Insatisfechos

Tres amigos de la infancia se reencuentran después de cuarenta años y, al amparo de una noche de Villa Crespo, deciden compartir aquello que los desvela. Pero cuando cada uno expone sus angustias, las grandes tragedias de la vida terminan conviviendo con pequeñas preocupaciones, obsesiones y absurdos. Con humor y una mirada entrañable sobre el mundo judío porteño, Ricardo Feierstein construye un relato sobre la insatisfacción, el paso del tiempo y esa humana necesidad de sentir que nuestros problemas son, al menos por un momento, los más importantes.
Por Ricardo Feierstein

¿Sintieron que sus vidas privadas carecían de sentido? ¿Quisieron intercambiar pesares para acorralar la angustia?

Son tres paisanos de Villa Crespo. Se conocen desde la escuela primaria, que cursaron juntos: establecimiento público por las mañanas y “complementaria” judía por las tardes. Eso sucedió hace muchos, muchos años.

En los tiempos que siguieron hubo mudanzas, matrimonios, negocios, trabajos, esposas, hijos… Abraham instaló un negocio de venta de repuestos para automóviles y Santiago completó sus estudios de escribanía. Tomás fundó su propia inmobiliaria, luego de trabajar años como empleado en el mismo ramo.

Construyeron vidas separadas, pero mantuvieron contactos esporádicos: llamados telefónicos, reunión en alguna festividad judía. Los caminos se fueron bifurcando, de manera natural.

Cuarenta años después de esa formación escolar y barrial, Tomás decide propiciar un reencuentro para presentar los nuevos miembros de cada familia, compartir novedades -la consigna fue: “sólo se permite contar una enfermedad y mostrar fotos de un nieto”- y tratar de vincularse en esa instancia madura de la vida.

Todo ocurre según lo planeado. Asado, abrazos, presentaciones, noticias, situación política, estados contables de sus diversos emprendimientos. A la hora del café, los tres camaradas eligen aislarse en la terraza -donde la noche ya despliega sus oscuras piernas- para una confesión privada, amistosa, actualizada. “Los verdaderos amigos son los de la infancia”, insiste Abraham. Los otros asienten.

Tomás decide demorar su ansiedad. El secreto de la relación social está basado en la posibilidad de conquistar orejas ajenas. A los 60 años nadie posee demasiada paciencia para escuchar a otros y sí una (desesperante) necesidad de ser oído. Además, él admite algún impedimento para compartir cuestiones con sus viejos compañeros.

Su vida no ha sido sencilla. El hijo mayor falleció a los dos años de edad, por una meningitis fulminante. El menor, ahora de 29 años, realizó un circuito más o menos habitual -escuelas primaria y secundaria, carrera de contador público, noviazgo y casamiento-, pero provocó una profunda conmoción al presentar su pareja. Cristina -una muchacha simpática y agraciada- pertenece a una familia católica observante y algo cerrada, frente a la cual Sergio, su vástago, accedió a realizar una ceremonia de casamiento religioso en la iglesia del barrio.

Judío laico, de carácter pluralista y corazón amplio, no puede -con todo- evitar cierto sentimiento que le quita el sueño. Para colmo, en la última semana su médico le ha detectado una mancha en el pulmón que requiere urgente tratamiento. Pero quizá el dolor pueda soportarse si se transforma en historia compartida.

El insomnio es, precisamente, denominador común que pavimenta confesiones. Sorprendidas miradas que intercambian entre sus palabras revelan el síntoma: ninguno de ellos tres duerme bien por las noches.

-Cuenten cuáles pensamientos los obsesionan- propone el dueño de casa.

Los otros no se hacen rogar.

-La mala suerte- dice Santiago, atropellado. -Cada noche pregunto qué hice mal en mi vida, para ser castigado de esta manera.

– Te escuchamos.

-Estudié con mucho esfuerzo escribanía- cuenta. -Tuve suerte en mi trabajo -o soy un excelente profesional, modestamente-, porque pude acumular en estas décadas buena posición, clientela estable, recursos económicos y oficina equipada, sobre todo el último año, con las computadoras más desarrolladas del mundo en mi especialidad.

-¿Y?

-¡Mi hijo Aarón estudia Antropología y mi hija Lea acaba de ingresar a la escuela de Bellas Artes! ¡Ella quiere ser artista! ¿Pueden creerlo? La nena derrumba con su elección la última esperanza de trascender en la profesión. Mi firma es de las más renombradas, puedo transferirle todo armado como para vivir sin sobresaltos. ¡Pero no les interesa! ¡Uno investiga cosas marginales, la otra quiere ser pintora y ambos van a morirse de hambre! Entré en un proceso depresivo que, además de quitarme el sueño, me llena de pastillas y recetas.

Hipa con fuerza y contiene un momento la respiración, para tomar aliento.

-¿Qué voy a hacer con mi estudio cuando me jubile? ¿A quién le transfiero mi matrícula, que tiene tanto valor en el mercado? ¿Saco todo a la puerta para que se lo lleven los cartoneros que recogen la basura? ¿Tantos años de esfuerzo y trabajo para nada?

Queda abatido. Abraham se apresura a hablar, para sortear el difícil momento.

-Es duro lo que contás, Santiago. Pero creo que lo mío es peor.

-Sí, es difícil- agrega Tomás, con cara compungida. Nadie le presta atención.

Es el turno de Abraham, que carraspea antes de comenzar.

-Jaime, mi hijo mayor, nos presenta su novia. Raquel, chica buenísima, que alegró el almuerzo donde la conocimos. Inteligente, también: está por recibirse de doctora en bioquímica.

-¿Nu?

-Esperen. La semana siguiente conocí a sus padres. Paisanos honorables. Y en la charla surge, de pronto, una dificultad que no sé cómo resolver.

-¿Cuál?

-Ustedes saben que nuestra familia es socia del club Hebraica hace cuarenta años.

-Sí, recuerdo que te afiliaste siendo casi adolescente.

-Tenemos un chalet en el country del club, allá en Pilar. Comenté entonces a mi futuro consuegro que, en lo sucesivo podríamos compartir la familia agrandada todos los fines de semana, con hijos y futuros nietos. ¿Saben qué contestó?

-Si no lo decís vos…

-¡Son socios de Macabi! ¡Y hace años que transcurren sábado y domingo en el country de su club, que queda en San Miguel! ¿Se entiende? ¡Turnarse entre Pilar y San Miguel! ¿Qué haremos ahora con nuestras casas respectivas cuando llegue el sábado? ¡Estamos condenados a separarnos como enemigos, porque ninguno de los dos está dispuesto a cambiar de camiseta, después de tantos años…!

Es el turno de Tomás. ¿Sería posible hablar para olvidar? Hubo un silencio mordido de ansiedad.

-En realidad, escuchándolos a ustedes -dice-, comprendo que lo mío no es tan grave. Y seguramente es una falsa alarma. Según mi médico, debo tener una pequeña insuficiencia tiroidea por falta de yodo y ello me provoca insomnio. Lo resolveré la semana que viene, con unas pastillitas.

-¡Vos sí que tenés suerte!- exclaman a coro sus amigos.