A veces hay que sacarse la camiseta

Para gobernar hay que dejar de actuar como una hinchada fanática. El bloque del cambio en Israel tiene la oportunidad y la obligación de dejar atrás los escrúpulos identitarios, integrar a los ciudadanos árabes a la mesa de decisiones y rescatar a la democracia de la polarización extrema
Por Guillermo Atlas

Netanyahu no ganó: lo frenaron quienes no votaron como hinchada. Ahora el bloque del cambio tiene que animarse a gobernar con los partidos árabes

Recuerdo haber escuchado una vez que se puede cambiar de todo, pero nunca se cambia de amor por la camiseta, sobre todo cuando se trata de fútbol. Ya les conté alguna vez que soy hincha de San Lorenzo. ¿Qué pasa cuando una identidad tan primaria se convierte en una identidad también política, independientemente de la conducta de los actores de esa organización política?

Galeano escribió en El fútbol a sol y sombra: en su vida, un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no de equipo de fútbol. Yo puedo dar fe. Vivo a más de doce mil kilómetros de Parque Chas, adopté al Eintracht Frankfurt y al Hapoel Tel Aviv, y sin embargo cada fin de semana busco el resultado de San Lorenzo antes que cualquier otro. Los clubes nuevos se suman; el primero no se toca.

En la lista de Galeano, el partido político aparecía del lado de lo que se puede cambiar, junto a la pareja y la fe. La lealtad al club era incondicional; la adhesión política, revisable. Esa frontera se está borrando, y el partido se muda a la columna de la camiseta.

Israel acaba de ofrecer la demostración más extrema. Aluf Benn, director de Haaretz, lo resumió al día siguiente de las elecciones: no hay sacudida capaz de influir en los votantes israelíes. Basta repasar lo que atravesó el país en cuatro años: una reforma judicial pensada para un poder sin contrapesos, protestas multitudinarias, la masacre del 7 de octubre, los rehenes en los túneles, la devastación de Gaza, guerras en Líbano, Siria e Irán, el terrorismo de colonos en Cisjordania, el Qatargate en el entorno del primer ministro, la normalización del kahanismo y la emigración de miles de israelíes laicos e instruidos. En otra época, cualquiera de esos acontecimientos por sí solo habría bastado para hacer caer un gobierno. Juntos, apenas movieron la aguja. Los votos se desplazaron dentro de cada bloque, nunca entre ellos. Como escribe Benn, la tribu resultó más fuerte que cualquier otra cosa.

El mecanismo es conocido para cualquiera que haya ido a la cancha. El hincha ve el mismo penal que el de la otra tribuna y lo juzga al revés. Quienes apoyaban a Netanyahu leyeron el 7 de octubre como un fracaso del Ejército y de los servicios de inteligencia; sus adversarios, como la prueba definitiva de su culpa. El acontecimiento fue uno; las lecturas, dos, y cada una confirmó lo que ya se pensaba.

El fenómeno excede largamente a Israel. En enero de 2016, en un acto en Iowa, Donald Trump se jactó de que podía pararse en la Quinta Avenida, dispararle a alguien y no perder un solo votante. Diez años después, hay que reconocer que conocía a su hinchada. En Estados Unidos los politólogos hablan de polarización afectiva: la antipatía hacia el votante del otro lado crece más rápido que la distancia entre los programas. Mucha gente vota menos por amor a los suyos que por rechazo a los ajenos. Los argentinos no necesitamos que nadie nos lo explique: lo llamamos la grieta desde hace años, y el peronismo ofrece el ejemplo de manual de una camiseta que sobrevive a cualquier contenido. Bajo la misma identidad cupieron las privatizaciones de Menem y el estatismo kirchnerista, y buena parte de sus votantes acompañó ambos giros sin sentir que traicionaba nada.

La sociología del fútbol argentino tiene una palabra para esto: aguante. Pablo Alabarces la estudió a fondo. El hincha demuestra su valor bancando al club en la derrota, y cuanto peor le va, más mérito tiene seguir ahí. Trasladado a la política, el escándalo, el juicio o el fracaso de gestión pueden fortalecer la lealtad en lugar de erosionarla, porque irse sería una traición. Benn lo describe a su manera: las tormentas que se desatan afuera empujan a los votantes a refugiarse en la calidez de la tribu antes que arriesgarse a abandonar la tienda.

Hay un matiz que complica el cuadro. Los electorados europeos y sudamericanos parecen a la vez más tribales y más volátiles que nunca: los partidos tradicionales se desmoronan y surgen fuerzas nuevas de un día para el otro. Milei llegó desde fuera de las dos grandes identidades argentinas. Pero la volatilidad se concentra en los momentos de ruptura. Cuando aparece un club nuevo que convoca a los desencantados, la adhesión se forma rápido y se blinda con la misma pasión que la antigua. Se cambia de tribu en la crisis; una vez adentro, uno se vuelve hincha.

¿Qué se pierde en el camino? Popper definía la democracia como el sistema que permite deshacerse de un gobierno sin derramar sangre. Ese mecanismo supone un votante capaz de castigar. Si la lealtad es incondicional, el gobernante deja de rendir cuentas, los hechos dejan de ser comunes y el acuerdo con el adversario pasa a ser traición. Benn señala que una parte de los opositores judíos de Netanyahu se niegan a gobernar con los representantes árabes, y lo llama racismo de la derecha y cobardía de la izquierda. Es la lógica del clásico: con el rival no se pacta.

Sin embargo, el artículo de Benn termina con un dato que contradice su propio título. Netanyahu no ganó. Su bloque no alcanzó la mayoría porque los ciudadanos árabes votaron en niveles sin precedentes y porque hubo israelíes que viajaron desde el exterior para votar. La preferencia de las tribus no se movió; la participación, sí. Quienes se negaron a actuar como hinchada, o quienes hasta entonces miraban el partido desde afuera, inclinaron el resultado.

Ahí se termina la analogía con la cancha. A San Lorenzo nadie le pide que administre hospitales, conduzca guerras o designe jueces. La lealtad incondicional es inofensiva en la tribuna y peligrosa en las urnas.

Israel tiene ahora una oportunidad que no puede volver a desperdiciar. Los ciudadanos árabes, una quinta parte de la población, fueron a votar como nunca y le cerraron el camino a la coalición de Netanyahu, Itamar Ben-Gvir y Bezalel Smotrich. Sería un despropósito que el bloque del cambio les agradeciera los votos y les negara la mesa. Hay antecedentes: Rabin sostuvo los acuerdos de Oslo gracias al apoyo parlamentario de los partidos árabes, y la coalición de Bennett y Lapid incluyó por primera vez a uno de ellos, Ra’am, de Mansour Abbas. La fórmula puede variar: participación plena, apoyo desde afuera o un acuerdo programático limitado. El tabú que los convierte en electores de segunda, cuyos votos sirven para sumar pero nunca para gobernar, tiene que caer.

Netanyahu entendió la aritmética antes que sus adversarios. Con el escrutinio completo, su bloque suma 53 escaños, la oposición judía 48 y las dos listas árabes, Ra’am y la Lista Conjunta, un récord de 19. Sin los partidos árabes nadie gobierna; con ellos, el bloque del cambio tiene mayoría. Dos días después de la votación, el juez Noam Sohlberg, que preside el Comité Central Electoral, le pidió al Shin Bet investigar sospechas de financiación extranjera, presuntamente catarí, en favor de Ra’am. Según el Canal 12, la investigación se abrió a partir de información proveniente de la oficina del primer ministro; los activistas detenidos, según fuentes de seguridad, ya dieron explicaciones sobre el dinero. No se difundió ninguna prueba, pero el Likud ya habla de votos comprados en efectivo y de un intento de islamización de Israel. Mansour Abbas respondió llamando a Netanyahu Abu Yair, el apodo que el propio primer ministro usaba en la década pasada para cortejar el voto árabe, y le recordó que es él quien emplea agentes cataríes en su oficina. La maniobra ya dividió a la oposición judía: Lieberman pide investigar con rapidez, Eisenkot acepta examinar las denuncias, pero advierte que no deben servir para demorar la asunción del nuevo Parlamento, y Yair Golan, de Los Demócratas, denuncia una campaña de deslegitimación. Es el reflejo tribal en estado puro: ante la posibilidad de perder el poder, convertir a los ciudadanos árabes en sospechosos.

Hace poco, Ben-Gvir justificó la demolición de casas beduinas diciendo que no hay que ser feinschmecker. En alemán, la palabra designa al gourmet, al de paladar refinado; el hebreo coloquial la adoptó vía el ídish para nombrar también al escrupuloso, al que le hace ascos a todo, lo que en la Argentina diríamos un pechito frío. Vale la pena darle la vuelta a su palabra: los verdaderos pechos fríos son quienes, por reflejo tribal, se niegan a sentarse a gobernar con sus propios conciudadanos. El bloque del cambio tiene que sacudirse esos escrúpulos.

Aquí se juega algo que excede a Israel. Una democracia se mide por la igualdad de sus ciudadanos ante la ley y ante las urnas. La propia Declaración de Independencia de 1948 prometía plena igualdad de derechos sociales y políticos sin distinción de religión, raza o sexo, y convocaba a los habitantes árabes a participar en la construcción del Estado con ciudadanía plena y representación en todas sus instituciones. Cumplir esa promesa sería la mejor respuesta a quienes, afuera, niegan la legitimidad de Israel, y a quienes, adentro, sueñan con la transferencia de población.

El país necesita un gobierno capaz de encarar la reconstrucción después de la guerra, la violencia criminal que desangra a las ciudades árabes, el éxodo de los jóvenes más formados del país y la defensa del Estado de derecho. Ninguna de esas tareas admite la lógica de la tribuna. Los hinchas eligen club una vez y para siempre; los ciudadanos tienen la obligación de decidir con quién gobernar. El bloque del cambio debe resolver si quiere seguir siendo una hinchada que llora cada derrota o convertirse, por fin, en una mayoría.