Nacido en 1948, me tocó vivir en una de las épocas más estables de la historia judía. Un período que se contrapone a la primera mitad del siglo XX, que fue testigo de las grandes emigraciones judías hacia las Américas, el florecimiento de la cultura ídish, la expansión de movimientos políticos seculares —el Bund y el sionismo—, el Holocausto y el surgimiento del Estado de Israel.
Las casi ocho décadas transcurridas desde entonces estuvieron dominadas por la expansión avasalladora de la influencia del Estado de Israel sobre el judaísmo diaspórico. Una influencia que creció en paralelo al peso de Israel: en 1948, los judíos en Israel representaban poco más del 5 % del total mundial; hoy son alrededor del 50 %. El Israel recién independiente era un país exportador de productos agrícolas, con un ingreso per cápita bajo y dependiente del apoyo de la diáspora. Hoy es un país rico, productor de alta tecnología, con un ingreso per cápita situado en la franja superior de los países desarrollados. En 1948 era militarmente frágil y aislado; hoy es una potencia militar que mantiene relaciones con varios de sus vecinos.
El poder gravitacional de Israel fue creciendo con el paso del tiempo. En todas las comunidades —mucho más en las diásporas menores que en los Estados Unidos, aunque también allí—, el orgullo por las realizaciones del país en el campo de la ciencia y la tecnología, así como por sus victorias militares, pasó a marcar la identidad judía. Los símbolos del Estado de Israel se convirtieron en una presencia natural en los espacios comunitarios.
En las diásporas menores, como las latinoamericanas, la influencia fue particularmente abrumadora. En ellas, la mayoría de las escuelas judías se transformaron en instrumentos de una educación centrada en la identificación con el Estado de Israel, y los liderazgos locales pasaron a ser portavoces de la diplomacia israelí, con prácticamente ninguna autonomía.
2.
Todo indica que nos estamos aproximando, si no al fin de la hegemonía israelí sobre las diásporas, ciertamente a un declive de su influencia sobre sectores crecientes de las comunidades judías. De hecho, muchos pensadores judíos, ya antes de la creación del Estado de Israel, veían este distanciamiento como algo positivo, si no como el objetivo central del sionismo.[1] Incluso después de la independencia, diversos intelectuales en Israel proponían una identidad nacional israelí diferenciada de la del pueblo judío. Aunque estas propuestas no prosperaron, se mantuvo una corriente nacionalista hostil a la diáspora. ¿Cómo no recordar que, después de la firma de los Acuerdos de Oslo, autores como A. B. Yehoshua celebraron que se trataba de un primer paso para finalmente “normalizar” a Israel, cortando la dependencia psicológica, cultural y política respecto de la diáspora judía?
Más allá de los argumentos utilizados, el distanciamiento era de esperar. La experiencia de un judaísmo construido sobre la realidad social de ser una minoría es muy diferente de la de un judaísmo construido en torno al poder del Estado. En la diáspora, formar parte de un grupo minoritario determina una afinidad electiva con la valoración de la democracia, el Estado secular y los derechos humanos. En Israel, en cambio, la dominancia de corrientes ultraortodoxas y una situación de guerra permanente, alimentaron ideologías nacionalistas xenofóbicas, seculares y mesiánicas, que alejaron a sectores considerables de la población de los valores asociados a la condición diaspórica.
3.
A pesar de las profundas transformaciones culturales producidas por el Estado de Israel, no consiguió realizar su objetivo político principal: “normalizar” al pueblo judío. Normalizar, en el lenguaje sionista, significaba vivir en un lugar donde los judíos serían mayoría y estarían existencialmente seguros, sin temor al antisemitismo. El resultado fue que el “hombre nuevo” no se asemeja al diaspórico, pero tampoco está “normalizado”.
Las razones son conocidas. En síntesis, el mundo árabe no aceptó la partición propuesta por las Naciones Unidas y, desde entonces, Israel permanece en estado de guerra. A partir de 1967, la ocupación de territorios palestinos llevó al fortalecimiento de tendencias nacionalistas seculares y religiosas, unidas en el objetivo de anexar los territorios ocupados.
Las guerras y la inseguridad existencial vivida por Israel fortalecieron los lazos de solidaridad de la diáspora y favorecieron la tendencia a apoyar incondicionalmente las políticas de los diversos gobiernos israelíes. El Estado de Israel se atribuyó el derecho de representar a los judíos de todo el mundo y la diáspora se transformó en una fuente de recursos económicos, humanos y políticos.
Frente a la constante vulneración de los derechos humanos asociada a la ocupación de los territorios palestinos y al avance de tendencias teocráticas dentro de Israel —expresado en el control que el judaísmo ortodoxo ejerce sobre parte de las instituciones del Estado—, la mayoría de las organizaciones judías se mantuvieron calladas. Durante décadas, sectores de la diáspora, aunque discrepaban de la política de los gobiernos de Israel, mantuvieron sotto voce sus críticas a la política de ocupación y anexión de los territorios palestinos. Esta actitud era racionalizada bajo el argumento de que se trataba de una situación transitoria, hasta que se firmara un acuerdo de paz con los palestinos.
Todo indica que los acontecimientos desencadenados a partir de la masacre perpetrada por Hamás el 7 de octubre de 2023 profundizaron el malestar y la crisis moral y política en las relaciones entre Israel y sectores de la diáspora. El uso desproporcionado de la fuerza y manipulación de la ayuda humanitaria en el conflicto en Gaza, los pogromos periódicos de colonos contra la población palestina de Cisjordania están llevando a que el silencio obsequioso ya no sea posible.
El horizonte de paz prácticamente desapareció del orden del día y nada indica que el resultado de las próximas elecciones en Israel modifique de forma estructural los problemas de fondo, que son el producto de décadas y no solo del gobierno actual.
Nos encontramos en un momento de bifurcación histórica en el que no encontraremos respuestas a nuestro malestar si mantenemos los marcos teóricos del pasado. Este texto es una contribución al esfuerzo ineludible de revisión. A continuación, me concentraré en dos temas: el lugar de la diáspora y las interpretaciones del antisemitismo. Dejo para una próxima oportunidad las relaciones con Israel y la renovación del judaísmo.
4.

La ideología sionista, como toda ideología, fue unilateral, y las relaciones de las diásporas con el Estado de Israel llevaron a formas de dependencia y subordinación poco saludables. Valorizar la diáspora es un movimiento necesario que permite corregir distorsiones acumuladas en el proceso de construcción del Estado de Israel. Solo que ello no exige un rompimiento con los lazos de solidaridad con el Estado de Israel, ni implica una idealización ingenua que ignora el precio que implica ser una minoría. Y si uno de los beneficios de la diáspora es que el judaísmo no está atado a las consecuencias de ser parte de una máquina represora (el Estado), ello no significa que quienes viven en ella dejen de formar parte de un Estado nacional.
Ser parte de una comunidad impone, en primer lugar, el deber de protegerla no solo de sus enemigos externos sino, sobre todo, de las acciones autodestructivas que surgen en su interior.
La revalorización de la diáspora lleva al fortalecimiento del pueblo judío, y por lo tanto también de Israel. Más aun en el momento actual cuando la acción autónoma de las diásporas es fundamental para que Israel no avance hacia el precipicio.
El desafío es construir una posición autónoma capaz de soportar la presión de dos extremos: la de quienes apoyan incondicionalmente todas las acciones de los gobiernos israelíes y la de quienes proponen romper los lazos. Ambas abren un cisma dentro del pueblo judío.
¿Qué significa revalorizar la diáspora? En primer lugar, cuestionar la narrativa elaborada por el sionismo clásico, en la que la diáspora fue asociada a una larga noche oscura, de sangre, lágrimas y persecuciones.[2] Se trata de una visión que, además de ser desmentida por la historia, desconoce que la supervivencia del judaísmo hasta nuestros días solo fue posible no a pesar de la diáspora, sino gracias a ella.
Si los judíos no hubiesen salido de la tierra de Israel, es prácticamente seguro que ya habrían desaparecido. La vida en la diáspora permitió no solo la supervivencia física, sino que representó también un enorme enriquecimiento de la cultura judía. Gracias a la diáspora tuvimos algunos de los mayores profetas, la reconstrucción del Segundo Templo, el Talmud de Babilonia y una larga lista de grandes sabios, como Maimónides, Ibn Gabirol, Rashi y Spinoza. Vale la pena leer el Moisés, de Martin Buber, en el que este define al pueblo judío como un pueblo nómada.
Sin negar los desafíos y riesgos que supone ser una minoría cognitiva, afirmar el papel de la diáspora, exige recordar sus múltiples aspectos positivos, y, sobre todo, significa que cada comunidad tiene una vida propia, y debe ser tratada como una fuente de creatividad cultural con responsabilidad y autonomía política y moral.
Reafirmar el papel de la diáspora implica recuperar diversas tradiciones culturales y políticas, entre ellas la del Bund. El Bund fue políticamente el gran derrotado del siglo XX, por la confluencia de la destrucción física del judaísmo de Europa oriental, el totalitarismo de la Unión Soviética y, en general, el fin del judaísmo bilingüe. Un proceso que contó también con el apoyo del movimiento sionista, que reprimió la cultura ídish en Israel y buscó sustituirla activamente por el hebreo en la diáspora.
Retomar elementos del legado del Bund, obviamente, no significa un retorno imposible al pasado, sino recuperar elementos de la cultura ídish y de conceptos como Doikayt, una palabra traducida como “aquididad” o “estar aquí”. El término describe un principio político y cultural según el cual los judíos deben organizarse, luchar por sus derechos y prosperar en los lugares donde viven y trabajan. Sin el peso de su antisionismo, estos elementos pueden contribuir a la renovación del judaísmo.
La reapropiación de la diáspora incluye la valoración y afirmación de “capacidades” y “formas judías” de convivencia, participación social y creatividad: la capacidad de convivir con la disonancia cognitiva; la disposición a cuestionar, innovar y crear (jutzpah); la valoración del asociacionismo y la vida comunitaria; y la tradición filantrópica y de responsabilidad social. Todo ello en convergencia con una mayor inversión en la creación de vínculos de solidaridad con la sociedad nacional.
5.
El segundo desafío consiste en superar la narrativa construida por el sionismo, que fue en gran medida la secularización de la versión religiosa de la historia judía, sintetizada en la Hagadá del Séder de Pésaj, en el pasaje conocido como Vehi She’amdá: “No fue uno solo quien se levantó contra nosotros para destruirnos, sino que en cada generación se levantan contra nosotros para destruirnos; y el Santo, bendito sea, nos salva de sus manos”.
Al final, ¿cómo valorizar la diáspora si en ella solo encontraremos persecuciones, sufrimiento y antisemitas? Aclaro que no estoy afirmando que no haya antisemitas o antisemitismo. Obviamente los hay. Lo que estoy cuestionando es una narrativa de la historia judía reducida a la omnipresencia del antisemitismo.
La visión del eterno antisemitismo es, en primer lugar, anacrónica: proyecta sobre el pasado un concepto que solo tiene sentido en el contexto de la época moderna, si no contemporánea. El presupuesto moral y político del concepto de antisemitismo es que un grupo —los judíos— es discriminado y ve vulnerados sus derechos y su dignidad humana. Pues bien, la idea de que todos los seres humanos somos iguales y debemos ser respetados es un ideal reciente, que se inicia en el siglo XVIII y que aún está dando sus primeros pasos, suponiendo que algún día llegue realmente a imponerse.
A lo largo de la historia, las herejías fueron extirpadas, religiones y sus templos fueron destruidos, pueblos conquistados fueron masacrados y culturas eliminadas. Como escribí en el libro recientemente publicado por Tzavta y disponible en Internet, lo sorprendente es que el pueblo judío haya conseguido sobrevivir en la cristiandad y en el mundo islámico.[3]
En segundo lugar, la afirmación de que el pueblo judío sufrió durante tres mil años persecuciones constantes cuyo objetivo era su eliminación es incorrecta. Ni en la destrucción del Primer Templo ni en la del Segundo estuvo presente una intención antisemita. En el primer caso, la destrucción fue producto de alianzas geopolíticas desafortunadas del Reino de Judea; en el segundo, de una rebelión contra la potencia hegemónica. El judaísmo floreció en el Imperio romano hasta la conversión de Constantino, en Babilonia durante varios siglos, así como en un sinnúmero de lugares.
La expectativa sionista era que, con la creación del Estado de Israel, el antisemitismo quedaría en el pasado. Paradójicamente, el antisemitismo se transformó en la columna vertebral de la identidad de buena parte del judaísmo contemporáneo, tanto en Israel como en la diáspora.
No se trata aquí de retomar un tema ampliamente analizado académicamente: el uso que los gobiernos israelíes hacen del antisemitismo y de la Shoá, tanto en el ámbito interno como en la política exterior, para justificar las más variadas decisiones políticas. En Israel, un país en guerra, con una enorme heterogeneidad sociocultural y necesitado de generar cohesión interna y atraer inmigrantes, el antisemitismo se transformó en un tema unificador.
En las diásporas, en particular en América Latina, el antisemitismo fue transformado en uno de los fundamentos de la identidad judía. Como ocurre con otras identidades construidas en torno a la condición de víctima, ésta produce una sensación de superioridad moral. El efecto más nefasto de toda identidad construida sobre la victimización es la deshumanización, tanto del otro, condenado indiscriminadamente a ser un verdugo actual o potencial, como de la víctima, que nunca podrá ser parte integral de la humanidad en forma plena.
En la medida en que las instituciones de la comunidad interpretan cualquier situación considerada antisemita como expresión de un mismo fenómeno eterno, un virus latente pero siempre presente, no solo deshumanizan al no judío —pues convierten a todos los no judíos en antisemitas potenciales—, sino que transforman un fenómeno históricamente determinado en una realidad inmutable. El problema es que, si el antisemitismo es una maldición eterna, entonces, por definición, es imposible de combatir.
Buena parte de la comunicación oficial de la comunidad sobre el antisemitismo es, básicamente, un diálogo con el espejo, pues el antisemitismo es un tema que interesa únicamente a los judíos. Si, por el contrario, buscamos entender las determinaciones concretas de cada situación, sus circunstancias y sus causas, podemos identificar áreas en las cuales podemos establecer intereses que nos vinculen con otros sectores de la sociedad.
6.
Pensar los desafíos del judaísmo en general y de su versión humanista en particular exige situarlos en el contexto histórico más amplio de un mundo globalizado. A fin de cuentas, el destino de las comunidades judías, tanto las diaspóricas como la israelí, no estará disociado de los grandes desafíos mundiales que marcarán el futuro de la humanidad en las próximas décadas: la lucha por la hegemonía global entre los Estados Unidos y China, el impacto de la inteligencia artificial y el cambio climático. Ellos forman un triángulo de las Bermudas del que no se conseguirá escapar.
En un próximo texto espero explorar estos temas, su relación con las nuevas expresiones de antisemitismo y los desafíos del judaísmo diaspórico.
* Sociólogo. Publicó recientemente el libro «Geopolítica, Historia y Formación del Imaginario Judío”, disponible para libre acceso en https://nuevasion.org/archivos/44180
[1] Ver, por ejemplo, Ehud Luz, Wrestling With an Angel: Power, Morality, and Jewish Identity, Yale University Press, 2003.
[2] Una visión compartida con filósofos de la historia, de Hegel a Toynbee. Este último llamaba el judaísmo de una “civilización fósil”. O sea, el judaísmo cumplió su papel produciendo la Biblia y gestado el cristianismo y después debería haber desaparecido.