Teatro: La papa

¿Cuántas formas hay de ser judío?

Con una combinación de comedia, música y drama, La papa convierte una historia familiar en una reflexión universal sobre la convivencia. La pieza, escrita por Natalia Jesica Slovediansky, muestra que existen múltiples maneras de vivir el judaísmo y reivindica el valor de la inclusión frente al fanatismo.
Por Laura Haimovichi

Desde clásicos universales como Los hermanos Karamazov, La gaviota y El rey Lear, hasta más modernas y argentinas, como Un rato con él, La omisión de la familia Coleman y Los hermanos queridos, son muchas las obras de teatro en las que los dramaturgos exploran y abordan los choques y complejidades de las familias.

Escrita por Natalia Jesica Slovediansky, La papa es una comedia dramática deliciosa que lleva muchos años de representaciones, se ha instalado con el boca a boca en la cartelera porteña y ha girado por varios escenarios.

Trata, justamente, de la relación entre dos hermanas judías que eligen caminos muy diferentes para vivir las tradiciones y la identidad personal. El equipo que la lleva adelante arma una ceremonia colectiva, que es deudora de la suculenta producción judaica, donde la catarsis se hace presente tanto en los artistas como en el público.

Con risas y mucha emoción, la obra que puede verse los mediodías del domingo en Timbre 4, exhibe los efectos de la diversidad religiosa en los vínculos fraternos y nos muestra que hay diferentes formas de vivir el judaísmo. Considera la inclusión como la manera más enriquecedora de la convivencia.

Sin embargo, no será fácil al comienzo del cambio que una acepte las reglas estrictas de la otra, como dejar de cantar, usar peluca o vestirse como la mayoría de las mujeres.

Construida a partir de materiales biográficos de la autora y del director, Nicolás Salischiker, la obra narra los dolorosos debates y la fractura que se produce entre Nuni y Luli, muy unidas desde la infancia, cuando ya en la adultez la última decide abrazar la ortodoxia, en Buenos Aires, durante los años noventa. Nuni, por su parte, asistirá a las reuniones grupales de Ateos Anónimos, todo un hallazgo.

El inspirado elenco está conformado por Mariana Álvarez, Alejandro Ezequiel Cohen, Hernán Mira, Vera Rotman, Florencia Rodríguez Zorrilla y la propia autora. Algunos monólogos que aparecieron durante los ensayos se convirtieron en canciones para arribar a la versión definitiva.

La empleada paraguaya que las educó, el tío divertido y juguetón y un rabino cercano acompañan la transformación del vínculo, desplegándose en el espacio escénico, mientras las hermanas pelan y amasan las papas de los knishes, en la ficción de una cocina de un hogar de clase media. Las canciones de Gilda, el afecto y el humor colaboran en distender el conflicto y alivianar la crisis. Para la autora, que en principio había pensado en La papa como unipersonal, traer los sonidos de la cantante bailantera a la escena es homenajear también su lucha como mujer en un ambiente dominado por los hombres.

En la función que pudimos ver, la reconocida Madame Papin, con su característico estilo punk y sus tatuajes, tuvo una participación estelar cocinando junto al elenco.

El título del espectáculo es un tributo al protagonismo que el tubérculo originario de América ha tenido como alimento básico de la comunidad judía. Un elemento económico del que se sirvió en tiempos de hambruna, como la cebolla y la harina.

Los claroscuros, los deseos y la culpa tan propia de la religión emergen en esta pieza ágil y dinámica que ancla en el judaísmo, con una trama que puede ocurrir en cualquier estructura social primaria en la que un integrante elija salirse del modelo original. Las diferencias fraternas resultan un desafío para superar las grietas y darle continuidad al amor, de una forma nueva.

Temas como la existencia de Dios; la pérdida de un ser querido; el respeto por la ideología ajena y la búsqueda personal se hacen visibles en La Papa, destacando el valor de la diversidad en tiempos extremos de fanatismo e intolerancia, como el que nos está tocando vivir.