Una guerra asimétrica es un conflicto, por lo general armado, que evidencia grandes diferencias cualitativas o cuantitativas entre las capacidades de ambos contrincantes. La definición de ‘guerra asimétrica’ fue enunciada en 1997 por Paul F. Herman como «un conjunto de prácticas operacionales que tienen por objeto negar las ventajas y explotar las vulnerabilidades (de la parte más fuerte) antes que buscar enfrentamientos directos» (Antonio Cabrerizo Calatrava, El conflicto asimétrico,2002, p. 4).
La asimetría obliga al más débil a adoptar estrategias y tácticas no convencionales, como el combate de guerrillas, el terrorismo, el secuestro o la guerra psicológica, entre otras, para equilibrar las disparidades. El antecedente de la guerra de Vietnam se transformó en paradigma de guerra asimétrica; en ella, Estados Unidos llegó a sumar 543.000 tropas en 1969, pero perdió casi 60.000 soldados al subestimar a la guerrilla Vietcong y fue obligado, finalmente, a evacuar a su ejército derrotado en marzo de 1973. A ese antecedente le sucedió la resistencia de los Talibanes en Afganistán, primero durante diez años de guerra asimétrica desde 1979 contra la invasión soviética y, luego, durante los veinte años de combates asimétricos contra la invasión norteamericana iniciada en 2001.
No sorprende que el sitio de enfrentamiento elegido en la guerra asimétrica hayan sido centros superpoblados. Los adversarios más débiles evitan enfrentar a un ejército poderoso en zonas que le facilitarían usar ampliamente sus capacidades tecnológicas, prefiriendo combatir en lugares donde esa superioridad tecnológica pueda ser eclipsada —territorios de difícil acceso, con vegetación selvática o áreas urbanizadas donde enmascararse entre la población civil y en la masa de refugiados—.
Durante las últimas experiencias de guerras asimétricas, las fuerzas insurgentes procuraron concentrarse progresivamente en núcleos urbanos. Así operaba la resistencia chiíta islámica contra los norteamericanos, mediante la diseminación entre la población civil en ciudades de Irak como Faluya, Mosul o Tikrit. Hoy Hamás procura emboscar a fuerzas terrestres de Tzahal en la ciudad de Gaza y en la atiborrada Khan Younis, todas blindadas con celadas temibles de redes subterráneas. Esta es una de las ventajas asimétricas de Hamás para neutralizar la poderosa ventaja tecnológica de Tzahal: pasadizos y túneles debajo de edificios públicos y viviendas fueron excavados con instrumentos primitivos para montar la red bajo tierra, cableada con electricidad y reforzada con hormigón.
Lo que diferencia a los túneles en Gaza de los de Al Qaeda en las montañas de Afganistán o del Vietcong en las selvas del sudeste asiático, es que Hamás construyó su intrincada red subterránea bajo una de las zonas más densamente pobladas del planeta. Casi 2 millones de personas viven en los 88 kilómetros cuadrados que conforman la ciudad de Gaza, de las cuales un millón fueron obligadas a desplazarse como refugiados al sur de la franja. Además, a diferencia de los terroristas escondidos en las cuevas montañosas de Al Qaeda o ISIS, la población civil gazatí sufre desde 2007 el total bloqueo terrestre, marítimo y aéreo impuesto por Israel.
Pero hay otra ventaja asimétrica de índole religiosa y no tecnológica que resulta fundamental: el conflicto bélico entre Hamás e Israel se transformó radicalmente en las últimas décadas, desde la violencia auto-sacrificial individual de shaidim que se inmolaban en autobuses o bares de Tel Aviv o Jerusalén, hasta la resistencia asimétrica frente a las primeras incursiones de Tzahal en Gaza. La resistencia y el sacrificio colectivo de familias enteras, en algunos casos, hicieron famosas a estas guerras asimétricas, como la llamada Operación «Plomo Fundido», entre fines de 2008 y enero 2009.
No obstante, ninguna se puede equiparar a la actual guerra asimétrica, la Operación «Espadas de Hierro», con la que Tzahal está vengando las atrocidades cometidas por Hamás el sábado 7 de octubre.Lo siniestramente novedoso en la estrategia guerrillera fundamentalista de Hamás —denominada Operación «Inundación de Al-Aqsa»— fue que no se limitó a bañar en sangre a kibutzim y a jóvenes que bailaban en un festival de música: por primera vez, la yihad de Hamás consiguió conducir a Israel a una guerra asimétrica en el corazón mismo de la Franja de Gaza, confiando sorprender a Tzahal en la celada tendida en los túneles subterráneos.
Reparemos en esta estrategia escatológica de Hamás, que desde el 7 de octubre no dudó de que Tzahal respondería presentando tal guerra asimétrica aniquiladora hasta convertir la infraestructura civil de Gaza en tierra arrasada por aplastantes bombardeos aéreos. Hamás no adoptó la estrategia de otros movimientos guerrilleros, como los Talibanes en Afganistán o los Tigres Tamiles en Sri Lanka, que calculaban sus ataques según el principio de costo-beneficio.
Surge la pregunta: ¿es posible que la estrategia de Hamás de no haber impedido sino, al contrario, haber facilitado una pavorosa guerra desigual, que ya causó 22 mil muertos, decenas de miles de heridos y millón y medio de desplazados civiles gazatíes, pueda ser explicada en clave escatológica? ¿Ser explicada, por ejemplo, por la psicosis sacrificial colectiva dictada por mandatos del fundamentalismo islámico de la Yihad?

Una perspectiva comparativa ayuda a demarcar la estrategia yihadista auto-sacrificial de Hamás de otras guerras asimétricas. Empecemos por señalar que la violencia auto-sacrificial terrorista no fue exclusiva de los fundamentalistas de Hamás: los Tigres Tamiles de fe hindú se habían anticipado a ellos a comienzos de su guerra de independencia separatista en Sri Lanka. A los Tigres Tamiles se les atribuye haber inventado el cinturón suicida, ampliamente usado por organizaciones integristas islámicas; bajo el mando de su líder máximo, Velupillai Prabhakaran, conocido como un guerrillero temerario y despiadado, los Tigres Tamiles llegaron a controlar un 15 % del territorio en el norte y el este de la isla de Sri Lanka, estableciendo prácticamente un estado paralelo en áreas habitadas por la minoría étnica tamil, con un ejército y una fuerza policial propios, además de tribunales judiciales.
Los Tigres Tamiles iniciaron su lucha a fines de los años 70, y hasta 2009 se constituyó en el principal grupo separatista tamil al librar una guerra civil contra el gobierno central de Sri Lanka, que duró 26 años (de 1983 a 2009) con amplio apoyo entre la discriminada población tamil. El origen del conflicto se remonta a las tensiones entre la mayoría cingalesa, principalmente de religión budista, y la minoría tamil, que constituye el 20 % de la población de Sri Lanka y que profesa la religión hindú.
Este grupo guerrillero nacionalista, Tigres de Liberación del Eelam Tamil (LTTE), disponía de dos secciones dedicadas a la preparación de militantes dispuestos a cometer atentados suicidas. Tal y como ha reconocido uno sus máximos dirigentes en declaraciones publicadas por el International Herald Tribune del 15 de enero de 2003, el terrorismo suicida fue introducido en el repertorio de actividades violentas desarrollado por los LTTE como táctica ofensiva ideada para compensar la desventaja numérica de los guerrilleros tamiles respecto a la potencia militar de sus enemigos gubernamentales.
Ahora bien, tal estratagema de los Tigres Tamiles en el conflicto étnico-político de Sri Lanka difiere de la yihad islámica de Hamás, cuya guerra santa se propone infligir el máximo daño posible a los «usurpadores sionistas» sin cuidarse de minimizar las pérdidas propias. Los atentados suicidas de Hamás no fueron ejecutados de acuerdo con el cálculo de costo y beneficios observado por los dirigentes del movimiento rebelde tamil, básicamente interesado en la secesión territorial y la independencia de su etnia religiosa (Obriain Declan (2012) «Sri Lanka, ethnic conflict and the rise of a violent secessionist movement». E=International Relations, 28/12/2012, https://www.e-ir.info/author/declan-obriain/). A diferencia de Hamás, que procura un Estado islámico palestino, la lucha nacionalista de los tamiles suicidas no buscaba la ocupación de todo el territorio del país insular. Además, los LTTE no desarrollaron ninguna capacidad ofensiva con misiles, aunque lograron utilizar la Marina y la Fuerza Aérea, los «Tigres del Cielo». Tal fuerza aérea, la única mantenida por una guerrilla, no era utilizada indiscriminadamente contra la población civil cingalesa («Air raid scare spooks Sri Lanka (Un ataque aéreo asusta a Sri Lanka)», BBC, 26 de abril de 2007). Los tamiles tampoco negaban el derecho mismo a la existencia de la mayoría étnica de los cingaleses de religión budista que controlaban el gobierno, a diferencia de la yihad que Hamás lanza contra todo el Estado de Israel.
Asimismo, importa destacar otra desemejanza. Acusados por el gobierno de haber asesinado a miles de civiles y diezmado a la clase política e intelectual del país, los terroristas tamiles no negaban su responsabilidad por esto último —la muerte de cientos de ministros del gobierno, alcaldes y parlamentarios—, pero afirmaban no haber ejecutado ataques indiscriminados contra civiles. Con todo, al igual que Hamás, los Tigres Tamiles forzaron a miles de ciudadanos a luchar en sus filas o los convirtieron en escudos humanos cuando el ejército de Sri Lanka bombardeaba reiteradamente zonas atestadas de civiles tamiles.
La yihad auto-sacrificial colectiva de Hamás contra la población civil israelí
El nacionalismo palestino secular, bajo el liderazgo de Arafat durante los años 1960 y 1970, fue sobrepasado en los 90 por la yihad fundamentalista islámica de Hamás. Por momentos, Al Fatah incluso se vio obligada a disponer ella misma de sus propios combatientes suicidas. De acuerdo con datos del International Policy Institute for Counter Terrorism de Hertzlía, antes de OSLO 1, el 40 % de la población palestina justificaba los atentados suicidas, una tasa de apoyo que se elevó hasta un 70 % entre los seguidores del Movimiento de Resistencia Islámico Hamás; significativamente, Hamás decidió reclutar shaidim yihadistas durante la segunda Intifada para terminar con los acuerdos de paz de Oslo firmados por Israel y la Organización de Liberación Palestina.
El jefe de la rama militar de la Yihad Islámica en Gaza, Asís al Shami —uno de los asesinados selectivos por los servicios israelíes durante la segunda Intifada—, respondió del siguiente modo, en 1994, a una pregunta formulada por periodistas sobre la práctica de los atentados suicidas:
“No poseemos el armamento de que dispone nuestro enemigo. No tenemos aviones, misiles, ni siquiera un cañón con el que podamos luchar contra la injusticia. El instrumento más efectivo para infligir daño con el mínimo posible de pérdidas son las operaciones de esta naturaleza. Este es un método legítimo, basado en el martirio. El mártir recibe el privilegio de entrar en el Paraíso y se libera del dolor y la miseria” (Raphael Israeli, «Islamikaze and their significance» en Terrorism and Political Violence. vol. IX, 1997).
Sin embargo, al cabo de pocos años, la guerra asimétrica entre Israel y Hamás escalará desde un enfrentamiento de suicidas individuales a otro colectivo, mediante el lanzamiento, por parte de Hamás, de proyectiles de mortero y, después, de ráfagas de cohetes contra población civil del Neguev.
Tras un corto armisticio mediado por Egipto en 2008, Hamás volvió a atacar con cohetes a la población civil, escalando a la primera guerra de Gaza. La llamada Operación «Plomo Fundido» fue una demoledora ofensiva militar israelí, que duró apenas un mes, hasta el 18 de enero de 2009.
La segunda guerra asimétrica Hamás-Israel comenzó en Gaza el 14 de noviembre de 2012. La tregua impuesta no impidió un gran triunfo político palestino: el 29 de noviembre de 2012, la Asamblea General de la ONU reconoció a Palestina como Estado observador «no miembro»: 138 de los 193 países de la ONU votaron a su favor.
Ante los continuos disparos de cohetes desde la Franja de Gaza, el 8 de julio de 2014 comenzó la tercera guerra asimétrica Israel-Hamás, con ataques aéreos de Tzahal en represalia a andanadas indiscriminadas contra población civil israelí. El 17 de julio, Israel decidió lanzar una fuerte ofensiva terrestre en Gaza que terminó con un alto el fuego temporario el 26 de agosto.

La cuarta guerra asimétrica comenzó el 10 de mayo de 2021, cuando Hamás y la Yihad Islámica dispararon cohetes desde Gaza contra Israel. Los disturbios en Jerusalén oriental provocaron los ataques; especialmente, el desalojo forzoso de viviendas palestinas en el barrio de Sheikh Jarrah, seguido de la violencia de fanáticos israelíes en el Monte del Templo y en la mezquita Al Aqsa. Tzahal replicó con bombardeos aéreos masivos, aunque la guerra terminó en once días con un alto el fuego.
Ahora bien, las cuatro guerras asimétricas en Gaza costaron la vida de no menos de 3.500 palestinos y 90 israelíes, algo completamente diferente a la letalidad de la actual guerra, la quinta, cuya asimetría va imponiendo contornos apocalípticos totalmente desconocidos. Por empezar, la yihad del Hamás masacró solo en un día, el fatídico sábado 7 de octubre, a 1400 israelíes, secuestró a 240 civiles y militares, violó a mujeres, asesinó a ancianos y bebés, además de destruir kibutzim enteros; Tzahal, por su parte, a tres meses de lanzada la Operación «Espadas de Hierro», aún sigue atacando por aire, mar y tierra a la Franja de Gaza. El comandante en jefe anunció que esta invasión prolongada va a durar «varios meses», para lo cual seguirán movilizados 300.000 reservistas desplegados junto a soldados regulares de varias divisiones del ejército. La crisis humanitaria en Gaza, incomparable a la de anteriores operativos de Tzahal, amenaza ser catastrófica: tanto por el desplazamiento forzoso de 1.200.000 gazatíes del norte refugiados en carpas a la intemperie en el sur de la Franja, como por los ya 22.000 muertos, dos tercios de ellos, mujeres y niños. El esperpento más apocalíptico de esta despiadada guerra asimétrica son las ruinas de la infraestructura civil y sanitaria urbana de la población de Gaza, que preanuncia una desoladora guerra prolongada sin treguas.
Pese a las enormes diferencias con el proyecto de liberación del Eelam Tamil, los generales israelíes que juraron no terminar la guerra hasta matar a Yahya AlSinwar, líder de Hamás, se parecen a los generales cingaleses que juraron no terminar la guerra hasta matar al Velupillai Prabhakaran, líder de los Tigres Tamil, y a sus dos comandantes más cercanos.
Afortunadamente, aún hay militares israelíes con lógicas distintas. Por ejemplo, Amal Asad, oficial druso retirado de Tzahal con rango de teniente coronel, deplora públicamente la decisión militar de priorizar el asesinato de Yahya Al Sinwar en vez de concentrar todos los esfuerzos en liberar a los rehenes. Asad exige que el objetivo principal de la guerra sea un canje de todos los rehenes en poder de Hamás a cambio de prisioneros palestinos en cárceles israelíes. (Amal Asad, «Traerlos a todos de vuelta, a cualquier precio», Ha’aretz, 2/1/2024).
Previsiblemente, los generales cingaleses lograron su declarado objetivo bélico. Al cabo de frágiles treguas violadas, los LTTE fueron derrotados entre enero y febrero del 2009, en una gran ofensiva del ejército con más de 50.000 soldados. En mayo del mismo año, tras fuertes ataques del ejército que costaron varios miles de muertos entre los tamiles, la mayoría civiles, la guerrilla de Velupillai Prabhakaran anunció públicamente el cese total de sus operaciones. El jefe del Alto Estado Mayor del Ejército anunció la liberación de todo el territorio nacional y declaró la derrota completa de los LTTE, confirmando la liquidación de Velupillai Prabhakaran y de sus dos comandantes más cercanos cuando trataban de huir.
El conflicto asimétrico en Sri Lanka dejó más de 75.000 muertos y cientos de miles de desplazados a lo largo de tres décadas, en un contexto político y de violencia distinto y con un saldo muy diferente al de las cinco guerras asimétricas en Gaza.
El actual cuadro escatológico de miles de víctimas y destrucción masiva en apenas tres meses de guerra asimétrica Israel-Hamás difiere completamente del cuadro de derrota y de víctimas durante los casi 30 años de guerra en Sri Lanka. Existen ciertas marcas comunes, sin embargo, entre las élites políticas y militares cingalesas y hebreas.
La derrota militar parece haber puesto fin al objetivo de los Tigres Tamiles de establecer un estado independiente en el norte y este de la isla. Recíprocamente, la previsible liquidación del Hamás y la infraestructura civil de Gaza en escombros también parecieran liquidar cualquier posibilidad de gobierno autónomo palestino en Gaza. Ambas derrotas militares mediante guerras desiguales lamentablemente comparten la orfandad de oportunidades políticas desperdiciadas, porque la derrota ya reconocida por los Tigres Tamil y el previsto descalabro del Hamás a corto plazo sobreviven en la completa indiferencia de los respectivos gobiernos no interesados en lograr una solución política al conflicto étnico-territorial de sendos movimientos guerrilleros y que se desentienden, además, dela reconstrucción de la vida de centenares de miles de desplazados («Las heridas de la guerra civil de Sri Lanka siguen siendo imposibles de curar«, https://www.france24.com/es/programas/boleto-de vuelta/20220327-sri-lanka-guerra-civil-victimas; Rubén Campos, «La derrota militar de los Tigres Tamiles y la posible evolución del conflicto étnico-político en Sri Lanka (ARI)», https://www.realinstitutoelcano.org/analisis/la-derrota-militar-de-los-tigres-tamiles-y-la-po; además, Éric Paul Meyer, «El fin de los Tigres no resuelve el problema tamil», Le Monde Diplomatique en español, marzo de 2009).

Ahora bien, entre los líderes de Hamás y los derrotados jefes del LTTE las diferencias son más grandes que las similitudes. Me atrevo a conjeturar que la decisión de rendirse de Velupillai Prabhakaran no será adoptada por Yahya AlSinwar, basándome en las diferentes concepciones de carácter religioso sobre la muerte y la derrota entre los guerrilleros de Velupillai Prabhakaran, por un lado, y los yihadistas del Hamás, por el otro. El suicidio patriota de los Tigres Tamiles estaba desprovisto de la mística de la yihad auto-sacrificial que Hamás logró imponer como inmolación colectiva palestina.
Asimismo, no olvidemos que la yihad de los líderes de Hamás es diferente de otros movimientos yihadistas globales, como el Estado Islámico (EI) y Al Qaeda, con los cuales a menudo se los compara, al menos en términos de su brutalidad contra los civiles. Las declaraciones frecuentemente compartidas que asocian a estas organizaciones pasan por alto un punto importante: la yihad del Hamás es nacionalista por su empeño en lograr un estado islámico en Palestina, sin activar en pro de una yihad global. Hamás no está afiliado al EI ni ambas organizaciones han colaborado en el pasado. Más bien, como demuestra Dino Krause, ocurre todo lo contrario: el EI es un feroz oponente de Hamás y ambos grupos se han pronunciado repetidamente el uno contra el otro. Al-Qaeda, el rival yihadista global del EI, sostiene una posición distinta frente a Hamás y también respecto al EI, lo que complica aun más el panorama (Dino Krause, «The importance of understanding the differences between Hamás, IS and al-Qaeda», 27/10/23, https://www.diis.dk/en/research/the-importance-of-understanding-the-differences-between-hamas-is-and-al-qaeda).
La división entre chiítas y sunitas dentro del Islam ha influido también en la mística del auto-sacrificio y en la yihad. Tal como Farhad Josrojavar lo muestra, el Irán revolucionario ayudó a que la imagen del mártir combatiente islámico sustituyera a la del mártir sufrido, completando el tránsito de un «dolorismo quietista al activismo trágico» (Farhad Josrojavar, Los nuevos mártires de Alá, Madrid, 2003).
Esta nueva imagen auto-sacrificial proveniente del Islam chiíta contribuyó ampliamente a la reproducción del repertorio revolucionario en el mundo musulmán sunita palestino. Afganistán no se convirtió en una referencia meramente simbólica, que oponía el David musulmán contra el Goliat «ateo»; también fue el teatro de aprendizaje de la yihad y el bautismo de fuego de unos 25.000 militantes «árabes» y otros musulmanes. La revolución iraní, y luego la guerra Irán-Irak, renovaron radicalmente la noción del combatiente santo y el sentido del martirio (Hamit Bozarslan, La yihad: recepciones y usos de una exhortación coránica de ayer a hoy, recuperado de: https://books.openedition.org/cemca/601?lang=es)
Colofón pesimista sobre la actual guerra asimétrica
Ojalá me equivoque, pero temo que Israel vaya a pagar la victoria militar con la vida de los 130 rehenes si las negociaciones para liberarlos no ocupan el primer lugar en la agenda de esta quinta guerra asimétrica. Israel debería liberarlos a cualquier precio, como exige el teniente coronel (R) Amal Asad, una de las pocas voces clarividentes que desentona dentro del coro de comentaristas militares y ministros kahanistas: todos ellos comparten una doctrina militar de lucha antiterrorista que desconoce la mentalidad escatológica del enemigo.
Los líderes del Hamás comulgan con un credo de violencia auto-sacrificial e inmolación colectiva de yihadistas que no temen a la muerte ni la derrota, tal como sí lo hacen los judíos o los cristianos occidentales. La desaparición física de sus líderes no impide la movilización sacrificial de la población civil para matar y ser muertos en aras de Alá en la Gaza en escombros.
Las nociones de derrota y victoria del enemigo son fundamentales en toda estrategia eficaz de lucha antiterrorista. Mas cabe preguntarse: ¿Cómo puede un ejército contrainsurgente y antiterrorista construir componentes de su programa de seguridad nacional sobre el «hambre de inmortalidad» de un enemigo decidido al suicidio colectivo? Tal vez este enemigo reconozca que las cabezas de Yahya AlSinwar y secuaces serán el trofeo más valioso de Tzahal. Pero la peor derrota del Hamás, devolver vivos a los rehenes israelíes, será compensada por la gran victoria de liberar a todos los presos palestinos de las cárceles israelíes. Muchos israelíes están dispuestos a pagar esta derrota victoriosa. Dice el oficial retirado Asad: «Si Hamás exigiera el alto el fuego a cambio de la liberación de todos los rehenes, nosotros debemos acordarlo; y si exige indultar a toda la cúpula de la organización terrorista, también debemos aceptar esta exigencia. ¿Por qué Israel no tomó la iniciativa desde el comienzo de la guerra para liberar rehenes?¿Por qué no cargó a miles de terroristas prisioneros en autobuses y los transportó a los cruces de la franja de Gaza para liberarlos a cambio de todos los rehenes? Uno de los asesinos de mi querido hermano Vuafa está preso en una cárcel israelí y tiene por delante muchos años de encierro. Sin embargo, yo digo: «Libérenlo junto con todos sus camaradas a cambio del regreso de todos nuestros secuestrados» (Amal Asad, op.cit., Ha’aretz, 2/1/24).