El visitante
Estuve unas horas en Portbou, Cataluña. Es un pequeño pueblo costero, con una playa donde las olas golpean las rocas al pie de las sierras. En ese paisaje se quitó la vida Walter Benjamin (WB), el pensador a cuyo encuentro acudí para rendir homenaje. Su obra posee una dimensión judía que me resulta particularmente esclarecedora. Sus preguntas continúan abriendo espacios de comprensión sobre la historia, la memoria y la responsabilidad humana. Llegué a ese pueblo fronterizo entre España y Francia con el deseo de acercarme al lugar donde su camino quedó interrumpido, recorrer los espacios asociados con sus últimos momentos y meditar sobre la vigencia de una escritura que me sigue interpelando.
Unas pocas horas bastan para modificar nuestra relación con un escritor que no vivió en nuestro tiempo. La lectura transcurre entre páginas, conceptos y argumentos. El viaje introduce otro volumen. Uno llega a un sitio, camina por sus calles, reconoce la geografía y se aproxima a los lugares asociados con una vida. Entonces comprende que las ideas esconden una historia material, que nacen en cuerpos concretos, atraviesan circunstancias políticas y se enfrentan a las violencias de su época. En ocasiones, esas ideas quedan ligadas para siempre a un espacio donde la posibilidad de continuar se vuelve imposible. Portbou reúne todas esas dimensiones.
Su geografía fronteriza, la proximidad del mar y la altura de las montañas confieren a la palabra frontera una densidad existencial. El límite separa territorios, establece jurisdicciones y regula movimientos. Pero también puede convertirse en el lugar donde una vida depende de un permiso, de un documento o de una decisión ajena. Para quien viaja libremente, cruzar una aduana suele ser un episodio burocrático. Para quien huye, puede representar la diferencia entre la vida y la muerte.
Perseguido por el nazismo, WB llegó a Portbou en 1940, en una Europa convertida en escenario de muerte, ocupaciones, violencia y confines amenazantes. Se quitó la vida allí el 26 de septiembre, después de atravesar a pie los Pirineos, fatigado, cuando intentaba continuar su huida. Su destino confiere al pueblo una significación que excede ampliamente la historia local. Los carteles y las señales que recuerdan su paso están presentes en las calles. Sin embargo, visitar Portbou para evocar las circunstancias de su muerte sería insuficiente. El homenaje que quise rendirle se dirige, ante todo, a su pensamiento. La experiencia del lugar me permitió volver a una de sus intuiciones más inquietantes: que la historia no puede comprenderse exclusivamente desde aquello que consigue sobrevivir, imponerse y ser narrado como un triunfo.
Hay territorios que parecen guardar un misterio. Portbou es uno de ellos. El paisaje abierto sugiere una proximidad con la libertad, pero adquiere otra significación cuando conocemos el desenlace. La historia europea deja de ser una sucesión de acontecimientos ajenos, y se convierte en el símbolo y el drama concreto de una vida amenazada. La reflexión abandona la comodidad de los conceptos y nos enfrenta a un destino que impide cualquier relato enteramente reconciliado.
Quise encontrarme allí con la dimensión espacial de su obra, con esa posibilidad de leer la historia desde aquello que suele quedar relegado a sus márgenes. Si la tradición judía ha hecho de la memoria una responsabilidad que compromete el presente, recordar significa mantener abierta la pregunta por las vidas destruidas, las promesas incumplidas y las injusticias que el paso del tiempo jamás consigue justificar.
El memorial y la experiencia de la imposibilidad
El memorial Passatges, creado por el talentoso artista israelí Dany Karavan, integra el paisaje, aprovecha la pendiente de la montaña y combina hierro oxidado, piedra, vidrio y mar. En Portbou, el pensamiento benjaminiano encuentra una forma artística que comienza a actuar sobre quien la recorre antes de convertirse en una explicación.
La obra compromete el cuerpo desde el primer momento. Una escalera estrecha, encajonada entre paredes y techo de hierro, desciende hacia el mar. Los peldaños conducen la mirada y el movimiento hacia una salida que parece cercana. Sin embargo, cuando se avanza buena parte del trayecto, un vidrio transparente cierra el paso. Del otro lado se extiende el agua turquesa. Bello. El paisaje permanece abierto, pero resulta inaccesible. La mirada puede continuar allí donde el cuerpo ya no puede hacerlo.
En el cristal está grabada una frase de WB. La inscripción forma parte de una obra que logra traducir la tragedia en una experiencia espacial de una profundidad tal que asusta. El horizonte conserva toda su amplitud, pero la salida está vedada. La libertad que parece ofrecer el paisaje contrasta con la imposibilidad de alcanzarlo. La fuerza dramática del memorial reside, precisamente, en esa contradicción donde angustia es la palabra que se enlaza con el itinerario.
El recorrido no termina allí. Al regresar y subir la misma escalera, el visitante se encuentra con una pared de piedras que le impide continuar. El límite aparece ahora desde otra dirección. Abajo, el mar parece ofrecer una salida que el vidrio vuelve inaccesible. Arriba, el muro clausura el paso. La composición espacial niega cualquier escapatoria. Allí se encuentra el núcleo dramático de la obra. El deseo de avanzar tropieza con un límite material. La voluntad no alcanza para franquearlo. La imposibilidad deja de ser una abstracción y se convierte en una experiencia física. Hay que detenerse. El cuerpo reconoce aquello que la razón puede formular, pero que difícilmente alcanza a comprender en toda su intensidad. Situaciones existenciales en las que el camino está cerrado y no hay salida disponible.
Caminar por un memorial no equivale a vivir la persecución, la amenaza de una deportación o el exilio. Sin embargo, el arte, y solo el arte, puede aproximarnos a la estructura de esas situaciones. Hace visible la fragilidad de aquello a lo que solemos considerar seguro. Le devuelve a la historia una dimensión deshumanizante; claramente tanática.
Mientras recorría el memorial, pensé en la diferencia. Como quien visita un cementerio puede retirarse y continuar su vida, el visitante de Portbou también puede proseguir su camino. Los fantasmas benjaminianos no pueden hacerlo. Las circunstancias políticas y administrativas de la huida los enfrentan a la amenaza de ser devueltos a Francia, donde su seguridad queda nuevamente comprometida. La muerte de WB convirtió aquel tránsito fronterizo en el desenlace de una vida dedicada a pensar las posibilidades de la cultura, la crítica y, sobre todo, la emancipación.
Finalmente, ninguna obra artística puede reparar retrospectivamente la historia. Su función es otra: impedir que el destino se convierta en un episodio distante, clausurado y ajeno.

Si la historia la escriben los que ganan
WB ocupa un lugar singular en el pensamiento europeo del siglo XX porque cuestionó una de sus convicciones más arraigadas: la idea de que la historia avanza necesariamente hacia formas superiores de civilización. Su crítica no implica nostalgia por el pasado ni rechazo indiscriminado de toda transformación. Pone en duda la identificación entre el progreso técnico, el desarrollo histórico y la emancipación humana. Una sociedad puede multiplicar sus recursos, perfeccionar sus instrumentos y ampliar su capacidad productiva mientras conserva, e incluso profundiza, formas de dominación y sufrimiento.
La experiencia europea de su tiempo volvió urgente e indispensable esa sospecha. WB escribió bajo la tenebrosidad del nazismo, cuando la modernidad exhibía su capacidad para combinar organización técnica, racionalidad administrativa y violencia política. La barbarie ya no podía considerarse un residuo de épocas primitivas destinado a desaparecer con el desarrollo de la civilización. También podía surgir en sociedades modernas, utilizar sus instituciones y aprovechar sus conquistas técnicas.
En sus tesis Sobre el concepto de historia, redactadas en 1940, WB cuestiona la perspectiva que interpreta el pasado como una sucesión ordenada de acontecimientos cuyo desenlace sería el presente. Desde esa mirada, cada etapa queda justificada por la siguiente y los sufrimientos de las generaciones anteriores pueden presentarse como costos inevitables de una evolución supuestamente beneficiosa para la humanidad. El sentido de la historia se establece entonces desde el punto de llegada.
WB propone otra mirada. En lugar de contemplar el pasado desde la seguridad de los vencedores, exige reconocer las derrotas, las vidas destruidas y las posibilidades que quedaron sin realizar. La historia de la humanidad no puede reducirse a la de aquello que triunfó. También la constituyen las promesas incumplidas, los proyectos arrasados y quienes fueron sacrificados en nombre de futuros que nunca llegaron a compartir. La diferencia es decisiva.
Cuando el presente se considera el resultado natural del pasado, las víctimas corren el riesgo de convertirse en figuras secundarias de un relato cuya resolución estaría justificada de antemano. Sus padecimientos quedan subordinados, como si su función hubiera sido hacer posible el mundo de quienes vinieron después. WB se rebela contra esa forma de comprensión. Los muertos no son un precio que la historia pueda dar por saldada. Su derrota no queda legitimada por el éxito posterior de otros.
La memoria adquiere así un sentido que excede cualquier conservación de documentos, fechas y testimonios. Recordar significa interrumpir el relato que presenta el orden existente como necesario. Supone reconocer que lo ocurrido podría haber sido diferente y que aquello que fue derrotado conserva una exigencia dirigida a nuestro presente. “Soy feliz y quiero que me perdonen por este día los muertos de mi felicidad”, dice el cantante Silvio Rodríguez.
La historia deja entonces de ser un patrimonio exclusivo de los vencedores. Las voces silenciadas, las vidas anónimas y las esperanzas frustradas reclaman un lugar en nuestra comprensión del pasado. Desconfiar de los relatos que convierten el éxito en medida de legitimidad y la derrota en prueba de insignificancia es una de las lecciones sobre las que WB reflexiona.
Una lápida imaginaria
“Es una tarea más ardua honrar la memoria de los seres anónimos que la de las personas célebres. La construcción histórica se consagra a la memoria de aquellos que no tienen nombre.”
La frase que acompaña al memorial de Karavan recuerda precisamente esa dificultad. La inscripción adquiere en Portbou un significado particular. WB es hoy un pensador reconocido, objeto de estudios, interpretaciones y homenajes. Sin embargo, la obra desborda su figura individual y evoca a quienes no dejaron una escritura capaz de preservarlos del olvido. Los refugiados anónimos, los perseguidos, los desplazados y los muertos sin monumento forman parte de una historia que difícilmente encuentra lugar en las narraciones triunfales. El homenaje alcanza su sentido más pleno cuando deja de estar dirigido exclusivamente a WB.
Su pensamiento nos obliga a mirar más allá de su propia figura y a revisar nuestra manera de ordenar la realidad. El progreso pierde legitimidad cuando exige aceptar como inevitables las vidas destruidas en su camino. El arte de Karavan vuelve vigente la pregunta ¿qué ocurre cuando la historia se contempla desde la perspectiva de quienes han quedado atrapados en ella?

La huella judía y el tiempo de redención
WB no fue un pensador religioso en el sentido convencional. Su relación con lo judío estuvo atravesada por tensiones, búsquedas y transformaciones. Sus lecturas de Franz Kafka, su amistad con Gershom Scholem –el del Golem de Jorge Luis Borges, cuyo pensamiento es objeto de mi permanente estudio– y su diálogo con la tradición mesiánica dejaron huellas decisivas en su obra. Su reflexión se desarrolló en el cruce entre el materialismo histórico, la teología, la literatura, la crítica cultural, la mística, y una tradición judía que encontró en la memoria y la redención algunas de sus preguntas fundamentales (de paso sea dicho, no puedo leer más a JLB si no es en clave de WB)*.
En la memoria del judío, el tiempo no se reduce a una sucesión indiferente de instantes. El recuerdo de la esclavitud en Egipto, la experiencia del exilio, la representación de las destrucciones y la expectativa de redención configuran una relación nodal con el pasado que compromete la conducta presente. Lo ocurrido puede irrumpir en el ahora y revelar que aquello que parecía definitivamente concluido conserva una fuerza capaz de modificar nuestra comprensión de lo que somos.
La redención adquiere entonces una significación particular. Consiste en reconocer que la historia no ha cumplido todas sus promesas y que las generaciones presentes mantienen una responsabilidad hacia quienes fueron derrotados. Las víctimas no son restituidas por el simple hecho de que sus descendientes o las generaciones posteriores vivan mejor. Su memoria conserva una exigencia que ninguna prosperidad puede cancelar.
Una de las imágenes más célebres de WB es la del ángel de la historia, inspirada en el Angelus Novus de Paul Klee. La figura angelical contempla un pasado que aparece como una acumulación de ruinas. Quisiera detenerse para reparar lo destruido, pero una tempestad lo empuja hacia el futuro. A esa tempestad la denominamos “progreso”. La imagen condensa la contradicción entre una marcha histórica que se presenta como avance y las ruinas que deja a su paso. El ángel no puede detenerse a recomponerlas porque la fuerza de los acontecimientos lo arrastra. La pregunta de WB es cómo resistir a esa fatalidad.
La esperanza mesiánica introduce una ruptura en esa continuidad. No equivale a una predicción sobre el desenlace de los acontecimientos ni a la certeza de que el mundo mejorará siguiendo una secuencia establecida. Su potencia reside en mantener abierta la posibilidad de interrumpir el orden existente y devolver significación a aquello que parecía definitivamente perdido.
Esta dimensión resulta central para comprender el pensamiento de WB desde su diálogo con la tradición judía. La redención no puede reducirse a una conclusión satisfactoria de la historia, porque el pasado no se mide exclusivamente por los beneficios que el futuro pueda producir. La memoria impide que las vidas destruidas sean absorbidas en el relato de quienes lograron sobrevivir o imponerse. Es en esa exigencia ética, humildemente, en la que encuentro una de las intuiciones más esclarecedoras de su obra.
En Portbou, esta reflexión adquiere una resonancia particular. El memorial no promete que el camino volverá a abrirse. El vidrio permanecerá en su lugar y el muro continuará interrumpiendo el paso. La obra no repara la historia de WB, pero impide que su tragedia se convierta en un episodio superado. La memoria no modifica lo ocurrido. Puede transformar nuestra relación con ello. Y no es poco.
Coda
En horas tan dramáticas, volver a la escritura de Walter Benjamin constituye una necesidad espiritual, intelectual y ética. Leerlo significa recuperar la capacidad de interrogar el presente cuando los acontecimientos se suceden con una velocidad que dificultan su comprensión. Por eso, esa dimensión devenida de lo judío resulta hoy tan necesaria y esclarecedora.
Pensar en Benjamin desde Portbou exige volver a sus páginas, dejar que sus preguntas perturben nuestras certezas y reconocer que ninguna época está dispensada de examinar críticamente sus propias formas de locura. La memoria pierde su fuerza cuando se convierte solo en una ceremonia.
Dany Karavan consiguió que el homenaje a Benjamin convirtiera el arte en una experiencia de radical-intensidad-dramática. Porque nos coloca ante un límite. La experiencia no agota el significado del memorial. Todo lo contrario. Lo abre. Lo amplía.
*Edna Goldman, a quien le agradezco, me enseñó a cambiar la perspectiva de la lectura de JLB.