¿Qué cuenta una biopic? Kafka y De Gaulle revisitados

Kafka y De Gaulle regresan a la pantalla, pero no como figuras congeladas en el pasado. "Franz" propone desarmar al escritor convertido en ícono y recuperar sus ambivalencias; "La batalla de De Gaulle" reactualiza la figura del líder de la Francia Libre en medio de las disputas contemporáneas por la memoria y la identidad nacional. Dos biopics que revelan las variantes que propone esta forma narrativa.
Por Natalia Weiss

El estreno de dos nuevas biopics, películas biográficas, como Franz y La batalla de De Gaulle se presenta como una buena ocasión para reflexionar acerca de este tipo de relatos. Lejos de imponer una única construcción basada en una organización cronológica y puramente biográfica, las posibilidades de acercamiento son amplias y ponen en jaque la idea misma de una mirada única sobre dicha forma narrativa. Franz sin duda lo hace, al hacer estallar en pedazos una estructura convencional para justamente intentar acercarse a un ícono artístico como Franz Kafka o, más bien, a las contradicciones de Franz. En la segunda, a través de una estructura épica y monumental de más de cinco horas, que se centra en el accionar del De Gaulle de la Francia Libre en la Segunda Guerra Mundial, se vuelve a traer al primer plano de la política actual una figura histórica central en el país galo.

Franz Kafka: exploración cinematográfica al servicio de una figura singular

La búsqueda y osadía artística a la hora de pensar cómo realizar obras suele ser un motivo de celebración. ¿Cómo no serlo si se trata de no encasillar a un artista que no fue igual a ninguno? Como si las formas convencionales no fueran acordes a un escritor que hizo de su original mirada un punto de vista sobre el mundo y marcó un antes y un después en la literatura, como lo han estudiado y leído especialistas como Benjamin o Deleuze, y lectoras/es de distintas generaciones. Así lo entendió la realizadora polaca Agnieszka Holland, directora de películas como Europa Europa, y de otros acercamientos de índole biográfico, que también hicieron uso de una libertad ficcional, como El fuego y la sombra (Total eclipse), sobre la apasionada historia de Rimbaud (Leonardo Di Caprio) y Verlaine (David Thewlis) y La pasión de Beethoven (Copying Beethoven) con Ed Harris. Aunque en esos casos no se quebró tanto desde lo formal como en este, dado que la búsqueda de Franz, según sus propias palabras, la condujeron aquí a pensar en términos fragmentarios, con distintas capas temporales y de sentido que van desde la Praga de finales del siglo XIX hasta la Viena posterior a la Primera Guerra Mundial. En este último tiempo, y aún más a partir del centenario de su muerte, abundan reimpresiones de sus escritos y nuevas miradas sobre él. Dentro del ámbito cinematográfico, podemos volver al Kafka de Steven Soderbergh de los años noventa con Jeremy Irons o mucho antes a El proceso de Orson Welles, (entre tantas otras, entre ficciones y documentales hasta de la propia directora, para la tv polaca, en los años ochenta, también sobre la obra El proceso), a un presente en el que, al mismo tiempo, se estrena Franz(con muy poca permanencia) en cines y se ofrece una miniserie austroalemana de seis capítulos en Films&Arts (Kafka, David Schalko, 2024) en la que los vínculos determinan la narrativa. Lo hacen también en la propuesta de Holland, pero enhebrando sus relaciones familiares, amorosas -Milena Jesenská (Jenovéfa Boková), Felice Bauer (Carol Schuler), Grete Bloch (Gesa Schermuly)- y amistosas -se destaca la de Max Brod (Sebastian Schwarz), a quien debemos no haber perdido sus escritos-. Incluso los personajes, alternativamente, comentan algo sobre él mirando a cámara, escapando del corsé del argumento, y dando cuenta que se ponen en juego una confluencia de miradas y tiempos. Para este desafío, resulta fundamental destacar al actor alemán Idan Weiss, no únicamente por su physique de role impactante, sino porque su mirada, así como sus movimientos y risas frenéticos, resultan difíciles de olvidar. Todo en esta película está ensimismado en el personaje.

No sólo no existe una búsqueda cronológica, ni siquiera un uso de una temporalidad y espacialidad objetivas, sino que se superponen capas visuales y sonoras (aun con música moderna), haciendo también correspondencias entre la vida y las obras del escritor montadas como la misma puesta en escena, las imágenes mentales y miradas museísticas y de consumo posteriores (hasta en un local de hamburguesas) que buscan reconstruirlo y apropiarse de su figura. En contraste, lo que se intenta en este film es sumergirse (y sumergirnos) en una experiencia artística, donde se involucra lo perceptivo y se fusionan el universo literario con lo vital, llegando al extremo con En la colonia penitenciariay las imágenes de una tortura que toman forma. Incluso se superponen con algunos momentos traumáticos de la infancia con su padre Germann (Peter Kurth), que marcan su presente hasta su muerte por tuberculosis a los cuarenta años. Como dando cuenta que, si vamos a intentar acercarnos a Franz, un inclasificable,tenemos que sumergirnos en otras formas que incluyen la experimentación con el lenguaje cinematográfico y sus recursos, lo que hace a esta película no siempre sencilla de recorrer (¿debería?) pero sí distinta y original como este escritor checo que usaba como lengua de escritura el alemán y podía provocar desde incomodidad hasta risa, o ambas. Un mosaico que recuerda que es propio del arte proponer ambivalencia, no acomodarse, y atravesar toda adecuación.

La batalla de De Gaulle: de historia y épica

De Gaulle, figura esencial de la política e historia francesa, posee una enorme cantidad de producciones en distinto formato sobre su figura. La anterior más reciente y con estreno en salas hace poco más de cinco años en Francia fue De Gaulle (Gabriel Le Bomin).

En este caso, se trata de un díptico, de tipo superproducción, con una primera parte titulada La edad de hierro/Resistencia (1940-1942) y una segunda, Escribo tu nombre/Libertad (a partir del poema de Paul Éluard escrito clandestinamente por esos años (1943-1944), estrenadas, también en Francia, por separado. El marco se enfoca, en este caso, en “el camino del héroe” durante los tiempos de la Segunda Guerra Mundial. No busca un recorrido sobre su vida, sino una reflexión sobre la incidencia de su figura en ese período preciso de la historia.

Al hacerlo provoca, como suele suceder en estos casos, discusiones entre políticos e historiadores sobre cómo y desde dónde se narran los hechos como eco de una masiva concurrencia a los cines franceses.
En una narración centrada en la figura del militar, aunque rodeada de un enorme número de personajes y extras, el protagonista es representado con una potente capacidad evocadora por el actor francés de ascendencia armenia Simon Abkarian, quien pasó su infancia en el Líbano. El director, Antonin Baudry, construye una mezcla entre película de aventuras y relato bélico. La política no es ajena a su trayectoria: después de ejercer cargos diplomáticos en distintas embajadas, fue asesor del ministro de Asuntos Exteriores Dominique de Villepin. En ese cargo, Baudry redactó el célebre discurso contrario a la invasión de Irak, pronunciado por el ministro ante el Consejo de Seguridad de la ONU el 14 de febrero de 2003. Esta experiencia parece cobrar relevancia en el film, sobre todo en su segunda parte, que toma como eje una supuesta intención —discutida en los medios franceses actuales, pero reivindicada, entre otros, por el propio realizador— de establecer una suerte de administración estadounidense en territorio francés, a modo de protectorado, luego de la Liberación.
En una entrevista con el historiador Olivier Wieviorka publicada en Le Figaro, el propio historiador, si bien se refiere a las tensiones con los aliados —muy presentes desde el inicio del film y cada vez más intensas hacia la segunda parte—, considera que esta hipótesis en particular pertenece al terreno del mito. Es decir que, en este largometraje, no solo están en juego los recursos y el despliegue cinematográficos, sino también distintas visiones sobre la historia, o sobre una parte de ella. En este caso, sobre todo fuera de las fronteras francesas, la película permite recordar que esta parte de la guerra transcurría en paralelo en África, además de en la Francia ocupada y en el exilio londinense del líder de la Resistencia.

Junto con su co-guionista e historiadora, Bérenice Vila, tomaron la biografía no traducida al castellano: Una cierta idea de Francia (A Certain Idea of France: The Life of Charles de Gaulle), del historiador inglés Jackson, porque querían subrayar su enfoque que no construía un ícono sino una idea de: “David contra Goliat”.

Y agrega el director: “Lo importante para mí era desacralizar a De Gaulle para recuperar lo humano”. El otro protagonista de la primera parte, más allá de sus contactos con Churchill (Simon Russell Beale), es un joven resistente, Bernard Bonnier de La Chapelle (Florian Lesieur), quien, desilusionado por un pacto con los aliados y el gobierno de Pétain en el norte de África, asesina al funcionario colaboracionista Darlan (Mathieu Kassovitz) y es fusilado. Baudry cuenta que, durante la investigación previa a la escritura del guion, la carta que este joven le escribió a su padre antes de ser fusilado resultó determinante para convertirlo en uno de los protagonistas.
Al mismo tiempo, el director destaca que hubo un gran número de jóvenes que contribuyeron a determinar el destino de Francia: desde figuras emblemáticas de la Resistencia, como Leclerc (Niels Schneider) y Jean Moulin (Félix Kysyl), este último capturado más tarde por la Gestapo y torturado por Klaus Barbie, hasta otros menos conocidos. La Liberación, sostiene Baudry, no dependió únicamente de Estados Unidos y los demás aliados, aunque fueron ellos quienes, según su mirada, terminaron contando y representando la historia de ese modo.

¿Qué nos dicen estas biopics?

Pensar en ambas es pensar el territorio vasto de lo que se conoce como la escritura (cinematográfica) de la biografía. En cada caso se elige el recorte a abordar, además de la forma de hacerlo. Y lo que cuentan, establece un diálogo actual con lo que vienen a decir (nos) hoy. Kafka, no es aquí un tótem del pasado para adorar sino un puente para pensar la vigencia de su obra y la desnaturalización que propone; es una fuerza de resistencia a cualquier forma de domesticación y sacralización, de planteo de legado edificante. No ofrece lecturas únicas sino inquietudes y la única certeza de que el arte sigue latiendo cuando sigue buscando y no se acomoda a elaboraciones o lecturas sosegadas.
En cuanto a la figura del político francés, padre de la Quinta República, forma constitucional vigente en ese país, lo que sale a la luz con el impacto es la enorme convulsión presente hoy en la construcción de su identidad nacional.
Fue también en el período de posguerra cuando, en el gobierno gaullista, se establecía la construcción de las memorias de una Francia unánimemente resistente que se acerca, con matices y diferencias, al discurso que se retoma en esta representación: sin los franceses Francia no era liberada. No parece casual tampoco que otro film que está en cartelera por esas tierras, que fue también estrenado este año en el festival de Cannes (como, fuera de concurso, lo hizo la primera parte de La batalla…) es Notre salut(Un hombre de su tiempo, Emmanuel Marre, 2026), que entre otras menciones recibió el premio a mejor guion en ese festival y que tiene como marco la Francia de Vichy. El impacto en este año de elecciones parlamentarias (y presidenciales el próximo), con el apellido Le Pen nuevamente en el candelero y arriba en las encuestas, con el uso de dicha figura histórica por parte de todos los arcos políticos (tal vez una de las principales figura de la historia francesa del S.XX) es la evidencia de la vigencia de las discusiones que propone.
Ambas nos dicen que el cine siempre le habla al presente, a nuestro modo actual de mirar, pensar y vivir en el mundo.