El 5 de octubre de 1988 será recordado por los chilenos de mi generación como un día histórico. Ese día, un pueblo aguerrido y organizado derrotó a la sanguinaria dictadura de Pinochet en un plebiscito diseñado y orquestado para que el dictador ganara, y así legitimara su gobierno y sus políticas neoliberales por ocho años más.
No ocurrió. A través de una campaña por el No sin precedentes, y de una movilización social entusiasta e incansable, la Concertación de Partidos por el No logró derrotar por medios pacíficos a una dictadura que contaba con todos los medios para imponerse: la televisión, el aparato del Estado, el dinero, el miedo. Nosotros teníamos otra cosa. Teníamos gente dispuesta a tocar puertas, a conversar en la feria, a explicarle al vecino que su voto valía y que su miedo era compartido. La alegría ya viene, decíamos. Y vino.
Ese mismo ambiente —esa mezcla de urgencia, terquedad y esperanza— es el que percibo hoy en la campaña de HaDemocratim, el partido de los Demócratas, por salvar la maltrecha democracia israelí.
Del abismo
Hay que recordar de dónde venimos, porque sin eso no se entiende nada. En las elecciones de 2022, el laborismo —el partido que fundó el Estado de Israel— obtuvo cuatro escaños. Meretz, la casa histórica de la izquierda sionista, del campo de la paz, de los derechos humanos, no alcanzó el umbral electoral y se quedó directamente fuera de la Knéset. Cientos de miles de votantes quedaron sin representación. Muchos dieron por muerta a la izquierda israelí, y no faltaban razones para pensarlo.
Ese mismo gobierno que asumió a fines de 2022 —el más extremo de la historia del país— lanzó de inmediato lo que aquí llamamos el golpe judicial: un paquete legislativo para someter a la Corte Suprema, controlar el nombramiento de los jueces y liquidar el único contrapeso institucional real que tiene un Estado sin constitución escrita y sin segunda cámara. Durante nueve meses, cada sábado a la noche, cientos de miles de israelíes salieron a las calles. Fue la mayor movilización civil de la historia de Israel. En el verano de 2023, el país estaba partido en dos y los servicios de inteligencia advertían —lo sabemos hoy por los documentos— que los enemigos de Israel leían esa fractura como una debilidad.
El día que el Estado desapareció
Y entonces vino octubre otra vez, pero con otro tono.
El sábado 7 de octubre de 2023, día de Simjat Torá, miles de terroristas de Hamás rompieron la valla y entraron a las comunidades del sur. Asesinaron a unas 1.200 personas, en su enorme mayoría civiles: familias enteras quemadas dentro de sus refugios en Beeri, Kfar Aza, Nir Oz, Netiv HaAsara; ancianos sobrevivientes de la Shoá; trabajadores tailandeses y nepalíes; unos 370 jóvenes en el festival Nova, cazados entre los campos mientras huían. Hubo violaciones, mutilaciones, cuerpos que tardaron semanas en poder identificarse. Y se llevaron a Gaza a unas 250 personas: bebés, abuelas, adolescentes, soldados. Fue el día más letal para el pueblo judío desde el Holocausto.
Lo que quiero subrayar, sin embargo, es lo otro: durante horas —en algunos lugares, durante más de medio día— el Estado de Israel sencillamente no estuvo. No llegó el ejército, no llegó la policía, no llegó nadie. El gobierno que había prometido seguridad por encima de todo, el que había dedicado nueve meses a pelear contra su propia Corte Suprema y a trasladar batallones a Cisjordania para proteger a los colonos, no apareció.
Quienes aparecieron fueron los ciudadanos. Vecinos de kibutzim con un fusil viejo defendiendo la puerta de su casa durante ocho horas. Beduinos del Néguev que salieron a rescatar jóvenes del Nova con sus autos particulares. Reservistas que se subieron a lo que encontraron y manejaron al sur sin órdenes. Y un general en la reserva de 61 años que se puso el uniforme, tomó su pistola, se subió solo a su auto y entró en la zona de la masacre para sacar de allí a chicos que se escondían entre los arbustos. Eso fue Yair Golan ese día, y eso es lo que sigue siendo: alguien que aparece donde hay que estar y dice lo que hay que decir.
En los días siguientes ocurrió algo todavía más revelador. La misma sociedad civil que llevaba nueve meses en la calle contra el gobierno convirtió su infraestructura de protesta en una infraestructura de rescate. Las salas de situación que servían para organizar manifestaciones pasaron a localizar desaparecidos, evacuar a más de 200 mil desplazados del sur y del norte, conseguir chalecos antibalas y cascos para reservistas que salían al frente sin equipo, alimentar a familias, levantar las cosechas que nadie iba a juntar, atender a huérfanos y viudas. Voluntarios hicieron durante semanas el trabajo que le correspondía al Estado, mientras los ministros eran echados a gritos de los funerales y de las casas de duelo.
Esa es la escena fundacional de todo lo que vino después: un gobierno fallido y una sociedad que se despertaba.
Tres años que no terminan
Desde entonces vivimos la guerra más larga en la historia de Israel. Casi tres años de combates en Gaza, con una destrucción y una cifra de muertos palestinos que ninguna persona decente puede mirar sin espanto; frentes abiertos en el Líbano, en Yemen, con Irán; decenas de miles de reservistas con 300, 400 días de servicio acumulados; una economía castigada; ciudades del norte vacías durante más de un año.
Y los secuestrados. Los rehenes pasaron dos años bajo tierra mientras el gobierno rechazaba acuerdos que sus propios jefes militares consideraban posibles. Recién el 10 de octubre de 2025 entró en vigor un alto el fuego negociado bajo presión de Washington, y tres días después volvieron los veinte rehenes vivos que quedaban. Los cuerpos siguieron regresando de a poco, con cuentagotas. El alto el fuego es frágil, se viola casi todos los días, y en Gaza no hay ley, ni autoridad legítima, ni un plan israelí para el día después: solo una improvisación permanente que nadie se anima a llamar por su nombre.

Mientras tanto, adentro, el desmantelamiento no se detuvo un solo día. La guerra frenó el golpe judicial apenas un momento y después lo aceleró, porque sirvió de anestesia. Uno tras otro, el gobierno fue removiendo, hostigando o vaciando de poder a todos los guardianes de la democracia: la fiscal general, destituida por hacer su trabajo; el jefe del Shin Bet, echado mientras investigaba a la propia oficina del primer ministro; la policía convertida en feudo político de un ministro condenado por incitación racista; la radiodifusora pública bajo asedio; el contralor del Estado presionado; los tribunales, la administración pública y hasta el sistema educativo colonizados por lealtades partidarias.
A todo esto hay que sumarle tres escándalos que en cualquier país normal habrían derribado un gobierno en una semana. El primero: casi tres años después, todavía no hay comisión estatal de investigación sobre el 7 de octubre, y el único que no asume ninguna responsabilidad es el hombre que lleva casi dos décadas gobernando. El segundo: mientras familias enteras entierran hijos y los reservistas pasan medio año lejos de sus casas, la coalición dedicó sus últimas semanas de vida a blindar del servicio militar a decenas de miles de jóvenes jaredim. Es el precio que Netanyahu paga por seguir en el poder, y lo pagamos todos.
Y el tercero, el más difícil de digerir: el Catargate. Tres hombres de su círculo íntimo están acusados de haber cobrado de Catar —el país que financió a Hamás durante años— para mejorar la imagen del emirato ante los israelíes justo cuando Doha mediaba en las negociaciones por los rehenes. La fiscal general se apresta a imputarlos por delitos contra la seguridad del Estado. Todos lo niegan. Pero la pregunta que queda flotando no es jurídica: quién le pagaba a la gente que le escribía los mensajes al hombre que decidía sobre la vida de los secuestrados.
Y está Cisjordania, de la que se habla poco en el exterior judío y menos aún acá: violencia de colonos contra aldeas palestinas, casas y autos incendiados, olivares arrasados, cifras récord de desplazamiento, y casi ninguna detención. Un territorio donde hace décadas rigen dos sistemas legales distintos para dos poblaciones distintas, y donde hoy directamente no rige ninguno para los violentos. Quien crea que eso se puede sostener sin que se pudra también la democracia dentro de la Línea Verde no entendió nada.
La calle como escuela
La calle, mientras tanto, no paró. Casi cuatro años de manifestaciones semanales: contra el golpe judicial, por el regreso de los secuestrados, por el fin de la guerra, por una comisión de investigación. En Kaplan, en Begin, en las rotondas de las ciudades chicas, en los cruces de carreteras, frente a la casa de Netanyahu. Con banderas, con carpas, con familias de rehenes que se convirtieron en la conciencia moral del país.
En paralelo, nuestros parlamentarios dieron la pelea en la Knéset: sesiones de obstrucción de madrugada, comisiones, recursos judiciales, una resistencia legislativa muchas veces solitaria contra una coalición decidida a aprobar todo lo que pudiera antes de irse.
En julio de 2024, el laborismo y Meretz hicieron lo que durante veinte años se había considerado imposible: unirse. Nació HaDemocratim, con Golan a la cabeza. Las primeras encuestas nos daban ocho mandatos. Ocho. Era poco, pero después del cero de Meretz, ocho era resurrección.
El precio fue una campaña sistemática de deslegitimación contra Golan. Cada frase suya fue recortada, tergiversada y amplificada por los medios afines al gobierno hasta convertirlo en el enemigo interno predilecto de la derecha. Lo llamaron traidor, lo acusaron de todo. Es una técnica conocida: cuando no se puede discutir el argumento, se destruye al que lo dice. En Chile también la vivimos.
Finalmente, el pasado 17 de julio la Knéset se disolvió y quedaron convocadas las elecciones para el 27 de octubre de 2026. Empezó la cuenta regresiva.
Volver a lo humano
Aquí está, para mí, el corazón de esta historia.
Ese mismo mes hicimos nuestras elecciones internas, y ocurrió algo que ninguna encuesta había anticipado: el partido pasó de unos 40 mil a unos 115 mil afiliados, la mayoría inscritos en los últimos días antes de las primarias. Casi el 90% participó en la votación. No fue un dato administrativo: fue una señal de que había una reserva de gente esperando que alguien le ofreciera un lugar donde pelear.
Y hoy los Demócratas estamos en todas partes. Somos, junto a un Likud muy golpeado, uno de los dos únicos partidos de verdad que quedan en Israel: los únicos con militancia real, con estructura, con presencia física. Los demás son marcas personales de generales y de ex primeros ministros, o representantes de minorías religiosas específicas: listas armadas alrededor de un nombre y de un estudio de televisión.
Somos el único partido que está hoy en la calle. Stands en las plazas y en los mercados, carteles que colgamos nosotros mismos de noche, una campaña masiva de llamadas telefónicas hechas por voluntarios, y sobre todo el uno a uno: la conversación personal, mirando a los ojos, con el que no está de acuerdo, con el que está cansado, con el que dice que ya no vota. Sin inteligencia artificial, sin ejércitos de bots, sin propaganda industrial ni microsegmentación comprada a una consultora.
Volver a lo humano. Porque esa es la principal fuerza del partido, y porque creo que es la única forma de reconstruir algo tan dañado como la confianza. Una democracia no se salva con un buen aviso de televisión. Se salva cuando suficiente gente decide dedicarle sus tardes, sus sábados y su voz a convencer a otra gente. Es exactamente el mismo músculo que se activó el 8 de octubre de 2023, cuando los voluntarios reemplazaron al Estado: la diferencia es que ahora no se trata de tapar el agujero que dejó un gobierno fallido, sino de reemplazarlo. Ese fue el registro electoral chileno del 88, casa por casa, plaza por plaza. Eso es hoy una mesa plegable en la estación de trenes de Binyamina o en el mercado de Tel Aviv, seis voluntarios y una bandeja de tomates cherry.
Once, quince y lo que venga
Los resultados llegan despacio pero llegan. Las encuestas más recientes nos dan once mandatos. Nuestra meta declarada es llegar a quince, y ya hay compañeros que quieren más y no están dispuestos a que les digan que es imposible. Yo, que vi cómo se derrotaba a Pinochet con una campaña de treinta días y quince minutos diarios de televisión, aprendí a desconfiar de la palabra imposible.
Nada está garantizado. La aritmética de la Knéset es endiablada y el bloque opositor todavía tiene que resolver preguntas incómodas sobre con quién está dispuesto a gobernar. Y así como en Chile el plebiscito del 88 solo abrió la transición a la democracia, también aquí el 27 de octubre apenas se abrirá la puerta para empezar a reparar la democracia israelí.
Pero esa puerta hay que abrirla. Y se abre como se abrió allá: con gente. Con el vecino que te dice que no vale la pena y al que igual le seguís hablando. Como el joven que repartía sándwiches a los vocales de mesa en 1988 y que hoy, con el pelo blanco, vuelve a pararse en una esquina con un cartel en las manos.
Este cansancio feliz, este volver a casa de noche después de horas en la calle con la voz gastada, es exactamente lo que sentía a los trece años en Santiago. Aprendí entonces de mi madre que la esperanza no es un estado de ánimo: es una tarea, y se hace a diario.
Ojalá este 27 de octubre podamos decir, en hebreo y en castellano, lo mismo que dijimos en Chile hace 38 años: que la alegría ya viene.