Cuando conecto la independencia judicial, la falta de rendición de cuentas por el 7 de octubre, la necesidad de una comisión de investigación estatal, el lugar de la religión en el Estado, la relación entre judíos y árabes, el servicio militar ultraortodoxo y el futuro del conflicto con los palestinos, empiezo a ver que todos estos puntos a tratar forman parte de una misma disputa que va mucho más allá del nombre del próximo primer ministro y termina llevándonos a la pregunta que, para mí, definirán estas elecciones ¿Qué modelo de sociedad queremos para Israel?
Democracia e instituciones
En Israel 2026 están en pugna dos modelos de país cada vez más visibles.
El primero, hoy en el gobierno, empuja hacia un Estado con tendencias autocráticas, donde la religión adquiere un peso creciente en la vida pública, con una visión mesiánica del territorio, una identidad judía convertida en jerarquía política y una mayoría que busca debilitar los límites institucionales.
El otro busca con todas sus fuerzas sostener y profundizar una democracia sustancial basada en la igualdad ciudadana, el equilibrio de poderes, una justicia independiente, la libertad de expresión, los derechos de las minorías, la plena participación de los ciudadanos árabes, la libertad religiosa y secular y una mayoría que gobierne sin sentirse dueña del Estado.
Yo que provengo de una izquierda sionista que encontró su espacio político en Mapam y luego en Meretz, siento que llego a octubre sin un partido que me represente plenamente, pero con una prioridad clara: poner fin a la coalición actual, que empujó al país al desastre del 07/10, a una guerra infinita y en dirección de un modelo de gobierno iliberal, al que considero profundamente peligroso.
¿Por qué peligroso? Una de las preguntas que considero centrales es hasta dónde debe gobernar un gobierno legítimamente elegido.
Creo que una democracia muestra su profundidad real después del recuento de votos. Que una sociedad democrática reconoce como ciudadano pleno a quien piensa lo contrario del que gana, acepta que pueda ser derrotado, protege el derecho de las minorías a protestar y sostiene instituciones capaces de limitar al poder incluso cuando lo ejerce quien fue elegido.
En Israel estos puntos tienen un peso muy particular ya que no tenemos Constitución ni segunda Cámara, y el gobierno suele contar también con mayoría parlamentaria.
En esa arquitectura, la Corte Suprema, la asesoría jurídica y los organismos de control cumplen un rol esencial. En hebreo los llamamos shomrei ha-saf, הסף שומרי, los guardianes del umbral. No están para gobernar, sino para evitar que quien gobierna se crea el dueño exclusivo de la casa.
Desde allí se entiende la preocupación frente al relato de un supuesto deep state que impediría gobernar a los elegidos.
Cuando los límites al poder se presentan como enemigos del pueblo, como lo hace el modelo iliberal, la democracia sustancial puede vaciarse sin romper ninguna ley. Se debilitan instituciones en nombre de la voluntad popular, se deslegitima a los jueces en nombre del voto y todo control empieza a parecer una conspiración ideada para molestar al poder.

Sociedad e identidad
Por todo lo expuesto creo que las elecciones de octubre van más allá de una discusión entre izquierda y derecha. La frontera que me preocupa es entre quienes aceptan la igualdad política de todos los ciudadanos, incluso cuando nos derrotan, y quienes creen que una identidad religiosa, nacional o étnica otorga un derecho superior a definir las reglas comunes.
Esa diferencia atraviesa también nuestra relación con los palestinos. Una visión mesiánica del territorio reduce el espacio para cualquier acuerdo. Una visión democrática parte de una realidad en la que entre el Jordán y el Mediterráneo viven dos pueblos, ninguno va a desaparecer, y cualquier futuro deberá compatibilizar seguridad israelí y libertad palestina.
Netanyahu ocupa el centro de este proceso, aunque el problema va mucho más allá de su figura. Detrás de su gobierno existe una concepción de mundo sostenida por fuerzas religiosas, mesiánicas, cahanistas y ultraortodoxas que buscan cambiar el carácter del Estado y que seguirán presentes aun cuando Netanyahu ya no esté.
Por eso, sacar a Netanyahu es una condición necesaria, aunque no suficiente. Smotrich, Ben Gvir, las corrientes jaridim nacionalistas y el poder ultraortodoxo forman parte de un proceso más amplio que lo precede y lo sobrevivirá. Cambiar al primer ministro sin cambiar esa dirección sería cambiar al director mientras la orquesta sigue tocando la misma partitura.
Una sociedad puede convivir con diferencias profundas si conserva un suelo común desde el cual discutirlas sin destruir la legitimidad del otro. Puede haber izquierda y derecha, religiosos y seculares, judíos y árabes, nacionalistas y universalistas, personas convencidas de tener razón y otras de lo contrario. Lo que no puede perderse es la posibilidad de seguir compartiendo una misma conversación política.
Futuro político y responsabilidad colectiva
Cuando una sociedad deja de interrogar sus certezas, reduce su libertad. Octubre es más que un cambio de gobierno, es la posibilidad de preservar un Israel que siga discutiéndose a sí mismo, donde nadie deba probar su pertenencia, donde los ciudadanos árabes participen plenamente, donde religión y laicidad convivan en libertad y donde las instituciones se limiten mutuamente porque nadie posee una verdad que lo autorice a apropiarse del Estado.
En estas elecciones elegiremos quién gobernará los próximos cuatro años, pero también el país que recibirán las próximas generaciones. Esa es la verdadera dimensión de octubre: no solo quién gana, sino qué Israel queremos que continúe existiendo.
Rosh Hashaná: un deseo de renovación
Y como estas elecciones coinciden con el año judío, quiero cerrar con un deseo de Rosh Hashaná.
Que este año podamos cambiar el gobierno y también el rumbo, reparar el daño institucional, político y moral acumulado, reconstruir la confianza y los puentes rotos, y devolverle a la política la capacidad de imaginar un futuro que no esté dominado por el miedo.
Empezar de nuevo no es olvidar. Es asumir lo ocurrido, reparar lo que aún pueda repararse y tener el coraje de elegir otra dirección.
Shaná tová. Que podamos volver a reconocernos en nuestras diferencias y construir un Israel más justo, más libre, más igualitario más con estado al mundo y, sobre todo, mucho más humano.