Cuando la memoria ya no tenga testigos

Dentro de algunos años morirá el último sobreviviente del Holocausto. Quedarán los archivos, las fotografías, los testimonios grabados, los libros y las películas, pero desaparecerá la voz de quienes pudieron contar en primera persona lo que ocurrió. ¿Qué pasará entonces con la memoria de la Shoá? ¿Cómo evitar que una tragedia vivida termine convertida en un relato distante, institucionalizado y sin capacidad de interpelarnos?
Por Darío Brenman

Hay una escena que el mundo deberá afrontar dentro de no demasiado tiempo: ya no quedará nadie que pueda decir “yo estuve allí”. Nadie que pueda recordar el frío de un campo de concentración, el ruido de los trenes, el hambre, las selecciones, los nombres de quienes desaparecieron una mañana y nunca regresaron. El Holocausto seguirá teniendo documentos, fotografías, películas, objetos, archivos y millones de páginas escritas, pero habrá perdido algo irreemplazable: sus testigos.

La pregunta apareció mientras veía Bau: Artist at War, la película basada en la historia de Joseph Bau, artista, falsificador de documentos y sobreviviente del campo de concentración de Plaszow. Más allá de sus virtudes o defectos cinematográficos, la película provoca una inquietud que excede ampliamente su argumento: ¿quién contará el Holocausto cuando muera el último sobreviviente? ¿Qué sucederá cuando la Shoá deje definitivamente de tener una voz capaz de hablar en primera persona?

Durante casi ochenta años existió una generación capaz de establecer un puente directo entre nosotros y la Shoá. Hombres y mujeres recorrieron escuelas, universidades, museos, instituciones judías y medios de comunicación contando aquello que habían vivido, muchas veces repitiendo durante décadas la misma historia ante públicos diferentes. Detrás de cada número tatuado había una persona que podía reconstruir un rostro, una casa, una calle y una familia. Esa posibilidad está desapareciendo y, con ella, comienza otra etapa de la memoria.

Primo Levi comprendió tempranamente la complejidad del testimonio. Sobrevivir no convertía automáticamente a alguien en dueño absoluto del relato porque, para Levi, existía una paradoja terrible: quienes habían conocido hasta el final la maquinaria de exterminio eran precisamente aquellos que no habían regresado. Los sobrevivientes hablaban también por los muertos, como testigos de una experiencia colectiva cuyo último límite había quedado del otro lado. Pero durante décadas existió al menos una voz humana capaz de comenzar una frase diciendo: “Yo lo vi”.

¿Qué sucede cuando esa voz desaparece? El problema no parece ser la conservación de la información porque probablemente ninguna tragedia de la historia haya sido documentada con semejante profundidad. Existen kilómetros de archivos, fotografías tomadas por los propios nazis, registros administrativos, cartas, diarios personales, filmaciones, objetos recuperados, testimonios judiciales y decenas de miles de horas de entrevistas con sobrevivientes. Podemos conocer incluso los horarios de determinados trenes que llegaron a Auschwitz.

Pero memoria e información no son exactamente lo mismo. Un documento demuestra; un testigo interpela. Frente a un sobreviviente resulta difícil refugiarse en la abstracción de las cifras: seis millones es una cantidad prácticamente imposible de imaginar, mientras que una persona contando cómo vio por última vez a su madre en el andén de un campo de exterminio es otra cosa. De pronto, detrás de una estadística aparece una familia y detrás de esa familia, una vida.

El desafío de una memoria sin testigos

La historiadora y teórica alemana Aleida Assmann trabajó sobre la diferencia entre memoria comunicativa y memoria cultural. La primera circula entre generaciones que todavía pueden hablar entre sí: los abuelos cuentan, los hijos recuerdan haber escuchado y los nietos reciben todavía algo de aquella experiencia. Pero ese mecanismo tiene un límite biológico: los testigos mueren. Entonces comienza otra forma de transmisión y la memoria debe depositarse en instituciones, libros, monumentos, archivos, películas, escuelas y rituales colectivos.

El historiador Yosef Hayim Yerushalmi planteó en Zajor una tensión fundamental entre historia y memoria dentro de la tradición judía. Recordar nunca fue simplemente acumular información sobre el pasado, porque la memoria supone una relación entre aquello que ocurrió y quienes viven en el presente. Tal vez allí se encuentre el verdadero desafío que enfrentará la memoria de la Shoá. Porque el peligro no consiste solamente en olvidar: también podemos recordar de una manera vacía.

Podemos repetir “Nunca más”, organizar ceremonias, colocar coronas de flores, escuchar discursos cada 27 de enero y conseguir, paradójicamente, que aquello que debía incomodarnos termine convertido en un protocolo. La memoria también puede burocratizarse. Mientras existieron sobrevivientes había alguien capaz de romper esa comodidad. Una voz, un rostro o un silencio inesperado durante un relato devolvían el acontecimiento a su dimensión humana.

Las próximas generaciones no tendrán esa posibilidad y allí aparece una responsabilidad enorme para quienes heredarán la memoria sin haber vivido aquello que recuerdan. Hijos y nietos de sobrevivientes, docentes, historiadores, escritores, periodistas, cineastas, instituciones judías y museos tendrán que construir nuevas formas de transmisión. No para reemplazar a los testigos —porque nadie puede hacerlo— sino para impedir que su ausencia transforme al Holocausto en un capítulo distante de un manual escolar. El desafío será conseguir que una experiencia que progresivamente se aleja en el tiempo continúe interrogando al presente.

El cine ocupa en ese proceso un lugar particularmente interesante. Bau pertenece a una larga tradición de películas que intentaron representar la Shoá desde experiencias individuales y acaso allí radique una de las posibilidades más poderosas del arte: devolver nombres donde la maquinaria nazi quiso dejar números. Una historia personal puede conseguir algo que millones de datos no siempre logran: acercarnos emocionalmente a una tragedia cuya dimensión resulta casi imposible de comprender. Pero esa capacidad también implica una enorme responsabilidad.

A medida que aumenta la distancia temporal, crece la tentación de adaptar el pasado a los códigos narrativos del presente. Convertirlo en espectáculo, simplificar personajes, fabricar héroes fácilmente reconocibles o reducir acontecimientos históricos extraordinariamente complejos a estructuras cinematográficas convencionales puede modificar nuestra relación con aquello que ocurrió. La desaparición de los testigos vuelve todavía mayor esa responsabilidad. Porque llegará una generación que conocerá Auschwitz únicamente a través de representaciones.

La disputa por la verdad

Y al mismo tiempo aparece otro problema: el negacionismo. Cuando alguien niega hoy el Holocausto todavía puede encontrarse frente a una persona que estuvo allí; dentro de algunos años esa confrontación será imposible. El negacionista discutirá contra documentos, fotografías y grabaciones, pero ya no tendrá enfrente al cuerpo del testigo. La disputa por la memoria se trasladará entonces definitivamente al terreno de los archivos, la educación, la cultura y también las nuevas tecnologías.

Estas últimas plantean una paradoja extraordinaria. Existen proyectos que registraron durante horas a sobrevivientes para crear testimonios interactivos capaces de responder preguntas después de su muerte, mientras que la inteligencia artificial abre posibilidades todavía mayores. Quizás dentro de algunas décadas un adolescente pueda conversar con la representación digital de alguien que sobrevivió a Auschwitz. Será una herramienta educativa formidable, pero también una imagen inquietante, porque ninguna tecnología debería hacernos olvidar que esa persona ya no está allí.

Tal vez la pregunta inicial esté entonces mal formulada. No deberíamos preguntarnos solamente quién contará el Holocausto cuando ya no queden sobrevivientes. Deberíamos preguntarnos qué clase de memoria construiremos cuando ya nadie pueda corregir nuestro relato diciendo: “No fue exactamente así. Yo estaba allí”. Esa ausencia cambiará inevitablemente nuestra relación con la Shoá.

La generación de los testigos está desapareciendo y la nuestra posiblemente sea una de las últimas que todavía tenga la posibilidad de escucharlos directamente. Después quedarán sus voces grabadas, sus libros, sus fotografías, sus objetos y sus historias. Y quedaremos nosotros. La memoria pasará definitivamente a quienes decidamos transmitirla, y quizás allí comience la prueba más difícil: demostrar que una sociedad puede recordar incluso cuando ya no queda nadie vivo para recordar por ella.