Leo Senkman, un militante contra el olvido

El siguiente texto fue parte de la presentación de “Utopistas latinoamericanos en Israel”, el último libro de Leonardo Senkman, realizada el 19 de agosto en Tzavta Usina Cultural. Daniel Colodenco recorre las historias de aquellos pioneros latinoamericanos que llegaron a Israel impulsados por el sueño de construir una sociedad utópica y, a la vez, reivindica la trayectoria intelectual de Senkman como investigador, escritor y “constructor de puentes” entre memorias, generaciones y mundos.
Por Daniel Colodenco

El texto que venimos a presentar aborda vida y destino de pioneros (jalutzim) latinoamericanos que hicieron aliá a Israel con el propósito de cumplir el sueño de realizarse de construir una utopía comunitaria como el kibutz. Recuerda a aquellos jóvenes que emigraron con el fin de construir una nueva civilización y construirse a la par como pioneros (Livnot ule hivanot). Pone en primera persona la voz de esos utopistas y cómo sus ideales y realizaciones fueron truncados o interferidos por la guerra, las vicisitudes que transformaron la sociedad israelí, cómo se alejó del objetivo inicial, cómo se quebró ese ideal utópico y su trasformación.

Leo transcribe el testimonio de esos pioneros y lo entreteje de una manera tal que ese discurso sea accesible a oídos contemporáneos, nos pone en escena y nos actualiza.

El término hebreo jalutz, en el hebreo de estas historias significa pionero y en el hebreo actual apunta a un adelantado o un delantero de fútbol. El término ya se usaba en el Pentateuco (Torá) en referencia a una vanguardia armada, que se adelantaba al resto de la tropa a fin de cumplir objetivos militares.

La palabra también se emparenta etimológicamente con el acto de descalzarse (jalitzá) en referencia al acto de una viuda que se descalzaba para repudiar al marido que se le proponía en reemplazo del suyo ya fallecido.

Jalutz (חָלוּץ): La Vanguardia y el Pionero

En el hebreo bíblico original, un Jalutz no era un agricultor, ni el responsable de una granja de aves ni el encargado de un establo, sino un soldado de la vanguardia, aquel que marchaba al frente del campamento o lideraba el combate (como se describe en el libro de Josué al cruzar el Jordán o en la toma de Jericó). En el hebreo moderno, el término evolucionó semánticamente para designar a aquellos pioneros que llegaban a trabajar la tierra a fines del siglo XIX y durante gran parte del siglo XX, abriendo camino para el resto.   

Para el Talmud, con su resabida creatividad e imaginación, el pionero por antonomasia, aquel que se atrevió a cruzar el Mar Rojo, aun antes que aguas fuesen divididas, fue Najshón ben Aminadav, de la tribu de Iehuda, mientras que el resto de sus compañeros desconfiaban de si las aguas se abrirían o no (Sota 33b). Para el Talmud, jalutz es alguien que confía, que cree y se anima antes que la mayoría.

Vayamos entonces al tema de nuestro interés, el libro de Leo: un texto que se presenta como de semblanzas pero que no se queda allí, se interroga, aclara donde falta, expande el sentido del relato cuando no alcanza. Conversa con los autores vivos de esos textos y trae a la vida otros que ya no tienen voz para contar. Los hechos narrados se suceden entre los momentos previos a la construcción del Estado hasta el acto criminal y genocida del 7 de octubre de 2023. Los testimonios expresan compromiso, ideales, decepciones, alegría, esperanzas como pocas veces. El abordaje no es el de una novela rosa. Leo reflexiona sobre esa tragedia, enfatizando la condición latinoamericana de un gran porcentaje de las víctimas y como ese detalle fue obliterado por los medios y los textos. Nos recuerda los esfuerzos de unos pocos en destacar esa singularidad.

Leo nos narra, recopila, entrevista, registra, comenta, mucho más allá de la mera semblanza, el abismo entre el ideal y la realidad, entre la utopía y la disgregación del modelo utópico. Entre el apropiarse de la tierra con el trabajo y la autoctonía de los beduinos.

Leo nos ofrece las semblanzas de esos utopistas latinoamericanos, “semblanzas no como bosquejos biográficos, son más concisas que una microbiografía, que resumen historias de vidas, imaginarios, ideas, valores, vocaciones y respuestas a la pregunta: ¿qué te hace ser tú mismo?” La semblanza como el arte de la distancia a ser escrita en ese exacto punto del umbral entre lo próximo y lo alejado del resplandor (aquí lo corrijo a Leo), que ilumina el semblante de quien aspira leer su semblanza.

Leo entreteje en sus semblanzas con los testimonios de los protagonistas, de aquellos que llegaron a Israel para contribuir a la construcción de una sociedad ideal, de sus experiencias “reales”, de sus amores, de sus tribulaciones, de su incorporación al ejército, de sus penurias por integrarse a comunidades precarias que estaban lejos de imaginar que serían suplantadas por las fábricas exitosas o los resorts para turistas en los que se transformaron algunos kibutzím.

Leo nos trae retazos de textos producidos por esos utopistas judíos latinoamericanos, textos que develan sus intereses, sus pasiones, sus historias personales. Su encuentro con el trabajo agrícola, con la precariedad, con los otros (árabes, beduinos) con sus nostalgias del país que dejaron, con las transformaciones copernicanas que sucedieron en Israel. Cada uno con su propia comprensión de estar cerca de un proceso de redención. Cuestiona que ese utopismo sionista, salvo excepciones, no haya considerado al judaísmo como núcleo central de su proyecto.

Leo encara una manera personalizada y empática de traerlos al presente, de no olvidarlos, de no transitar por la tendencia a generalizar que, a veces, afecta la historia académica, que no se detiene en los detalles. Algunos de esos relatos me conmueven por cercanía, por conocer y estar vinculado con sus historias: la de Moshé Rozén y su esposa, la de Abi, el hijo de Moshé Korin. La de los hermanos Horn. El recuerdo amoroso del entrañable amigo Pesaj Zaskin y cómo sus padres se resistían a que materialice su aliá. El recuerdo de ese Pésaj pequeño, sereno, entrañable pero decidido, ostensiblemente comprometido y consecuente con sus ideales. Haberlo conocido personalmente me genera una doble emoción.

Leo rescata las voces de muchos de esos pioneros latinoamericanos, algunos de los cuales terminaron siendo asesinados como consecuencia del criminal ataque terrorista de Hamas del 7 de octubre del 23. No eran “totalmente inermes en el destierro” (en la diáspora) sino que murieron “en su propio país soberano”, nos recuerda. Las voces parecen vigentes, vivas, presentes. Leo tiene esa habilidad de hacer puentes entre el pasado y el presente, entre personas cuya interacción sería imposible sin su intervención. Suelo decirle que su rol es de “pontífice” no en el sentido de personaje papal sino de constructor de puentes.

Leo, sin ambages, menciona el kadish, oración judía que santifica la memoria de los muertos, como una manera elíptica de aludir a la muerte o fracaso del ideal jalutziano, parafraseándola con la caída de un ángel, a través de la elegía al ex miembro del kibutz Lehavot Habashán, Iosi Salzman.

Parafraseando a nuestro maestro común, Janán Nudel Z”L, quien nos recordaba “que hay un ideal posible. Lo hizo imposible que lo aprendiéramos antes de entender las palabras que lo representaban” “Es el hombre quien fracasa, no el ideal”.

Leo es escritor, historiador académico y un personaje central en la historia cultural de la judería argentina. Quizás el más prolífico académico judío latinoamericanos, ha abordado con detalle y minuciosidad, en más de una veintena de libros de los que ha sido autor o coautor, diversas dimensiones de la cultura judía en lengua castellana.

Conocí a Leo en 1970, cuando, en el edificio de la Midrashá, el de la calle Ayacucho, y el Seminario de Maestros Judíos, dirigía y dictaba junto con el Bebe Kliksberg, el seminario Borojov de historia judía. No solo era original, abordaba lo judío desde una perspectiva que nunca había conocido en la escuela judía. Fue uno de esos momentos fundantes de mi vida, de revelación de un horizonte novedoso, de una articulación fascinante entre el Zeitgeist setentista que se vivía en la Argentina de entonces y el ansia de un joven judío que tenía entonces solo 20 años, con una educación judía formal y convencional. Fue descubrir un mundo aún lleno de utopía, en tensión con la siniestra amenaza que estaba por desplegarse de manera despiadada y feroz.

Desde que nos fuimos haciendo amigos, demostró tener un notable espíritu de investigación, de cuestionamiento, de indagación, abordando temas incómodos, cuestionando lo que otros consideraban inamovible. Alguien que, aun a sus más de 80, produce, discute, polemiza, investiga, se interroga, cuestiona, descubre nuevos textos en la Biblioteca Nacional, imagina sus próximos libros. Habilita polémicas y conversaciones imposibles entre gente que jamás lo haría sin su articulación. En su terreno Leo es un jalutz, un adelantado, un pionero, un parteaguas. Alguien que navega por la incomodidad de decir verdades, de recuperar la voz de los que fueron olvidados, de los que no forman parte de la gran historia, de los que protagonizaron historias más pequeñas. Leo los trae al presente, los registra, magnifica sus voces. Leo no solo batalla por la memoria, quizás lo que mejor lo define, parafraseando a Iosef Jaim Ierushalmi, es su condición de militante contra el olvido, entendiendo que el antídoto del olvido es la justicia.