Javier Milei se impuso en el balotaje

El presidente menos pensado

Con el 55,7 % de los votos positivos, Javier Milei se convirtió en el presidente electo para el próximo periodo de gobierno. Atrás quedó Sergio Massa, candidato oficialista y ministro de economía del gobierno de Alberto Fernández. La diferencia de 11 puntos porcentuales fue sorpresiva, cuando todos los sondeos previos anticipaban un final “cabeza a cabeza”. Desde ese momento se abrió un campo de interpretaciones para explicar las razones por las cuales el electorado se volcó masivamente y en casi la totalidad del territorio, por un candidato sin experiencia en la gestión pública, con una improvisada estructura política (hasta que, tras las elecciones generales, recibió el definitivo espaldarazo de Mauricio Macri), sin inserción territorial, y desconocido para el gran público hasta hace apenas poco más de dos años.
Por David Suárez

Un presidente sin historia

Hasta el domingo 19 de noviembre, se daba por hecho que quienes aspiraran democráticamente a la presidencia de la nación debían acumular “horas de vuelo”, sea en la gestión ejecutiva o en la labor legislativa. Por caso, antes de asumir la presidencia el 10 de diciembre de 1983, Raúl Alfonsín fue concejal de Chascomús, diputado provincial, y diputado nacional por la provincia de Buenos Aires. Carlos Menem fue gobernador de La Rioja entre 1973 y 1976, y luego entre 1983 y 1989, antes de acceder a la cabeza del poder ejecutivo de la nación. En contraposición, Milei expresa un quiebre en el modo de hacer y entender la política: pasó de los sets de televisión, allá por 2020, a una diputación nacional en 2021 (rimbombante por el sorteo de su dieta y sus reiteradas ausencias), y de allí directamente a la presidencia. Para muchos de sus electores no vale su experiencia, sino todo lo contrario: la falta de ella. Con un lenguaje críptico, cerrado en la enunciación de axiomas y teoremas, sus propuestas a contramano (aunque sólo en lo discursivo) de lo ya intentado previamente, su personalidad explosiva e irascible, su compulsión a la agresión verbal, prometió resolver los problemas acumulados de nuestra sociedad a partir de hacer el ajuste sobre la “casta”, una entelequia informe definida como la responsable de la miseria de millones de argentinos.

El voto a Milei fue transversal en varios sentidos: tanto jóvenes como viejos, empleados y empresarios, cuentapropistas y desocupados, personas con mayor o menor nivel de instrucción optaron por esa alternativa en el balotaje. Enfrente, un gobierno que no logró controlar los resortes de la inflación, que convalidó la deuda externa y consolidó la estructura de distribución regresiva del ingreso heredada del gobierno de Macri, y que no pudo reducir los elevados índices de pobreza e indigencia, aún con una situación de casi pleno empleo. No es posible postular una única razón por la cual Milei sea hoy el presidente electo. ¿Hubo aquí una apuesta por “lo nuevo” ?, ¿un castigo a “lo viejo” ?, ¿una combinación de ambas razones, o simplemente “un salto del auto en movimiento ante la percepción de que el choque era inevitable”, al decir de su socio en el balotaje?

Democracia, representación y soluciones

En su definición restringida, en el sistema democrático el pueblo gobierna sólo a través de sus representantes. En elecciones libres, se eligen legisladores y funcionarios para… ¿para qué? Y aquí se puede interpretar que, en todo caso, la democracia no constituye necesariamente un valor, un fin en sí mismo, sino que supone un medio para procurar el bienestar de las mayorías, en un marco de paz, armonía y libertad. Con toda probabilidad, nadie vota para estar peor. Desde el 30 de octubre de 1983 el ritual electoral se repite en todo el país bajo esa premisa. Pero si la democracia no cumple con las expectativas de potenciar el desarrollo, impulsar el crecimiento y resolver las necesidades de la población, puede verse acorralada por cualquier falso profeta que prometa soluciones lineales a problemas sociales, políticos, económicos, e históricamente complejos.

Es probable que Milei represente, antes que la del gobierno o del peronismo como fuerza política, la derrota del sistema democrático como modo de organizar la representación popular a fin de canalizar las demandas sociales y ofrecer soluciones concretas.

El trauma del pasado

El contexto hiperinflacionario de 1989 fue el disciplinador social por excelencia que permitió la introducción del drástico paquete de reformas implementadas durante el gobierno de Menem. La situación social era desesperante, con servicios que, desfinanciados y cooptados por la entonces llamada “patria contratista”, funcionaban mal o directamente no funcionaban: la telefonía era un bien escaso, los cortes de luz eran parte del paisaje social habitual, el combustible escaseaba, los servicios ferroviarios contaban con material rodante obsoleto incumpliendo cualquier grilla de horarios… etc. En febrero de ese año, todavía bajo el gobierno radical, bancos y operadores financieros desataron una furiosa corrida contra la moneda nacional. Y junto con la trepada del dólar, los precios se elevaron de modo exponencial, hasta alcanzar variaciones del 200 % en julio de 1989 (mes en el que asumió Menem). En el caso de los alimentos, el índice de inflación fue mayor, provocando desesperación en los barrios periféricos que derivó en saqueos a los supermercados.

El efecto de cualquier régimen de alta inflación es la destrucción de lo que la sociología clásica denomina “lazos de solidaridad social”, es decir, el cemento que ofrece identidad, certezas y vínculos a las personas con su comunidad. La hiperinflación constituye una catástrofe personal y colectiva, equiparable a una situación de guerra, en la que todo contrato social se rompe: los precios actuales son ajustados en función de la expectativa de los precios futuros, independientemente de los costos reales de los bienes y de los ingresos de los consumidores. La angustia familiar se hace sentir y madres y padres, proveedores de las necesidades del hogar, sufren por no poder dar seguridad, alimento y vivienda a sus hijos e hijas. En esa situación regresiva y pre-social, quien ofrezca una solución, por más drástica o mágica que parezca, gozará del favor popular. Tras varios episodios hiperinflacionarios, la situación se estabilizó a costa de la venta a precio de ganga de las empresas públicas, el pésimo rescate de los bonos de la deuda muy por encima de su valor de mercado, la expropiación de los ahorros de la población, el cierre de pequeñas, medianas y grandes empresas por la indiscriminada apertura comercial, el despido de miles de trabajadores, la extranjerización de la economía y la concentración de los ingresos en manos de pocos grupos y actores sociales. Los costos sociales de este experimento son incalculables, y perduran hasta el presente.

Los traumas presentes

La pregunta que deberá orientar a las futuras investigaciones es, ¿cuál o cuáles son los traumas que condujeron a la victoria ultraderechista del 19 de noviembre? ¿cuál o cuáles son los factores disciplinadores sociales actuales por los que la población estuvo dispuesta a favorecer a un candidato que no ocultó nada de lo que pretende hacer? Ni Menem en 1989 ni Macri en 2015 ganaron las elecciones anunciando sus programas implícitos. Prometieron mantener los derechos adquiridos, no provocar despidos masivos, no privatizar el patrimonio público, proteger a la industria, no tomar deuda externa, y reconstruir la confianza en la moneda nacional. Milei, en cambio, viene planteando un programa explícito fundado en la destrucción del Estado como articulador de las relaciones sociales ¿La solución a cuáles problemas supone semejante programa de gobierno? ¿Estamos dispuestos a consumir a nuestro pueblo en la pira de un mercado ayuno de toda regulación?

Es innegable la situación crítica que atraviesa nuestra sociedad. Se pueden contar ya ocho años de caída del salario real contra una inflación rampante, de persistencia de la pobreza (cuyas consecuencias serían mucho más drásticas sin las asistencias ofrecidas por el Estado), y de precarización de la mano de obra. ¿Pero la económica es la única explicación para el voto a favor de Milei y en contra del gobierno? Muy probablemente debamos incorporar otras variables en el análisis; quizás la reacción de la sociedad patriarcal contra el avance de los derechos de las mujeres (recordemos que, según los estudios disponibles, el voto a Milei es preponderantemente masculino), o el trauma no superado de la pandemia del Covid-19, con un conjunto de medidas de aislamiento que fueron percibidas por una porción de la población como la vulneración de sus libertades fundamentales para circular, comerciar y educar a sus hijos.

Veo al futuro repetir el pasado

El próximo 10 de diciembre la sociedad argentina ingresa en un terreno escabroso, con un destino ya conocido. Por las promesas explícitas de campaña, y por los anuncios de los días subsiguientes a la victoria en el balotaje, se espera que el nuevo gobierno ejecute velozmente una contrarreforma económica, política, cultural, y en torno a los derechos laborales, de género, y de las minorías. Se estima reducir a la administración pública a su mínima expresión; las empresas aún en manos del Estado podrían ser privatizadas (Aerolíneas e YPF están hace rato en la mira telescópica del presidente electo), y los fondos jubilatorios podrían prontamente retornar a manos del capital especulativo. Los condenados por cometer delitos de lesa humanidad durante la última dictadura podrían ser beneficiados con un indulto. Al momento de la redacción de esta nota, es difícil mensurar los alcances de esas propuestas, y las resistencias que su implementación puedan suscitar. Lo cierto es que Milei no llega al poder por su propia fuerza: fue necesario el fundamental apoyo del dispositivo de poder y los votos aportados por Mauricio Macri, verdadero constructor y estratega de esta nueva etapa política. Se verá cómo funciona esta alianza por conveniencia, o quien será capaz de imponer su voluntad política por sobre el otro. Lo que está fuera de dudas es que hay una comunidad de negocios que ya se frota las manos esperando el disparo de largada para incrementar aún más sus ganancias a costa de la pérdida del ingreso popular.