Elecciones en Israel 2026

Expectativas y desconcierto: ¿hay posibilidades de un cambio sin vuelta atrás?

Las elecciones israelíes dejaron un escenario complejo, marcado por la fragmentación política y las dificultades para construir una mayoría alternativa a Netanyahu. El sistema electoral, el peso creciente de los partidos árabes y las fracturas abiertas por el 7 de octubre plantean nuevos interrogantes sobre la gobernabilidad. Desplazar a Netanyahu no garantiza un cambio de rumbo: la oposición deberá superar sus divisiones y construir una alternativa que contemple las transformaciones de la sociedad israelí. ¿Es posible una nueva mayoría política?
Por Susana Gelber

Sistema político

El martes 27 de octubre se llevaron a cabo las elecciones en Israel, largamente esperadas y rodeadas de grandes expectativas por parte de los sectores opositores al gobierno y a los métodos del primer ministro Benjamín Netanyahu. Sin embargo, la ecuación expectativa-desconcierto-frustración terminó imponiéndose y abrió nuevos desafíos: tanto para superar la lógica de la confrontación Bibi-anti Bibi como para integrar a los distintos sectores de la sociedad.

Para comprender uno de los ejes de esta problemática, es necesario detenernos en el sistema político israelí. Este tiene, como mínimo, tres componentes: el sistema de gobierno, el sistema de partidos y el sistema electoral. En este último debemos poner especial atención, ya que constituye la variable independiente que condiciona a los otros dos.

El sistema de gobierno israelí es parlamentario y, dentro de los tres modelos que podemos distinguir, es el más débil en términos de las atribuciones del primer ministro. El más fuerte es el del Reino Unido, conocido como sistema de gabinete. Allí, debido al sistema electoral uninominal, el partido que gana las elecciones generalmente obtiene mayoría absoluta. Además, el primer ministro es el líder del partido, lo que le otorga un amplio margen de maniobra, ya que es quien designa y remueve a sus ministros. Por eso, se lo considera «uno por encima de sus desiguales».

La inestabilidad de los primeros ministros británicos en los últimos años se ha producido dentro del propio partido de gobierno, que los reemplaza cuando no logran resolver las crisis que atraviesa el país, entre ellas las derivadas del Brexit.

Otra variante es la de Alemania. Su sistema electoral mixto —la mitad de los diputados se elige mediante listas en los Länder (Estados federados) por el sistema proporcional con un piso del 5%, y la otra mitad por circunscripciones uninominales, lo que favorece la formación de gobiernos de coalición. Si bien el canciller (primer ministro) es designado por el Parlamento y tiene la facultad de nombrar a sus ministros, su margen de acción está condicionado por los demás partidos de la coalición, por eso se considera al canciller más débil que al primer ministro británico y se lo define como “uno entre desiguales”. Sin embargo, existe un mecanismo que contribuye a la estabilidad: la llamada super cláusula que establece que para derribar a un gobierno, hay que hacer una moción de censura constructiva, lo que obliga a contar con una mayoría capaz de constituir uno nuevo en base a un programa. La mayor estabilidad de los gobiernos está basada en que es más fácil construir una mayoría negativa que una positiva.

Por último, encontramos el sistema parlamentario multipartidista, en el que se utiliza un sistema proporcional para traducir los votos en bancas. En este modelo, el primer ministro es más débil que en los anteriores ya que los acuerdos de gobierno se establecen mediante negociaciones entre los partidos, generalmente en torno de la distribución de los ministerios. Aunque el líder del partido más votado suele convertirse en primer ministro, quienes ocupan los distintos cargos son designados por sus respectivos partidos y no directamente por él.

Este último es el modelo que rige en Israel. El sistema de gobierno está fuertemente condicionado por un sistema electoral muy proporcional: existe una lista nacional de 120 bancas y todo el país constituye un distrito único. El umbral electoral actual es del 3,25% de los votos válidos para que una lista pueda participar del reparto de bancas. En 1949, en cambio, era del 1%. Tengamos en cuenta el piso factico que surge de dividir el 100% por las 120 bancas a elegir: el resultado es 0,83%. Esto significa que, sin un umbral electoral, se necesitaría menos del 1% de los votos para alcanzar una banca.

Este sistema tiene sus antecedentes en la etapa previa a la creación del Estado, cuando las autoridades de las instituciones nacionales se elegían de esta misma manera con el objetivo de contener a todas las expresiones políticas del pueblo judío. Luego del intento fallido de llevar adelante una Asamblea Constituyente en 1949, mientras todavía se desarrollaba la Guerra de la Independencia, se sancionaron leyes básicas que fueron estableciendo el marco institucional del país. Con el tiempo, el umbral electoral fue aumentando hasta llegar al actual 3,25% de los votos válidos.

Aun con ese incremento, el sistema sigue siendo muy proporcional debido que todo el país es un distrito único por la cual se vota una lista nacional de 120 candidatos y candidatas. Un partido que alcanza el umbral obtiene aproximadamente cuatro bancas. La ventaja de este modelo es que permite una representación muy amplia de la sociedad. Si tenemos en cuenta que en estas elecciones once listas lograron alcanzar o superar ese umbral, podemos observar que el elector generalmente vota por el partido con el que se siente más identificado porque sabe que luego para gobernar lo tendrá que hacer en coalición.

Una de las desventajas es que esta fragmentación complica considerablemente la gobernabilidad. Además, en la política israelí de las últimas dos décadas, dominada por el enfrentamiento Bibi-anti Bibi, muchos votantes recurren al voto estratégico: abandonan el partido con el que se sienten identificados para apoyar a otro del bloque de coalición que aparece con mayores intenciones de voto lo que genera la expectativa de que pueda superar al Likud y formar gobierno. Esta es una de las razones por las cuales Meretz no logró superar el umbral en 2022 y quedó sin representación parlamentaria. En esta oportunidad, ese comportamiento también perjudicó al partido Los Demócratas, en beneficio de Yashar, de Eisenkot, e incluso de Bennett.

El efecto del 7 de octubre

No podemos dejar de analizar, aunque sea brevemente, el impacto de la tragedia del 7 de octubre en estas elecciones. Se trata, evidentemente, de una fractura profunda que se suma a otras ya existentes en la sociedad israelí, pero que, en mi opinión, tiene una dimensión aún mayor por sus graves consecuencias en distintos planos.

Tengamos en cuenta que, con excepción del partido Los Demócratas, los otros cuatro integrantes de la coalición del cambio insistieron en que conformarían un gobierno exclusivamente con partidos sionistas. Algunos lo hicieron por convicción y otros, quizás, por una lectura del estado de ánimo del electorado, muy sensibilizado por lo sucedido aquel día y por sus consecuencias posteriores.

Del otro lado, es decir, en la coalición de Netanyahu, podríamos decir que no estamos ante una coalición sionista, ya que participan partidos religiosos ultraortodoxos que no se identifican directamente con el sionismo. Se trataría, en todo caso, de una coalición judía, pero no sionista.

Otro aspecto importante es la movilización del electorado árabe, que en conjunto pasó a estar representado por 19 diputados, frente a los 10 que había obtenido en las elecciones de 2022. No solo recuperaron  a Balad, que en aquella oportunidad no había superado el umbral electoral y que tampoco lo habría conseguido ahora de haberse presentado en soledad. Por sobre todo, hubo una importante movilización en torno de la reivindicación de sus derechos. Entre las preocupaciones centrales estuvieron la situación de los beduinos, que estaban siendo desalojados de sus asentamientos, y la inseguridad en las ciudades mixtas y en aquellas de mayoría árabe. El caso de los drusos es diferente, dada su situación en Siria y la política de rescate y protección que llevó adelante Israel.

El escenario postelectoral

Con este panorama como punto de partida, podría decirse que las encuestas anticipaban un escenario de empate, con una leve ventaja para la coalición del cambio, aunque sin posibilidades de alcanzar las 61 bancas necesarias para gobernar.

El resultado no fue exactamente ese. Si bien la coalición de Netanyahu perdió ocho bancas —pasó de 61 a 53, contando las cuatro del partido de Gideon Sa’ar, que se sumó a ella—, la diferencia asciende a quince si también se consideran las siete bancas del partido Judaísmo de la Torá, que abandonó el gobierno en 2025 ante la falta de aprobación de una ley que eximiera del servicio militar obligatorio a los judíos ultraortodoxos. A pesar de esa pérdida, la coalición de Netanyahu sigue superando por cinco bancas a la coalición del cambio.

La gran novedad es el aumento de la participación y de la incidencia de los partidos árabes en la representación parlamentaria, que alcanzó un récord de 19 bancas.

Con excepción del partido Los Demócratas, cuyo máximo referente siempre sostuvo la necesidad de incorporar a los partidos árabes a la coalición de gobierno, el resto de los partidos de la oposición planteó que conformaría un gobierno exclusivamente con partidos sionistas, excluyendo la participación de alguno o de todos los partidos árabes. Esto estableció una barrera muy firme, pero también dejó al descubierto una fisura importante dentro de la coalición opositora, que se suma a las diferencias existentes en otros temas.

Estamos frente a un momento bisagra. Una posibilidad sería conformar una coalición de centroderecha sin los partidos ultraortodoxos y sin Netanyahu, algo prácticamente imposible. La otra sería que la coalición del cambio avanzara mediante la incorporación de Ra’am, con sus ocho bancas, y consiguiera el apoyo desde afuera de la Lista Conjunta. De ese modo podría desplazar a Bibi del gobierno e intentar conformar una administración que, muy probablemente, tendría una duración breve y terminaría cayendo por sus propias contradicciones. Sus objetivos inmediatos serían crear una comisión investigadora independiente y sancionar una ley de reclutamiento que pusiera fin a los privilegios de los ultraortodoxos.

Después, seguramente, vendrían nuevas elecciones y se reconfiguraría el mapa político. Pero tampoco podemos suponer que si se logra sacar a Bibi del juego político, eso resolverá por sí solo todos los problemas.

La figura de Netanyahu ha generado mucha conflictividad. Basta recordar el intento de reforma judicial de 2023, que provocó manifestaciones multitudinarias semana tras semana y cuyo proceso quedó parcialmente interrumpido por el fatídico 7 de octubre. También deben considerarse las leyes y medidas que fue impulsando para sostenerse en el gobierno, mediante concesiones a los partidos de ultraderecha. Todo esto demuestra, como señalábamos antes, la debilidad del primer ministro en un sistema de gobierno parlamentario multipartidista.

¿Qué se puede esperar?

El panorama es complejo. Hay una realidad que no se puede ocultar: el cambio demográfico es cada vez más visible. Se expresa en el crecimiento de la población religiosa, en el peso de la población árabe, que representa aproximadamente un quinto del total, y en las consecuencias de la emigración de israelíes laicos, que se sienten abrumados y sin futuro en un país donde adquiere cada vez mayor preeminencia una ultraderecha religiosa, sectaria y racista, como la que caracterizó al gobierno que acaba de concluir su ciclo.

Probablemente haya llegado la hora de reformar un sistema electoral tan proporcional, profundamente arraigado en la historia institucional del país. Como señalamos, fue instaurado en las instituciones nacionales que constituían el protoestado previo a la independencia, con el objetivo de que toda la sociedad estuviera representada y contenida. Sería importante avanzar hacia una reforma que contemple la nueva realidad, posiblemente tomando como referencia el modelo alemán, que fue replicado en varios países, entre ellos Bolivia, con variantes en Italia, México e incluso en la provincia argentina de Río Negro, además de otros casos. El objetivo debería ser alcanzar un mayor equilibrio entre representación y estabilidad.

Si la única propuesta fuera elevar el umbral electoral —por ejemplo, al 5%, como sucede en Alemania— podría anticiparse un fracaso: las once listas que consiguieron representación parlamentaria en estas elecciones obtuvieron, cada una,  más del 5% de los votos válidos, por lo cual el resultado hubiera sido el mismo.

Por otro lado, ambas coaliciones están lejos de alcanzar las 61 bancas necesarias para formar gobierno, que de todos modos sería débil e inestable. La coalición de Bibi es la que tiene menos posibilidades de reunir una mayoría, ya que difícilmente pueda sumar apoyos a las 53 bancas que obtuvo, salvo que deje de lado a los extremistas Smotrich y Ben Gvir, que representan 13 bancas. En ese caso, le quedarían 40. Si lograra sumar a los partidos de Bennett-Lapid y Eisenkot, que reúnen 33 bancas en total, llegaría a 73.

Otra posibilidad sería conformar una coalición sionista de centro derecha, sin la ultraderecha, integrada por la coalición del cambio, sin Los Demócratas que no acuerdan, que quedaría con 40 bancas y el Likud, con sus 27. Pero esto exigiría que el Likud prescindiera de Netanyahu, algo que hoy parece imposible.

Si se pretendiera alcanzar un acuerdo de rotación con Bibi, quien seguramente exigiría encabezar el primer tramo del gobierno por ser el líder del partido más votado, lo mejor que podrían hacer los dirigentes de los partidos del cambio sería consultar a Benny Gantz, para que les recuerde cómo le fue cuando firmó un acuerdo de ese tipo en 2020 y terminó siendo estafado.

La opción que quedaría para evitar una nueva convocatoria electoral sería conformar un gobierno de la coalición del cambio, con sus 48 bancas, sumando a Ra’am, con ocho, y a la Lista Conjunta, con once, apoyando desde afuera. De ese modo se intentaría también garantizar que Liberman, con sus siete bancas, no abandonara la coalición.

Todo esto cierra más en la teoría que en la práctica, pero no es imposible. Sería un gobierno de corta duración. Lo más probable es que sus integrantes pudieran coincidir en la conformación de una Comisión de Investigación Independiente sobre lo sucedido el 7 de octubre. Mucho más difícil sería alcanzar un acuerdo sobre la ley de reclutamiento, ya que la igualdad de derechos y obligaciones implicaría incluir también a todos los ciudadanos árabes en esa legislación, algo que no necesariamente sería aceptado por todos los integrantes de la Lista Conjunta ni por los demás partidos de la coalición.

Cabe consignar que todo esto sucede en un escenario de guerra latente, con frentes activos y sin una solución a la vista. Esta situación demanda una gran dosis de madurez y patriotismo por parte de la élite dirigente, que muchas veces prefiere dirimir sus disputas internas en las elecciones en lugar de unir fuerzas, como hicieron los partidos árabes. En ese sentido, vale recordar los llamados de Yair Golán para que Eisenkot se integrara, al menos, a una alianza con los partidos de Lapid y Bennett, en lugar de presentarse por separado. También cabe señalar que no se logró sumar a Benny Gantz, a diferencia de lo que hizo la Lista Conjunta con Balad.

El dramatismo del momento así lo exigía. Hacía falta mostrarle al electorado una verdadera vocación de cambio y demostrar que existía una alternativa real, capaz de superar las diferencias, coincidir en los grandes temas y, sobre todo, dispuesta y en condiciones de llevar adelante un proyecto de gobierno.

Ahora queda trabajar a partir de los datos reales que surgieron de las elecciones. No alcanza con reconocer la realidad demográfica y la composición de la sociedad israelí en sentido amplio: es necesario actuar en consecuencia. Se trata de trabajar con realismo, sobre la base de ideales, que son imprescindibles, pero sin ingenuidad. Por el bien del pueblo de Israel y del pueblo judío en su conjunto.