Investido de una doble naturaleza, que lo aislaba del exterior pero al mismo tiempo unía y fortalecía los lazos de los semejantes, el primer gueto de la historia fue implantado en Venecia como un modo de control y de organización social que llegó a extenderse por toda Europa. Durante siglos, los lindes del gueto delinearon un cerco infranqueable, que no obstante lo convirtieron también en un faro de nuevas y consolidadas ideas que progresivamente comenzaron a expandirse más allá de sus límites. La paradoja es que, en la actualidad, la lógica medieval de los venecianos que encerraron a los judíos para preservarse de la supuesta infiltración del diferente, se invierte con la erección de otros muros, aunque ya no por decisión ajena, como en el gueto original, sino por voluntad política propia.