En la mañana del 3 de noviembre, mientras los estadounidenses empezaban a votar, Donald Trump llamó al programa Fox & Friends y anunció que Estados Unidos dejaría de pagarle a Israel los cerca de 4.000 millones de dólares anuales de ayuda militar. “Hicimos un acuerdo hace meses de que lo íbamos a cortar”, dijo, y agregó que la idea había sido del propio Benjamín Netanyahu. La justificación fue de una franqueza brutal: la ayuda se había convertido en “un mal argumento de campaña”, y no había razón para que los republicanos soportaran los ataques de “lunáticos como El-Sayed” por un dinero que, según él, Israel ya no necesita.
El presidente que trasladó la embajada a Jerusalén, que reconoció la soberanía israelí sobre el Golán y que lanzó junto a Israel la guerra contra Irán a fines de febrero eligió el día de la elección para desprenderse del principal pilar material de la alianza. Lo hizo por cálculo electoral, y el cálculo falló: los demócratas recuperaron ambas cámaras, algo que no lograban desde 2006. Lo que queda es una confesión. Apoyar a Israel ya resta votos, también entre los republicanos.
El anuncio está envuelto en una niebla jurídica. El memorando de entendimiento vigente, que garantiza 3.800 millones por año, de los cuales 3.300 son financiamiento para comprar armamento estadounidense, vence recién en septiembre de 2028. Nadie explicó cómo se lo interrumpiría antes. La Fuerza Aérea israelí ya hizo pedidos a Estados Unidos hasta 2038, como si el próximo memorando estuviera garantizado. En Israel, los ministerios de Finanzas y de Defensa y el Estado Mayor se enteraron por la prensa. La oposición reaccionó con dureza. Yair Lapid habló de uno de los fracasos políticos y de seguridad más graves de la historia del Estado. Yair Golan escribió que un primer ministro responsable habría peleado por aumentar la ayuda estadounidense en lugar de eliminarla. Avigdor Liberman le puso precio al respaldo que Trump le dio a Netanyahu antes de las elecciones israelíes: 3.800 millones de dólares por año.
La apuesta de Netanyahu
Netanyahu sabía lo que venía. En octubre, en plena campaña, dijo en la televisión israelí que quien creyera que el país seguiría recibiendo las decenas de miles de millones que él había conseguido dos veces debía acostumbrarse a la idea de que eso terminó, “porque Estados Unidos cambió”. El diagnóstico era exacto. Lo llamativo es que quien mejor lo formuló sea también quien más contribuyó a producirlo. Durante dos décadas, Netanyahu transformó la relación con Washington en una alianza con un solo partido: desafió a Obama ante el Congreso, cultivó a la derecha evangélica, dejó que el vínculo con los demócratas se degradara hasta su punto más bajo y apostó todo a Trump.
Un alto funcionario israelí admitió ante Haaretz que la línea seguida durante los últimos quince años por Netanyahu y su operador Ron Dermer produjo un alejamiento consciente del Partido Demócrata, de los judíos estadounidenses y de los votantes jóvenes. En el mismo diario, Yasmin Levy va más lejos. Según ella, Netanyahu empujó a Trump a una guerra con Irán presentada como corta y decisiva, que se volvió larga, no derribó al régimen y, con el bloqueo de Ormuz, encareció la energía y golpeó la promesa central de Trump de bajar el costo de vida. A eso se sumaron Gaza, donde el plan de 20 puntos y el alto el fuego de octubre de 2025 debían ser el gran logro diplomático de Trump y el gobierno de Ben Gvir y Smotrich no fue un socio para concretarlo, y el Líbano, un frente que terminó metiéndose en la negociación con Irán. Para Levy, Netanyahu ayudó a convertir a Trump en un perdedor. Hoy Trump perdió el Congreso, Netanyahu perdió su mayoría en la Knéset en las elecciones del 27 de octubre, y la ayuda desaparece por decisión de su aliado más cercano.
El giro demócrata
En el Partido Demócrata, el giro empezó con la guerra de Gaza. Desde fines de 2024, Bernie Sanders obligó tres veces al Senado a votar contra la venta de armas a Israel, y en abril de este año la mayoría de los senadores demócratas ya votó a favor de bloquear esas ventas. En la Cámara, el proyecto Block the Bombs reunió 77 copatrocinadores demócratas. El 15 de julio, la Cámara de Representantes votó una enmienda del republicano Thomas Massie para eliminar los 3.300 millones de financiamiento militar del presupuesto de 2027. Fue rechazada por 314 a 104, pero 103 de esos votos a favor fueron demócratas, y otros diez demócratas se abstuvieron. Más de la mitad de la bancada se negó a oponerse al recorte. El jefe del bloque, Hakeem Jeffries, votó en contra; su número dos, Katherine Clark, a favor. El martes, en Michigan, Abdul El-Sayed, que hizo campaña por terminar toda ayuda a Israel y calificó de genocidio la guerra en Gaza, se convirtió en el primer senador musulmán de la historia del país, después de que el AIPAC gastara unos 30 millones de dólares para frenarlo. En su discurso de victoria le agradeció al lobby la oportunidad de derrotarlo dos veces. Ro Khanna anunció que “ayuda cero a Israel” formará parte de la agenda demócrata. Los Socialistas Democráticos de América celebraron a sus ganadores con la consigna “Palestina libre”.

Hen Mazzig, activista proisraelí, propuso una lectura más esperanzada: ganaron los demócratas judíos que buscaban volver al Congreso, Jeffries se opuso al recorte de la ayuda, Ritchie Torres se declaró sionista y fue reelegido. Tiene razón en que la mayoría del partido sigue lejos del antisionismo militante. Sin embargo, el dato que él mismo menciona, que casi la mitad de la bancada quería recortar la ayuda, dice más sobre el rumbo que cualquier lista de nombres. Incluso Jeffries, a quien Mazzig presenta como garantía, figura entre los impulsores de un proyecto para convertir en ley las sanciones contra colonos violentos que impuso Biden y anuló Trump, y dijo que hay que frenar con energía una violencia que en Cisjordania se salió de control. Los moderados ganan en los distritos disputados; los distritos seguros, donde todo se decide en las primarias, forman a la próxima generación. El voto judío también acusa el golpe: en Michigan, El-Sayed obtuvo el 57% de los judíos que votaron en forma anticipada, 21 puntos menos que la candidata demócrata a gobernadora, y en Nueva York el apoyo judío al control demócrata del Congreso cayó del 76% en 2018 al 61%.
Judíos sin partido
La fractura atraviesa también a los judíos estadounidenses. En Texas, el demócrata James Talarico, que propone suspender la venta de armas ofensivas al gobierno de Netanyahu y mantener las defensivas, derrotó al republicano Ken Paxton, candidato de Trump, defensor incondicional de Israel y sometido en 2023 a un juicio político por soborno y abuso de poder del que salió absuelto. Leslie Meimoun, judía ortodoxa moderna de Houston, no votó a ninguno de los dos para el Senado. “Quiero decir que soy demócrata, pero no puedo”, le dijo a Haaretz. Otra votante de Houston, Suzy Reisner, votó por primera vez en su vida a un republicano. En el otro extremo, jóvenes judíos hicieron campaña por Talarico justamente por su posición sobre Israel, y algunos le reprochan quedarse corto. Según YouGov, cerca de dos tercios de los votantes texanos menores de 45 años lo apoyaban; entre los de 45 a 64, el voto estaba dividido.
La desconfianza de la derecha
En la derecha, la desconfianza hacia Israel tiene una larga genealogía, desde el America First de Lindbergh hasta Pat Buchanan y Tucker Carlson. Lo inédito es que ahora habla desde la vicepresidencia. Al día siguiente de la elección, JD Vance publicó su autopsia de la derrota: “La razón por la que perdimos es la guerra”. Según su encuestador, los votantes de Trump que se pasaron a los demócratas dieron cuatro motivos: terminar la guerra, ocuparse del costo de vida, poner a Estados Unidos primero y “cambiar nuestra relación con Israel”. Trump admitió que eso era “en gran parte cierto”, aunque aclaró que volvería a hacer la guerra. Ya en julio, en el podcast de Joe Rogan, Vance había acusado a figuras del gobierno israelí de montar una campaña de influencia en su contra. El hombre mejor ubicado para la candidatura republicana de 2028 hace de Israel la explicación de la derrota de su partido.
La derecha aislacionista y la izquierda progresista parten de premisas opuestas y llegan a una conclusión parecida: Israel es una carga. Para unos, un aliado que arrastra a Estados Unidos a guerras ajenas y encarece la nafta; para otros, un Estado colonial cuya defensa mancha a quien la financia. El símbolo de esta convergencia es la propia enmienda de julio, presentada por un republicano y votada por más de cien demócratas. En ambos casos, Israel deja de ser un aliado discutible para convertirse en el culpable.
Michael Ratney, ex embajador en Arabia Saudita que también estuvo al frente de la embajada estadounidense en Israel, advierte que el clima se deteriora tan rápido que en pocos años la discusión dejará atrás la ayuda y pasará a la venta de armas. Según él, el fenómeno abarca a los jóvenes en general, a los partidarios de America First y a votantes de derecha expuestos al discurso antisemita.
Los límites del Congreso
En lo inmediato, el nuevo Congreso tiene límites claros. Trump conserva el veto, y cualquier ley que lo obligue a terminar la guerra con Irán necesitaría dos tercios en ambas cámaras para superarlo. Lo que sí cambia es el control de los presupuestos, las comisiones y las audiencias, y la capacidad de influir en la negociación del nuevo memorando, que comenzó en junio con la intención declarada de reemplazar la ayuda por inversión conjunta y comercio. Sobre la mesa ya hay proyectos para limitar la ayuda militar y la venta de armas, convertir en ley las sanciones a colonos, prohibir la importación de productos de los asentamientos y sancionar a quienes impulsen la construcción en E1. En el Senado harán falta 60 votos, más de los que tendrán los demócratas, y Trump vetaría lo que llegue a su escritorio. Una fuente que sigue esa legislación advierte que, con un presidente demócrata en 2029, varias de esas iniciativas podrían convertirse en decretos.
El día después en Jerusalén
En Israel, la lectura de la oposición fue inmediata. Yair Golan dijo que el voto estadounidense muestra lo tóxico que se volvió el jefe de gobierno israelí entre demócratas y republicanos por igual, y Lapid sostuvo que, después de esta elección, ya no hay lugar para un gobierno de unidad encabezado por Netanyahu. El primer ministro no comentó el resultado estadounidense, y la derecha israelí evitó opinar al respecto.
Con la Knéset bloqueada y ninguna coalición a la vista, quien forme el próximo gobierno heredará una relación con Washington que ya no descansa sobre un consenso. El funcionario israelí citado por Haaretz cree que todavía hay arreglo, porque la mayoría de los demócratas, aunque no sean sionistas, tampoco son hostiles a Israel. La fuente que sigue la legislación en el Congreso responde que la relación ya depende menos de la diplomacia que de la política israelí: el terrorismo judío en Cisjordania, los ataques en la Franja y la situación humanitaria. Ratney anticipa que un gobierno sin Netanyahu tendría apenas una luna de miel breve, porque los votantes estadounidenses a quienes les importa el tema esperarán cambios sustanciales respecto del gobierno anterior sobre Gaza y el Estado palestino.
Un patrón antiguo
Hay en todo esto un patrón más viejo que el Estado de Israel. En Des Moines, en septiembre de 1941, Lindbergh acusó a los británicos, al gobierno de Roosevelt y a los judíos de arrastrar a Estados Unidos a una guerra ajena. Vance habla de Israel y no de los judíos, pero la estructura del argumento se parece demasiado: una guerra impopular, un país que paga, un actor extranjero que habría torcido la voluntad nacional. Desde la izquierda, el mismo esquema se arma con otro vocabulario: los millones del AIPAC, los impuestos estadounidenses que financiarían los “crímenes de guerra” de Israel.
Lo inquietante es que en ambos extremos Israel empieza a ocupar el lugar del mal universal: la causa de la nafta cara, de las guerras que no terminan, de las elecciones perdidas. El diplomático Michael Ratney lo advirtió al señalar que el rechazo a Israel crece también entre votantes de derecha expuestos al discurso antisemita.
Ese lugar tiene un precio. Israel podrá comprar sus armas con recursos propios; los que pagan son los judíos estadounidenses, como Leslie Meimoun, que se quedaron sin partido. Un costo que no figura en ningún memorando de entendimiento.