Cuando el refugiado es el otro

¿Qué ocurre cuando el refugiado deja de ser una figura de nuestra memoria y aparece frente a nuestra propia frontera? Entre Israel, Ceuta y Melilla, Bielorrusia y Polonia, Darío Brenman recorre distintas formas de una misma contradicción: defender el derecho de asilo mientras se intenta impedir que quienes lo necesitan lleguen hasta nosotros.
Por Darío Brenman

Hay palabras que parecen indiscutibles hasta que deben convertirse en políticas concretas. “Refugiado” es una de ellas. Pocas sociedades cuestionan en abstracto el derecho de una persona perseguida a escapar y encontrar protección. El problema comienza cuando esa persona deja de ser una figura distante y aparece en nuestra frontera. Entonces, la solidaridad empieza a competir con otras palabras: seguridad, soberanía, identidad y demografía.

Israel ofrece un caso particularmente incómodo. Desde mediados de los años 2000, miles de eritreos y sudaneses atravesaron Sudán, Egipto y el desierto del Sinaí para llegar al país. Muchos escapaban de guerras y persecuciones y, en el caso eritreo, de un régimen autoritario que mantiene un servicio nacional obligatorio que puede prolongarse indefinidamente. Una parte de ellos lleva más de una década viviendo y trabajando en Israel.

La respuesta israelí encierra una paradoja. Durante años, muchos eritreos y sudaneses quedaron protegidos frente a la deportación sin obtener por ello el reconocimiento formal como refugiados. Permanecer no significó necesariamente pertenecer. Miles quedaron así en una zona intermedia: suficientemente perseguidos como para que devolverlos resultara problemático, pero no siempre reconocidos como refugiados con plenos derechos.

Hannah Arendt conoció esa experiencia en primera persona. Judía alemana, perseguida por el nazismo, apátrida durante años y finalmente ciudadana estadounidense, escribió en 1943 un texto cuyo título conserva una extraordinaria actualidad: Nosotros, los refugiados. Más tarde desarrollaría una idea todavía más perturbadora: el “derecho a tener derechos”. Porque los derechos que proclamamos universales pueden volverse extraordinariamente frágiles cuando una persona pierde la protección de un Estado.

La cuestión adquiere en Israel una dimensión histórica inevitable. La memoria judía del siglo XX está atravesada por personas que buscaron desesperadamente una frontera abierta y muchas veces encontraron una puerta cerrada. Esto no significa comparar la Shoá con las migraciones actuales ni sostener que Israel deba recibir indiscriminadamente a cualquiera que llegue a su territorio. La pregunta es otra: ¿la memoria de haber sido refugiado genera alguna responsabilidad particular frente al refugiado de hoy?

Pero sería demasiado cómodo transformar esa contradicción exclusivamente en un problema israelí. Basta mirar hacia otras fronteras.

Ceuta y Melilla, territorios españoles en el norte de África, constituyen una de las fronteras terrestres entre África y la Unión Europea. Durante años, miles de personas intentaron atravesar sus vallas. En mayo de 2021, alrededor de 10.000 ingresaron en Ceuta en medio de una crisis diplomática entre España y Marruecos. De pronto, hombres, mujeres y niños que intentaban llegar a Europa quedaron también convertidos en piezas de una disputa entre Estados.

En Melilla, en junio de 2022, un intento multitudinario de atravesar la frontera terminó con decenas de muertos. Las imágenes mostraron cuerpos, alambrados y fuerzas de seguridad. Europa, que después de la Segunda Guerra Mundial construyó buena parte de su identidad alrededor de los derechos humanos, volvía a enfrentarse con una vieja contradicción: proclamar el derecho de asilo resulta mucho más sencillo que administrar la llegada de quienes pretenden ejercerlo.

Zygmunt Bauman vio en esta tensión uno de los grandes dilemas contemporáneos. En Extraños llamando a la puerta analizó cómo refugiados y migrantes pueden convertirse, en sociedades atravesadas por la incertidumbre, en depositarios de temores que tienen causas mucho más profundas. El extranjero deja entonces de aparecer como alguien que escapa de una amenaza y comienza a ser presentado como la amenaza.

Algo semejante, aunque bajo otra lógica, ocurrió en 2021 entre Bielorrusia y Polonia. Miles de personas procedentes principalmente de Medio Oriente fueron conducidas hacia las fronteras orientales de la Unión Europea. Bruselas acusó al gobierno de Aleksandr Lukashenko de utilizarlas deliberadamente como instrumento de presión.

Allí apareció una figura todavía más inquietante: el refugiado convertido en arma geopolítica. Para Bielorrusia podía servir como herramienta contra Europa. Para Polonia representaba un desafío a la seguridad de su frontera. Entre ambos quedaron personas atrapadas en bosques y bajo temperaturas extremas, transformadas en piezas de un conflicto que no habían creado.

Túnez mostró otra versión del mismo fenómeno. En 2023, organismos internacionales denunciaron que cientos de migrantes, refugiados y solicitantes de asilo subsaharianos quedaron abandonados en zonas fronterizas próximas a Libia y Argelia, algunos sin suficiente agua, alimentos o refugio. Nuevamente, la solución parecía consistir en desplazar el problema hacia otra frontera.

Israel, España, Marruecos, Polonia, Bielorrusia y Túnez no son equivalentes. Sus historias, sistemas políticos y legislaciones son diferentes. Compararlos no significa sostener que todos hacen lo mismo. Lo que los conecta es una contradicción más universal: defendemos al refugiado mientras permanece lejos; cuando llega a nuestra frontera comenzamos a preguntarnos cómo impedir que entre.

En Israel esa pregunta posee una resonancia adicional. La Ley del Retorno expresa una de las razones históricas fundamentales del Estado: garantizar que un judío perseguido siempre tenga un lugar al cual llegar. Los eritreos introducen una pregunta distinta: ¿qué sucede cuando quien necesita protección no pertenece al pueblo judío?

Aquí aparece Emmanuel Levinas. Para el filósofo judío, la relación con el otro ocupa el centro de la ética. No se trata de que el otro sea idéntico a nosotros ni de que comparta nuestra historia. Precisamente porque es otro, su rostro nos obliga a interrogarnos sobre nuestra responsabilidad.

Ninguna filosofía elimina las dificultades concretas. Los Estados tienen derecho a controlar sus fronteras y refugiado y migrante no son categorías equivalentes. Tampoco existe una obligación de abrir indiscriminadamente un territorio. Pero entre una frontera completamente abierta y una puerta definitivamente cerrada existe un enorme territorio político, jurídico y moral.

Quizás allí resida el verdadero dilema. El refugiado resulta sencillo de defender cuando pertenece a la historia: el judío frente a las fronteras cerradas de Europa, el republicano español escapando del franquismo o el perseguido político de los libros. La dificultad aparece cuando deja de ser memoria y se convierte en presente.

Entonces tiene otro rostro, otro idioma, otra religión y otras costumbres. Ya no es el refugiado que fuimos o aquel con quien nos identificamos. Es alguien que está del otro lado de nuestra frontera pidiendo entrar.

Arendt preguntó qué ocurre cuando alguien pierde el derecho a tener derechos. Bauman advirtió sobre nuestro miedo ante los extraños que llaman a la puerta. Levinas colocó frente a nosotros el rostro del otro.

Tal vez los eritreos en Israel, los africanos frente a Ceuta y Melilla y quienes quedaron atrapados entre Bielorrusia y Polonia formulen, en lugares distintos, una misma pregunta: ¿qué valor tiene la memoria del refugiado que fuimos cuando el refugiado de hoy es el otro?