El futuro, ¿ausente con aviso en las votantes israelíes?

La especulación electoral y la doctrina de seguridad nacional han desplazado toda discusión sobre cómo acabar con la guerra en Israel. Una radiografía profunda sobre el miedo al porvenir, la demonización de las voces críticas y la trampa de un consenso nacional construido sobre la necesidad de enemigos.
Por Leonardo Senkman, desde Jerusalén

A escasos días de las elecciones todos los partidos se parecen entre sí: ninguno habla sobre planes para el futuro. Pareciera que por el trauma del 7/10 y la beligerancia permanente, tanto el gobierno de ultraderecha como la oposición de centro-izquierda se niegan a terminar tres años de guerra. La mayoría ni siquiera se esfuerza en pensar en el día siguiente al 27/10.

Las encuestas pronostican empate, y la información de corto plazo no deja ver qué pasará después. Hace mucho que el cortoplacismo israelí ha dificultado poder pensar e imaginar la larga duración: no sorprende, pues, que el tiempo esté ausente de estas elecciones. Pero no solo están ausentes con permiso los planes políticos, sociales, económicos, de salud, educación; sobre todo está ausente una respuesta: cómo acabar esta interminable guerra. Nadie protesta respecto de que el futuro —mediato e inmediato— haya sido relegado en las plataformas electorales del 27/10. La especulación cortoplacista desalojó de esta crucial contienda la noción misma de futuro, condición indispensable para poder pensar el porvenir político y de seguridad de Israel. La pugna de ambos bloques para conseguir una mayoría de 61 escaños y formar coalición desplazó toda discusión hasta más allá del 27/10.

Con motivaciones muy diferentes, la lógica de derecha e izquierda clausura cualquier esperanza de pensar escenarios en un futuro contingente y abierto a posibles cambios para un Estado judío y democrático, pero sin apartheid. A medida que se aproxima la fecha electoral, asalta el pálpito fatalista de que el 27 de octubre perdería sus dos dígitos para retroceder exclusivamente al fatídico dígito 7: el del 7 de octubre. Tal regresión en una coyuntura de colapso del orden simbólico, regional y local se acelera al escuchar histérica a la derecha porque los últimos sondeos otorgan apenas 18 escaños al Likud de Netanyahu (ahora tiene 32) y más de 15 a las listas árabes. El empate previsto impediría a ambos bloques contrincantes formar coalición sin el apoyo de algún partido árabe. Al difamar como «quinta columna» mediante tácticas intimidatorias a todas las listas árabes a las cuales pretende excomulgar, el bloque liderado por Netanyahu se apresuró a acuñar un lema de propaganda abiertamente fascista: «Votar a la derecha o a Palestina»

Un indicio de la complicidad de la oposición durante la reciente impugnación del candidato árabe, Sami Abu Shehadeh, radica en que no haya apelado a la justicia electoral contra ese lema fascista de Netanyahu. En vísperas de las elecciones, la minoría árabe es reducida hoy al mismo rol de quinta columna del pasado. Avrum Burg, en Ha’aretz, acaba de advertir lúcidamente sobre esta complicidad:

              Todos los candidatos con posibilidades siguen creyendo que la doctrina de seguridad nacional exige un control militar permanente sobre los palestinos y el aplazamiento indefinido de cualquier solución política. En los 25 años transcurridos desde el colapso de las conversaciones de Camp David y la segunda intifada, Israel ha ido desplazándose progresivamente hacia la derecha. Desde el 7 de octubre, ese desplazamiento se ha convertido en una estampida. La izquierda prácticamente ha desaparecido. Los opositores de Netanyahu —Naftali Bennett, Avigdor Lieberman y Gadi Eisenkot— cuestionan la competencia del primer ministro, así como sus ataques al Estado de derecho, pero no su postura respecto a los palestinos. La ausencia de una solución se ha convertido, en sí misma, en un consenso nacional…Para muchos israelíes, los ciudadanos árabes y la izquierda son, también, enemigos.

La necesidad de Israel de tener enemigos

La actual guerra permanente refuerza no solo el consenso nacional sobre los palestinos y la izquierda como «enemigos»: también ha sido consensuada la visión fatalista que cancela la posibilidad de vivir en un futuro contingente y cambiante. La guerra en los siete frentes, precisamente, obliga a la gente a pensar con una lógica repetitiva que prevé que lo que ocurrió en el pasado de una manera determinada se repetirá en el futuro de la misma forma.

Un consenso nacional implícito ha creado un nuevo sentido común que concibe el futuro mediante pronósticos a largo plazo elaborados mediante cálculos matemáticos e IA. Este nuevo sentido común convence a muchísimos israelíes de que, de una u otra forma, la realidad actual está marcada por ciclos repetitivos, legitimados por la doctrina de seguridad nacional, que necesita constantemente identificar un nuevo enemigo.

Después de la desolación y los crímenes de guerra en Gaza, y luego de que los cohetes de mediano y largo alcance de Hamás fueran destruidos casi totalmente, al igual que casi todos sus túneles, el gobierno vuelve a pedir a la sociedad civil que se prepare para afrontar los misiles de Irán en respuesta a la ofensiva conjunta con los EE. UU. para derribar al régimen de la República Islámica. Y, finalmente, cuando cesaron los ataques aéreos a Teherán, ministros y comentaristas de Jerusalén empiezan a presentar a Turquía y a Erdoğan como una amenaza incluso mayor que los ayatolas. «El enemigo cambia, pero la necesidad de tener uno, no. A Israel le cuesta imaginar un futuro definido por algo distinto», concluye Avrum Burg.

Los arrebatos de cólera recientes por parte de dos galardones internacionales de naturaleza muy diferente parecieran mostrar que Israel necesita de enemigos para su cohesión nacional, así como de figuras simbólicas. Es lo que primeramente demostró la histérica condena in absentia del film Naza (acrónimo de nezek agavi, ‘daño colateral’) largometraje de los israelíes Yuval Abraham y Rachel Szor premiado en el Festival Internacional de Venecia; la segunda condena fue para el Premio Nobel de la Paz otorgado a Navanethem «Navi» Pillay, jurista sudafricana de 85 años.

Todavía no se habían extinguido los rayos lanzados por los medios de información hebreos contra el documental de Yuval Abraham y Rachel Szor, que denuncia la política de Tzahal de sacrificar civiles colaterales, cuando la andanada de fuego se disparó contra la mundialmente famosa jueza Navi Pillay. En efecto, los medios locales acaban de demonizar aún más a la flamante Premio Nobel de la Paz, «ante todo por el odio a Israel y a los judíos sionistas», tal como fue difamada por The Wall Street Journal el 9 de ocubre.

El Ministerio de Relaciones Exteriores de Israel injuria a quien presidió el Tribunal Penal Internacional para Ruanda —luego de sesenta años persiguiendo el genocidio de tutsis y de musulmanes— como «la mentira más grande del siglo XXI», alguien a quien «Joseph Goebbels seguramente aplaude desde el infierno».

Significativamente, el diario Ha´aretz invirtió la imagen del prontuario: «Si Goebbels aplaude desde el infierno, no es por Navi Pillay, sino por aquello en lo que Israel se ha convertido», afirma el editorialista.

Israel viene condenando a la jueza Pillay desde dos años antes de haber recibido el Premio Nobel de la Paz, cuando presidió la Comisión Internacional Independiente de Investigación de las Naciones Unidas sobre el Territorio Palestino Ocupado. Integrada por tres miembros, la Comisión concluyó su informe sobre crímenes de guerra de junio de 2024 y el de septiembre de 2025 con la acusación de genocidio. Si para el periodista Nir Hasson, el Nobel de la Paz «ilustra un abismo entre Israel y el derecho internacional», tal como aseguró en Ha´aretz, para el gobierno de Netanyahu y también para la mayoría de la opinión pública, el informe es «un libelo de sangre» que infama de genocidio a Israel. Sin dudas, la criminalización del Premio Nobel de la Paz 2026 radicaliza totalmente la necesidad política del gobierno de ultraderecha de Netanyahu-Ben Gvir de tener enemigos globales para revertir la mala fama de «estado paria» en el derecho internacional. Tal como explica Oded Balaban con lucidez, la hostilidad del mundo democrático trabaja para Netanyahu. Afirma en su artículo «El Nobel a Navi Pillay: por qué criticar a Israel no es antisemitismo», aún inédito:

Le consolida en el poder, ya que reúne a un pueblo amargado alrededor de una sola idea. Y es que el mundo entero odia a Israel por ser judío, y transforma cada condena externa en una confirmación de esa obsesión. Y le concede algo que ninguna democracia aliada le daría: la libertad de ignorar a Occidente y actuar sin freno, como Putin, quien también tiene la bomba como un escudo. Por eso la acusación de antisemitismo no es, para este gobierno, un lamento, sino una herramienta.

Ahora bien: no solo figuras prestigiosas del gran mundo que critican a Israel son convertidas en enemigos útiles para la cohesión interna: los vecinos, de adentro y regionales, resultan indispensables para justificar la política de beligerancia permanente de Netanyahu.

Avrum Burg acaba de formular en el texto citado dos preguntas existenciales que ningún partido político aborda en vísperas de las elecciones del 27/10: «¿Puede Israel sobrevivir sin un enemigo externo?» y «¿Seguirá siendo el Estado judío la fortaleza eterna de un pueblo perseguido, o se transformará en un hogar nacional seguro que conviva en paz e igualdad con sus vecinos?».  

La dificultad de los israelíes para pensar e imaginar el futuro

Ambas preguntas están precedidas por otra ausente que algunos pocos intelectuales empiezan a formular en torno a la imposibilidad en Israel de imaginar el futuro, con o sin enemigos.

El filósofo político Ioav Ronel sostiene en un sagaz ensayo, «Fiebre del futuro», publicado en HaZman HaZé, que el racionalismo pragmático y de alta tecnología que la derecha neoliberal israelí ofrecía hasta el 7/10 era una profecía que operaba en una sobria combinación de realpolitik pesimista, completamente blindada. Esa lógica implicó la sustitución del pensamiento político por la tecnología de avanzada. La sofisticada valla de separación entre Israel y Gaza sirve como sinécdoque de esta lógica tecnológica que colaboró para administrar en el presente el problema palestino (y no solucionarlo). Por el contrario, los «profetas de la ira» de izquierda preanunciaban que la ocupación militar y el sojuzgamiento colonial de una población civil estallaría en el futuro en forma de un desastre inimaginable, tal como sucedió el 7/10.

Las posibilidades abiertas del futuro fueron obturadas por uno y otro contrincante. La derecha derogó la posibilidad de un futuro contingente y fue reemplazado por la lógica del largo plazo blindado mediante la ciberseguridad y un software avanzado de vigilancia electrónica y espionaje. Por su parte, en el campo de la izquierda, el tiempo futuro de los «profetas de la ira» (desde Leibowitz a Amoz Oz) se consumaba cuando los buses explotaban en Tel Aviv y Jerusalén durante la segunda Intifada, y culminaría en la terrible masacre consumada el 7/10.

Según Ronel, los activistas de izquierda dejaron de pensar el futuro a medida que su praxis se fue privatizando cada vez más, reciclada por ONG neoliberales de derechos humanos con financiación de fundaciones norteamericanas, que reemplazaron a los partidos y a los sindicatos.

Luego del 7/10, los profetas de la ira que otrora alertaban con energía sobre un futuro infernal si los israelíes no ponían fin a la ocupación en los territorios cesaron de hablar del futuro: su silencio, en vísperas de elecciones decisivas, demostraría que las profecías sobre el desastre se habrían consumado, después de que desaparecieran las formidables movilizaciones de protesta contra la reforma judicial y luego por la liberación de los secuestrados.

Ronel sostiene que, si antes aquellos profetas de la ira al menos eran escuchados —si bien se los temía—, hoy resultan completamente ignorados por la opinión pública. Sus antiguos discursos iracundos se transformaron en melancólicas jeremiadas que, en resumen, lamentan que luego del 7/10 todo haya terminado Precisamente cuando parecía que la barrera que impedía pensar un futuro abierto se había roto, hoy esos profetas melancólicos procuran otra vez cerrarlo, al presentar el futuro como un hecho consumado. Peor aún, Ronel los acusa de ser agoreros de una próxima catástrofe política post-electoral; ven el futuro una y otra vez a través del mismo paradigma iterativo, que indica que lo que ha sido hasta ahora —ocupación militar, despojo colonial, neoliberalismo económico— es lo que será.

 El filósofo político expresa el cerramiento del futuro de la izquierda israelí actual en los siguientes términos:

En cierto modo, esta identificación del pesimismo con el futuro parece lógica. No son buenos tiempos en el mundo. Y, sin embargo, cuando el pesimismo abarca todo el futuro, en realidad nos sustrae del elemento fundamental que lo frena: el hecho de que esté abierto.

Posdata

El pesimismo de Ronel no es un pesimismo primordial, ni tampoco uno derrotista. Porque, a diferencia de otros israelíes progresistas melancólicos, su arraigada concepción filosófica relativa a un futuro contingente y abierto nos devuelve la esperanza y la imaginación de la utopía.

Sin embargo, me preparo para seguir haciendo un impredecible equilibrio sobre la cuerda floja del futuro, tanto por la incertidumbre política de la fascistización del mesianismo violento e impune de los colonos, como por el odio que el Estado judío despierta en todo el mundo, también en Argentina.

Independientemente de que caiga la actual coalición ultraderechista o de que suba otra más democrática y liberal, no hay indicios de que los resultados de estas elecciones cruciales propongan terminar la guerra. Al contrario, Tzahal usó una fuerza letal desde el 7 de octubre, que antes estaba confinada al margen mesiánico de los Ben Gvir y Smotrich; sin embargo, la gran victoria conseguida por Netanyahu es haber logrado que su proyecto de liquidar «el problema palestino» sea aceptado casi unánimemente en el consenso nacional.

No quiero ser pájaro de mal agüero, pero mucho me temo que, después del 27/10, aunque la actual coalición pierda, deberé asimismo mantenerme sobre la cuerda floja a toda costa y con mayor temple y astucia tanto en mi matria israelí como en mi patria diaspórica argentina. Porque también yo, sin pretender resultar desalentador, como confiesa Alain Finkielkraut en su reciente libro Le Cœur lourd, «por primera vez en nuestra historia debemos enfrentar al odio sin el consuelo de la inocencia de ser solo víctimas».