La esperanza de un cambio democrático, ¿al acecho por otra guerra?

Israel enfrenta una paradoja: la esperanza de un cambio democrático convive con la amenaza de otra guerra que podría frustrarlo. La oposición tiene una mayoría potencial para desplazar a Netanyahu, pero necesita reconocer a los ciudadanos árabes como interlocutores políticos en igualdad de condiciones. En ese escenario, la guerra permanente vuelve a perfilarse como el principal recurso para bloquear una transformación política.
Por Leonardo Senkman, desde Jerusalén

Las elecciones del martes dejan a Israel, una vez más, sin ganador. Entre 2019 y 2021, la inestabilidad política provocó una maratón electoral sin precedente cuando los ciudadanos israelíes tuvieron que acudir a las urnas cinco veces en un lapso de menos de cuatro años.

Pero a diferencia de las crisis de gobernabilidad de entonces, esta vez las llamadas elecciones «cruciales» —después de enfrentamientos sangrientos, internos y externos— parecieran no haber influido sobre los votantes judíos. Los medios describen ahora al Israel poselectoral sin ganador y en otro punto muerto: Netanyahu lidera el partido más votado (27 escaños) y encabeza el bloque más numeroso (53 escaños), pero carece de mayoría propia. Su principal rival, el exjefe del ejército Gadi Eisenkot, líder del bloque opositor (48 escaños) tiene una alternativa matemática para desplazar a Netanyahu gracias a los 19 escaños de ambos partidos árabes, aunque necesita acuerdos que chocan con compromisos de campaña.

Dos preguntas sin respuestas para varios analistas: 1) ¿Cómo explicar que los votos opositores a la coalición, y de centenares de miles de amargados, no lograron imponerse en las urnas después de movilizaciones masivas contra la reforma judicial, al cabo de inmensas protestas contra Netanyahu por el desastre del 7/10, y tampoco luego de tres años de guerras interminables que afectan profundamente la seguridad y la vida cotidiana de la población civil? Y 2) El politólogo Jonathan Meta pregunta en su blog personal, El Substack de Jonathan, por qué el recuento final consigna tres bloques, no dos bandos —uno a favor del gobierno y otro en contra—, «sino un bando gubernamental, un bando opositor y una tercera categoría que no pertenece a ninguno de los dos: partidos árabes presentes en la Knéset, pero ausentes de la aritmética política».

Lo inesperado para la mayoría judía aconteció en estas elecciones después de los peores tres años de su historia de seguridad y cuatro de erosión institucional republicana israelí. La oposición produjo un resultado de sesenta y siete escaños; pero para convertirse en gobierno depende de que sus líderes estén dispuestos a contar todos sus escaños, abandonando la aritmética política discriminatoria contra los ciudadanos árabes. Por un lado, esos líderes por el cambio afirman que Netanyahu perdió porque no logró alcanzar los 61 escaños; sin embargo, aceptan el recuento oficial en el que ellos obtienen solo 48 y no 67.

Pudieron conocer la voluntad cívica y política de la sociedad palestina israelí de participar en la vida pública del Estado judío antes de las elecciones. La encuesta del Programa Konrad Adenauer publicada en mayo reveló que el 75,8 por ciento de los ciudadanos árabes apoyan que árabes graduados de secundaria se ofrezcan como voluntarios para el servicio civil no militar. Y, además, el 76,9 % de los encuestados árabes describió su sensación de seguridad personal como débil; por su parte, el 71,3 % señaló la delincuencia y la violencia como el problema más grave al que se enfrenta su comunidad —en un año en el que, a principios de mayo, ya se había registrado la centésima víctima de asesinato—. Cinco meses antes de los comicios, la encuesta también pronosticó que una «Lista Conjunta» reunificada elevaría la participación árabe al 67 %. «Cuando los ciudadanos que se sienten abandonados por el Estado encuentran una opción política en la que confían, acuden a votar», concluye Jonathan Meta.

Históricamente, la discriminación antiárabe en Israel opera alimentada por dos sentimientos de diferente intensidad de violencia: el instinto irracional de odio de la derecha no solo kahanista, sedimentado por una fuerte hostilidad antiárabe, y el temor de muchos sionistas israelíes a colaborar con ciudadanos palestinos israelíes por una eventual explosión de su nacionalismo e irredentismo.

Sin embargo, en ciertas coyunturas históricas, la colaboración de palestinos israelíes fue decisiva luego de haber sido convocados políticamente por líderes israelíes, valientes y con visión estratégica, para asociarse con ellos en procesos trascendentales que benefician a ambos, árabes y judíos.

No sorprende que ahora se vuelva a recordar que el primer ministro Itzjak Rabin logró contar con el apoyo parlamentario clave de partidos árabes de Israel para su gobierno en minoría.

El apoyo de partidos árabes al gobierno de minoría de Rabin

Tras las elecciones de 1992, el exjefe del Ejército Rabin formó inicialmente una coalición mayoritaria que incluía al Partido Laborista (44 escaños), Meretz (12 escaños) y al partido ultraortodoxo Shas (6 escaños). Pero Shas la abandonó en septiembre de 1993, tras la firma de los Acuerdos de Oslo con la OLP.

A partir de ese momento, el Ejecutivo quedó en minoría con solo 56 parlamentarios de un total de 120 en la Knéset. Sin embargo, el gobierno logró sostenerse y avanzar en el proceso de paz gracias al respaldo externo del denominado «bloque de contención» (gush josem), integrado por dos partidos de la minoría árabe que nunca llegaron a formar parte oficial del gabinete, Hadash (Frente Democrático por la Paz y la Igualdad), con 3 escaños, y Mada (Partido Demócrata Árabe), con 2 escaños.

El acuerdo entre Rabin y los representantes de la ciudadanía árabe establecía que, mientras el gobierno trabajara por la paz con los palestinos y promoviera la igualdad para sus ciudadanos árabes, Hadash y Mada impedirían que la derecha lo derribara. Ambas partes cumplieron lo pactado: los árabes apoyaron al gobierno bloqueando todas las mociones de censura que pudieron, permitiendo así su continuidad. Durante los dos años siguientes, los ciudadanos árabes continuaron influyendo en la política del gobierno israelí de una forma sin precedentes. Aunque no formaban parte de la coalición, su apoyo permitió al gobierno —que era de minoría por un margen mínimo de 61 a 59— no solo sobrevivir, sino también llevar a cabo los cambios más trascendentales desde la fundación del Estado: el reconocimiento de la OLP, la firma de los Acuerdos de Oslo y la puesta en marcha de un proceso para reducir las disparidades entre los ciudadanos judíos y árabes de Israel. Este frágil pacto político entre la izquierda sionista y los árabes se mantuvo hasta que tres disparos, ejecutados por un mesiánico sabra de extrema derecha, acabaron con la vida del primer ministro Rabin.

Tal colaboración inédita supuso la primera vez en la trayectoria política de Israel que un primer ministro rompió el consenso tradicional al confiar de forma abierta en los escaños de los partidos árabes para garantizar la estabilidad de su gobierno y ratificar acuerdos nacionales de paz de trascendencia histórica.

 Ojalá que, tras las elecciones de 2026, el general Eisenkot siga el ejemplo del general Rabin y venza la profunda desconfianza de la oposición israelí hacia los árabes, aceptando la colaboración ofrecida por sus 19 escaños para formar gobierno a fin de terminar con la nefasta era del populismo de extrema derecha de Netanyahu.

Gadi Eisenkot ya ha mostrado coraje desmintiendo las nefastas acusaciones de la coalición de que las elecciones le habían sido «robadas». El Likud y el primer ministro se embarcaron en una «campaña coordinada y organizada para deslegitimar los resultados», denunció. «Lo hacen porque han perdido. No tienen mayoría», agregó. El líder opositor sostuvo que las autoridades deben investigar cada denuncia, pero advirtió que la pesquisa no puede ser utilizada para retrasar la entrada en funciones de la próxima Knéset, prevista para el 10 de noviembre. Eisenkot, además de los dirigentes de ambos partidos árabes, ha denunciado al primer ministro Benjamin Netanyahu alegando injerencia extranjera tras estas elecciones, en las que su coalición perdió la mayoría.

El Shin Bet, la agencia de seguridad nacional, empezó a investigar si la coalición recibió financiación ilegal de Qatar y Turquía. El Ministerio de Relaciones Exteriores de Qatar negó las acusaciones, que calificó de «ridículas y peligrosas», y acusó a los políticos israelíes de realizar una campaña de desinformación contra Doha. Por su parte, el director general interino de la Comisión Central Electoral, rechazó el jueves —por carecer de fundamento— las acusaciones de fraude generalizado en los comicios del martes, desmintiendo al primer ministro y sus aliados.

El bloqueo poselectoral, ¿desbloqueado con la amenaza de otra guerra?

Ahora bien, la salida del empate está plagada de peligros; el más inminente es el designio de Netanyahu de acelerar el lanzamiento de la prometida guerra conjunta EE. UU.-Israel contra Irán del presidente Trump, el 4 de noviembre, apenas un día después de las elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos.

Una vez más, la oposición seguramente ha de abstenerse de denunciar una guerra contra los ayatolas —el enemigo jurado—, aun sabiendo que la fecha elegida es una trampa preparada para obligar a la oposición a formar un gabinete de «emergencia nacional» y desbaratar un gobierno en minoría apoyado por partidos árabes. Desgraciadamente, una vez más se invocarían razones de seguridad nacional que silenciarían a la oposición, con el fin de no alarmar a la población civil israelí por los riesgos que correría si se desatara una cuarta guerra contra Irán debido a sus proyectiles balísticos.

El líder supremo de Irán, Mojtaba Jamenei, acaba de lanzar una advertencia el sábado a Estados Unidos e Israel para que no lancen nuevos ataques militares o terroristas. En caso de que así ocurriera, «serán las fuerzas armadas de la República Islámica y la nación iraní quienes determinen el momento y las condiciones para ponerles fin», según señala un comunicado publicado en el sitio web de Jamenei.

En tal situación impredecible, resulta muy bienvenida la iniciativa del pronto activismo político parlamentario de la oposición, que no ha esperado a que surja el nuevo gobierno. Legalmente, la Knéset no necesita que exista un gobierno nuevo para funcionar. El presidente del Estado abre la sesión inaugural, los diputados juran, y desde ese momento la Knéset ejerce todos sus poderes: legislar, elegir a su presidente, formar sus comisiones e investigar.

Por empezar, el plan inmediato de la oposición es destituir al actual presidente de la Knéset, el derechista Amir Ohana, poco después de la toma de posesión de la nueva Knéset. En declaraciones en el Canal 12 el viernes por la noche, Yair Golan, presidente del partido Los Demócratas, afirmó que «lo primero que haremos tras la toma de posesión de la 26.ª Knéset será nombrar a un nuevo presidente de la cámara, designar a los presidentes de las comisiones parlamentarias y establecer una comisión estatal de investigación sobre la masacre perpetrada por Hamás el 7 de octubre de 2023». Además, especuló que Ra’am podría unirse al «Bloque del Cambio» en una coalición, mientras que la Lista Conjunta podría brindar su apoyo desde fuera, agregando que los partidos árabes aceptarían no ocupar puestos en el gabinete de seguridad, debido a las «sensibilidades del público israelí».

Pero la gran incógnita es, obviamente, si tales buenos deseos de Golan son también compartidos por Eisenkot y demás socios de una coalición completamente heterogénea e ideológicamente disímil.

Hasta ahora, las expectativas sobre Ra’am y la Lista Conjunta satisfacen los deseos imaginarios de los opositores más progresistas del Bloque por el Cambio, pero silencian cuáles serían los límites impuestos a la colaboración de los partidos árabes. Porque ese ofrecimiento de colaboración no solo tiene que satisfacer a ambos partidos políticos árabes: también entran en este histórico pacto árabe-israelí las aspiraciones de integración social e igualdad cívica de la sociedad palestina israelí.

No casualmente esta legítima aspiración es expresada por una lúcida representante de la sociedad civil árabe, no por un político. Sanaa Hamood pregunta desde Nazaret como ciudadana israelí palestina, periodista, abogada y madre de tres hijos, en su artículo de Ha’Aretz:

“Me inquieta el futuro, pero también me llena de esperanza que el momento político actual nos permita abordar una cuestión que la política israelí ha eludido durante décadas: ¿son los ciudadanos árabes socios en igualdad de condiciones en la determinación del futuro del Estado, o su voz solo se considera legítima mientras no determine quién lo gobernará? No pedimos nos hagan «el favor» a la sociedad árabe. Nosotros exigimos que nos reconozcan como ciudadanos con iguales derechos y quienes fueron elegidos como socios legítimos, para que el día de mañana nuestros hijos no sean obligados a optar entre la identidad palestina y su ciudadanía israelí”.

Posdata

Eisenkot dispone aparentemente de una mayoría potencial más amplia que Netanyahu para formar gobierno si logra convencer a sus socios de la cooperación árabe. Pero el primer ministro parte con ventaja para mantenerse en el cargo durante el bloqueo electoral si logra acelerar en las próximas semanas la amenaza de guerra conjunta con Trump contra Irán. Entonces el peligroso doctrinario de la guerra permanente será considerado favorito indiscutible, obligando al exjefe del Ejército Gadi Eisenkot a formar parte de un gabinete de guerra para luego ser miembro del gobierno conjunto de emergencia nacional.

La esperanza de cambio democrático de la mayor parte de la sociedad civil israelí se ve traicionada por el ingenuo deseo de ganar elecciones democráticas sin exigir en las plataformas partidarias poner fin al estado de guerra permanente que beneficia solo a la autocracia electoral de los populistas mesiánicos de Israel. Aun ganando la guerra perderemos la ilusión de un cambio democrático y de un futuro pacífico.