NS: En tu libro planteás que Israel y las dictaduras de Argentina y Uruguay se sentían parte de una misma trinchera en defensa de Occidente. ¿Cómo se construyó esa identificación?
GL: Eran dirigentes de trayectorias muy distintas, pero con el recrudecimiento de la Guerra Fría, en América Latina y Medio Oriente, comenzaron a compartir una visión del mundo. Israel estrechó su alianza con Estados Unidos desde mediados de los sesenta. En América Latina, la Revolución Cubana provocó una reacción militar impulsada por Washington. Unos y otros se veían como defensores de un Occidente amenazado. La identificación creció cuando Occidente empezó a cuestionarlos por violaciones de derechos humanos. Con Carter, los militares latinoamericanos se sintieron traicionados por Estados Unidos. Los dirigentes israelíes, enfrentados a la OLP y a países árabes apoyados por la Unión Soviética, también sentían que ponían el cuerpo sin ser comprendidos. Ambos recibían críticas por sus prácticas represivas. Anticomunismo, lucha contra las organizaciones armadas e intereses diplomáticos formaban parte de un mismo paquete.
NS: El Gobierno de Israel de entonces decía proteger a los judíos, pero mantenía relaciones con dictaduras que perseguían, torturaban y desaparecían a militantes judíos. ¿Cómo se explica esa contradicción?
GL: Esa fue la pregunta que inició mi investigación. Mis padres fueron rescatados por la Agencia Judía en Buenos Aires en mayo o junio de 1976. Israel ofrecía asistencia a judíos perseguidos y, al mismo tiempo, colaboraba con las dictaduras mediante entrenamiento de inteligencia, tecnología y apoyo político. Llegué a la conclusión de que, más que una contradicción, había una complementariedad. La ayuda dependía de si podía perjudicar los vínculos con las dictaduras. Las dictaduras aceptaban que Israel recibiera a presos legales que salían mediante la opción constitucional. Para la mentalidad nacional-católica de muchos militares, esos judíos de izquierda “no eran argentinos”: preferían expulsarlos. Y para Israel, cada judío que se instalaba allí contribuía al objetivo demográfico de aumentar la población judía. Los intereses coincidían.
NS: ¿Esa posibilidad no existía para los detenidos-desaparecidos?
GL: No, porque reconocer que una persona estaba desaparecida hacía tambalear todo el sistema represivo. Funcionaba mediante secuestros, torturas, asesinatos y ocultamiento de los cuerpos para negar la responsabilidad estatal. Un desaparecido no podía reaparecer sin revelar la trama que las Fuerzas Armadas querían ocultar. Por eso Israel no prestó la misma asistencia a quienes estaban en los centros clandestinos: mantuvo el silencio para no contrariar a las dictaduras.
NS: Tu investigación muestra que la alianza iba más allá de la venta de armas. En Uruguay, donde casi no existía ese negocio, ¿qué papel cumplió la diplomacia israelí?
GL: Un papel importante. Israel tenía buena prensa en Occidente y pretendía usar sus contactos con el Congreso estadounidense, los medios y las organizaciones judías norteamericanas para ayudar a los regímenes. En los primeros años colaboró para minimizar las denuncias de antisemitismo en Argentina y Uruguay. Los presentaban como hechos marginales, lo que protegía a las dictaduras de críticas más fuertes. Esa estrategia comenzó a desmoronarse con la detención de Jacobo Timerman y la evidencia creciente de las atrocidades. Desde 1967, Israel dominaba militarmente a una población palestina sin derechos políticos. No se puede sostener una ocupación de esas características y a la vez defender consecuentemente los derechos humanos.
NS. ¿Cómo actuaron las principales instituciones judías frente al antisemitismo de las Fuerzas Armadas? ¿Y qué pasó con los sectores de izquierda?
GL: Dirigencias como la DAIA en Argentina y el Comité Central Israelita en Uruguay minimizaron denuncias ante delegaciones judías norteamericanas. Decían que el antisemitismo era marginal o que las autoridades lo condenaban. Había afinidades políticas y de clase. Las dictaduras les permitían mantener actividad comunitaria mientras se limitaran a asuntos judíos. Con la izquierda judía ocurrió otra cosa. Organizaciones sionistas socialistas como Hashomer Hatzair fueron presionadas para abandonar referencias de izquierda y sus lazos con militantes no judíos. El ICUF argentino y la Asociación Shitlovski uruguaya sufrieron persecución. En Uruguay, sus integrantes fueron fichados con la “Categoría C”, que les impedía trabajar en el Estado o estudiar. En 1977, cuando fueron detenidos médicos de la Mutualista Israelita del Uruguay, la dirigencia comunitaria y el embajador israelí negaron que hubiera motivos antisemitas. Quedaron así en manos de sus torturadores.

NS: También distinguís entre defender a los judíos y defender las políticas del Estado de Israel. ¿Por qué se presentan cada vez más como una misma cosa?
GL: La ideología predominante en Israel adopta una posición paternalista respecto de todo el pueblo judío, como si el Estado pudiera representarlo en su conjunto. Con sus propios intereses geopolíticos, buscó disciplinar a los disidentes. Hoy los judíos que critican duramente al gobierno de Israel son acusados de “autoodio” o de ser “traidores”. Se intenta moldear una identidad judía exclusivamente sionista y alineada con el gobierno de turno, ignorando la diversidad de posiciones que siempre existió en el mundo judío.
NS: Hoy dirigentes de extrema derecha reivindican a Israel. ¿Hay antecedentes de esa relación en los años setenta?
GL: Sí. Se apoyan en una determinada idea de Occidente, ahora presentada como “judeocristiano”. En los setenta había sectores de extrema derecha que despreciaban al judío intelectual y crítico, pero admiraban al ejército israelí y su eficacia militar. Hoy ocurre algo parecido con sectores vinculados a Le Pen, Alternativa para Alemania, el trumpismo, Bolsonaro o ciertas iglesias evangélicas. El apoyo a Israel se vuelve una seña de identidad: admiran su militarismo mientras estigmatizan al mundo árabe e islámico. No se identifican necesariamente con la historia judía: se identifican con una determinada imagen del poder de Israel.
NS: ¿Cómo interpretás el acercamiento de Javier Milei con Israel?
GL: Como una continuidad de esa admiración por un Israel militarista, capaz de actuar con audacia y sin vergüenza. Milei toma elementos de Jabad Lubavitch y los combina con el evangelismo anticatólico. Pero lo central es esa identificación con la fuerza militar y con una determinada concepción de Occidente. Ya en los años setenta había militares argentinos que reconocían su antisemitismo y, al mismo tiempo, admiraban a los instructores israelíes con quienes trabajaban. Ambas posiciones pueden coexistir.