Santiago Grimani, un maestro del cuento y del humor judío

Entre el folclore jasídico, la sátira moral y la ironía cotidiana, una semblanza del escritor italiano-argentino que reinterpretó la tradición europea y judía sin solemnidad.
Por Ricardo Feierstein

Con un profundo conocimiento de la narrativa moderna y una fina sensibilidad para la parodia folclórica, Santiago Grimani (1925-1989) construyó una obra en la que el humor inteligente y el elemento identitario marchan a la par. En sus cuentos —en particular en sus aclamados relatos «jasídicos apócrifos»—, el universo de la aldea judía, los rabinos y la vida comunitaria se convierten en el escenario perfecto para desarmar dogmas, cuestionar la moral victoriana y celebrar el sentido común a través del retruécano y la mordacidad.

Una vida de fronteras, entre el iluminismo y la tradición judía

Nacido el 28 de enero de 1925 en una región de fronteras mutantes entre Italia, Austria y Yugoslavia, Grimani combinó en su escritura el cosmopolitanismo europeo con una particular apropiación de la cultura y la idiosincrasia judía. Tras cursar estudios humanísticos en Europa, se radicó en la Argentina, donde completó sus estudios universitarios y desarrolló su obra literaria hasta su fallecimiento en Buenos Aires el 5 de marzo de 1989.

La narrativa de Grimani destaca por su capacidad para tomar la estructura clásica de la parábola o de las leyendas sabias del jasidismo y darles un giro contemporáneo, terrenal y profundamente irónico. En sus breves viñetas, los maestros espirituales no dictan sentencias solemnes, sino que resuelven dilemas con picaresca, humor mordaz y una lógica tan disparatada como humana. Ese constante «extrañamiento» —en el que el absurdo convive con la bendición y el mandato religioso— convierte a sus textos en una pieza indispensable del humor judío en la literatura argentina.

Entre sus obras publicadas y premiadas figuran El Fiat verde (Mención de Honor Concurso Almafuerte, 1974), Un problemita color naranja (Faja de Honor de la S.A.D.E., 1976), Desde Delos en frecuencia modulada (1ra. Distinción Concurso Dupuytren, 1978), Los atípicos, Reina Negra a Rey Blanco, ¡Jaque! (1979), Los pasillos de la memoria (Faja de Honor de la S.A.D.E., 1982) y La guerrilla del Cuarto Mundo (1983).

SELECCIÓN DE TEXTOS DE SANTIAGO GRIMANI

Reina Negra a Rey Blanco ¡Jaque! *

Que la sola presencia de Yolanda originará cambios de suma importancia en las costumbres de Andrés no sería muy digno de crédito si no fuera porque yo me propongo atestiguarlo. Los he visto pasear por el jardín tomados de las manos, los he sorprendido mirarse larga y recíprocamente con afecto, los he espiado durante agobiantes sesiones de un juego de naipes que ellos deben haber inventado, juegos de reglas y códigos cambiantes, presupuestos de tal manera que el triunfo parcial de uno quedará rápidamente equilibrado por las súbitas ganancias del otro, llegándose a un lento final de seguro empate en todas las ocasiones.

Verlos poner un disco de música moderna y haberlos visto bailar “suelto”, él de cutis blanco y de fuertes músculos, con Yolanda, delgada, alta y oscura, igual que sus padres, negros nativos de la Guadalupe, me había dado cierta sensación de extrañeza y ternura a un tiempo.

Durante el tiempo que ella permaneció en el barrio menudearon los recíprocos llamados telefónicos y las lógicas citas. En menos de un mes, el francés de él se hizo bastante aceptable y el castellano de ella, casi cervantino. Luego, Yolanda volvió a su Guadalupe y yo adrede, no quise estar en esa despedida. Al poco tiempo vi que Andrés se había vuelto taciturno y mucho más serio. Dejó de dibujar y pintar, y hasta hojear las revistas de automovilismo. Su alegría interior, tan natural en él como respirar, volvió con el cartero, al presentarle éste la primera misiva desde las Antillas. Y la carta, que fue a leer a escondidas, y la foto de Yolanda con dedicatoria en francés y castellano, son tesoros inapreciables que guarda en un cajón de su escritorio, que cierra con llave.

Y él también le escribe, creo que versos, y muchas veces suspira, y ayer nomás lo he visto revisar un mapa de las colonias francesas, mapa que cerró con fuerza y que trató de ocultar bajo unos diarios, al darse cuenta de que yo lo estaba observando.

El tiempo como siempre, borrará las distancias, las cartas llegarán y saldrán más espaciadas, los suspiros ya no tendrán razón de ser, ni los de aquí ni los antillanos, porque tienen sólo dieciséis años, sumando los ocho de cada uno, por supuesto.

GRIMANESCAS: MIS MEJORES JASÍDICOS APÓCRIFOS

La cortesana

Un día fue a ver al Grand Maguid la mujer más mentada de la aldea. El Rabí la hizo sentar y le ofreció un vaso de vino. La pecadora se echó a llorar y entre sollozos le dijo que venía a verlo para saber si ella ya había perdido todas sus posibilidades de Vida Celestial. —¿Y por qué eso, hija mía? —le preguntó el Maguid. —Santo, tres veces Santo, debo confesarte que, durante los últimos veinte años, menos los días prohibidos por la Ley, he recibido a diario por lo menos a cinco hombres consecutivamente y a veces simultáneamente. —Has dado entonces unas treinta mil veces la felicidad en esta tierra. Siete veces treinta mil te será dada a ti en el Cielo. Ve y no te arrepentirás. Sólo en la angustia está Satán; en la felicidad, siempre el Señor. Así es. Y así sea.

Benditos sean los pobres

Cuenta la tradición que Rabí Ismael Sapirsky, el santo Caminante, fue el hombre que Dios más quiso aquende y allende el Vístula. Pobre, pobrísimo, dueño sólo de unas rotosas sandalias y un sayo gris, iba vagando por comunidades y aldeas proclamando la gloria del Señor y pidiendo limosnas para los pobres. —Hermosos judíos —gritaba con su voz estentórea— acordáos de las Escrituras. Antes de que el sol baje, que vuestras deudas no queden impagas, que vuestros pobres no queden hambrientos. En las noches lo recibían entusiastas en las cocinas y se reunían a su alrededor pendientes de sus palabras y de la mirada sublime de sus ojos azules. Al encontrarse con hogares sin niños se entristecía. Inquiría la causa de la esterilidad de las casadas y sus rezos se redoblaban. Erguido en toda su enorme estatura, levantaba un candelabro de plata con ocho velas y examinaba los ojos de las tristes esposas sin descendencia. Al hallar en esos ojos la respuesta divina, se inclinaba y les rezaba en los oídos. Dios siempre le dio al Santo Rabí el poder del milagro. Innumerables fueron los descendientes de las familias judías a ambos lados del Vístula. Todos de gran estatura, voz estentórea y hermosos ojos azules. Grande es el poder de la Fe.

La humildad

En la comunidad de Vitebsk era muy venerado por su bondad y sabiduría el Rabí Abraham Mayer. Suyas hacía las palabras del Señor, repitiendo constantemente: —Agradeced a Dios todo el mal y todo el bien que recibís, pues por el mal seréis gozosos en los Cielos si por el bien sois gozosos en la Tierra. Debido a la anciana edad del Rabí, el malvado rico del lugar, el gordo Eliezer Goldman, quería lograr la destitución de éste y, mediante dádivas y prebendas a la Sinagoga, ser colocado él en su lugar. Un día el Santo anciano, al ir caminando lentamente hacia sus oraciones, pasó bajo el balcón de la casa del rico, y la esposa de éste, Sara, vació sobre la cabeza del Rabí un recipiente lleno de inmundicias. El Rabí levantó la vista, mientras trozos de cáscaras de huevos se caían de sus cabellos y espinas de arenques se enredaban con sus barbas. —Bendita seas, fiel mujer, por haber cumplido el mandato bíblico. Actúas, sin duda, por orden de tu marido, y dice el Libro que la mujer que obedece a su amo y señor alcanza sin esfuerzo el Paraíso. La esposa del rico se alegró con la bendición del santo varón y levantó la mano derecha, diciendo SHALOM. —En cuanto a tu marido –prosiguió diciendo el Rabí–, siempre será flor de hijo de puta.

El paraíso celestial

Cuentan las comadres en sus reuniones sabáticas junto a la lumbre de los fogones, que nunca hubo varón más santo que Rabí Mardoqueo Schmukler de Lemberg. Los piadosos Rabís jasídicos llegaban con sus almas al Paraíso después de la muerte. Sólo Rabí Mordecaí lo conseguía en vida durante las cenas de Pascua, luego de la bendición del pan y del vino. Si bien era criticado por los muy ortodoxos, vestidos todos de blanco, según el rito del Talmud de Babilonia. Sentado a la cabecera de la mesa, levantaba su copa y repetía cinco o seis veces su sagrada bendición. Luego, apoyando la barba sobre el pecho, los ojos muy abiertos, quedaba inmóvil y no respondía a las preguntas de sus discípulos. Rabí Shem Tov aseguraba que, en esos momentos, el alma de Rabí Mardoqueo abandonaba su cuerpo y entra en el Paraíso. Por la mañana, luego de la primera oración, los que lo rodeaban conseguían que su alma inmortal entrara nuevamente en su perecedero cuerpo mediante uno o dos baldes de agua fría.

La tentación

Cuentan en Krakau que un día Rabí Samuel Gersenshon fue tentado por Lilith en el bosque que se encuentra a la derecha del Camino Real a Varsovia. Al romperse el eje de la rueda del coche en el cual Rabí Samuel viajaba, tuvo éste que cruzar el monte a pie, para dirigirse a la aldea más cercana en busca de ayuda. Lilith, en figura de hermosa campesina polaca, se le ofreció por dos monedas de plata. El Rabí cayó en la tentación de ese bello cuerpo (sólo el Altísimo siempre es perfecto), pero al reemprender su camino se negó a pagar. Lilith, la Maligna, La Nefasta, se vio defraudada, pues, como decía siempre Rabí Samuel: —Por amor, no es pecado. Amén.

* Publicado originalmente en el suplemento literario de La Prensa el 5 de marzo de 1979