La guerra relámpago de 1967 fue la última en la que Israel logró una victoria rápida y elegante. Desde entonces, no más victorias gloriosas, sobre todo en la arena palestina. En las guerras asimétricas de este tiempo, es el lado menos poderoso el que goza de una ventaja táctica decisiva –su posicionamiento dentro de la población civil– y en el caso de Hamás, también el dominio de la región urbanizada más densa del mundo. Es un campo de batalla en el que ningún ejército moderno, con toda su superioridad tecnológica, ha logrado vencer aún. Los norteamericanos fueron derrotados en Vietnam, Iraq y Afganistán, y así también las fuerzas soviéticas fueron derrotadas en Afganistán. Y eso, siendo que, a diferencia de Israel, dichas potencias gozaban de una ventaja importante: la capacidad de gestionar una guerra prolongada mal que le pese a la comunidad internacional. Israel, en cambio, siempre lucha contra el reloj.
Está además la cuestión del objetivo de ejercer la fuerza. Hans Morgenthau, uno de los padres del realismo en las relaciones internacionales, fue un judío que emigró a occidente desde la Alemania nazi y se labró una impresionante carrera académica en tanto fundador de una escuela y voz autorizada en temas de estrategia global y ética de una guerra justa. Toda su vida, hasta su muerte en 1980, se consideró comprometido con la seguridad del Estado de Israel. En su libro Politics Among Nations: The Struggle for Power and Peace (1948), sentó las bases de su abordaje del poder, la política y el Estado.
El realismo de Morgenthau no era del tipo clásico, supuestamente ajeno a considerandos éticos. Él advirtió sobre el peligro de priorizar el pensamiento militar por sobre la iniciativa política e insistió en subrayar la importancia de definir claramente los objetivos de la utilización de la fuerza. Era un realista liberal, que se opuso fervientemente a la guerra de Vietnam, por ejemplo, a la que consideró una guerra civil con limitadas implicancias globales que no justificaban el baño de sangre producto de la intervención norteamericana. Morgenthau disentía con la tendencia de Kissinger a considerar toda inestabilidad del Tercer Mundo como la resultante del modo de «socavar del comunismo» y reconocía la legitimidad moral de toda oposición auténtica al orden social y político injusto.
En un intento por conciliar la paradoja moral de la utilización de la fuerza, recurre Morgenthau a la figura heroica del líder político desarrollado por Max Weber: la ventaja del estadista sobre el político reside en que su preocupación esencial no es mantenerse en el poder. Los intereses espurios de la política son intrínsecamente malos, y el estadista es quien tiene el poder de utilizarla para obtener el mal menor. Tampoco Morgenthau –en eso coincidía con otro realista, Kissinger– creía en el Bien absoluto.
En un libro anterior, Scientific Man vs. Power Politics (1946), Morgenthau criticaba también la tendencia a apoyarse demasiado en la ciencia y la tecnología como solución a problemas esencialmente políticos y sociales. Sostenía que el pensamiento racional tiende a pasar por alto la naturaleza humana, sus impulsos congénitos y sus ambiciones. De ahí que el pensamiento racional fracasa a la hora de comprender el móvil detrás de una acción violenta y del accionar de movimientos que no son del espacio cultural del hombre occidental.
Hoy podemos formular conceptos similares en cuanto a la relación de occidente, incluido Israel, para con los yihadistas del tipo de Hamás, que se puede considerar dentro de lo que Morgenthau describió como fracaso en el intento de comprender el fascismo, como si se tratara solo del estallido de una irracionalidad suicida. El pecado de barbarie de la masacre que Hamás perpetrara a los habitantes de la Envoltura de Gaza es una mancha imborrable, pero Hamás no fue «irracional». Logró poner en la palestra del mundo el olvidado tema palestino, frenó el proceso de normalización de las relaciones Israel-Arabia Saudita, arrastró a Israel a una guerra que él mismo define como existencial, una guerra de varios frentes que la obliga a apoyarse en los EEUU de una manera que no se daba desde 1973, y se posicionó como el poder dominante en el movimiento nacional palestino.

Hamás logró además liderar el sentimiento aglutinador de la sociedad palestina: el anhelo de liberar a sus presos, y todavía puede llegar a obligar a Israel a vaciar por completo las cárceles, si es que quiere recibir con vida a sus rehenes. Y si no basta con todo esto, las elites de occidente aplaudieron su enfermiza perversidad. Noam Chomski es hoy un predicador patético que sigue considerando a los EEUU como la encarnación del mal y como factor casi exclusivo de todos los horrores sobre la tierra, pero, en 1969 publicó su libro American Power and the New Mandarins, que dialoga con el abordaje de Morgenthau y resulta relevante también a la guerra de Israel contra Hamás.
Chomski describía allí el fracaso de los EEUU en Vietnam como el fracaso del brillo científico y ponderado de las mentes mejor dotadas del régimen norteamericano, que orientaron la guerra desde una incomprensión absoluta, e incurriendo en un desprecio indecible para con la fuerza motriz del ejército descalzo del Vietcong y el ardor revolucionario del liderazgo de Vietnam del Norte consolidado alrededor de la figura de Ho Chi Minh.
En cuanto a Gaza, Israel está convencido de que la esencia de la cuestión es que nuestro lado elige la vida mientras Hamás, y de hecho también los otros organismos terroristas de los territorios, eligen la muerte alimentando la fantasía del supuesto encuentro con las vírgenes en el paraíso. Nosotros somos los racionales que gestionamos la guerra con lo más avanzado de la tecnología occidental, mientras ellos se manejan impulsados por la pura maldad.
Probablemente, también la estratagema de Benjamín Netanyahu, al engordar a Hamás (ya que todo lo que esos hambrientos quieren es ganarse el sustento) y debilitar a la Autoridad Palestina, fue un ardid de la errada racionalidad occidental destinada a demostrar al mundo que es hora de enterrar toda pretensión de solución política. Razón por la cual, según Netanyahu, los palestinos no tienen derecho a veto en cuanto a la normalización de las relaciones con Arabia Saudita. Sólo que los primitivos de Hamás se avivaron con el Comando de la unidad de elite y le prepararon, a él y a nosotros, la madre de todas las sorpresas.
Se ha sostenido también que nos matan porque somos judíos, pero la verdad es que, a pesar de que el Hamás tiene muchos idiotas útiles en occidente que han convertido a la cuestión en una campaña antisemita, Hamás nos mata porque somos israelíes, sin distinción entre judíos, beduinos musulmanes o drusos de fe en Jetró. ¿Acaso eso implica que este sangriento enfrentamiento entre el occidente racional de los israelíes y la bestialidad del Hamás terminará en una derrota como la de EEUU en Vietnam? No necesariamente. Pero si persistimos en el camino de Netanyahu –total falta de estrategia de salida– la victoria, si se da, no se diferenciará mucho de la derrota.
La semejanza entre la guerra de Yom Kipur y ésta, Espadas de Hierro, no se limita a la sorpresa táctica, sino que incluye también el fracaso estratégico. En los dos casos el gobierno de Israel se vio arrastrado a una guerra sin tener un programa político aplicable al día después. Entonces como hoy, Israel depende de la ayuda militar y política de los EEUU, lo cual siempre implica un costo político que el gobierno no contemplaba desde el principio. Los logros militares, entonces igual que hoy, no se ponen en duda, ni tampoco la heroica respuesta de la sociedad israelí, en ambos casos.
Sin embargo, que Tzahal se abriera camino hasta el km 101 de El Cairo no fue sino el prolegómeno de la devolución de toda la península de Sinaí a Egipto como condición para un arreglo político, en contraposición a la posición según la cual mantener el dominio de Sharm el Sheikh era preferible a un acuerdo de paz. Hoy, el gobierno de Israel vuelve a estar falto de toda visión política que justifique las dolorosas pérdidas de soldados y el infierno terrenal de la guerra en Gaza, con todo el eco mundial que despierta. No es muy loco suponer que incluso el objetivo de aniquilar a Hamás y excluirlo de la ecuación política en el espacio israelí-palestino resulte inalcanzable. El reloj de la guerra está en manos del presidente Joe Biden, exactamente como estuvo en manos de Nixon-Kissinger, en 1973.
Nuevamente quedó demostrado que el apoyo norteamericano es crucial para la existencia del Estado Judío, lo cual crea una dependencia política. Netanyahu y su gente pretenden que Israel, bajo su gobierno sin igual, se ha vuelto un imperio mundial. Los dioses griegos tenían una ecuación relevante para ese tipo de soberbia. La hybris, advirtieron, se castiga con la némesis. Y resultó además que el imperio de Netanyahu no puede luchar contra una organización terrorista que carece de fuerzas blindadas y aéreas sin el abastecimiento de armamento norteamericano y sin su disposición militar acorde, sin la cual la guerra multifrente a la que nos vimos empujados, se torna una realidad apocalíptica.
Sin dudas, sería un golpe decisivo que cambiaría la realidad del planteo, si Israel lograra, a pesar de todo, desterritorializar a Hamás, despojarlo de la base territorial desde la que puede maniobrar. A diferencia del pulpo universal que era Al Qaeda, Hamás es una organización islámica nacional, emergente natural de la sociedad palestina, que requiere del dominio territorial y la existencia nacional. En función de esa necesidad es que colapsaron innumerables intentos de consolidar una amplia coalición nacional entre el Hamás de Gaza y la OLP en Cisjordania.
Pero las guerras asimétricas no siempre necesitan una «base territorial», y una derrota en Gaza puede originar una transformación de Hamás en movimiento a-territorial. A diferencia de Al Qaeda y Daesh, que se consideraron una amenaza totalizadora de la civilización occidental, Hamás se considera una organización que lucha por una causa nacional justa. Es por eso que goza hoy de una popularidad global que ninguna otra organización terrorista obtuvo antes. En el espacio palestino, se ha arraigado fuertemente en Cisjordania donde no gobierna sólo porque hace ya 20 años no ha habido elecciones allí.
La memoria de derrotas militares no conduce necesariamente a «darse cuenta», sino precisamente a dar mayor impulso y a reclutar nuevos adherentes. Los palestinos no olvidarán que Hamás volvió a poner bajo la lupa del mundo entero el tema de su reivindicación después de que el gobierno de Israel supusiera que ya nadie lo sacaría del olvido. Sea el que sea el resultado de esta guerra, el legado de Hamás seguirá siendo parte esencial del ethos del movimiento nacional palestino y toda fuerza política israelí que pretenda arribar con él a un acuerdo será considerado ilegítimo si Hamás o su espíritu y su visión no forman parte del mismo.
¿Y cuál sería de hecho la «victoria» óptima a que Israel puede aspirar en Gaza? Algo similar a la «victoria» de los EEUU sobre Iraq, léase liquidar a la conducción militar y política de Hamás y quebrar la cadena de mandos de tal modo que la organización deje de funcionar como un cuerpo jerárquico y como unidad institucional. Miles de sus combatientes se integrarán a la sociedad civil y en el caos de la posguerra, parte de ellos se convertirá en grupos criminales, como los que ya hoy mantienen aparentemente a algunos de los secuestrados israelíes, y otros se sumarán a los grupos salafistas más extremistas que Hamás.

En el Cercano Oriente, el vacío político y militar es una invitación al caos yihadista. Egipto lo vivió en Sinaí hasta hace poco, y en el caso de Iraq, los oficiales del ejército desarticulado de Sadam Hussein constituyeron luego la columna vertebral de Al Qaeda y Daesh. Es lo que sucedió también en Afganistán, que se volvió un imán para el yihadismo internacional al asestarle el golpe a su núcleo central todavía en la época de la conquista soviética de fin de los 80´.
Descabezar a Hamás sin que surja en su lugar un gobierno legítimo –con el acento puesto en legítimo, ya que, en su situación actual, el Gobierno Palestino no lo es ni siquiera a los ojos de su pueblo– abrirá las puertas de un nuevo infierno. En ese caso, la idea con que el Gobierno se solaza de crear una zona neutral fija mediante la esterilización de tierras de la Gaza superpoblada, no será más productiva que lo que fue la zona de seguridad al sur del Líbano, que se convirtió en una mini-Vietnam israelí hasta que nos vimos obligados a retroceder en el 2000.
Otra posibilidad a la que conduce el gobierno actual es a la conquista por tiempo ilimitado, con la Franja desmilitarizada, mientras Israel implementa una campaña vana de desradicalización de la población. Tal como las incursiones en los poblados de Cisjordania tras los «buscados» son rutina constante que no cesará hasta que no se ponga fin a la conquista, así en la Gaza de después de la «victoria», adopte la forma que adopte, Israel seguirá persiguiendo sisíficamente a «buscados». Los tales «buscados», un pozo que se rellena por sí solo, fueron y seguirán siendo el devenir de nuestra vida, y lamentablemente, el de nuestra muerte.
No cabe duda entonces que el gobierno palestino en su actual estructura no puede hacerse responsable por la Franja de Gaza. Y en todo caso, la condición que pondrá el gobierno de Mahmud Abbas –negociación política abarcativa del problema palestino en su totalidad– sería tal, que el gobierno actual no tiene ninguna posibilidad de conceder. Israel no puede acceder tampoco a un traspaso de la responsabilidad a manos de una fuerza internacional de la ONU. Un recuerdo de la inoperancia de dicha concepción es la farsa que representó la fuerza de UNIFIL en el sur del Líbano, que supuestamente debía controlar la aplicación de la decisión 1701 de la Asamblea de Seguridad que prohibía que fuerzas de Hezbollah se situaran al sur del río Litani.
Richard Holbrooke, el artífice de los acuerdos de Dayton para los Balcanes a fines del siglo pasado y luego embajador de los EEUU en la ONU, accedió a compartir conmigo sus aprendizajes en un encuentro en Nueva York de hace dos décadas: «Fíjate en los ejemplos del mundo. En el sur del Líbano, donde las Naciones Unidas juegan un rol, el caos es atroz. En Bosnia, en cambio, donde no tiene arte ni parte, la situación es buena. Cuando mucho, pueden pedir a la Asamblea de Seguridad que certifique el mandato de Fuerzas de Paz», pero no que las comande.
En todo caso, Israel no tiene nada que buscar en la Asamblea de Seguridad. Dos de sus integrantes, Rusia y China, son hoy parte del eje antiamericano y antiisraelí que incluye a Corea del Norte, a Irán y a sus satélites de la región. La fabulosa «amistad» entre Netanyahu y Vladimir Putin, y su romance con China, se han esfumado. Después de que, alentados por Netanyahu y en oposición al Ministerio de Seguridad de la Nación, China se enseñoreó sobre infraestructura e industrias estratégicas de Israel (el puerto de Haifa, el tren urbano de Tel Aviv, etc.), y se posiciona hoy como punta de lanza de los amigos de Hamás y los enemigos de Israel, abogando incluso por la concreción del derecho al regreso de los refugiados palestinos. De todas maneras, incluso una fuerza que no dependa de la Asamblea de Seguridad, por ejemplo, una fuerza de la OTAN, no aceptará posicionarse en Gaza sólo para brindar seguridad a Israel. Puede venir sólo como parte de un proceso político más amplio, que el gobierno de Netanyahu es incapaz de promover. Decir proceso político es decir desmembramiento de este gobierno. La guerra, mal que nos pese, sólo favorece al gobierno de Netanyahu.
Netanyahu puede llegar a salvar algo de su dignidad si tomara una decisión ética: liberar a todos los rehenes antes de que se los trague la ciudad de los túneles y la muerte. Aun así, la democracia israelí está perdida si la gran mayoría de sus ciudadanos no admite que Netanyahu ha fracasado por completo. He aquí un listado parcial: Netanyahu es directamente responsable de haber reforzado a Hamás para alejar toda posibilidad de cambio político programado. Él apostó a los republicanos y a los evangelistas de los EEUU y desafió con su proverbial arrogancia a los regímenes democráticos, mientras que hoy, el presidente demócrata que radió a Netanyahu durante largos meses, salvó a Israel del mayor aprieto en que se ha encontrado desde el surgimiento del Estado. Amplios considerandos estratégicos y un sincero amor a Sión, pagando un costo político nada desdeñable –del tipo de costos que Netanyahu nunca hubiera pagado– impulsaron a Biden a acudir en ayuda de Israel.
Netanyahu construyó toda su carrera vanagloriándose de que él y sólo él puede frenar la puja de Irán por desarrollar armamento nuclear. La resultante es que Irán es hoy un país en el umbral nuclear, y la distancia que la separa de tener la bomba es cuestión de decisión política y no de idoneidad científica o tecnológica. El poner el acento exageradamente en Irán, acento que de todos modos resultó inútil, condujo a desviar grandes presupuestos y recursos de Inteligencia invertidos en él, desviando la atención del volcán palestino que estallara tan monstruosamente el 7 de octubre.
En la cadencia de Netanyahu, Irán logró construir un anillo de presión alrededor de Israel mediante fuerzas satélite con poderío bélico de potencias, desde Yemen y Hamás en el sur, hasta Siria y Líbano en el norte. El imperio iraní se ha convertido en un impresionante emprendimiento sin precedentes construido sobre la base de fuentes externas, de modo de mantener al corazón del imperio fuera del círculo directo de la guerra.
«Táctica sin estrategia es el temblor que anuncia la derrota», sentenció hace miles de años el estratega chino Sun Tzu. Y también el consejo del realista Morgenthau a los estadistas fue que la utilización de la fuerza puede derivar en nihilismo puro si está impelido sólo por demostrar quién tiene razón o sólo por ambición de maximizar la fuerza. Y así, careciendo de una meta política, en la guerra de Gaza tampoco tiene sentido la «victoria», y sólo resta repetir el destino del que hablara Moshé Dayán en el emblemático discurso frente a la tumba de Roí Rutenberg, en 1956, el joven de Najal Oz que fue asesinado por terroristas provenientes de Gaza (que también vejaron su cadáver).
Dayán describió entonces a los árabes de Gaza como «Miles de ojos y manos que ruegan que nos veamos debilitados para descuartizarnos». Recién muchos años después comprendió que para que estemos sentenciados a vivir sobre la espada deberíamos hacer duras concesiones al encaminarnos hacia cierto acuerdo político. Pero, mientras la cuenta sangrienta entre nosotros y el pueblo vecino sigue aumentando, Netanyahu y su gobierno, el gobierno del «Regreso a Gush Katif», sueñan con eternizar la conquista por otras vías.
* Historiador, diplomático y ex ministro, Profesor Emérito de la UTA.