El regreso del Altalena: dispersión y personalismo en las elecciones israelíes

El barco hundido en 1948 reaparece como un fantasma en la política israelí. Su memoria es utilizada para disputar la identidad de la derecha y el legado de Begin, mientras una elección marcada por la fragmentación, el personalismo y la ausencia de liderazgos capaces de articular mayorías vuelve a poner en cuestión la capacidad del sistema político para construir una alternativa a Netanyahu.
Por Ignacio Rullansky

Un barco hundido hace casi ochenta años sacudió la superficie de la política israelí. El infame Altalena, o lo que queda de él, a unos veinte kilómetros de la costa y a más de quinientos metros de profundidad, se inmiscuyó en una particular contienda en la víspera de las elecciones. Benjamin Netanyahu no quiso compartir una fotografía con su ministro de seguridad, Itamar Ben-Gvir, comunicando a la prensa el hecho. Ambos pasaron a disputar el legado de Menajem Begin, histórico referente de la derecha israelí, que comandó el barco, y, así, el lugar de la derecha israelí contemporánea. Y esto representaría una mera controversia anecdótica si no fuera por la singularidad del Altalena en la historia de Israel.

En junio de 1948, apenas un mes después de la creación del Estado y en pleno contexto de integración a las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) de las milicias que lucharon por su independencia, el Irgún, la organización paramilitar revisionista conducida por Begin, trajo en el barco combatientes y armas. Ben-Gurión, primer primer ministro, exigió que el cargamento y los tripulantes quedaran bajo autoridad estatal, pero su resistencia terminó con el barco incendiado por las FDI y diecinueve muertos.

El acontecimiento afirmó un principio elemental del nuevo orden, indispensable para cualquier proyecto de Estado Nación: ningún partido podía conservar una fuerza militar autónoma. Desde la memoria revisionista, el hecho condensó el autoritarismo de una elite laborista que tendía a confundir sus propias instituciones con las del Estado recién nacido. Sea como sea, el punto que hoy se recupera, junto a los restos del barco, es que Begin, que se hallaba a bordo, ordenó no responder y evitar una escalada hacia una guerra civil.

Begin fundó Herut, permaneció casi tres décadas en la oposición y construyó buena parte de su trayectoria denunciando el monopolio que Mapai y sus sucesores habían establecido sobre instituciones, símbolos y elites israelíes. Esa carrera implicó la incorporación de Herut a sucesivas alianzas entre partidos de la derecha liberal. Evocando su significado, podríamos decir que el nacimiento del Likud, en los 70s, fue precisamente resultado de la afirmación de esa vocación de gestar alianzas amplias.

Con el lastre de la Guerra del Iom Kipur a su favor, Begin y los suyos desbancaron a la izquierda en 1977 y conquistaron como hito la paz con Egipto. Con el tiempo, ensayaron un proyecto que buscó refundar el Estado, disputando en elecciones el liderazgo del país con un laborismo hoy desarticulado, con escasa pregnancia en el imaginario de la sociedad israelí, y casi nula influencia en el diseño de políticas públicas, atributos que otrora caracterizaron su desempeño.

La derecha liberal construyó a la izquierda como un enemigo irreductible y extendió esa confrontación hacia sectores de la población judía israelí que tampoco se sentían representados por ella: los judíos mizrajim, los religiosos y los conservadores. Estos sectores identificaron en la tradición laicista, estatista y progresista del sionismo laborista una de las causas de las múltiples exclusiones que habían experimentado. El éxito de esta operación contribuyó a consolidar y galvanizar las simpatías hacia el Likud.

La disputa discursiva en torno al Altalena

La respuesta lleva a la necesidad de explicar qué Begin y qué derecha concibe Netanyahu, quien también supo ampliar a conveniencia su coalición. Tanto es así que llegó a incorporar a ella a actores marginales y proscriptos a los que ayudó a superar el umbral electoral. A inefables dirigentes y grupúsculos que habían sido excluidos de la política por un “cordón sanitario” pactado entre el propio Begin con el laborismo: los kahanistas.

Hoy Netanyahu recupera a un Begin cuyo principal mérito habría consistido en saber detenerse para integrarse a la lógica adversarial de la democracia y competir con el laborismo. El Begin que deploró el fratricidio y que tendió puentes para gestar coaliciones amplias de gobierno. Ben-Gvir emplea el Altalena como símbolo de una derecha históricamente perseguida por un establishment deplorado. Astutamente, Ben-Gvir, continuador del agitador Meir Kahane, se ubica a sí mismo en una genealogía que no le es propia, evocando al Begin que alguna vez fue outsider y que luego devino un representante legítimo para buena parte de la sociedad israelí. Después de todo, intuirá este extremista, si llegó tan lejos, ¿por qué no podría aspirar a más?

La genealogía presenta una fisura evidente porque la tradición kahanista fue justamente excluida por Begin y sus sucesores. El Begin que sirve para legitimar al excluido es también un Begin que estableció límites dentro de su propio campo. Netanyahu, que lleva años discutiendo dónde termina la persecución política en su contra y dónde comienza la autoridad legítima de las instituciones que lo investigan y juzgan, necesita recuperar tanto al Begin confrontativo como al Begin institucionalista. Es el mismo Netanyahu que, no sin presión de Ben-Gvir y Smotrich, prorrogó hasta el máximo el sufrimiento de los rehenes y sus familiares en manos de Hamas, a expensas de la desolación de los gazatíes y la destrucción de su espacio de vida: fuera en nombre de motivos securitarios o de aspiraciones mesiánicas, pero siempre con fines personalistas.

Durante años ha sostenido, el primer ministro, que fiscales, medios, la Corte Suprema, y otros sectores del establishment utilizaron las instituciones para intentar apartarlo por vías no electorales pese al respaldado de las urnas. El problema político existe al margen de cualquier sentencia y existía antes del 7 de octubre de 2023, aunque ahora se suman las inestimables responsabilidades sobre las causas que favorecieron el ataque de Hamas y los subsiguientes esfuerzos que prodigó Netanyahu para entorpecer o contaminar toda indagación que las explorara. Es agosto de 2026 y tanto familiares de víctimas como quienes fueron rehenes reclaman públicamente que los partidos se comprometan a constituir una comisión investigadora después de las elecciones.

Mucho nombre y poca unidad

El escenario electoral se caracteriza por dos rasgos: fragmentación y dinamismo. A mediados de agosto, una encuesta de The Times of Israel otorgaba a Yashar, encabezado por Gadi Eisenkot, 25 bancas, contra 21 del Likud. Una semana después Eisenkot caía a 23, mientras Naftali Bennett crecía con B’Yachad hasta 15. Pasando en limpio, como los desplazamientos ocurrían más que nada dentro del espacio contrario a Netanyahu, la relación general de fuerzas se sostiene.

Entra en la partida el general retirado Ofer Winter y la misma lógica aplica en el variopinto campo de la derecha: no captura nuevos votantes sino que su crecimiento ocurre a expensas de fuerzas que ya integraban ese universo político. Según el relevamiento, su fuerza expulsa al Sionismo Religioso de Smotrich por debajo del umbral electoral. Winter, cuya candidatura merma votos a Netanyahu, anunció que sólo lo recomendaría a él como primer ministro.

Es como si el desprendimiento de témpanos de un glaciar constituyera una constelación insular de pequeñas expresiones de lo mismo. Y Netanyahu supo adaptarse a esto. Sabe que podría ganar una elección en votos y perderla en bancas, y vio a ex socios devenidos rivales caer bajo el umbral electoral, como en abril de 2019 le pasó a Bennett, Ayelet Shaked y a Moshe Feiglin. Más de un cuarto de millón de sufragios de derecha a la deriva inspiraron a Netanyahu a intervenir activamente cual director de orquesta de la derecha, promoviendo fusiones entre partidos pequeños, listas conjuntas y lugares reservados dentro del Likud para evitar candidaturas piantavotos. La izquierda y los partidos árabes no supieron hacer lo mismo, y ante su propia disgregación, rivalidades y falta de interpelación, vieron naufragar cientos de miles de votos en beneficio de Netanyahu.

La fragmentación, lejos de constituir un rasgo de la derecha, atributo que se expresó en la rivalidad de Netanyahu con Bennett, con Avigdor Liberman, con Benny Gantz, es un factor común para todo el arco político, y como tal, es una variable política que aprendió a administrar mejor que sus adversarios. Un ex competidor como Liberman, que arrastraba un caudal residual pero no menos influyente desde la derecha nacionalista, hasta 2019 ensayaba el rol de kingmaker, pudiendo negociar los escaños necesarios para completar la necesaria mitad más uno de 61.

Hoy no existe una figura equivalente. La capacidad de desempate se ha fragmentado junto con el voto. Puede depender de si Smotrich atraviesa el umbral; de qué ocurre con Winter; de si las pequeñas listas del denominado tercer bloque consiguen unirse; de las bancas de Ra’am y Hadash-Ta’al-Balad; de la posibilidad de un gobierno minoritario; o de qué dirigente de la oposición acepta sentarse con qué otro. Eisenkot explora incluso la posibilidad de constituir, como último recurso, un gobierno de 58 bancas que pueda asumir gracias a la abstención de legisladores externos a la coalición.

Este año hay más y más candidatos que movimientos representados en plataformas. Los partidos haredim conservan bases sociales, religiosas e institucionales reconocibles. Otzma Yehudit y Sionismo Religioso representan corrientes religioso-nacionalistas con organizaciones, comunidades, rabinos, redes educativas y asentamientos que exceden largamente a sus dirigentes circunstanciales. Netanyahu los invita a volver a unificar sus listas para que Smotrich y Sionismo Religioso pasen el umbral: por ahora, ambos partidos prefieren mantenerse separados.

Por su parte, los partidos árabes mantienen identidades políticas y comunitarias propias. Yisrael Beytenu, aun se alza como representante de un electorado secular y nacionalista fuertemente asociado a la inmigración rusoparlante. Los Demócratas, producto de la unión entre el laborismo y Meretz, conservan una genealogía partidaria e ideológica identificable.Sin embargo, buena parte de las alternativas que aspiran a reemplazar a Netanyahu se presentan de otro modo.

Yashar es, ante todo, el partido de Gadi Eisenkot. B’Yajad ofrece a la dupla de Naftali Bennett y Yair Lapid. Gilad Erdan creó este mes Unidad junto con Yuli Edelstein y se presenta expresamente como posible dirigente para una etapa posterior a Netanyahu. Chili Tropper y Yoaz Hendel crearon Hogar Sionista-Los Reservistas. Durante meses se discutió incluso la posibilidad de juntar a Bennett, Eisenkot y Lapid en una única formación, inicialmente denominada “Nuevo Israel”, cuyo problema central habría sido determinar quién debía encabezarla. Todas estas opciones se distinguen de Netanyahu al articular una centro-derecha o derecha más institucionalista, no connivente con los ultra-ortodoxos y su renuencia a servir en el ejército y que apueste a una responsabilidad cívica más amplia que servir exclusivamente a representados de la derecha.

Nuevas y viejas identidades e ideas

Programas no faltan: Eisenkot propone servicio militar universal, una comisión estatal sobre el 7 de octubre, seguridad y reconstrucción; Erdan y Edelstein se asumen como una derecha pro reclutamiento haredí; Tropper y Hendel ensayan un espacio de centro-derecha con puentes a otros sectores. Las diferencias reconocibles entre ellos conviven con una característica contemporánea de la representación política: los partidos parecen organizarse crecientemente en torno al personalismo de dirigentes capaces de ofrecer una alternativa de liderazgo antes que alrededor de movimientos políticos consolidados capaces de producir dirigentes.

En otras palabras, esta es una elección de nombres propios, de personalidades, de estilos y experiencias estrictamente biográficos: la sobriedad, experiencia militar y el duelo personal de Eisenkot, el carácter probo, tecnocrático y pragmático de Bennett, el inamovible centrismo y laicismo de Lapid. Pero son dinámicas adversariales más basadas en personas capaces de seducir partes del electorado que entre partidos con cuadros capaces de producir proyectos con linajes intergeneracionales como los descriptos al comienzo, que para bien o mal, hacen a la configuración política de valores, sentidos de pertenencia e institución de formas convivenciales para una sociedad.

¿A quién elegir? ¿A “Bibi”, o, “a cualquiera menos Bibi”? La respuesta parece apuntar a que debe ser alguien individualizable. El filósofo francés Claude Lefort insistía en que la democracia moderna supone que nadie pueda apropiarse definitivamente del lugar del poder, permaneciendo simbólicamente vacío porque sus ocupantes son transitorios y porque ninguna persona puede identificarse por completo con el pueblo, el Estado o la sociedad. La proliferación de candidatos no contradice ese principio, pareciendo dar cuenta de una competencia pluralista y de oportunidades de recambio, y sin embargo, pese a la multiplicación de candidatos, Israel escasamente logra reconstruir organizaciones políticas que medien entre sociedad y Estado.

Esto es notable para una sociedad visiblemente movilizada políticamente, antes y después de la pandemia, antes y después del 7 de octubre; una sociedad productora de nuevas identidades políticas instituidas en las calles por activismos espontáneos. Incontables protestas vieron irradiar constelaciones de movimientos que surgieron repudiando la corrupción y autoritarismo de Netanyahu, que denunciaron la reforma judicial, que condenaron la guerra con Hamas, que clamaron por el regreso de los rehenes. El Frente Rosa, Banderas Negras, Crime Minister, Ein Matzav, Standing Together, marcharon con reservistas, ciudadanos auto convocados, y se manifestaron junto a partidos y movimientos preexistentes. La descentralización, la acción solidaria en red y la falta de jerarquías caracterizaron a todos estos actores.

Pero pese a toda esta efervescencia, capacidad organizativa, emocionalidad en torno al duelo del 7 de octubre, y coraje para enfrentar la represión, la sociedad israelíllega a las urnas con una oferta opositora hiperpersonalizada y eminentemente desconectada de estos actores. Alguna encuesta de 2023 señalaba que una posible lista de dirigentes de las protestas podría haber captado diez bancas sin efectuar cambios entre bloques: es decir, sin producir electorados nuevos entre los tantos desencantados de la política o desplazando votos de otras preferencias. La política parece expresarse, un rasgo propio de la democracia, en la acción social; en las calles, como ámbitos de aparición del pueblo. Y sin embargo, no es desde aquí que se puede competir ni desplazar a funcionarios y candidatos, mientras que el sistema partidario institucionaliza la reposición permanente de Netanyahu.

Hay cada vez más actores capaces de representar partes y una dificultad persistente para construir una representación amplia que no dependa exclusivamente de la persona encargada de encabezarlo. Esto se aprecia especialmente en las negociaciones sobre posibles coaliciones condicionadas por múltiples vetos: quién acepta gobernar con Netanyahu, quién acepta a Ben-Gvir, quién acepta a los haredim, quién puede gobernar con apoyo árabe, quién acepta a Yair Golan.

Estos vetos se multiplican si nos referimos a cómo esta galaxia de partidos, de derecha a izquierda, escasamente consideran interpelar a la población árabe, cuyos partidos encararan un desafío altísimo: ¿superarán el umbral electoral? Si lo hacen, ¿se constituirán en el apoyo indispensable de una oposición anti-Netanyahu, y de hacerlo, qué oportunidades tiene esa coalición de sobrevivir a su propia diversidad? Si el pluralismo es un rasgo indispensable de la democracia, la difícil convivencia de intereses y expectativas de sectores tan distintos se tensiona más aún si incorporamos la variable etno-nacional y religiosa entre judíos y árabes israelíes.

El actual rescate simbólico del Altalena y de Begin se expresa desde dos alternativas igual de problemáticas. La primera involucra a un Netanyahu con una década de causas abiertas, tendencias autoritarias y disposición a unificar las tantas derechas al punto de haber abierto una caja de Pandora que su padre político había sellado. Begin consideró que quienes le dieron a Netanyahu el apoyo necesario para armar coalición no formaban parte del gesto que tuvo él en el Altalena al deponer finalmente las armas.

En parte, las prácticas de Ben-Gvir coinciden con las de Netanyahu, en tanto ambos recurren a una instrumentalización táctica de las instituciones estatales para actuar en contra de algunos de sus valores fundantes. Sin embargo, la recuperación que hace Ben-Gvir de la figura de Begin pone el énfasis precisamente en otro gesto: el de evitar una guerra civil fratricida. Es Netanyahu, en cambio, quien, desesperado, le recuerda a Ben-Gvir que, si no unifica su partido con el de Smotrich para apoyarlo, y si Winter y Eisenkot galvanizan esa dispersión, los votos de la derecha se perderán. Si la oposición ganara, el Gran Israel con el que sueña Ben-Gvir —que incluye su propio hogar en los Territorios Ocupados— podría ser desmantelado. No es la primera vez que Bibi, o que cualquier político, israelí o no, cifra el desenlace de unas elecciones en un tono existencialista y catastrófico. Y, no obstante, la posibilidad real de que sean derrotados se asoma, como la carcaza de un barco espectral que, mostrando sus corroídos colmillos, amenazó el proyecto de organización nacional en su hora más preciada.