Hay una idea obsesiva, un perpetuum mobile, vuelve y vuelve.
Una minoría maldita que no ataca de frente, que se disfraza de ciudadano legítimo —vecino, profesor, periodista, legislador—, se infiltra y vulnera las fronteras reales e imaginarias para corroer desde adentro lo que no podría tocar desde afuera. Un agente foráneo, con velo o sin él, que pretende modificar nuestro estilo de vida. El objeto cambia, los contextos varían, pero muchos mecanismos se repiten. Esas construcciones delirantes tienen autores con nombre y apellido, con biografías que debemos conocer antes de iterar y reproducir con sumisión y sin criterio propio lo que escribieron otros.
La hija del Nilo
Gisèle Littman, nacida en El Cairo en 1933 en una familia judía, es expulsada de Egipto junto a su familia en 1957, en la ola de confiscaciones y persecuciones a la comunidad judía que siguió a la Crisis de Suez, y llega a Londres como apátrida, despojada de casi todo. Desde esa experiencia real de desplazamiento construye, bajo el seudónimo de Bat Ye’or —»hija del Nilo» en hebreo—, un andamiaje conceptual propio que despliega a lo largo de dos décadas. Ya en 1983 acuña «dhimmitude», el término con el que describe el estatuto histórico de subordinación de las minorías judías y cristianas bajo dominio islámico.
Diecinueve años después, en 2002, da el salto: acuña «Eurabia» y proyecta ese mismo concepto hacia el futuro de Europa entera, que en el libro homónimo de 2005 describe como un pacto secreto entre Bruselas y las capitales árabes para islamizar el continente a cambio de petróleo. Lo que había sido categoría historiográfica —discutida, pero referida a un fenómeno real— se transforma, sin transición argumental, en profecía civilizatoria. No hay ahí ingenuidad ni error de cálculo: hay una decisión, tomada con plena conciencia de lo que se estaba haciendo, de cambiar el oficio de historiadora por el de profeta del pánico.
Es importante hacer una corrección menor pero reveladora: no fue Fallaci quien acuñó «Eurabia», como suele repetirse y como todavía circula en no pocos medios en español. Fue Bat Ye’or, dos años antes.
Fallaci, en La forza della ragione (2004), masificó lo que la teórica de nicho no podía masificar por sí sola: seiscientos mil ejemplares solo en Italia. El error de atribución es casi un símbolo del fenómeno que este artículo describe: nos hacemos eco del megáfono y nos olvidamos de quien escribió la partitura.
Lo que empieza como advertencia termina como arma, y el arma no elige quién la empuña. En 2007 la extrema derecha flamenca invita a Bat Ye’or como oradora principal en el propio Parlamento Europeo. Seis años después de publicado el libro, un noruego llamado Anders Behring Breivik la cita en el manifiesto que redacta antes de asesinar a 77 personas, la mayoría adolescentes, en Utøya.
La epifanía del Hérault
Contraste de origen: no una refugiada sino un ex militante socialista francés que, en 1996, editando una guía turística del Hérault, tiene lo que él mismo llama una «epifanía» al notar rostros no europeos en pueblos viejos. De ahí nace, en 2011, Le Grand Remplacement: ya no un pacto entre cancillerías sino una sustitución poblacional deliberada, orquestada por «élites reemplacistas». Su traductor al alemán es Martin Lichtmesz, de la Nueva Derecha austríaca, publicado por la editorial de Götz Kubitschek, la misma usina que alimenta a la Identitäre Bewegung y nutre las usinas ideológicas de la AfD en Alemania.
Ninguna de las dos figuras necesita nombrar al judío como agente para que la estructura funcione: alcanza la arquitectura misma: una minoría infiltrada disfrazada de normalidad, una élite que conspira en las sombras, un pueblo puro que se diluye sin darse cuenta para que el molde quede disponible después para cualquiera que quiera volver a llenarlo.
El profesor como arma
Lo que en Europa se llamó Eurabia, en Estados Unidos se llamó marxismo cultural: distinto objeto, idéntico esqueleto, y el mismo día terminarían encontrándose en la cabeza de un mismo hombre.
William S. Lind, de la Free Congress Foundation, sistematiza desde 1994-1997 la idea de que la Escuela de Frankfurt planificó una subversión cultural de Occidente, y llega a decir, sin eufemismos, que «estos tipos eran todos judíos». El subtexto que en Bat Ye’or quedaba implícito, en Lind se vuelve explícito. Antes que él hubo un ensayista menor del entorno de Lyndon LaRouche, Michael Minnicino, cuyo texto de los años 90 sobre la Escuela de Frankfurt que el asesino noruego, Anders Behring Breivik, cita en su manifiesto; Minnicino, después de la masacre, se desdijo públicamente.

Breitbart lo sistematiza citando mal a Gramsci, Bannon lo convierte en programa político, y Milei lo recibe ya completamente digerido, sin genealogía, aplicado a estudiantes, periodistas, legisladores e investigadores como «terroristas disfrazados»; la forma pura, vaciada de cualquier referencia real.
Noventa minutos antes de Utøya
Breivik no eligió entre las dos matrices. Las usó juntas, en el mismo texto, noventa minutos antes de matar a 77 personas. Citó a Fjordman y a Bat Ye’or para el musulmán como arma, y a Lind para el profesor como arma. Para el pensamiento paranoico no son dos preocupaciones distintas: son la misma forma, aplicada dos veces, porque lo único que importa es que exista un disfraz que esconda al enemigo verdadero.
El loro y la partitura
Vivo en Europa desde hace más de cuarenta años, casi la mitad de mi vida. Nunca fui indiferente a la vida pública ni al mundo judío. Tampoco me alejé de la Argentina. Como dijo alguna vez el escritor Max Aub —nacido en París de familia judía franco-alemana, formado en Valencia, muerto en el exilio mexicano sin dejar nunca de sentirse español—, uno es de donde hizo el bachillerato. Yo lo hice en Buenos Aires, en el Nacional Roca, en el barrio de Belgrano. Por eso sigo mirando con atención, y con cierto dolor, cuando desde Argentina se compra el discurso apocalíptico de la ultraderecha xenófoba y racista de una «Europa invadida por el islam». Ahí no se distingue islam de islamismo, la fe de centenares de millones de personas y la ideología política de una minoría radicalizada dentro de ellas. ¿Es ignorancia, o es sesgo ideológico? Sospecho que las dos cosas, alimentándose una a la otra.
Los cantos de sirena de algunos autores de moda, cuya apostasía ideológica parece acompañar el ritmo de oscurecimiento de las democracias liberales, circulan, repetidos, sin análisis ni reflexión, en esferas políticas y gubernamentales de Israel y en buena parte del ecosistema mediático judío de la Argentina y de otras diásporas, que toman las consignas de Bat Ye’or, de Renaud Camus, de Lind, como papagayos, convencidos de estar defendiendo a los suyos cuando en realidad están reproduciendo, palabra por palabra, un vocabulario acuñado por gente que nunca tuvo en mente nuestra defensa sino la construcción de un enemigo total.
El mecanismo no necesita citar el libro para funcionar; alcanza con la cifra. Circula por streaming, por WhatsApp, por radios comunitarias, un número de musulmanes en Alemania que duplica al real, sin fuente, sin control, y nadie se toma el trabajo de restarle a esa cifra las tres o cuatro generaciones de ciudadanos alemanes que ya la componen. No es un desliz aislado ni un exceso de un día: es una maquinaria de desinformación insistente, que repite la misma cifra falsa semana tras semana, programa tras programa, hasta que la repetición reemplaza a la verificación y termina funcionando como prueba.
La exageración no es un error de imprenta: es el mecanismo mismo operando puertas adentro, con el mismo procedimiento retórico que usó Renaud Camus cuando su instinto racista le revela la existencia de figuras exóticas en sus pueblos del Hérault, en el Sur de Francia, y Lind con los nombres de miembros prominentes de la Escuela de Frankfurt. Es decir, se toma un dato real —hay inmigración, hay tensión cultural, hay delitos— y se lo infla hasta que deje de describir algo y empiece a evocar algo.
Mientras se infla ese número, hay otro silencio que debería preocuparnos aún más: esas mismas voces casi nunca nombran con la misma insistencia los peligros reales que nos acechan: el neonazismo que crece en las urnas europeas, la violencia de extrema derecha documentada por los propios servicios de inteligencia, el antisemitismo que llega de ese mismo campo que hoy se presenta como aliado. La cifra falsa no constituye un detalle menor del relato, sino que es el relato entero, condensado en un solo número que nadie se preocupa de verificar porque ya decidió de antemano lo que quiere que ese número diga.
Queda otra vuelta de tuerca que a esta altura ya no hace falta demostrar con manifiestos ni con fechas: quien hoy nos convoca como aliados contra el musulmán disfrazado de vecino, mañana nos va a poner en el lugar del judío disfrazado de intelectual, de periodista, de financista. Es el mismo molde, y el molde ya nos tuvo adentro antes. Lo sabemos porque fuimos, durante siglos, la minoría que se decía infiltrada en el cuerpo sano de la nación, el peligro que no venía de afuera sino que ya estaba adentro, disfrazado de ciudadano.
Por eso conviene una precaución elemental antes de prestarle el nombre judío a esta cruzada: quien necesita hoy nuestro miedo al islam para blanquear el suyo propio a la inmigración, no dejó de necesitar, en algún cajón de su cabeza, un enemigo interno que explique lo que no puede explicar de otro modo. Y ese cajón tiene mucho lugar libre.
No hace falta que Milei, Renaud Camus o Lind se propongan objetivos antisemitas: la forma que manejan ya se demostró, con manifiesto y con cadáveres, adónde conduce. La pregunta que nos importa no es la de sus conciencias, su moral o su estado anímico o psicológico. La cuestión esencial es si vamos a seguir siendo nosotros mismos los que le vamos cargando las balas a una causa que, tarde o temprano, siempre termina señalando hacia el mismo lugar.
Si esto sigue, el resultado ya lo conocemos porque lo escribimos nosotros, en otro idioma, hace un siglo: una comunidad que presta su historia de víctima para legitimar el próximo cazador, y que después, cuando el cazador se cansa del favor y busca presa nueva, descubre que ya no le queda munición con qué defenderse porque gastó los perdigones del argumento en la cacería ajena. No hace falta una teoría para frenar esto. Hace falta lo más aburrido y lo más difícil: pedir la fuente antes de repetir la cifra, preguntar quién escribió el texto que estamos por compartir, y animarnos a decirle a un amigo temeroso, sin desprecio, pero sin concesión, que el miedo que siente es real pero que el arma que le ofrecen para calmarlo no es suya. Fue forjada en otra fragua, y tarde o temprano, como toda arma, va a buscar a quien la sostenga.
Imagen de portada: Gisèle Littman.