Excluir: La agonía de la escritura

La desprogramación de la escritora Ariana Harwicz de un festival literario en Granada por sus posiciones sobre Israel abre un debate sobre los límites de la libertad de expresión y el uso de la condena moral como instrumento de exclusión. Esta columna de opinión cuestiona el Posicionamiento Colectivo por Palestina firmado por más de 500 personas y advierte sobre los riesgos de convertir las diferencias ideológicas en motivos para silenciar voces incómodas.
Por Eduardo Wolovetzky

La mejor manera de lanzar una cruzada en favor de alguna buena causa es prometer a la gente que tendrá la oportunidad de maltratar a alguien. Ser capaz de destruir con buena conciencia, de comportarse mal y llamar a tu mala conducta «justa indignación» es el colmo del lujo psicológico, el más delicioso de los placeres morales.

Aldous Huxley

Exclusión«Me he pasado la vida observando el espíritu servil, rastrero y humillado de la intelectualidad». Bien nos vale recordar estas palabras que Vladímir Shalámov escribiera en su singular e imprescindible Relatos de Kolyma, porque pueden ser vistas como una advertencia frente a ciertas formas de vigilancia del pensamiento que, en nuestro tiempo, parecen estar acompañadas de una retórica de fuerte contenido moral. Tal como puede observarse en el Posicionamiento Colectivo sobre Palestina, existe el riesgo de que, en nombre de determinadas convicciones, se termine cuestionando o excluyendo cualquier forma de pensamiento y escritura que resulte incómoda o que no encaje en un determinado marco ideológico. Será entonces, por ese mismo convencimiento, que en cualquier circunstancia se podrá deslegitimar a quienes sostengan posiciones diferentes y, paradójicamente, hacerlo en nombre de la defensa a la tolerancia.

Lo ocurrido con la escritora Ariana Harwicz, quien, luego de ser invitada al Festival Internacional de Arte, Literatura y Humanidades Cultur-Alh (Granada, España), fuera desprogramada por su pensamiento respecto de Israel, es un reflejo de lo descrito. Lo sucedido es revelador de lo compleja y cruel que puede ser la moralización de la vida que muchos sectores intelectuales y universitarios sostienen de modo dogmático. Por supuesto, la reflexión sobre esta cuestión no nos obliga a analizar ni el pensamiento de Harwicz ni su escritura, porque no es eso lo que está en juego. El nudo gordiano del problema está en la exclusión y en las argumentaciones dadas para justificarla. Recordemos que de poco valieron los esfuerzos de la escritora por sostener su concurrencia, incluso cuando debía hacerlo en una atmósfera que le era adversa. El festival trataba sobre temas ajenos al conflicto de Gaza, pero su manifestación pública sobre el derecho de Israel a existir llevó a que los responsables de la organización del festival la «desinvitaran».

Más allá de todo eufemismo, la forma de su separación —¿eliminación?— implicó un acto de censura y, por ello, resguardar su lugar no solo supone proteger una voz singular, con la que no es necesario estar de acuerdo, sino que implica preservar la posibilidad de una vida en común en la que la disidencia pueda expresarse sin que necesariamente conduzca al aislamiento. No deja de ser inquietante, en este sentido, recordar el conocido episodio de Sigmund Freud frente al nazismo, cuando llegó a considerar un alivio que se quemaran libros y no personas. Sabemos, sin embargo, que la persecución de las ideas puede constituir un primer paso hacia formas cada vez más graves de violencia. Por eso resulta necesario prestar atención a toda forma de condena a las ideas que, amparada en la convicción de que se está defendiendo el bien, termina por negar la legitimidad de la palabra ajena.

El «Posicionamiento de los 500»

El Posicionamiento Colectivo por Palestina: el negacionismo fuera de los espacios literarios, conocido a través de la prensa por haber sido rubricado con más de 500 firmas, intenta justificar la exclusión de Harwicz negando que sea censura. Lo hace mediante una serie de argumentos falaces que pretenden legitimidad mostrando un brillo propio de la santidad.  Este tipo de proclama trae a la memoria el «Manifiesto de los 93» que muestra que ni el número de adherentes ni las firmas de intelectuales, artistas o científicos dan a priori valor alguno a los posicionamientos ético-políticos que se pretenden defender. Titulado «Al mundocivilizado”, fue firmado en 1914 para justificar la invasión alemana a Bélgica. Comenzaba con grandilocuentes palabras sobre causas justas: «Como representantes de la ciencia y del arte alemán, los abajo firmantes protestamos solemnemente ante el mundo civilizado por las mentiras y calumnias con que nuestros enemigos intentan ensuciar la justa y noble causa de Alemania». Su autor, el escritor Ludwig Fulda, sería excluido en 1933 de la vida pública por su identidad judía. Se suicidaría en 1939 al negársele la entrada a los Estados Unidos. Albert Einstein tuvo la lucidez y la valentía de rechazar el manifiesto[1].

No vamos a discutir cada punto de la declaración de los más de 500 firmantes porque sería por demás tedioso, pero sí lo haremos con un apartado que creemos significativo. En la declaración, una de las manifestaciones más importantes es la que pretende rechazar las acusaciones de antisemitismo derivadas de la oposición —o demonización— del sionismo:

Rechazamos el antisemitismo. Las personas judías no constituyen un bloque político homogéneo y no responsabilizamos colectivamente a ninguna de ellas por las acciones del Estado de Israel. Criticar el sionismo no equivale a atacar a las personas judías ni a todos los israelíes. Combatir el antisemitismo y oponerse al sionismo tampoco son posiciones mutuamente excluyentes. Defender al pueblo palestino no equivale a atacar a las personas judías.[2]

El sionismo, considerando la precisa y resumida definición de la Real Academia Española, es «el movimiento político judío centrado en sus orígenes en la formación del Estado de Israel y, después de la proclamación de este en 1948, en su apoyo y su defensa». La pregunta, entonces, es por qué el pueblo judío sería el único que no puede tener un Estado propio y por qué sí podrían tenerlo los franceses, los sudafricanos, los palestinos, los alemanes, los argentinos, los bolivianos, los tailandeses, etcétera. Oponerse al sionismo de modo general y no a algunas políticas en particular,  es afirmar que hay un único pueblo en el mundo que, a priori, no puede tener un Estado, lo que se parece demasiado al antisemitismo como para no serlo. Cae de suyo que defender el derecho de los palestinos a su propio Estado no es ni por asomo antisemitismo y no es en absoñuto evidente el porqué habría que aclararlo. Muchos israelíes y muchos judíos sostienen, y lo han hecho en el pasado, la idea de dos Estados.

El sionismo es similar en su aspiración política a tantos otros movimientos nacionales que dieron origen a los Estados modernos, movimientos llenos de conflictos, pero que expresaron una forma posible de organización para pueblos y culturas diferentes. No es peor, no es mejor. Por mucho que quieran disfrazar de tolerante su declaración diciendo que no se refieren a todos los israelíes, sí lo hacen, porque le están negando a todos ellos, independientemente de su posición ideológica, la posibilidad de existencia de su país. No importa cuánto lo quieran enmascarar.

Puede que se estén olvidando, además, de la necesidad de censurar por sionistas a muchas obras de arte y a muchos autores y artistas. Podríamos comenzar por Verdi y su ópera Nabucco, donde los judíos cautivos en Babilonia se lamentan y reclaman por su regreso a Sión. Recordemos que esta ópera, anterior a la teorización sobre el sionismo, refiere al Risorgimento italiano, el movimiento que dio origen a la Italia moderna. La aspiración de los judíos de regresar a Sión es la forma en la que Verdi expresa su ideal hacia la unificación italiana. Pero no por ser una metáfora deja de mostrar lo que se estaba gestando en el siglo XIX. Y puede que también se estén olvidando de Kafka, quien pensó en emigrar al entonces Mandato Británico de Palestina y tuvo vínculo con círculos sionistas. Su amigo y albacea Max Brod sí lo hizo llevando consigo los manuscritos de las que serían obras fundamentales de la literatura moderna.

Ariana Harwicz.
Licencia: Freddy Eduardo / Wikimedia Commons. Licencia CC BY-SA 4.0

Antes de intentar quedar bien con Dios, al diablo lo dejamos fuera, los firmantes deberían considerar las palabras del escritor chileno Rafael Gumucio, quien responde con lucidez a la censura y a las ideas de boicot contra todo lo que sea israelí:

Desde la comodidad del boicot todo resulta demasiado simple para ser real. Y no lo es: es una postura (…) hoy es Palestina. ¿Mañana qué? Cualquier causa que no se pueda ganar y que no obligue a hacerse responsable de nada.

Porque les guste o no a unos y a otros, la solución solo puede negociarse entre los moderados de ambos campos, y no será ni mejor ni peor que Oslo. Una Palestina «del río al mar» es lo peor que le puede pasar al pueblo palestino. Y el Israel prometido «del mar al río» es lo peor que le puede pasar al pueblo judío y, más aún, a Israel.[3]

En el Posicionamiento no se arriesga nada; como sostiene Gumucio, todo resulta demasiado confortable. Así, los firmantes confunden, de manera conveniente, la tragedia de una guerra urbana con un genocidio. Y esta es, a mi entender, una de las más claras manifestaciones de su desinterés real por los padecimientos de los gazatíes. Porque la opción del genocidio es totalizadora: hace desaparecer cualquier otro padecimiento por no ser tan grandioso, lo que desdibuja las dificultades concretas que los habitantes de Gaza enfrentan a diario en sus vidas.

Por lo tanto, deberíamos pensar cómo se aplica el término «negacionismo», que con tanta liviandad se usa en el Posicionamiento, a los cuestionamientos sobre el supuesto genocidio en la Franja de Gaza. Lo único cierto es el prestigio moral que se logra con esta clase de acusación.

Lo que pone en evidencia las falacias inscriptas en la declaración, es la forma en la que exculpan a Hamás, organización a la que evitan nombrar. Con esto, los firmantes se hacen cómplices del sufrimiento de los palestinos gazatíes. Con razón, y prima facie, esta acusación puede parecer descabellada, pero recordemos que los líderes de esta organización terrorista han manifestado de manera harto explícita, incluso después del ataque del 7 de octubre, su desprecio por la seguridad y el cuidado de los habitantes palestinos de Gaza. Abu Marzouk, entonces miembro del buró político de Hamás, sostuvo luego del despiadado ataque  al sur de Israel que la mayoría de la población palestina son refugiados y que, por lo tanto, le corresponde a la ONU preocuparse por su suerte y no a ellos. De esta forma, a pesar de ser responsables de desencadenar la guerra, sus líderes sostuvieron de forma permanente que solo utilizarían los túneles que construyeron para refugio de sus miembros y como prisión de los secuestrados israelíes. En absoluto lo harían para ninguno de los habitantes de la Franja.

Posdata

Firma tras firma, nombre tras nombre, una pregunta serpentea entre las palabras del Posicionamiento: ¿acaso asistimos a la agonía de una literatura que respira en una terapia intensiva mal equipada? Se escribe o se participa de eventos, de premios, de galas, de reconocimientos en los que queda bien condenar a A o a B. La imagen del autor es más importante que la precisión de la palabra y el prestigio, más fuerte que las ideas y los debates. Las obras literarias, al menos una gran parte de ellas, ya no golpean la realidad ni las vidas de sus lectores porque se refugian en la complacencia de lo que se supone moralmente correcto como forma del éxito. La literatura parece un espectáculo donde se dice lo que se espera. Puede que, de otra forma, para los autores sea difícil vivir dignamente. La disyuntiva para muchos parece ser una vida precaria, no solo en lo económico, sino en la posibilidad misma de que la obra escrita exista, y una militancia por las «grandes» y las «buenas» causas.

Aunque sea un tanto anacrónico, y por ello, en algún sentido, ilegítimo, vale traer al presente aquel gran texto político-literario de Émile Zola: Yo acuso. En este alegato importaba el escritor, su compromiso; pero también importaban los buenos argumentos y quién habría de leerlos. Hoy parece haber una cierta inversión: importa más la representación virtual de un nombre que lo escrito. Importa demasiado el encanto del autor y su acomodo ideológico; y demasiado poco la agitación que se provoca en quien lee. Como sugiere Guillermo Piro con la tendencia a rubricar todo tipo de proclamas:

Durante siglos se esperó de los escritores que escribieran. No parecía una exigencia desmesurada. Algunos incluso creyeron que esa era una manera de intervenir en el mundo: escribir un artículo, una novela, un ensayo, una carta pública que tuviera algo más que destinatarios y firmas. Hoy el procedimiento se simplificó. El escritor interviene firmando una breve declaración redactada por otro: en apoyo de alguien, contra alguien, en solidaridad con alguien, en repudio de algo, para exigir que alguien sea invitado o desinvitado, publicado o no publicado, premiado o despojado del premio. La posición puede cambiar, pero el género permanece. Cuatro párrafos y doscientas firmas. A veces tres párrafos y cuatrocientas. Nadie recuerda quién escribió el texto. Tampoco importa demasiado. La verdadera obra empieza abajo.

Uno podría imaginar una historia reciente de la literatura hecha únicamente con esas listas. No sería necesario leer libros. Bastaría con saber quién firmó qué, quién se negó, quién apareció en una solicitada pero faltó en la siguiente, quién consiguió colocar su nombre junto al de alguien más famoso. Es una forma curiosa del compromiso intelectual porque conserva el compromiso y elimina lo intelectual.

Comprometerse alguna vez quiso decir exponerse mediante una idea: escribirla, desarrollarla, hacerse responsable de sus consecuencias y soportar que alguien la discutiera.[4]

Entonces nos preguntamos: ¿escribimos?, ¿firmamos? ¿Para qué y para quién?


[1] Junto a Otto Buek, Georg Friedrich Nicolai y Wilhelm Julius Foerster firmó una respuesta conocida como “El manifiesto de los europeos”.

[2] Posicionamiento colectivo por Palestina: el negacionismo fuera de los espacios literarios                     https://substack.com/home/post/p-217370183 (consultado de de octubre de 2026)

[3] Publicación personal. Ver del mismo autor, “Respecto a la desinvitación de Ariana Harwicz. El placer de excluir” en revista Santiago https://revistasantiago.cl/literatura/el-placer-de-excluir/

[4] Guillermo Piro: Los escritores no escriben https://substack.com/home/post/p-217237152 (consultado 6 de octubre de 2026)