Los próximos comicios en Israel recuerdan el tango de Celedonio Flores, «Te odio, maldita, te odio como antes te adoré…hay hechos que no tienen explicación…».
Las confrontaciones electorales son habitualmente muy reñidas, pero ahora abarcan no sólo la obvia competencia entre polos opuestos -izquierdas y derechas, laicos y ultraortodoxos- sino también las franjas políticas de común denominador ideológico: el primer ministro fomenta una fuerte ofensiva propagandística contra partidos supuestamente aliados y figuras leales a la coalición gubernamental. Netanyahu los acusa de provocar su derrota en la votación convocada para fines de octubre del presente año. La aparición de distintas listas de corte nacionalista similar al Likud responde al notorio desgaste del liderazgo de Bibi: formaciones que se perciben como opción, desde el mismo bando derechista y «halcón», al reiterado fracaso del premier en todos los frentes, principalmente la guerra interminable desde el 7 de octubre de 2023, carente de horizonte consensuado.

Estos adversarios desde la misma vereda fundamentalista no aspiran a un cambio sustancial, por el contrario, prometen intensificar las acciones bélicas, anexar la Ribera Occidental del Jordán, erradicar a la población de Gaza, anular definitivamente la independencia del poder judicial y neutralizar la prensa libre, de modo absoluto y radical.
Pero las incriminaciones gubernamentales a sus socios de a derecha son caricias si se las compara con las acusaciones de traición esgrimidas contra la oposición de centro-izquierda y el bando parlamentario de la ciudadanía árabe.
La «grieta» como estrategia de conducción se ve ahora reforzada por las redes, el uso de la inteligencia artificial y múltiples modos tecnológicos tendientes a perpetuar la hegemonía «bibista».
La inserción de narrativas históricas como recurso proselitista no es un fenómeno nuevo, pero ahora adquiere inusitada dimensión, como el reciente rescate de los restos de Altalena, la nave de armas de milicias que, al oponerse a entregarse a las autoridades, fue bombardeada por órden de David Ben Gurión el 22 de junio de 1948: el enfrentamiento de aquellos días es trasladado ahora a la escena electoral para consolidar la hostilidad entre derechas e izquierdas.
Remerge asimismo la rivalidad ideológica de épocas incluso anteriores, cuando la fracción revisionista se retira del movimiento sionista en 1935…
Los cotejos comiciales reabren antiguas heridas: uno de los hitos claves cumple ahora 45 años. En 1981 se realizaron los comicios para la décima Knesset. Se enfrentaron el entónces primer ministro Menajem Beguin- encabezando al Likud- y el dirigente del Maaraj, Shimon Péres desde el flanco opositor. Sus campañas electorales estuvieron selladas por un marcado rencor que perdura hasta hoy, con tinte étnico, entre la franja derechista, que se identifica a sí misma como representativa de los sectores populares descendientes de la inmigración judía afroasiática, de tradición religiosa, opuesta a las corrientes fundacionales del sionismo laborista. Etiquetas amarillentas que, lejos de ser despegadas, probabalemente deterninen el voto en octubre.