Y aun así…

A partir de los textos rituales de los Iamim Noraim, un recuerdo familiar, Lacan y el último libro de Leonardo Senkman, Tova Shvartzman ensaya una lectura de los Días Terribles después del 7 de octubre. Una reflexión sobre el shofar, la angustia, la memoria y una esperanza que quizás ya no consista en esperar, sino en actuar para que la historia no se repita.
Por Tova Shvartzman

Estamos a las puertas de Iamim Noraim. Esos Días Terribles que la tradición judía marca en el mes de Tishrei para englobar un Tiempo entre paréntesis, donde reflexionamos sobre lo que hicimos. Esta es la lectura tradicional. 

¿Puede haber otra lectura, avalada por los textos y una forma de leer?

A partir de la idea del collage, donde elementos de distinta textura, color, origen y materialidad se combinan para dar a ver “algo” que solo puede percibirse una vez que se presenta la “obra completa”, propongo aquí poner en relación una serie de elementos diversos que, al ser reunidos y leídos en conjunto, permiten construir una posible lectura de los Iamim Noraim (ימים נוראים).

Varias son las “piezas” de un rompecabezas sin terminar, abierto a nuevos aportes.

He aquí los elementos:

1. El sintagma “IAMIM NORAIM”

Norah, dice el diccionario (Noraim es su plural) se refiere según el contexto a lo que es terrible, asombroso, digno de estar alerta, reverenciable. Fuera del orden de lo “natural” de las cosas.

Es, desde este punto de vista, un Tiempo fuera de Tiempo, un “algo” que ocurre en un momento determinado en el mes de Tishrei. Hay solemnidad en un encuentro que no tiene garantizado el buen resultado.

Las acciones buenas no garantizan la Vida para el próximo periodo de tiempo. El mismo texto del ritual dice que hay una “sentencia”, que ella no tiene bondad, que solo se puede atrasar lo inexorable (Roa Hadzera, רוע הגזירה) si la voluntad de Dios quiere. 

2. AKEDAT ITZJAK (עֲקֵידַת יִצְחָק)

En español “La atadura de Itzjak”, no se traduce como “el sacrificio”.

Ya Kierkegaard, en Temor y temblor —nunca mejor título para este libro, que analiza el relato bíblico del Génesis—, lee la atadura como la experiencia de Abraham, compelido a quedar entre su hijo y Dios y a disponerse, por designio divino, a degollar aquello que más ama y desea.

Ver el cuadro de Caravaggio sobre este pasaje bíblico es estremecedor. No es Abraham quien, por propia decisión, salva a su hijo deponiendo el cuchillo: es un ángel del Señor quien interviene y se lo impide.

Y, en reemplazo de Isaac —porque alguien o algo debe ser sacrificado a Dios—, aparece un carnero. De él, del animal destinado al sacrificio, queda su cuerno. Ese cuerno es el shofar.

Este texto se lee el día de Rosh Hashaná. Tradicionalmente se dice que el sonido del shofar —ese instrumento de aire presente, de distintas formas, en tantas culturas— es, en la tradición judía, un llamado al pueblo para que despierte a la reflexión. Sin embargo, en las Escrituras no se lo llama Rosh Hashaná: es Iom Truá, el día del “sonido”, del toque.

Curioso objetivo, el de despertar a la grey, cuando el pueblo lleva ya un mes entero bien despierto: desde Elul, el mes de las Slijot (סליחות), las peticiones de perdón, viene revisando sus cuentas.

Andamos cerrando cuentas con nuestro prójimo, saldando algunas deudas, dejando otras pendientes, intentando reparar lo que se pueda reparar. Y las que tenemos con Dios, esas no las podemos saldar nosotros: será Él quien decida.

Hay otra lectura que el Majzor (texto ritual que se lee en los Iamim Noraim) avala a partir de algunas frases, dos de las cuales nombrare aquí.

El sonido del Shofar, que no es música, es un sonido aterrador, estremecedor, en el silencio de la grey que espera la sentencia, espera la inscripción y firma del Libro de la Vida, espera que nuestros nombres figuren en el. 

Espera … ¿Qué espera? que Dios no se duerma, no mire para otro lado, no nos ignore, que nos recuerde para la Vida. Por eso el Shofar, su sonido es para despertarlo a él.

Mi zeide y Lacan estaban de acuerdo en este punto. Mi zeide lloraba al leer: “Zojreinu lejaim, melej jofetz vajaim, vecotveinu besefer hajaim”.

Traducción —que, como toda traducción, traiciona—: “Recuérdanos para la Vida, Rey de la voluntad y de la Vida, e inscríbenos en el Libro de la Vida”.

Y lloraba en idish cuando decía: Zol got nor gedenken, dos lebn undz shenken. Lemaanja elohim jaim”.

Traducción —también traicionera—: “Que nos recuerdes, para otorgarnos la Vida. Para ti, Dios Viviente”.

Tanto en idish como en alemán, ese “zol” resulta difícil de traducir. Es algo así como un imperativo deseante: “que sea”.

Lacan —no creo que llorara— leyó, creo, lo mismo que mi zeide. No somos nosotros los que estamos en peligro de olvidar. Es Dios quien, por alguna razón, por algún designio divino, puede olvidarse de nosotros. Y si Dios nos olvida, ya no será el Libro de la Vida el que determine nuestro destino.

3. El 7 de octubre d 2023, el 27 de octubre de 2026 y el libro de Leonardo Senkman

Semblanzas de vida y muerte. Utopistas latinoamericanos en Israel, el libro de Leo, se divide en dos. Así lo leí.

Como en un après-coup, aquello que ocurrió antes del 7 de octubre de 2023 —y que Leo testimonia en su libro— adquiere otra lectura a partir de esos Iamim Noraim: de la crueldad de la masacre, de lo traumático, de lo horroroso —del sentido mismo de la palabra Norah— y de esa frase que tantos repiten: “No salimos todavía del 7 de octubre”, “todavía estamos ahí”.

Sin poder hacer los duelos necesarios para seguir adelante, el 7 de octubre se convierte también en un antes y un después. Lo traumático persiste. Lo horroroso todavía subsiste en el Sur. Son, aún allí, Iamim Noraim.

El 27 de octubre próximo, con las elecciones, aparece la posibilidad de no repetir la sentencia de todos estos años: la repetición de aquello que no funcionó. Hay que romperla. Y ojalá esa ruptura pueda ser también una nueva inscripción en el Libro de la Vida del Estado de Israel.

Muchos deberán pedir perdón. No a Dios, sino a sus prójimos. Aunque hay cosas que, quizás, sean imperdonables.

4.  El lugar de LA ESPERANZA en lo Por Venir

Quizás no sea la Esperanza la clave del porvenir. Después del 7 de octubre, esa palabra está en jaque.

Quizás no se trate de esperar, sino de saber que no hay que esperar. De ningún Dios, ni de ningún Ideal, ni pretender que el antisemitismo desatado a nivel global sea apenas una cuestión de educación.

Saber que, en estos Iamim Noraim, el shofar adquiere otro sentido: el del llamado a la única forma posible de futuro. Un llamado estremecedor, sin garantías, a no repetir.

Quizás la lectura de los Iamim Noraim de este año sea que los Días Terribles han dejado algo como resto: a costa de tanta pérdida, quizás la angustia haya encontrado su certeza.

Y, aun así, Jag Sameaj.

Y, aun así, que seamos inscriptos.

Y, aun así, Shaná Tová.