En este número especial de Rosh Hashaná quiero desmenuzar dos textos que llegaron casi juntos a mis manos: una conversación de Nueva Sociedad con el filósofo Michel Feher, judío belga de ascendencia húngara y fundador de la editorial Zone Books, a propósito de su último libro, Volver a ser judío; y una entrevista publicada en Jacobin a Pablo Stefanoni, jefe de redacción de la propia Nueva Sociedad, sobre su libro Un fantasma recorre el mundo. Ambos textos, producidos en el mismo círculo editorial de la izquierda latinoamericana —el entrevistador de Stefanoni, Mariano Schuster, es editor de Nueva Sociedad—, comparten el mismo síntoma con distinto vocabulario.
Feher: la genealogía como veredicto
El título completo del libro de Feher es más elocuente que el título solo: Volver a ser judío. El fin de un pacto de blanqueamiento recíproco. El título propone una salida: la recuperación de la condición diaspórica. El subtítulo contiene la tesis que sostiene la obra: la idea de un pacto de blanqueamiento mutuo entre los judíos y Occidente. Es una idea escrita con oficio y erudición genuina. También es una idea que, para sostenerse, necesita tergiversar bastante la evidencia.
Una genealogía forzada
Feher cita a Herzl, Ben-Gurión, Jabotinsky y Gordon para mostrar que los fundadores del sionismo despreciaban al judío diaspórico. Llega incluso a sostener que «no hay nada menos judío, en cierto modo, que Israel y el sionismo», porque el proyecto sionista se habría constituido sobre la premisa de desjudaizar a los judíos. De ahí extrae una conclusión absurda: la existencia de una dimensión antisemita constitutiva en el propio sionismo. Ese desprecio por el judío desarraigado formaba parte del lenguaje común de casi todo proyecto de regeneración nacional judía de la época, sionista o no; lo compartían bundistas, socialistas, sectores enteros de la Haskalá. Autocrítica interna, ansiedad identitaria de un pueblo que buscaba redefinirse frente a la modernidad: eso es lo que hay en esos textos. Convertirlo en prueba de odio hacia el propio grupo requiere borrar el contexto histórico en el que fueron escritos y leer con una lupa que solo agranda lo que conviene y sirve.
Herzl y el malentendido del aliado fiable
Algo parecido pasa con el pasaje de los diarios de Herzl sobre los antisemitas como sus aliados más fiables. Feher lo retoma para argumentar que, una vez asentados en Palestina, los sionistas demostrarían ser iguales a quienes los odiaban en Europa —tan nacionalistas, tan aferrados a la tierra— y ahí radicaría la verdadera cercanía con el antisemitismo. En este caso Feher establece una simetría estructural entre el proyecto sionista y el antisemitismo, como si compartieran una misma cosmovisión, e ignora una asimetría de fondo. Que Herzl haya identificado una superposición de intereses con los antisemitas —un win-win circunstancial: ellos querían que los judíos se fueran, él quería que se fueran— no significa que compartiera con ellos una misma visión del mundo. Ellos buscaban la desaparición de los judíos; él, su supervivencia. Una cosa es coincidir en el hecho puntual y otra muy distinta es tener el mismo proyecto.
El pacto que todo lo explica (y por eso explica poco)
El armazón teórico central del libro, el «pacto de blanqueamiento mutuo», es la parte más sofisticada del argumento y también la más peligrosa por lo bien que funciona como explicación total. Feher sostiene que a los judíos se les ofreció reconocimiento pleno como blancos, incluso como blancos ejemplares, a cambio de avalar que Occidente había superado su propio antisemitismo y de sostener sin fisuras al Estado de Israel. Es un modelo elegante. Es también un modelo que no deja resquicios: todo antisemitismo residual queda reducido a folclore tolerado, y toda crítica a Israel queda automáticamente blindada de sospecha. Lo que ese modelo no puede explicar es el antisemitismo que no tiene nada que ver con Israel —el conspiracionismo financiero, las teorías del reemplazo, el odio étnico que uno encuentra, por ejemplo, en la extrema derecha alemana actual—. Tampoco puede explicar el apoyo a Israel que no busca comprar blanquitud sino que nace de otras convicciones, religiosas, históricas o políticas. Un modelo que todo lo explica termina explicando poco.
A esto se suma el uso que Feher hace de «genocidio», «apartheid» y «limpieza étnica», que aparecen ya en su primera respuesta como datos de partida y no como categorías a demostrar. Son términos jurídicos e históricos con debates serios detrás, que requieren argumentos sólidos. Un análisis de puras consignas menoscaba el trabajo intelectual y se restringe al trabajo moral: separa a los buenos de los malos antes de que arranque el argumento.
El judío bueno es el judío débil
Pero el núcleo del problema, el que atraviesa todo el libro, es más viejo que cualquiera de estos argumentos puntuales. Feher reactiva, con sofisticación nueva, una idea que tiene una larga trayectoria en cierta tradición filosemita europea: el judío es una figura moralmente admirable en tanto y en cuanto sufre, es perseguido, vive desarraigado, cultiva la ironía frente a toda identidad fuerte. En cuanto ese mismo judío construye un Estado, se defiende con las armas de cualquier Estado y deja de ser víctima, se convierte automáticamente en sospechoso, en colono, en aliado incómodo de las peores derechas. Es la vieja matriz del judío bueno porque es débil. Apenas el judío tiene poder, deja de ser simpático. Feher actualiza esa misma fórmula: admira al judío diaspórico y desarmado, y se desentiende en cuanto ese judío decide vivir, defenderse y persistir.
El Bund, una nostalgia sin territorio
Hacia el final de la entrevista, Feher encuentra en el reciente interés por el Bund entre los judíos estadounidenses de izquierda un signo alentador: la recuperación de una tradición socialista, diaspórica y antisionista que, a su juicio, ofrece un imaginario capaz de integrar a los judíos no sionistas en la coalición multicultural que sueñan los socialistas demócratas contemporáneos. Es una evocación atractiva, y Feher tiene el cuidado de señalar, él mismo, sus límites: el Bund se organizó en la Zona de Asentamiento zarista, un contexto de segregación y miseria que nada tiene que ver con la vida de un judío neoyorquino o parisino del siglo XXI, y sus militantes no buscaban afirmar una identidad judía porque ya la tenían: la locura identitaria contemporánea todavía no había sido inventada.

Pero esa misma honestidad expone el problema de fondo: el Bund no ofrece un modelo, ofrece una nostalgia. Fue liquidado dos veces: por los propios bolcheviques, que desde Lenin lo combatieron como desviación nacionalista, y después por el nazismo, que exterminó a la base social que le quedaba en Polonia. Su desaparición no fue un accidente sino el resultado de haber quedado sin territorio ni protección estatal en el momento exacto en que ambas cosas se volvieron, para los judíos de Europa del Este, cuestión de vida o muerte. Convocarlo hoy como horizonte político es solo una pose, designa una sensibilidad cosmopolita, crítica, alérgica a la identidad cerrada, pero no responde a la pregunta que el propio libro plantea: qué hacer con el Estado —Israel— que ya existe.
Yoel Schvartz lo señaló muy bien hace unos meses en estas mismas páginas: quienes hoy invocan al Bund como bandera antisionista vacían el doikayt —esa apuesta concreta por transformar el lugar donde se vive— de todo contenido afirmativo, y lo convierten en pura denuncia retórica.
Ignoran así cómo manejarse con el aquí y ahora del doikayt de los más de siete millones de judíos que hoy viven, precisamente, en Israel. Feher no llega a ese extremo, pero tropieza con la misma asimetría: evoca al Bund como perspectiva sin preguntarse qué le exige ese mismo horizonte al judío que ya está ahí, en Israel, en su propio «aquí donde vivimos».
Volver a ser judío es un libro inteligente, bien escrito, académicamente prolijo. También es un libro que manipula citas, términos y pronósticos para confirmar una conclusión decidida de antemano: que el judío libre y soberano es, casi por definición, un judío que ha perdido su virtud.
Stefanoni: el mismo punto ciego con otro vocabulario
Casi al mismo tiempo que circulaba esa entrevista, Pablo Stefanoni publicaba en Jacobin una extensa conversación sobre su libro Un fantasma recorre el mundo. La primera mitad es un trabajo serio. Stefanoni discute con cuidado la categoría de «fascismo», cita a Paxton, a Griffin, a Gentile, y advierte —con razón— contra el abuso de las analogías históricas: «si todo es fascismo, la palabra deja de nombrar una forma específica de la derecha antiliberal». Es exactamente el tipo de rigor conceptual que uno esperaría de un historiador serio: enfrentar la discusión sin recurrir a consignas vacuas.
Esa disciplina se acaba en el momento exacto en que la conversación llega a Israel.
Cuando describe el trato que la ultraderecha israelí le da a los palestinos, Stefanoni aplica «genocidio», «apartheid» y «limpieza étnica» con la misma soltura que acaba de reprocharle a quienes usan «fascismo» sin cuidado.
El agujero central: el antisemitismo de izquierda no existe en su mapa
A lo largo de toda la entrevista, el antisemitismo aparece exclusivamente como instrumento de la derecha —contra musulmanes, contra la izquierda, como «sello kosher» para partidos con pasado nazi— o como patología histórica interna al propio sionismo. No hay una sola mención al antisemitismo que circula en el activismo pro-Palestina occidental, en el islamismo político, o en ciertos sectores de la propia izquierda que Stefanoni analiza con tanto detalle en la primera mitad del libro cuando habla del «castillo del vampiro» y la moralización identitaria. Es un punto ciego estructural: el mismo autor que sabe reconocer excesos, dogmatismos y fanatismos morales en su propio campo cuando se trata del lenguaje sobre género o raza, no encuentra ninguno cuando se trata de los judíos.
El «blanqueamiento» de Achcar, el mismo pacto con otro nombre
Stefanoni retoma del politólogo e historiador libanés Gilbert Achcar la idea de que los judíos fueron «blanqueados» por la derecha, incorporados como parte de Occidente. Es el mismo armazón que el «pacto de blanqueamiento» de Feher, dicho con otras palabras.
Butler: «entender» para relativizar
Stefanoni retoma sin ambages la pregunta de Judith Butler sobre «dónde empieza» la condena del 7 de octubre —si empieza ese día o si hay que remontarse antes, a la ocupación, para entenderlo—. Es una pregunta que relativiza la masacre. Reducir la condena únicamente a un cuadro específico absuelve a los terroristas de Hamás y diluye la argumentación en causales históricas nebulosos.
Stefanoni menciona de pasada que Hamás gobierna Gaza «de manera dictatorial» y reprime a su propia disidencia, pero no hurga en la cuestión, no busca, en la historia de Hamás y en su ideología aniquilatoria explícita, el mismo tipo de esquema inconsistente de validación. Buscar el contexto que «explique» la causalidad del crimen constituye un mecanismo exculpatorio indigno de un análisis serio y académico.
El mismo autor que enseñó a distinguir alarma política de comparación histórica, frente a Israel, olvida su propia lección.
Una salida que ninguno de los dos contempla
Hay una salida que ninguno de los autores contempla: que el propio Israel se corrija a sí mismo por las urnas. El gobierno actual, con su deriva etno-nacionalista y su desprecio por cualquier escenario que contemple la convivencia pacifica entre los dos pueblos, es quien mejor confirma sus prejuicios. Pero nada en la naturaleza del sionismo obliga a que sea así para siempre.
Como muchos de nosotros, tengo la gran esperanza que de las próximas elecciones salga una coalición capaz de restablecer el Israel judío y democrático, y que por fin les quite, de paso, la mejor prueba de sus sesgadas tesis.