Cuando el ídish canta la memoria

Las melodías de Mordje Gebirtig acompañaron durante generaciones la memoria afectiva del mundo judío. Una nueva edición en español de sus poemas y canciones invita a redescubrir la voz del trovador polaco que convirtió el ídish en un canto de belleza, resistencia y esperanza.
Por Laura Haimovichi

Muchos de nosotros hemos cantado o tarareado las exquisitas melodías folklórica de Yankele, oy mamenyu mayn o shlof shoyn, mayn kind. Las escuchamos en los antiguos vinilos que tenían nuestros padres y abuelos, con el sonido áspero y sucio de la púa, después en grabaciones de Basf o TDK. Con esas músicas, viajamos imaginariamente a las tierras originarias de los ancestros y percibimos las primeras señales de pertenencia, las raíces de nuestra comunidad.

Esos y otros títulos poéticos en idish, con las impecables selección y traducción al castellano, de Silvia Kot, acaban de ser compilados y editados por la editorial Libros del Zorzal, como un modo de rescate de su autor, el gran trovador polaco, quien entretejió palabras, notas y armonía, como un modo poético de resistencia.

Hijo de una familia obrera del barrio Kazimierz, en Cracovia, carpintero y autodidacta, sus composiciones sencillas dibujan el perfil del pueblo judío de su tiempo: 1877-1942. Su voz incluye la esperanza y el humor, mientras alberga los afectos familiares y la conciencia de las persecuciones y del horror que se avecina. Justamente, el artista fue asesinado en manos de los nazis durante una deportación masiva al campo de exterminio de Belzec. Tres millones y medio de judíos vivían por entonces en Polonia y al finalizar la guerra sólo quedaban 400 mil.

En febrero de 1942 se hacía publica la primera edición de su libro en Nueva York. En el prólogo se explicita la incertidumbre por el paradero de Gebirtig. “¿Se encuentra aún entre los vivos? ¡Quién sabe!”

El músico y letrista tocaba la flauta del pastor y creaba canciones en el piano, con un solo dedo. Sus referentes fueron los cantantes gallegos Broder que a su vez se inspiraron en los ejecutantes de instrumentos para casamientos. Fue militante del Bund, el partido socialista proletario, que abogaba por una segunda república autónoma judía. 

En La canción del país dorado, se presenta con toda su intensidad la melancolía por los tiempos idos. “Toma, buen klezmer, el violín en tus manos, toca para mí la canción del país dorado. Hace tiempo, mi madre, con todo su amor, me cantaba esa canción, ¡tocala para mí hoy!”

Réizele es una declaración de amor. Dice: “Se alza en esa callecita una quieta y pensativa casita. Adentro, en la buhardilla, vive mi querida Réizele. Todas las noches doy vueltas alrededor de su casa, lanzo un silbido y la llamo Réizele, ven, ven ven”.

Sobre la partida de la descendencia, vía casamiento, escribe: “Cuando con suerte, salud y vida, a nuestra hija mayor entreguemos, bailaré con mucha alegría, ¡por fin, un problema menos, bailaré, ¡ay!, bailaré con alegría ¡por fin! ¡un problema menos! Cuando vea ya a mi segunda hija, con su blanco traje de novia vestida, beberé y estaré muy contento, sobre el corazón un peso menos, beberé, ay, beberé contento, sobre el corazón un peso menos”.

Una voz que llamó a despertar

El grito desesperado llamando a su gente a no permanecer indiferente está en Brent, de 1938: “¡Se incendia, hermanos, se incendia! Sólo de ustedes depende el remedio. Y si aman a este pueblito nuestro, tomen sus herramientas y apaguen el fuego, con su propia sangre apaguen el fuego. ¡Demuestren que pueden hacerlo”!

Se sigue entonando a coro durante muchas de las conmemoraciones de la Shoá. Es el himno que nos recuerda las atrocidades sufridas por las víctimas del Holocausto y es una advertencia para el presente y el futuro, si tenemos en cuenta los pogroms de polacos contra judíos, que se sucedieron hasta hoy y otras acciones antisemitas en el resto del mundo.

“Cada generación tiene sus cantores y poetas populares. Muchos de ellos cantan para sí mismos, en el trabajo o en la mesa… Mientras viven, cantan… Mordje Gebirtig crea su canción en su hogar, embiste contra la puerta y las ventanas y llena la calle de canto, celebra en su poesía la vida judía, la pobreza, la miseria judía y pinta todos esos colores cálidos y auténticos”, escribió en 1936, el crítico Menahem Kipnis en una colección de las obras del cantor, titulada Mayne Lider.

El volumen contiene las letras originales, su transliteración a nuestro idioma, un índice completo, el alfabeto ídish y una playlist con información sobre interpretaciones icónicas, como las de la actriz israelí Lea Koning, el actor austríaco Theodore Bikel, la actriz del teatro IFT de Buenos Aires y el actor de Yentl, Mandy Matinkin, entre otras.

Hoy, la casa donde vivió el poeta con su esposa y tres hijas funciona como museo. Está emplazada en un edificio, el acceso es por una puerta de doble hoja, con puerta de madera y contiene desde fotografías hasta juegos de té e indumentaria suya y de su familia. En la documentación encontrada figura su nombre original: Markus Bertig.

Nos recuerda Kot que, en palabras de Isaac Bachevis Singer, “el idish aún no ha dicho su última palabra. Contiene tesoros que aún no han sido revelados. Era la lengua de mártires y santos, de soñadores y cabalistas, rica en humor y recuerdos que la Humanidad no podrá olvidar. De un modo figurado, es la lengua sabia y humilde de todos nosotros, el idioma de la Humanidad temerosa y esperanzada”.

En la ola de interés por el idish que surgió en los últimos años, descubrir y revisitar el poemario y cancionero de Gebirtig es una oportunidad para encontrarse con una parte de nuestra historia, dulce y amarga.