NS: Uno suele presentarse de manera distinta ante cada público, o al menos con un enfoque distinto. Nuestro público actual en Nueva Sion y en Argentina, en América Latina, es un público judío progresista que, por un lado, abraza a Israel pero no necesariamente a sus gobiernos. ¿Cómo te definirías, si tuvieras que presentarte?
AD: Voy a referirme a las dos cosas. En cuanto a la presentación personal, te cuento que nací y crecí en Ashkelón hace cincuenta años. Fue en el 76, en el seno de una familia religiosa ortodoxa, de derecha, mizrají, una familia que llegó de Libia y de Siria, y crecí dentro del sionismo religioso. Mi primer rabino fue el rabino Jaim Druckman, de bendita memoria, que fue uno de los grandes líderes del sionismo religioso.
NS: ¿Jaim Druckman?
AD: Así es. Fue uno de los fundadores de Gush Emunim y se lo consideraba uno de los grandes rabinos del sionismo religioso. Lamentablemente, apoyó a Smotrich en sus últimos años, en tanto que yo fui instructor en Bnei Akiva. Así que ese es el lugar en el que crecí, y con el tiempo, cuando definí mi postura política, me encontré muy rápido con los valores de la izquierda y después también participando en la política de izquierda.
Soy uno de los fundadores del Movimiento Verde-Meimad (en hebreo: Tnu’at HaYeruqa-Meimad) en 2009 —fue un episodio único, aunque no me presenté como candidato—, y desde 2014 me sumé a Meretz, donde sigo hasta hoy, paerticipando en el partido Los Demócratas (HaDemokratim) —nacido de la fusión entre el Partido Laborista y Meretz—.
Desde hace siete años, además, soy director ejecutivo de «Voz Rabínica por los Derechos Humanos» (o lo que antes era «Rabinos por los Derechos Humanos»), y en ese contexto quiero decir algo sobre el público al que te referiste. Creo que lo reflejamos muy bien. Yo, personalmente, y también nuestra organización, que es una organización de derechos humanos muy conectada en general con esa familia de organizaciones de derechos humanos en Israel —por supuesto en defensa de los derechos humanos de los palestinos, pero también de personas que viven en la pobreza, derechos sociales, de la comunidad LGBT, de solicitantes de asilo y beduinos en aldeas no reconocidas y demás—. Expresamos justamente esta cuestión de amor y conexión.
Me defino a mí mismo como sionista-patriota. No es casualidad que viva acá, en el kibutz Nirim en la frontera con Gaza, también desde una concepción sionista de que tenemos que estar en estos lugares, en la periferia, en la frontera. Y al mismo tiempo, y tal vez justamente por eso, con una crítica muy, muy grande, tanto hacia la concepción de la ocupación y el conflicto y, de manera más específica, hacia este gobierno.
Para mí estas cosas van de la mano, y busco justamente a esos públicos que no se desconectan de Israel, que no dicen que Israel no tiene ningún derecho ni legitimidad para existir, que «sionismo es igual a racismo» —lo que no puede ir de la mano con «judío y democrático»— y, por otro lado, que no aceptan automáticamente todo lo que hace el Estado de Israel. Busco públicos que actúan justamente desde la urgencia y el amor por Israel para producir un cambio en nuestros valores; es decir, en el espíritu de la democracia, la igualdad, los derechos humanos y la justicia.
NS: Ahora bien, lo que motivó el interés en contactarte y recibir tus respuestas son los titulares que se leen en el exterior sobre el «terror judío». En realidad, ustedes, tanto a través de tu actividad general como a través de «Voz Rabínica por los Derechos Humanos», lo ven en el terreno. ¿Qué está pasando estos días en Cisjordania?
AD: quiero decir algo solo sobre la terminología. Sé que al menos en inglés hay sensibilidad respecto de esto de «Jewish Terror» dado que se percibe como algo mucho más antisemita, por lo que a veces se habla de «Settler Violence» (violencia de colonos). Pero no hablamos de «terror judío» por casualidad. En parte es porque, lamentablemente y para nuestro espanto, son judíos quienes lo llevan adelante, pero también porque lo hacen, según su propia concepción, desde una óptica judía.
Es decir, ven en esto un precepto religioso y una guerra santa. «La tierra es nuestra», «nos fue prometida», y desde ese punto de vista es un precepto expulsar y dañar a cualquiera que no sea judío y viva en esta tierra —sin duda, entre el mar y el río, aunque, por supuesto, sus fantasías son mucho más grandes todavía, e intentan asentarse en el Líbano, en Siria y por supuesto en Gaza—. Por lo tanto, no hay ningún problema en hacerlo.
Este fenómeno es algo que conocemos desde hace años. Como director ejecutivo de «Rabinos por los Derechos Humanos» lidié con este fenómeno durante más de siete años, pero se agudizó mucho más con este gobierno, que apoya explícitamente, alienta y a veces también financia de manera directa el terror judío y los innumerables asentamientos ilegales y granjas. A veces se trata de dos o tres personas, cuyo único objetivo es hostigar a las comunidades e intentar desposeerlas y expulsarlas.
Esto surge de la concepción que probablemente se formuló de la manera más clara en el sistema político por Smotrich y su «Plan de decisión» (Tojnit hajraá). La idea es limpiar: literalmente, hacer una limpieza étnica de las zonas C de palestinos, empujarlos lo más posible hacia la B y después hacia la A. Ahí también hay ya decisiones de gobierno e intentos de morder esas áreas, desde la concepción de «se van a ir» o «en la primera oportunidad que tengamos los vamos a expulsar o matar». Esa es en realidad la «decisión».
Por eso lo vemos en el terreno, y con más fuerza todavía, desde el 7 de octubre. El 7 de octubre, que por supuesto fue algo terrible y horrible que vivimos —ahora mismo estoy sentado justo en el refugio donde estuvimos treinta y cinco horas, el 7 y el 8 de octubre, en el kibutz Nirim—, sin duda es algo real, terrible, espantoso y aterrador, pero se convirtió en una excusa muy, muy cómoda, digamos, en Cisjordania, para reforzar de verdad asentamientos, granjas, la pavimentación de caminos alternativos y demás, dando muchísimas armas a los colonos, literalmente bajo el auspicio del Estado.
NS: Te pido que desarrolles más tu explicación acerca de las zonas A, B y C para el público menos conocedor del tema. Hay palestinos que viven en una zona determinada; llegan israelíes, es decir, colonos. ¿Y qué hacen en la práctica? ¿Cómo se llega a las imágenes de casas y mezquitas incendiadas?
AD: Bueno, en la práctica cotidiana, hostigan. Te voy a dar un ejemplo. Hay una comunidad llamada Khan al-Ahmar, en la zona conocida con ese nombre, cerca de Maale Adumim. Esa es una zona de la que se habla ahora como una isla para tomar y construir de manera masiva, para agrandar Jerusalén. La idea es crear un cinturón y no permitir un Estado palestino. Es una comunidad pequeña, de unos doscientos o doscientos cincuenta habitantes, de la tribu Jahalin, parte de la cual está dentro de Israel, mientras que otra reside ahí.
Es una comunidad muy sencilla también en términos socioeconómicos —incluso pobre en nuestros términos—, que vive básicamente de su ganado. Hay un hostigamiento cotidiano: los colonos entran a la aldea, les roban las ovejas o meten las suyas propias para que se coman el alimento de los animales de los beduinos y palestinos, o entran en las viviendas y acosan a los moradores. Eso es algo del del día a día, pero llega a constituirse una escalada. Hace unos meses llegaron unos veinte colonos y dispararon contra varios palestinos. Afortunadamente, nadie murió, pero varios resultaron heridos, algunos de los cuales todavía necesitan tratamiento, un tratamiento realmente crónico, de largo plazo.

Y de manera cotidiana vemos incendios. Mencionaste también mezquitas; como judíos, en el momento en que se daña alguna sinagoga nos horrorizamos, y con razón: se trata de una especie de símbolo. Así, de manera casi diaria, hay ataques e incendios de mezquitas, de casas, de propiedades, de autos y demás; grafitis violentos, muchas veces intentos de incendio o incendios de viviendas, incluso cuando hay familias dentro. Por fortuna, en general esa gente salva la vida, pero es un daño enorme a las personas. Hay disparos: decenas de palestinos murieron este año por disparos de colonos. Y de nuevo, todo ello bajo el amparo, ya sea con la excusa de la «seguridad» o simplemente por lo que se llama «precio a pagar» (tag mejir). Digamos que ocurrió algo —y esto puede ser cierto o no: eso ya depende de un juicio del ejército sobre una posible acción del «terror palestino», que por supuesto existe—, entonces vienen y se toman la justicia por mano propia como civiles, como milicias. Llegan armados y dañan a palestinos inocentes. Esa es la realidad cotidiana, orientada a desposeer y expulsar a estas comunidades. Y di el ejemplo de una, pero por supuesto sucede en decenas de comunidades, también en el norte y el sur del valle del Jordán, y por supuesto hay ataques también dentro de las ciudades, al menos en las laderas de las colinas, ya sea Belén, Ramala u otros lugares.
NS: Sí, en realidad hubo un filósofo judío-israelí muy conocido acá, Yeshayahu Leibowitz, que habló ya desde el comienzo —días después de la Guerra de los Seis Días— de que, si tomábamos los territorios, y no solo si los dominábamos y conquistábamos, eso también iba a afectar a la sociedad israelí. ¿Se puede decir hoy que Leibowitz tenía razón?
AD: Por supuesto. Tengo que reconocerle a la sociedad israelí que no fue solo Leibowitz; también Amos Oz fue uno de los escritores más conocidos que alertaron de esto bastante rápido, así como ocurrió en debates oficiales del gobierno del Mapai en su momento. Primero, en términos del derecho internacional se lo consideró así, y todavía rige la ley: son territorios ocupados, territorios en disputa, y por supuesto eso tiene implicancias en términos del derecho, tanto israelí como internacional. Segundo, hubo voces dentro del gobierno que advirtieron que esto era un daño, que teníamos que usar estos territorios para apurarnos a llegar a acuerdos de paz de largo plazo y a una seguridad estable lo más rápido posible. Por supuesto, aquello fue una gran oportunidad perdida.
Ahora bien, a Leibowitz —de hecho, desde la izquierda también se lo critica— se le señala que habló solo de «nosotros». No abordó los derechos humanos en el sentido del daño a palestinos inocentes, sino que habló desde un lugar moral: qué cómo nos iba a lastimar esto a nosotros. Pero es una distinción muy, muy importante, y por eso se lo considera una especie de profeta de la izquierda, porque habló no solo de que esto sería problemático en términos de seguridad, de que iba a ser una carga económica y demás, sino también de qué iba a ocasionar esto hacia adentro de la sociedad israelí.
Y lo vemos: cuanto más nos hundimos y nos empantanamos en este pantano de la ocupación, la fuerza y la violencia se volvieron parte de la vida cotidiana de la sociedad israelí. No es que seamos los únicos violentos en Medio Oriente; por supuesto, no tengo ni una sola palabra buena para decir sobre Hamás, Hezbolá y otros actores. Pero en términos políticos nos convertimos en un factor que trae fuerza y violencia a la región, en lugar de constituir un factor estabilizador que trabaja por la paz como pretendía la Declaración de Independencia. Y también en términos morales de qué nos hace esto hacia adentro: vemos milicias, mucha violencia, muchos asesinatos y el ingreso a la política israelí de fuerzas kahanistas, que en los años ochenta era algo impensable. El Likud y Avodá, los grandes partidos de entonces, se unieron para expulsar al rabino Meir Kahane de la Knéset, mientras que hoy Itamar Ben Gvir, su heredero político, tiene poder y es abrazado por Netanyahu.
Solo quiero recordar para quien no lo sepa: Itamar Ben Gvir, que fue condenado más de diez veces, principalmente por delitos de apoyo al terrorismo, apoyo al terror judío y pertenencia a una organización terrorista (la organización Kaj, ilegalizada desde 1994), es hoy responsable de la seguridad interna en Israel, de lo que él llama la «seguridad nacional». Es responsable de la Policía, del Servicio Penitenciario y está sentado en el gabinete. En muchos sentidos vimos que dentro de la coalición de Netanyahu es él quien marca el tono; logró torpedear acuerdos por los rehenes, algo que parecería increíble. De hecho, en 2022, para las elecciones anteriores, Netanyahu ni siquiera quiso sacarse una foto con él y dijo explícitamente que sería ministro. Pero ya sabemos cuánto valió esa promesa y cuánto valen las promesas de Netanyahu en general, dado que al final se convirtió en un ministro importante, que influye profundamente dentro del Likud, de Shas y de todo el frente de derecha.
NS: Dijiste que estás ahora en el refugio ¿cierto? Ahora bien, como activista político y activista social, pero también como habitante de lo que se denomina el «sobre de Gaza» (otef Aza, áreas pobladas de Israel cercanas a Gaza), que fue atacado el 7 de octubre y demás, hoy hay una sensación —o al menos es lo que se refleja en la prensa y en distintas notas— de que hay mucha gente que dice: «Antes votaba a Meretz, hoy no puedo»; es decir, «Después de lo que descubrimos sobre los palestinos, no se puede confiar en ellos». Hay una especie de corrimiento hacia la derecha. ¿Vos pensás que esto tiene que ser necesariamente así?
AD: Antes que nada, pienso que eso es una campaña y un discurso muy generalizadores. Al final, cuando mirás qué dicen las personas concretas, si bien hay algunos casos aislados en la izquierda, no se trata de un fenómeno general. De hecho, conozco un ejemplo así en Be’eri, que se convirtió en un símbolo que, por supuesto, la derecha celebra todo el tiempo, pero no sé de otros, aunque supongo que los habrá. Sin duda, después del 7 de octubre hubo un gran shock, y yo no puedo juzgar —ni por mi cercanía ni en general en el «sobre» y en la frontera— a personas, incluyendo madres de chicos secuestrados y personas que perdieron a otros (nuestra familia también perdió a cientos de amigos y conocidos) que llegaron a decir: «Ahora no quiero escuchar nada de ellos. Para mí hay que usar la fuerza ahí, matarlos a todos», todo tipo de consignas así.
Pero vimos muy rápido —a veces fueron días, a veces semanas, a veces meses, cada uno a su ritmo— que, aun comprensible emocionalmente, la gente fue saliendo de ese sitio ideológico. Yo, por ejemplo, pienso en Gadi Moses, que fue el rehén de mayor edad que retornó (fue secuestrado de Nir Oz y regresó con 80 años; muchos de sus compañeros de generación murieron: Oded Lifshitz, Chaim Peri, Yoram Metzger y otros). Estuvo 482 días en cautiverio, volvió y muy rápido habló de paz.
Ahora bien, sin duda no hablan así desde un lugar ingenuo, no desde un lugar de «Hamás, está bien, son sionistas y quieren la paz» o «Todos quieren la paz; los palestinos, con que digan ‘paz’, ya está todo bien», sino desde un lugar donde ese es nuestro interés y también son nuestros valores. De hecho, si mencionamos un poco el judaísmo… En verdad, del lugar del que vengo —y yo también soy rabino ordenado, en el eje liberal-secular—, después del 7 de octubre no borramos la visión de Isaías. Tenemos la visión judía oficial, que habla de «el lobo morará con el cordero», «forjarán sus espadas en rejas de arado, y no aprenderán más la guerra», «no alzará espada nación contra nación». Es decir, una visión maravillosa de paz, que, por supuesto, es una brújula y un horizonte.
Conocemos el alma y la historia humanas: esto no se logra de un momento a otro; es un camino muy largo. Pero me encuentro con muchísima gente en todo el «sobre» que fue gente de paz y volvió a ser gente de paz, y a veces incluso con más fuerza todavía. Puedo decir de mí mismo que estoy todavía más comprometido con esto de la paz, de un arreglo, de un acuerdo estable, por nuestra propia seguridad. Porque la derecha intenta vendernos que la guerra es igual a seguridad, que cuanto más escuchemos acá cañones rugiendo, liquidaciones y ataques preventivos, más seguridad vamos a sentir. Yo digo exactamente lo contrario: cuando lleguemos a un acuerdo estable, a un arreglo político, cuando lleguemos a la paz, entonces habrá seguridad (por supuesto, se tratará de un arreglo fuerte, estable, que preserve nuestra seguridad, eso está clarísimo). Pero para mí toda esa afirmación de la derecha no está anclada en la realidad.
También leo encuestas, y en ellas el público israelí está sobre todo confundido. No es correcto decir que se está yendo hacia la derecha. En algunas cosas todavía vemos gran apoyo, por ejemplo, a los acuerdos regionales, y hay comprensión de que parte de eso son dos estados, uno de los cuales es el Estado palestino. En otras cosas, es cierto, hay posturas más racistas, más acordes con la idea de que no hay inocentes, sin duda en Gaza y también en Cisjordania. Es muy, muy preocupante, y tal vez también comprensible emocionalmente, pero de ninguna manera quiero que la gente piense que los israelíes se corrieron a la derecha. Están más confundidos, y ahí hace falta liderazgo. Justamente esa es su función: venir y decir «Nuestro interés —no por los palestinos, primero que nada, nuestro interés, por nuestros hijos, por la sociedad israelí— es orientarnos hacia la paz, hacia acuerdos estables, hacia arreglos diplomáticos».
NS: Hablamos del clima político que se vive alrededor. En tu remera dice «Comisión de Investigación Estatal», ¿verdad? Acá lo leemos como «Consejo de Octubre». Ese es uno de los compromisos que asumieron todos los partidos que podrían formar parte de un próximo gobierno de cambio —que probablemente llegue—: crear esa comisión. ¿Es así?

AD: Sí, pero tal vez sea de lo poco que se salva. En realidad, ¿cómo se puede evitar que se repita una situación como la del gobierno de cambio de 2021, donde no se habló de la paz, ni de los dos Estados, ni de una solución política? ¿Cómo se previene algo así?
Bueno, antes que nada, hay que reconocerle a la oposición —que estoy convencido de que va a ser la próxima coalición que gobierne— que hay más cosas en las que hay acuerdo. Por ejemplo, el tema de las llamadas «Leyes del acusado»: evitar que sospechosos y personas con antecedentes penales puedan acceder al gobierno —algo que ya es jurisprudencia de la Corte Suprema— y también limitar los mandatos de un primer ministro. Hay algunas leyes que deberían cambiar la situación que vimos en los últimos años, que llegó a un caos total: un primer ministro —como él mismo dijo cuando Olmert estaba siendo investigado— sumergido hasta el cuello en investigaciones no puede gobernar ni manejar los asuntos del Estado. Pero, por supuesto, Netanyahu, cuando ocupó ese puesto, sancionó una ley distinta para sí mismo. Está todo el tema de derogar el «golpe judicial» —el tema de la cláusula de razonabilidad, la manera de dividir el cargo de la Fiscal General y demás—; eso también se va a revertir.
Esas son cosas en las que hay acuerdo, y hay más. En cuanto a la cuestión política, tenés razón: hay desacuerdo. La próxima coalición probablemente sea una coalición desde la derecha genuina de Lieberman y Bennett, pasando por el centro que hoy representan Eisenkot y Yair Lapid, la izquierda sionista —que es Yair Golan y mi partido, Los Demócratas— y hasta, espero de verdad, al menos Ra’am, que es un partido del movimiento islámico —que en temas políticos está a la izquierda, mientras que en otras cuestiones es muy conservador—, intentando conectarse con Yoav Segalovitz, que viene de Yesh Atid.
Por eso esta pregunta es una pregunta en disputa, y no soy optimista respecto de la capacidad de ir de manera clara, digamos, como fue Rabin. Rabin estaba en una situación política en la que 56 bancas eran de Avodá y Meretz, y tenía una red de contención de los partidos árabes —entonces Hadash y Mada (no recuerdo cómo se llamaba entonces) y después Shas también se sumó—, así que tenía una coalición realmente sólida que apoyaba Oslo. Lamentablemente nosotros no estamos en esa situación. Lo que sí podemos hacer es ponernos de acuerdo en algunas cosas, y sobre esas cosas Yair Golan habla últimamente como puntos de acuerdo.
Lo primero es la lucha contra el terrorismo, tanto el palestino como el judío; el desmantelamiento y la evacuación de asentamientos y granjas ilegales; el cese del financiamiento de estos proyectos del terror judío; y la creación de algún horizonte político. Así que no decimos «Estado palestino»; sin duda, no al principio. De nuevo, no soy optimista si esto depende solo del gobierno. Por supuesto que no depende solo de él: hay presión internacional, y creo que eso sí va a hacer el trabajo, pero si dependiera solo del gobierno, probablemente no va a llegar ahí.
Pero por más que la derecha grite «¡Cómo va a haber un Estado palestino!» y demás, estamos en una realidad de acuerdos. Hay un acuerdo en el Líbano que lamentablemente Israel está diluyendo, pero existe. Está el de los veinte puntos (que se convirtieron en quince, en los que explícitamente hay uno que habla de manera ambigua sobre un Estado palestino); Israel firmó los veinte puntos, no los quince. Eso es parte de una debilidad muy, muy grande, pero nos vemos obligados a aceptarla y a manejarnos con esa realidad. Ese es el juego en el terreno: quince puntos, el consejo de paz, la fuerza multinacional, el desarme de Hamás. No hay otro juego, y con eso tenemos que trabajar
Y por eso, en el marco de esos acuerdos, creemos que va a haber un trabajo efectivo. Si avanzamos en esas cosas y las hacemos, ya va a ser excelente y magnífico. Y por supuesto creo que estamos en una realidad internacional en la que se va a entender perfectamente que no tenemos otra opción si queremos lo mejor para Israel: debemos ir en esas direcciones, sacar a Israel del aislamiento internacional en el que estamos —en un mínimo sin precedentes entre la opinión pública internacional y frente al liderazgo internacional, tanto en Europa como en Estados Unidos, no solo entre los demócratas, también entre los republicanos—. Por nuestro propio interés, vamos a tener que avanzar en el plano político para llegar finalmente a un acuerdo regional —que es lo que los israelíes sí quieren—, llegar a acuerdos con Arabia Saudita y con otros países árabes, mejorar las relaciones con Jordania y con Egipto, y hacer que nuestra realidad sea mucho más favorable.
NS: A principios de los años ochenta, en el movimiento «Paz Ahora» (Shalom Ajshav) —donde estuve y donde conocí a mi esposa—, en realidad nuestra consigna era «Dinero para los barrios y no para los asentamientos», y así también intentamos conectarnos con la sociedad israelí, y tal vez dar una imagen de que uno no es a costa del otro. ¿Los Demócratas van a actuar en esa dirección?
AD: Totalmente, claro. Vertieron cantidades enormes, decenas de miles de millones, al proyecto de los asentamientos. Y no cuestiono que reciban servicios al nivel que un ciudadano israelí debería recibirlos —yo por supuesto creo que no deberían estar ahí y que no hay que financiar los asentamientos, pero una vez que hay ciudadanos ahí, tienen que recibir los servicios al mismo nivel—. Pero más allá de eso, vertieron decenas de miles de millones en asentamientos, granjas, pavimentación de caminos, en rangers, en armas, en días de reserva para escuadrones de guardia, en los llamados agamim, que usan para salir a sus «paseos de fricción» y entrar en aldeas árabes y demás. Eso tenemos que detenerlo.
Lo mismo cuando hablamos de mucho dinero que fluye hacia la sociedad ultraortodoxa —tanto a personas o instituciones que no enseñan el currículum básico, como a estudiantes de yeshivá y a desertores del ejército, entre otros—. Eso también hay que detenerlo, y por supuesto redirigir ese dinero a infraestructura pública. Yo no diría solo para los barrios; hablaría en verdad de servicios públicos —de salud, bienestar, educación y transporte público—, pero también, sin duda, para la periferia, para lo que se llama el estado de bienestar, que se debilitó muchísimo durante los años de la derecha. Hablo de las cosas más básicas: derechos sociales, vivienda pública, el subsidio de garantía de ingresos, la jubilación. Apoyar en realidad a la gente, a los trabajadores esforzados y a las personas que viven en la pobreza. En Israel, lamentablemente, somos campeones en el ranking de porcentaje de trabajadores pobres; es decir, personas que trabajan incluso jornada completa y a veces una pareja en la que ambos trabajan jornada completa, y siguen estando por debajo de la línea de pobreza. Eso tenemos que corregirlo de manera profunda, y entre otras cosas el dinero va a venir justamente de la inversión en el proyecto de los asentamientos y en el proyecto de despojo y terror judío.
NS: Una última pregunta para nuestro público. Israel, que alguna vez fue motivo de orgullo y daba seguridad —especialmente en Argentina, antes de los atentados contra la embajada israelí y contra el edificio de la AMIA—, se convirtió en cierto sentido en una carga. Es decir, hablo de amigos míos que hoy de repente son acusados de sionistas, o de abogar por un «sionismo racista», «sionismo de terror judío» y demás. ¿Les darías alguna esperanza de que esto pueda ser distinto, o ya estamos en una dirección que no se puede cambiar?
AD: No, soy muy optimista. Las cosas cambian y son dinámicas. Tenés toda la razón: esto es, entre otras cosas, una irresponsabilidad tremenda de este gobierno. No es solo la manera en que los ministros se sentaron y hablaron de forma agresiva y grosera, como criminales de guerra —literalmente hablaron de tirar una bomba atómica sobre Gaza, de matar gente inocente, niños, mujeres, hombres y familias enteras—, sino también la irresponsabilidad tremenda, sobre todo del ministro de la Diáspora, Amichai Shikli, pero también de otros, en el abrazo a la extrema derecha en Europa y en otros lugares. Muchas veces, explícitamente, la comunidad dice en Francia (ante el Frente Nacional de Le Pen), en Inglaterra y en otros lugares: «Boicoteamos a estos partidos porque son antisemitas. Esas son sus raíces, esa es su concepción». Y este gobierno dice: «No, porque también odian a los musulmanes, y nos apoyan en la guerra porque odian a los musulmanes; entonces los queremos».
Entonces «el enemigo de mi enemigo» se convierte de repente en mi amigo, y eso es simplemente escandaloso, irresponsable y una muestra de la falta de comprensión tremenda de este gobierno sobre su responsabilidad. Si nos concebimos a nosotros mismos —el gobierno de Israel— como el gobierno del Estado de los judíos, el único Estado de los judíos, y como un gobierno que mantiene vínculos y entiende su responsabilidad hacia todo el pueblo judío en todos lados, no podemos comportarnos de esa manera. Así que eso tenemos que corregirlo.
De verdad creo que cuando corrijamos las cosas de las que hablamos antes, generemos un horizonte político, generemos una concepción distinta para la región, volvamos a los valores de la Declaración de Independencia —tender «la mano en paz» y querer asumir nuestra parte en la prosperidad de Medio Oriente—, también habrá un movimiento en la opinión pública. Hay antisemitismo, no lo niego, pero va a haber un movimiento en la opinión pública, al menos a favor de Israel y sin duda del liderazgo, y también vamos a poder estar mucho más conectados con las comunidades judías.
De hecho, si miro a Estados Unidos, donde estoy mucho tiempo, las comunidades grandes siguen siendo la reformista y la conservadora, y ministros de este gobierno hablaron de manera terrible y horrible, de verdad, sobre esas comunidades. Eso es parte de la cuestión. Después del 7 de octubre vimos la movilización asombrosa de esos judíos a favor de Israel, el verdadero destino compartido y la movilización económica a favor de Israel. ¿Y qué recibieron? Una cachetada resonante. Eso sin duda no lo van a recibir del próximo gobierno, en el que vamos a ser un componente importante. No sé si vamos a tener el Ministerio de la Diáspora o no, pero, de cualquier manera, el tono va a ser completamente distinto: a favor de verdad de las comunidades judías y de la responsabilidad hacia todos los judíos del mundo.