuevo antisemitismo. Guerras asimétricas en Gaza y desplazamiento semántico israelí = judío
Los sesgos de los medios que cubren las guerras asimétricas de Israel en Gaza logran alimentar retóricas antisionistas con tropos antisemitas. La guerra asimétrica más cubierta actualmente por lo medios internacionales es la que libra Israel en Gaza y Líbano —«asimétrica» porque es un combate desigual donde los bandos enfrentados tienen capacidades, recursos y tácticas radicalmente disímiles—. Se enfrentan el ejército estatal de una potencia militar contra actores no estatales que compensan su inferioridad de fuego mediante tácticas terroristas y la Yihad, la guerra santa.
Desde siempre las narrativas de guerras asimétricas pugnan por imponer sus respectivos sesgos en la cobertura de los medios masivos. Con el título de «Editar Palestina: Sesgo mediático en los manuales de estilo periodístico», la Revista Latina de Comunicación Social publicó un análisis icónico sobre la prensa anglosajona criticando su sesgo anti-palestino y la adopción de la narrativa israelí en Gaza. La conclusión de sus autores, Gretchen King y Denijal Jegić, es que el racismo y el sesgo anti-palestino forman parte integral de algunas políticas y prácticas de las redacciones anglófonas. Aún esperamos que el racismo y el sesgo anti israelí en medios de Iberoamérica también sean denunciados con similares categorías de la comunicación social.
Ahora me importa reflexionar acerca de si es posible que ciertas coberturas sesgadas de medios y organizaciones internacionales sobre guerras asimétricas en Gaza alimenten discursos de odio, sean discursos para demonizar a los israelíes y/o para deshumanizar a los gazatíes.
Leemos con frecuencia que un periodista sustituye el sustantivo para nombrar al ciudadano israelí a quien homologa al adjetivo etno-religioso judío para describir sus crímenes en devastadoras guerras asimétricas. Esta homologación proporciona el umbral semántico para leer un discurso de odio antisionista que valida y recicla antiguos tropos antisemitas. Tal sustitución en la cobertura difumina la línea que separa las acciones del ejército de un Estado militarizado y la del grupo etnorreligioso global al que se lo vincula, activando prejuicios ancestrales.

Crédito: Nahum Goldmann, 30 de enero de 1972. Fotografía: WorldJewishCongress. Licencia CC BY-SA 3.0. Vía Wikimedia Commons.
Luego de varias guerras asimétricas en Gaza, es posible comprobar que desde 2008 se disparó la virulencia del discurso antisionista. Durante el operativo «Margen Protector» de 2014 en Gaza, nueve años antes de la prolongada guerra de 2023, tanto Israel como Hamás fueron ambos acusados de haber cometido crímenes de guerra. La represalia israelí que costó la vida de 2.200 gazatíes (civiles, en su gran mayoría) provocó fuertes condenas internacionales. Pero la investigación del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas concluía que no solo el Tzahal, sino también grupos armados palestinos habían cometido «probables crímenes de guerra». Antes de la guerra en 2023, pues, ambos contrincantes eran inculpados por el incumplimiento del principio de distinción y proporcionalidad al atacar zonas densamente pobladas, hospitales y escuelas, incluyendo instalaciones de la propia ONU.
Previsiblemente, el gobierno israelí rechazó que la ONU equipare la acusación, argumentando que sus ataques respondían al legítimo derecho a la autodefensa y que, por el contrario, Hamás era responsable de utilizar a la población civil en Gaza como escudos humanos operando desde zonas residenciales. Pero a partir de 2023 la ONU dejó de lado el principio de equilibrio que condenaba a ambos bandos por la letalidad sufrida en sendas poblaciones civiles: aun cuando acusaba a Hamás junto a Israel de cometer crímenes de guerra, los cargos de ONU contra Israel comenzaron a ser muchísimo más graves. Sus informes le imputaban «crímenes de guerra, crímenes de lesa humanidad y el crimen de exterminio», además del «uso del hambre y la destrucción del sistema de salud como métodos de guerra». Peor aún, informes y comisiones independientes posteriores de la ONU tipifican las acciones de Tzahal como «actos de genocidio».
De modo contrastante, las acciones de Hamás eran tipificados con un rigor relativamente menor, como «asesinato intencional, homicidio doloso y ataques dirigidos deliberadamente contra civiles; secuestro de rehenes y malos tratos; actos de tortura, violencia sexual y de género». Indudablemente, tal penalización diferenciada de la ONU y otras ONG influyó en los medios. La cobertura de la guerra urbana asimétrica de alta densidad en Gaza con evacuación civil forzada después de que Tzahal destruyera sus hogares contribuyó a propagar tropos antisionistas con ribetes antisemitas. Los mecanismos lingüísticos y mediáticos que nutren discursos de odio son, entre otros:
1. El desplazamiento semántico: de ‘israelí’ a ‘judío’
El asiduo empleo del adjetivo ‘judío’ en lugar del gentilicio sustantivado ‘israelí’ para describir la fuerza militar de Tzahal representa algo más que un grave error deontológico de periodistas que cubren la guerra en Gaza y en Líbano. Varias son las razones:
• Responsabilidad estatal: la Fuerza Aérea pertenece a Tzahal, las Fuerzas Armadas del Estado civil y militar israelí, y no a una fe ni a un colectivo étnico transnacional.
• Activación del tropo de la culpa colectiva: al calificar el ataque como una acción ‘judía’, se transfiere la responsabilidad política y militar de un gobierno de extrema derecha en Israel a toda la población judía de la diáspora que no vota ni sirve en ese ejército. Al sustituir el gentilicio israelí (que no presupone una religión, etnia o lengua determinada) por el adjetivo judío, se responsabiliza a los judíos colectivamente (también a aquellos de fuera de Israel) por acciones militares del Estado de Israel.
• Si bien los manuales de estilo de periódicos internacionales exigen rigurosidad técnica, es usual que en crónicas de opinión o reportajes con carga emocional se filtren descuidos lingüísticos. Aunque la intención del cronista haya sido puramente descriptiva sobre el carácter del Estado-Nación, el efecto en el receptor que lee judío es esencializar el conflicto armado en términos religiosos y raciales.
2. El mito de la «crueldad congénita» y el infanticidio
Ha sido demostrado que tropos antisemitas históricos suelen mutar para adaptarse a las realidades contemporáneas. Uno de los más perversos es el libelo de sangre (la falsa acusación medieval de que los judíos mataban niños cristianos para fines rituales). Cuando un titular o crónica se redacta utilizando fórmulas repetitivas y de fuerte carga dramática como «la aviación judía mató mujeres y niños» de manera aislada, sin contextuar el operativo militar (por ejemplo, el uso de escudos humanos por parte de milicias o el fuego cruzado), la narrativa puede reactivar inconscientemente en el lector el arquetipo del judío desalmado perpetrador de infanticidios.
3. La asimetría militar por la superioridad tecnológica
En las guerras asimétricas de Gaza, el enorme diferencial del poder de fuego e infraestructura tecnológica entre Tzahal y las facciones palestinas tienden a generar la narrative invertida de «David contra Goliat». La descripción mediática insistente de un poder tecnológico implacable y exterminador que controla el espacio aéreo, los recursos y la narrativa, es fácilmente asociada con el tropo del «control global judío»; asimismo, con la hiperpotencia sionista manipuladora oculta detrás del «lobby judío» en EE. UU. El antisionismo radical instrumentaliza tales maquinaciones diabólicas para argumentar, con lógica conspirativa, que el Estado paria sionista opera al margen de las normas morales y humanas debido a una supuesta agenda supremacista.
4. La tenue línea que separa crítica política exterior de prejuicio
Es fundamental diferenciar la crítica legítima a las políticas de seguridad del Estado militarizado israelí de la incitación a discursos de odio. Las deficiencias en la precisión del lenguaje periodístico no solo reducen la calidad de la información, sino que operan como combustible involuntario para el prejuicio.
El reverso: lenguajes sesgados pro Israel que deshumanizan al enemigo
Ahora bien, por su parte, los lenguajes sesgados pro Israel también generan un búmeran antisionista. Una estrategia frecuente consiste en competir con la victimización de los palestinos para justificar los crímenes cometidos en Gaza. La cobertura sesgada durante las guerras asimétricas de Israel en Gaza y la de los ataques con drones y cohetes contra poblados israelíes frente a la Franja potencian discursos de odio antisionista, al resultar inverosímil toda impresión de equilibrio victimológico frente a las disparidades de poder militar y de destrucción de la población civil.
Tal efecto búmeran es comprobable cada vez que la hasbará (esclarecimiento) sionista retorna con frecuencia a la masacre del 7/10 para justificar los crímenes de guerra en Gaza. El designio es evidente: no solo se procura crear la ilusión de equilibrio letal entre las víctimas, sino que se trata de convencer también del sesgo de igualación para neutralizar acusaciones anti-israelíes. Pero el efecto resulta totalmente contraproducente: el discurso anti-sionista se radicaliza cuando la cobertura sesgada en la guerra asimétrica intenta convencer de una supuesta paridad de víctimas y daño, que desmiente la evidente desemejanza por el número de bajas.
El sesgo de igualación no solo procura ocultar asimetrías de sufrimiento y destrucción civil, sino que quiere inducir a la opinión pública a percibir la guerra como un choque irresoluble entre bandos opuestos, pero equivalentes.
Otra estrategia fútil para neutralizar acusaciones anti-Israel plantea la exclusiva fiabilidad de la información reportada solo por fuente israelí con el fin de sembrar dudas en los lectores sobre el número reportado de víctimas palestinas.
Del antisionismo durante guerras asimétricas en Gaza a los discursos de odio antisionista por la alianza Israel-EE. UU contra Irán
Ahora bien, no solo el discurso antisionista se alimenta de crímenes de guerra asimétrica en Gaza. También la cobertura mediática de la reciente guerra contra Irán, iniciada por la operación conjunta israelo-estadounidense, denominada Epic Fury por Estados Unidos y Roaring Lion por Israel (28/2/26) logró catalizar críticas antisionistas en Occidente por una guerra nada asimétrica. Además, el sesgo significativamente personalizado del discurso anti-israelí (olvidando que la sentencia de los Ayatolas de destruir a Israel sigue en pie) pareciera resultar en gran medida más virulento que la denuncia del antiimperialismo norteamericano.
Este ataque dispar se explicaría mediante dinámicas sociopolíticas, narrativas mediáticas y sesgos discursivos específicos que operan de manera asimétrica en la opinión pública occidental:
A. La despersonalización del «imperialismo» yanqui y la hiper-personalización judía de Israel y Netanyahu.
El antiimperialismo genérico y abstracto: las críticas a los EE. UU. suelen enunciarse en términos estructurales y macroeconómicos (geopolítica, imperialismo global, control del crudo, la OTAN, el complejo militar-industrial). Al criticar a Washington, sus enemigos occidentales atacan a una maquinaria estatal militar y hegemónica, y caricaturizan al impredecible Donald Trump como showman racista, bufón xenófobo y nacionalista blanco vinculado a la alt-right. Mucho más injuriosa es la caricaturización de Netanyahu, y como tiro por elevación, también de Israel: su premier es representado como figura omnipotente que controla a líderes, gobiernos y medios de comunicación (especialmente en Estados Unidos). Un ejemplo notorio es la caricatura publicada por The New York Times, que luego se disculpó, donde Netanyahu es ridiculizado como un perro guía que llevaba a un presidente estadounidense ciego y con una kipá. Después del fiasco de la reciente guerra contra Irán, es recurrente el cliché de Netanyahu embaucador por haber arrastrado a Trump a una falsa victoria en Teherán.
Además, a diferencia de la sátira política que muestra a Trump como bufón mentiroso, la prensa internacional y regional desfigura a Netanyahu con rasgos animales (nariz grande, orejas puntiagudas) y como vampiro (como el Conde Orlok de Nosferatu). También es deformado como demonio que manipula el mundo mientras ignora el sufrimiento ajeno. Todos estos son estereotipos fisonómicos, no de sátira política, sino de iconografía medieval y nazi que arrojaba a los judíos en el bestiario de monstruos chupa-sangre y traidores.
B. Antiimperialismo sistémico y antisemitismo travestido de antisionismo
A diferencia del antiimperialismo político, la crítica a Israel raramente se dirige contra un Estado-nación, semejante a la crítica de los EE. UU. imperialista. El discurso antisionista con frecuencia recurre a la personalización absoluta de Israel, la «judía entre las naciones». A tal fin, utiliza epítetos denigratorios de fuerte carga emocional. No se maldice a un país sino a una «entidad colonialista» y a su «doctrina supremacista», el sionismo. A Israel se le niega la condición de pueblo o nación: es un «apartheid» robado. Tampoco el antisionismo execra solamente al gobierno de ultraderecha israelí, ni denuncia a un estado beligerante, sino a un «régimen genocida». No sorprende, pues, que esta diatriba sesgada odie a un «ente» fantasmagórico, a quien se le decreta sentencia de muerte (véase el reciente libro del historiador Ilan Pappé, El final de Israel), una extremaunción jamás pronunciada por los antiimperialistas para el buen morir de EE. UU. El antisionista transfiere la culpa del plano político-estratégico-ideológico al repudio de la condición judía de sus ciudadanos. Y el resultado hoy es inaudito: las movilizaciones antisionistas en las calles de EE. UU. y Gran Bretaña son más clamorosas y tumultuosas contra Israel que las manifestaciones antiimperialistas en espacios públicos y universidades.
La reciente alianza Israel-EE. UU. impide llamar guerra asimétrica e impar contra el poderoso Irán. Sin embargo, a nivel mediático es posible analizar una asimetría en el modo en que cierta cobertura nombraba de modo diferencial a ambos enemigos a muerte. Si la infalible Fuerza Aérea israelí a veces era llamada la aviación judía, el gentilicio con el que se identificaba a los misiles y drones iraníes jamás se acompañó del adjetivo islámico, pese haber sido disparados por la Guardia Revolucionaria de la República Islámica.
Muy significativa es la diferencia entre el sesgo prejuicioso étnico y religioso del gentilicio oficial israelí, al cual varios periodistas homologan al adjetivo judío, respecto del gentilicio iraní, sin alusión a la religión del habitante de la República Islámica. Hasta la cobertura periodística que informaba del asesinato del ayatola Alí Jamenai en el ataque aéreo de precisión Israel-EE. UU., subrayaba solamente su rango político, no el religioso. La noticia informaba del «magnicidio que dejó a Irán sin su líder supremo, generando una crisis de sucesión» (sic).
Iraní es el gentilicio oficial, nacional y geográfico que designa a cualquier oriundo del país, sin importar su etnia ni religión. Mientras que ser ‘iraní’abarca a toda la ciudadanía, muchas personas de la diáspora prefieren identificarse como ‘persas’ para poner en valor su herencia cultural y evitar asociaciones políticas actuales.
Persa hace referencia a la etnia mayoritaria de Irán y a su idioma nativo, el farsi. Históricamente la mayor parte de la población iraní se identifica como musulmana chií, no como islamista, adjetivo político, no solo religioso. En Irán, el islamismo es la ideología del régimen teocrático de Ayatolas, no el gentilicio que nombra a sus ciudadanos. En cambio, hay numerosos cronistas que indistintamente informan sobre israelíes, judíos, sionistas o hebreos.
Pero cuando escriben sobre Irán, toman en cuenta su carácter multinacional y lingüísticamente diverso. Los persas constituyen el grupo étnico mayoritario (cerca del 53 % al 61 % de la población). El resto del país está compuesto por un mosaico de minorías étnicas asentadas principalmente en las zonas periféricas y fronterizas: azaríes (16 a 18 %); kurdos (10 %); luros (6 %), turcomanos (2 %).
Mientras que Israel es asociada a la nación judía, esos cronistas saben que el nacionalismo persa se opone a la ummah (concepto islámico que abarca a la comunidad global de creyentes), pese a que los ayatolas intentan sustituir el milenario orgullo cultural persa del pueblo por ese concepto islámico.
A diferencia del sionismo israelí que asocia el nacionalismo israelí también a la religión judía y al territorio bíblico, es un error etiquetar a un ciudadano iraní común como islamista.
C. El sesgo conspirativo israelí y su rol de instigador
A consecuencia de la alianza militar Israel-EE. UU., la narrativa de amplios sectores de la izquierda política y movimientos activistas antisionistas en Occidente denuncia que el Pentágono opera movido por intereses imperialistas de terceros en Oriente Próximo. Antes, durante y después del conflicto contra Irán, la cobertura periodística destacó el intenso cabildeo (lobby) y las presiones de Israel para frustrar un acuerdo diplomático y forzar el desmantelamiento nuclear de Teherán. Para la izquierda antiimperialista, Irán no es un régimen teocrático de Ayatolas que amenaza con destruir a Israel, sino una admirada potencia del Sur global que resiste con éxito la agresión del Norte global.
No sorprende, por tanto, que antiimperialistas occidentales posicionen a Israel no como el aliado secundario en la guerra de EE. UU. contra Iran, sino como el instigador ideológico de una guerra imperialista. Esta lógica explicaría una hostilidad mucho más virulenta contra el sionismo percibido como el «cerebro» de la agresión israelí que contra el brazo ejecutor norteamericano. Y mientras al imperialista Trump se le exige poner fin a la guerra y la retirada incondicional del Golfo, se naturaliza atacar con misiles balísticos a la población civil israelí como prolongación del boicot total contra la existencia de la «entidad sionista genocida».
Posdata
La airada nota de Ofra Rudner en Haaretz no logra comprender la situación, para ella «absurda»: mientras el movimiento WOK en EE. UU. convierte al sionismo en código cultural simbólico de la opresión de pueblos indigentes en el Sur Global, para los israelíes, ‘sionismo’ es apenas una reliquia en desuso de los padres fundadores del Estado. Lo «absurdo» de Rudner, en realidad, resulta el evidente síntoma del etnocentrismo de los israelíes encerrados en sí mismos, sin la interseccionalidad de quienes luchan por la justicia desde el Norte Global. En el mundo transnacional de hoy, se interconectan diversas formas de opresión. Por ello, el antisionismo puede ser adoptado ampliamente como una prueba de fuego obligatoria para los progresistas del Norte Global, vinculando la causa palestina con luchas globales más amplias por la justicia racial y social. El antisionismo ha sido transformado en el nuevo código cultural de combate por el Sur Global; no es propio de un partido político o de una corriente ideológica particular, sino que es adoptado como ideologema de una multitud de redes transversales progresistas. Simétrica, pero inversamente, la demonización de Israel es legitimada por el nuevo «sentido común» naturalizado del antisionismo, el cual orienta el modo radicalmente binario en que se interpreta el mundo entre opresores y oprimidos. Sin embargo, aunque Rudner describa al movimiento internacional de solidaridad con Palestina como un grupo de «personas desconectadas de la realidad, cuya oposición al sionismo es un eslogan vacío y carente de relevancia práctica», su propio pesimismo no está tan desconectado de la realidad.
En su opinión, los opositores al sionismo en el mundo «son unos «wookiees» que exigen la expulsión de los judíos de Israel, o al menos la disolución del Estado judío, sin presentar un plan alternativo. Varias de estas exigencias no están purgadas de tropos antisemitas en las movilizaciones pro palestinas en universidades de EE. UU., Europa y América Latina, según la nota «Woke Movement in Israel, the UK, and the United States: A Comparative Analysis» publicada en The Times of Israel el 13 de febrero de 2025.
Basado en denuncias de crímenes de guerra y la condena internacional de Israel, hoy el antisionismo procura hacer una interpretación determinista y fatalista según la cual la Naqba de 1948 culminaría en Gaza 2023-24. Pero esta tergiversación resulta históricamente tan falaz como pretender culminar inexorablemente los crímenes de las guerras India-Paquistán en Cachemira y Bangladesh como consecuencia ineluctable de la traumática Partición de agosto 1947, una partición que parió a la República Islámica de Pakistán al precio de 400.000 a 2 millones de musulmanes e hindúes muertos y 14 millones de refugiados forzosos, la mayor migración masiva del mundo que pagaron la independencia de la India y la creación de Pakistán, algo que no puede compararse con los 700 mil refugiados de la Naqba.
Esta partición del subcontinenete indostánico, al igual que la de Palestina tres meses después, fue la contextualización de procesos duales de división y construcción. Ambos países en pugna fueron asolados por una sangrienta violencia, con desplazamientos forzados y rupturas, desde el punto de vista tanto físico como etno-nacional. Pero la Partición de la India también engendró su descolonización, así como el nacimiento de nuevas naciones, Pakistán e Israel. Coincidentemente, dos repúblicas con nombres gentilicios religiosos —islámica, una; judía, la otra—.
Cabe preguntarse, entonces, cuál es la relación histórica entre partición y descolonización en Medio Oriente. A diferencia de Pakistán (convertida hoy en un país nuclear al igual que la India), Palestina no logró su descolonización en 1947 tras la propuesta de partición.
Pero si la Partición fracasó en 1947 para la creación de dos estados legitimados internacionalmente por la ONU, en 2026 resulta moral e históricamente injustificable evitar otra nueva e impostergable partición capaz de crear un estado palestino que coexista con Israel, opina Victor Kattan en el capítulo «The partitions of India and Palestine and the dawn of majority rule in Africa and Asia» de su libro The Breakup of India and Palestine.
La historia no debe repetirse
Hoy, quienes invisten a la causa palestina del ideologema excluyente de la descolonización en Medio Oriente condicionan la creación del Estado Palestino a la exigencia de destrucción del Estado de Israel.
¡Cuidado! La tramposa unanimidad del estado único es un eufemismo destructivo, tanto de palestinos antisionistas como también de rabinos y laicos sionistas mesiánicos en Judea y Samaria. La coartada de exigir que el Estado judío se disuelva en un solo Estado Palestino unánime, aunque democrático y plural, es tan engañosa como la unanimidad de los sionistas de ultraderecha ilusionados con que las guerras de 1948 y 1967 culminen con la guerra permanente de 2023-2026 y la transformación de Israel en el Estado unánime de Judea y Samaria.
¡Trabajemos esta vez para que la partición no falle! ¡Luchemos juntos por una justicia melliza, partida en dos entre israelíes y palestinos!
¡Cuidado con la unanimidad!