I.
Contra lo tan disputado, y difícil de reconocer, se hace necesario decir que la Solución final de la cuestión judía no iba meramente dirigida contra una identidad, una etnia o una religión. No iba dirigida contra la realmente existente condición heterogénea, indeterminable en sus bordes o límites, careciente de soberanía, afectada por un agobio mitómano secular que le atribuía todos los males del mundo. Más bien, aquello que era tal condición fue condición para que sirviera de metonimia -el nombre judío- de la Emancipación, en el marco de la modernidad reaccionaria que el nazismo vino a encarnar. El nazismo no fue meramente conservador de un pasado que restaurar, sino que vino a rectificar la modernidad con un movimiento hacia adelante, presentado como progreso, como revolución, como recuperación mitificada de un pasado imaginario para proyectar mil años de felicidad imperial. Desaparecer para siempre el nombre judío y su memoria como si nunca hubiese existido, recordar solo que fue destruido y exonerado, liquidaría en forma decisiva la Ilustración, la razón crítica, la liberación del Antiguo régimen, la abolición de la esclavitud. Esa faena vino a hacer el nazismo. La radicó en la desaparición del nombre judío. La materia social del nombre judío estaba y está constituida por tantos conflictos y contradicciones concernientes a la sociedad, a la historia y a la memoria en general, que al desviar categorialmente los conflictos y diferencias del plano universal a la condición particular de una minoría expuesta a la intemperie desde hacía siglos, y por lo tanto indefensa y vulnerable dadas esas condiciones, sería posible asestarle un golpe decisivo a la Emancipación de un modo mucho más fácil de lo que solemos concebir. Para ello hubo dos requisitos que satisfacer, que no suelen estar en el centro de la atención. El primero y fundamental era eliminar a todos los judíos, en todas partes, en el mundo entero, no importaba si ricos o pobres, si reaccionarios o revolucionarios, si creyentes o ateos, si sionistas o antisionistas, si combatientes o pasivos, si cultos o ignorantes, si apátridas o héroes nacionales de la Primera Guerra. La eficacia del desplazamiento categorial residía en un acto mágico y supersticioso, legado por la historia de las persecuciones y pogromos, de atribuir a ese grupo todos los males. Nadie debía sobrevivir cualquiera que fuera su diferencia particular. De ese modo se le aplicaba un golpe letal, exterminador a la dialéctica del conflicto social y la diferencia. Si de nada importaba quién se era, cómo se actuaba sino qué se era, sobre esos cuerpos indiferenciados pero culpables absolutos se podría expiar el agobio que, durante doscientos años, por lo menos -sin contar genealogías y procesos- la modernidad emancipatoria había cernido sobre el mundo y particularmente sobre Europa. El resentimiento acumulado por una igualdad prometida pero no consumada, los narcisismos de las pequeñas diferencias, las promesas incumplidas y los sueños de la razón moderna, todo ello se condensó en una cervecería de Múnich, por usar su escena fundacional como figura. De entre lo más difícil de representarnos del holocausto en el mundo sobreviniente se cuenta este carácter abyecto de la supresión de toda agencia ejercida por las víctimas del exterminio. La nuda vida de millones de vidas imputadas por diversas afinidades culpables, de las cuales la condición judía fue su variante rigurosamente “impura”, todas esas vidas, reducidas a su plano basal cuando la máquina se perfeccionó, debían ser convertidas en humo. Nadie podía salvarse. La ineluctabilidad de un destino funesto aplicado arbitrariamente a una categoría de seres humanos, destino sostenido con rigor técnico, estadístico, demográfico y clínico, tal ineluctabilidad sistemáticamente obedecida es la contraseña de la liquidación de la razón modernista. Es una política de la sinrazón llevada hasta las últimas consecuencias. No es una novedad señalar esta relación entre el absolutismo totalitario y el destino de un grupo humano, salvo porque resulta oportuno recordarlo junto a la lectura de la historia, precisa, dispuesta y lúcida que Yoel Schvartz propone en tiempos de nuevas confusiones y malversaciones. No hay disputa alguna de privilegios ni jerarquías entre víctimas que justifiquen enunciados, identidades o decisiones de ninguna índole. Al contrario, detenernos en lo acontecido del modo adecuado, fieles a la facticidad de los sucesos, es la condición de posibilidad de arribo a un nuevo universalismo crítico que se nos adelanta como demanda urgente en los tiempos que corren.
Una señal de lo indigerible que nos resulta la cuestión de la condena inapelable absoluta, sin excepciones ni desvíos, la podemos hallar en cómo se conmemora o relata el Levantamiento del Gueto de Varsovia. Allí encontramos un anclaje sobre lo que nos ocupa en estas líneas. Según la historiografía, en el Levantamiento participaron todas las perspectivas ideológicas, culturales, sociales y políticas, todas en sus diferencias inconciliables y aun sin ponerse de acuerdo en la acción misma del Levantamiento. Todos fueron asesinados porque para las ratas, la peste, los piojos, la abyección en su plenitud que le era conferida a los judíos, ninguna diferencia podía ser relevante. Y, sin embargo, suele no ser así como se lo conmemora ni relata: cada ideología, cada posición social o cultural cuenta su narración sobre el Levantamiento, y en pocas relevamos lo constatable. Algunas narrativas conmemorativas no reconocen lo que efectivamente ocurrió. Para algunos sionismos fueron actos de heroísmo predecesores de la edificación del Estado de Israel, para algunas izquierdas no sionistas o autopercibidas antisionistas fue un acto revolucionario de emancipación, para otras narrativas auto o hetero descriptas de este modo, fue una Masada del siglo XX, un hecho de desesperación suicida por quitarle al verdugo el control del patíbulo, causarle algunas bajas, que no le resultara gratuito, y morir como seres humanos y no como liendres. El Levantamiento del Gueto de Varsovia debería conmemorarse en forma más cercana a la última alternativa mencionada, como un suceso de la humanidad, del gesto último de cuerpos abyectos por liberarse de la aniquilación al recuperar la propia muerte. Narrar el Levantamiento como legitimador de cualquier distinción identitaria verificable es problemático incluso en un sentido de respeto[i] por las víctimas, aunque ellas en sus propias acciones últimas no lo vieran así. ¿Cuánto pudieron saber las víctimas del holocausto acerca de qué era lo que les estaba sucediendo mientras les estaba sucediendo? Esta es una pregunta existencial radical que hacernos por el resto de los tiempos. Nadie podrá nunca responderla porque nadie podrá nunca hablar en nombre de los desaparecidos.

II.
Hay una forma moderada de negacionismo o al menos de subestimación del exterminio tal como sucedió en el Tercer Reich que es la creencia o la suposición sobre la clandestinidad con que se ejecutaron los crímenes, la premisa de que se ocultaban los cuerpos para ocultar los crímenes, como lo haría cualquier sicariato, o como puede suceder con crímenes de guerra y otros delitos en que se escamotea el cuerpo del delito. La presente publicación tiene lugar en la Argentina, un país hispanoparlante más, pero también el país en que se acuñó la palabra desaparecido, reproducida en diccionarios de diversos idiomas tal cual, como “desaparecido”, sin traducir, en referencia a lo acontecido en nuestro país bajo el “Proceso de reorganización nacional”, la dictadura genocida de 1976. La relación entre lo sucedido en nuestro país y la Solución final supone vínculos sobre los que no se ha agotado su estudio en la bibliografía disponible, aunque la cuestión ha sido extensamente tratada de diversos modos. Haber transitado tal historia reciente arroja luz retroactiva sobre el Tercer Reich, porque no se trata solamente de una influencia de aquellos perpetradores nazis sobre los perpetradores argentinos, que la hubo, y de la cual el acontecimiento desaparecedor es una incisión decisiva: se trata de considerar el fin, más allá de que los medios no fueran idénticos, de determinar el objetivo purificador de la sociedad argentina a la cual había que rectificar respecto del judeobolchevismo mediante la desaparición ante una sociedad a la vez espectadora y ciega. Se trató de llevar a cabo tal exterminio en vecindad, concomitancia o posterioridad respecto de sucesos bélicos o de violencia política, justificar la calamidad genocida como parte de una estrategia civilizatoria. Todo ello nos ha llevado, con divergencias y confluencias, con largos periodos de experiencia social y cultural así como de reflexión y trabajo de investigación, a que la Argentina se sitúe en una recepción específica, sin ser exclusiva, en relación con el acontecimiento de la desaparición, verificada en biografías y genealogías familiares partícipes de ambas experiencias funestas, de maneras directas o indirectas, sobrevivientes o víctimas.[ii] No se trata de una libre asociación ni de una mera analogía por semejanzas o comparatismos sino de una genealogía. La Emancipación fue liquidada antes y después, e irradia su método, su ideología de la extinción propiciada más allá de territorios y temporalidades: pueden ya haber muerto generacionalmente todos los perpetradores y sobrevivientes de otro genocidio precedente como el armenio y, sin embargo, la cuestión permanece intacta aun cuando ya nadie puede ser castigado por sus crímenes ni escuchado su testimonio sobreviviente como víctima. La cuestión del pasado exterminador y del negacionismo permanece vigente, aun con el paso del tiempo. Nos confirma tal circunstancia la condición irrevocable del designio desaparecedor: no hay quien lo pueda cancelar, no hay indulto posible porque el sujeto desaparecedor pone en marcha una máquina tanática que una vez liberada de toda atadura se vuelve alienígena, extraña a la humanidad, de ahí que la humanidad sea identificada como víctima del crimen desaparecedor. La juridicidad realmente existente está fracasando en impartir justicia sobre los crímenes de genocidio, de guerra y de lesa humanidad, al haberse clausurado la cuestión dentro del orden del derecho y haberse divorciado el derecho de las humanidades, en el contexto de una crisis civilizatoria que propicia tales desencuentros. Este es también un mérito del presente libro: restituir la biblioteca, la lectura, la historia como núcleo de producción específica de sentido, no como mero registro factual sino como problema que invita a pensar críticamente sobre lo acontecido para encararlo del modo exigente que se requiere, tanto sensible como intelectualmente. Por eso no tenemos ante nuestra mirada un manual sino un delicado gesto de lectura que convoca a las inteligencias y afecciones a la reflexión informada.
III.
Los perpetradores no pueden narrar lo que hicieron. Por sus propios actos renunciaron a la épica, inconcebible para los acontecimientos del horror. La desaparición es inconfesable en un sentido diferente al de la moralidad o el ocultamiento del crimen porque es impresentable tanto en la recepción como en la expresión, pero también para el propio perpetrador. El perpetrador que lleva a cabo las acciones paradigmáticas a las que nos referimos específicamente no incorpora a su dominio lingüístico las acciones que realiza, porque las acciones mismas no se reducen al hecho de la masacre, por lo que son diferentes a sucesos de masacre tal como han acontecido en la historia humana, sino que conciernen a sustraer a las víctimas de su condición de existencia en un sentido precedente y a posteriori de su condición viviente. También había ocurrido en el pasado que sujetos colectivos fueran suprimidos de la vida y de la memoria. Lo “nuevo” es la combinación, el oxímoron entre modernidad emancipadora y acción exterminadora en modo industrial, sistemático, administrativamente planificado sobre cuerpos inermes, puestos en estado de abyección, nuda vida, desamparo. Esto se ha dicho muchas veces y tantas otras se lo ha denegado de muy diversas formas, sobre todo en cuanto a las representaciones de los crímenes exterminadores. Hay un obstáculo inherente para representarlos, tanto más en sociedades del espectáculo y la industria cultural donde todo puede ser objeto de contemplación en estado de goce pasivo. No es el mero espanto o el horror aquello que se nos impone como obstáculo, dado que entonces buena parte de lo que circula plantearía una contradicción insalvable: suscitar emociones estremecedoras es un género narrativo de mercado. Lo cierto es que hay un obstáculo, un borde o un límite insalvable, y extenso trabajo teórico y estético para experimentar cómo lidiar con ello, cómo pensarlo, cómo andar en puntas de pie a su alrededor. Tanto en la bibliografía y cinematografía del “primer mundo” como en la argentina en particular, las obras disponibles en forma creciente y continua son inabarcables. La juridicidad conspira contra los campos interdisciplinarios que indagan sobre la cuestión del exterminio porque requiere una facticidad probatoria que no puede sino ser reductora de los acontecimientos a protocolos delimitados y circunscriptos a la evidencia, allí donde la evidencia ha sido denegada al estatuto del lenguaje mismo desde su origen. La cuestión de las representaciones de los hórridos crímenes es polémica en tanto indecidible.

IV.
El mundo que recibió de un modo u otro el legado del Sinaí, el mundo cristiano y el mundo islámico, no ha podido convivir con una tribu, o secta, o grupúsculo, o ínfima minoría restante ¿qué más podría ser el nombre judío como actor socio político de otro modo? El “mundo” no ha podido abstenerse de asignarle al nombre judío el papel del chivo expiatorio hasta que sobrevino el holocausto, y no solo los perpetradores no podrían articular palabra sobre sus propias acciones, sino que el mundo mismo no soporta lo acontecido y no soporta a quien ha sobrevivido a todo ello.[iii] El mundo lo sabe y por eso se sabe responsable del destino del nombre judío, más allá de la escasa eficacia o utilidad de esa presunción. Esa responsabilidad es comprobable tanto por quienes la reconocen como por quienes la niegan con un esfuerzo mayúsculo de encaminamientos discursivos hoy en proliferación, así como con acciones de violencia simbólica y profanadora de materialidades y de vidas. No es solo una responsabilidad por las vidas sacrificadas sino también por el lugar en el mundo de las creencias escatológicas. ¿No pueden convivir con el resto viviente del origen? En la historia milenaria que esta saga transita hay respuestas contradictorias, argumentos a favor y en contra. En el presente parecen prevalecer los antagonistas.
Ante la guerra de dioses, el desvío expiatorio de la falta, la insolvencia para debatir y soportar responsabilidades, la historia se nos presenta como mediadora y delimitadora de un santuario reflexivo, analítico y crítico de lo acontecido. En el presente libro sucede algo más, una propuesta notablemente sugerente: vayamos a la biblioteca y revisemos estos seis libros, son seis, vienen acompañados de muchos otros, pero se centra en estos seis. Tanto como vienen siendo violentadas vidas y memorias, tanto como no se deja descansar en paz a los muertos, volvamos a la serenidad a la que nos convoca la consideración del pasado, de los debates que le son inherentes, de los diversos puntos de vista que le conciernen. Aspiremos a la sensata conversación que nos restituya una deseable cordura.
[i] Al negacionismo bien conocido y transitado se suma el irrespeto hacia las víctimas del holocausto en cuyo nombre nadie puede hablar sin problematizar el uso de la palabra y el estatuto del lenguaje. Irrespeto considerado como daño colateral irrelevante al servicio de necesidades estratégicas que diversos acto-res “geopolíticos” se trazan como planificación de sus acciones públicas.
[ii] Uno de los dirigentes históricos de los Tupamaros, Mauricio Rosencof, en la orilla de enfrente del Río de la Plata, dio título a su testimonio en este sentido de doble experiencia en su obra Las cartas que no llegaron (Montevideo, Alfaguara, 2000). Sara Rus y Vera Jarach fueron dos Madres de Plaza de Mayo (Línea fundadora), la primera sobreviviente del Holocausto, y la segunda exiliada para no ser deportada. Estos tres casos rioplatenses se cuentan solo entre los más conocidos de la “doble experiencia” entre miles.
[iii] Según las estimaciones demográficas acreditadas, la población global judía actual, de unos quince millones, aun no repuso la pérdida de seis millones sobre una población de hasta dieciocho millones antes del Holocausto.