Reglas básicas
Para entender la complejidad de las encuestas es necesario comprender, en primer lugar, que no estamos ante un sistema que premia exclusivamente a quien sale primero, sino a quien es capaz de formar un bloque de 61 sobre los 120 diputados que integran la Knéset, a partir de la conformación de una coalición interpartidaria.
En segundo lugar, hay que tener en cuenta que en esta elección confluyen una multiplicidad de temas y posturas, correspondientes a la naturaleza cultural, religiosa e ideológicamente heterogénea de la sociedad israelí. A partir de la confluencia de estas dos realidades, las encuestas suelen mostrar dos o tres grandes bloques.
Uno de ellos está conformado por el Likud, liderado por Netanyahu, junto a los partidos del sionismo religioso y de la ortodoxia judía que hoy integran el oficialismo gubernamental: el denominado bloque “pro-Bibi”.
El segundo es mucho más heterogéneo y reúne a partidos y figuras ubicados, con distintos grados de certeza, en la oposición. En este espacio conviven figuras provenientes del sionismo religioso, como Naftali Bennet; referentes de la derecha laica, como Avigdor Liberman; sectores laicos y progresistas, como Los Demócratas, encabezados por Yair Golan; y dirigentes de centro críticos de Netanyahu, como Gadi Eisenkot y su nuevo partido, Yashar.
La composición de este segundo bloque es, sin embargo, especialmente compleja. Por un lado, algunos de sus referentes se resisten a comprometerse a formar un gobierno alternativo junto a partidos árabes. Por otro, tampoco existe un compromiso público por parte de estos últimos de sumarse a cualquier gobierno que eventualmente reemplace a Netanyahu. Por esta razón, las encuestas suelen presentar un tercer bloque, conformado por dos listas asociadas a la comunidad árabe israelí: la Lista Árabe Unida, integrada en realidad por los partidos Jadash, Taal y Balad, y el partido Ra’am, de origen islámico conservador.
En caso de que se compruebe en las urnas el panorama que retratan las encuestas, estamos ante un aparente empate entre el bloque Likud y el bloque de oposición, capaz de ser roto de dos formas principales: el apoyo de al menos parte de los diputados árabes al bloque de la oposición para formar un gobierno alternativo a Netanyahu (a pesar de que ese gobierno no represente un corte radical frente a las políticas del gobierno actual) o la ruptura de los bloques para conformar un “gobierno de unidad” entre parte de la oposición y parte de las fuerzas del gobierno actual.

En la oposición
El “bloque del cambio” está conformado por dos partidos centristas (Yashar, del exmilitar Gadi Eisenkot, y Beiajad, la alianza entre Yair Lapid y Naftali Bennet). Este último era hasta hace poco la gran esperanza opositora, pero en las semanas desde que anunció su unificación, solo consiguió desinflarse, demostrando así un nuevo retroceso político para Lapid, el actual jefe de la oposición. Pareciera que para muchos ex votantes de Lapid, la lista conformada quedó muy a la derecha, mientras que, para los votantes de Bennet, la lista es percibida demasiado de izquierda, quedando así con poco electorado natural. Estas opciones poco definidas ideológicamente aparecen flanqueadas por el partido Israel Beitenu de Avigdor Liberman (representando a la derecha laica) y, por la izquierda, por HaDemocratim, encabezado por Yair Golan y conformado en 2024 por la fusión entre Meretz y el Laborismo.
Este último partido se presentará por primera vez a las elecciones nacionales con la esperanza de reconstruir a la izquierda sionista. Las primarias, realizadas el pasado julio, fueron en varios sentidos un hito: participaron 97.000 de más de 112.000 afiliados, dando así una fuerte legitimidad a la lista de candidatos, que incluye a referentes del movimiento de protesta contra la reforma judicial, referentes sociales, figuras vinculadas a la lucha por la paz y más.
HaDemocratim es el único partido sionista que apoya oficialmente la solución de Dos Estados, junto a la oposición a la anexión de Cisjordania y al asentamiento en Gaza, aunque los líderes del partido —especialmente el exmilitar Yair Golan —hayan optado por una maniobra más “cauta” frente a un electorado particularmente desconfiado del proceso de paz tras el 7 de octubre, optando por hablar de “separación ciudadana con control de seguridad” como objetivo a corto plazo.
Esta decisión tiene sentido en el marco de una campaña con pretensiones de acceder al poder sin perder la identidad propia, pero también sin condenarse a los márgenes de la política, frente a un electorado preocupado por cuestiones relacionadas a la seguridad. HaDemocratim es también el único partido de la oposición que dice oficialmente un dato evidente: que corresponde y es necesario sumar a parte de los diputados árabes —que representan a más de un quinto de la ciudadanía israelí — para poder formar un gobierno propio.
En el oficialismo
Entre las fuerzas que componen el actual oficialismo, se destaca el deterioro del Likud que, en la mayoría de las encuestas, perdería alrededor de un tercio de la representación parlamentaria que tiene en la actualidad. Los partidos ultraortodoxos mantienen su presencia de nicho, de la misma forma que los partidos del nacionalismo religioso (Sionismo Religioso, de Betzalel Smotrich, y Otzmá Iehudit, de Itamar Ben-Gvir) tendrían un resultado similar al actual, a pesar de varias semanas de encuestas que ubicaban hasta hace poco al primero por debajo del mínimo de 3,25% de votos necesario para ingresar al parlamento. Queda claro que parte del electorado clásico del Likud se desplazó hacia la oposición, a través de sus representantes de derecha y hasta del centro. Las razones de esta migración incluyen la forma de manejar las guerras y la situación de seguridad en general durante los últimos años, así como el enojo ante las enormes concesiones que Netanyahu ofreció a sus socios ultraortodoxos en el tema de la conscripción militar.
Lo que se viene
Si algo sabemos de Netanyahu, es que no permitirá que este escenario continúe sin dar una seria disputa por el poder. Los esfuerzos por rebajar a la oposición seguramente se intensifiquen, habiendo visto esta semana un adelanto, cuando su esposa, Sara, acusó a Yair Golan de saber de antemano que se venía la masacre del 7 de octubre para poder ir al sur a rescatar a personas y quedar como héroe (Golan ya anunció que se viene una denuncia judicial).
Netanyahu cuenta con muy pocos hitos que pueda vender como éxitos durante los últimos cuatro años, por lo que no queda opción más que desviar la atención hacia la oposición y apelar a los más bajos instintos del electorado, como las teorías conspirativas sobre el 7 de octubre y el miedo a armar un gobierno con partidos árabes. Cabe esperar también que, si la situación regional se modifica y se reactivan algunos de los focos de guerra en Gaza, el Líbano o Irán, Netanyahu intente enfocar la conversación hacia su experiencia liderando al país en tiempos de guerra, un terreno discursivo donde se lo ve mucho más cómodo.
Con los números actuales, el escenario más probable es el de un empate estructural. La oposición podrá elegir hacer puentes con el Likud o romper su veto sobre los partidos árabes. Si no sucede esto, el escenario más probable no es un cambio de gobierno, sino una repetición del guion de 2019-2022: Netanyahu como jefe de gobierno interino indefinido mientras nadie logra formar mayoría, un gobierno de unidad incómodo, inestable y disfuncional, y/o reiterados llamados a elecciones.
Desde lejos y con humildad, cabe esperar que se produzca un cambio que no sea solo de nombre, sino de sustancia política, con el fin de romper el statu quo que atraviesa Israel hace ya demasiado tiempo. La posibilidad de que eso ocurra dependerá esencialmente de la conformación del bloque opositor: se vienen entonces semanas de ansiedad, pero también de esperanza.