En el marco de la innumerable cantidad de eventos realizados en Argentina por los 40 años de la recuperación del sistema democrático, aparece la figura del del rosarino Carlos Trilnick (1957-2020), artista, fotógrafo y diseñador audiovisual. La presencia de aspectos de su obra ha sido significativa tanto en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires como actualmente en la Fundación Proa, en muestras que lo recuerdan desde distintas perspectivas y nos llevan a reflexionar acerca de su historia y su producción multifacética, así como también de la historia cultural de la Argentina.
Como otros jóvenes judíos militantes de organizaciones sionistas socialistas —en este caso, Ijud Habonim Argentina—, Trilnick vivió, en 1976, una experiencia en un kibutz. Luego regresa a la Argentina y, en el contexto especial de amenazas y desapariciones de compañeros de su espacio de pertenencia, viaja a Israel en 1977 con una beca para estudiar. Como señala el destacado curador artístico Rodrigo Alonso, su formación en la Escuela de Diseño «Nery Bloomfield» de Haifa, Israel, sumada a su peculiar personalidad, constituye parte de la explicación de su obra.
En 1983 regresa a la Argentina en el marco de la recuperación de la democracia, pero —dada la particular y obsesiva persecución del campo cultural de las últimas dictaduras— el terreno artístico se convierte en un espacio sumamente productivo, al cual se suma el debate y la demanda por conocer lo ocurrido con los 30.000 desaparecidos. El tema de los derechos humanos cobra un lugar singular en el imaginario social, así como en la creación artística.
A 40 años de recuperada la democracia, estos acontecimientos vuelven a cobrar vigencia, y en este recordar, una cuestión que ha tomado más visibilidad en la memoria es la especial persecución a militantes políticos de origen judío, tanto pertenecientes a alguna organización partidaria nacional como a alguna agrupación de la colectividad de corte socialista. El tema de los desaparecidos y perseguidos de origen judío es motivo de varios trabajos académicos y también es recordado en el testimonio de Miriam Lewin en el documental A Big Shtetl, huellas judías en Buenos Aires[1].

Trilnick menciona esta cuestión en un videoarte que se llamó «Pude ser un desaparecido»y que integró las actividades realizadas en el Parque de la Memoria a comienzos de este siglo. Lo más destacable de la biografía de Carlos Trilnick en el regreso de su exilio es su lugar de precursor en el campo del videoarte en la Argentina, área no muy desarrollada en nuestro medio[2]. Se lo menciona como un renovador en el terreno del diseño de la imagen, por lo cual tuvo un peso muy importante en la carrera del mismo nombre en la Universidad de Buenos Aires. También inició el espacio de artes electrónicas del Centro Cultural San Martín y desarrolló una significativa trayectoria internacional.
La promoción de esta forma de hacer arte fue iniciática en la Argentina en los años ochenta, dado el escaso desarrollo tecnológico en comparación con otros países. A diferencia de otros realizadores cuyo referente fue la televisión, Trilnick entiende al video como medio artístico en toda su dimensión y explora vías plásticas de tratamiento del audiovisual. Muy temprano realiza videoinstalaciones, cuando este formato artístico era apenas conocido en el país. Dialoga con los artistas visuales y, gracias a su perseverante labor gestora, fomenta la permeabilidad entre el circuito de las artes plásticas y el del video.
En segundo lugar, como en todo artista, existen en él temas que lo obsesionan y que se reflejan en la obra en distintos momentos: la cuestión de la memoria, la identidad y la migración ocupan un lugar destacado. Su trabajo alude a su identidad judía a partir de los orígenes de su familia, a la vez que se percibe como un americanista con mirada crítica[3], y sobre esta reivindicación identitaria ha realizado varias muestras.

Los títulos de su obra aluden a estas cuestiones; por un lado, de donde eran sus bisabuelos, (Besarabia, Imperio Ruso) y adonde llegaron (Colonia Moisés Ville, provincia de Santa Fe); Rosario, donde vivió en su infancia, donde migró, el impacto de la dictadura militar en su exilio en Israel, sus viajes por Perú. El universo creativo era muy amplio y en él aparece —como reivindicación y creatividad— el encuentro de culturas y sus memorias. Por ejemplo, el encuentro de la cultura de sus bisabuelos de Besarabia con la pampa argentina. Este tema es retratado en la exposición que realizó en el Museo Judío de Buenos Aires, donde alude a sus orígenes: «El cristal de la memoria» (2013). «Pampa», por ejemplo, es una obra donde Trilnick da cuenta de su biografía personal[5]. Sus imágenes no muestran un mestizaje idílico ni tampoco la creencia milagrosa del «crisol de razas», sino la posibilidad de compartir lo propio con el otro y construir espacios comunes donde la pertenencia hacia un nuevo lugar no implique la renuncia a las raíces.

Las más recientes se dan en el marco de la muestra El cine es otra cosa y la ya mencionada del Museo de Arte Moderno, en la que se presentó el video «1978-2003» (2023), donde propone un homenaje visual a los desaparecidos en el marco del Mundial ‘78, dando cuenta de las contradicciones de las emociones populares.
Por último, mencionamos la que se presenta actualmente en Fundación Proa (enero de 2024), «Paisajes políticos». Es notable la visión del artista, ya fallecido, en cuyas últimas obras hay referencias al percibirse como un americano con sus conflictos, desigualdades e injusticias. También aparece su obra vinculada a la cuestión ambiental.

En síntesis, en el recorrido biográfico y de la obra de Carlos Trilnick podemos advertir cómo la memoria de nuestros antepasados —siendo, en tanto judíos, objeto de persecuciones— y la vivencia, ya en la Argentina, de ser perseguidos políticos judíos, imprimen una marca en la constitución de nuestra identidad y se expresan en lenguajes creativos.
[1] Hemos escrito una nota para Nueva Sion sobre este documental que da cuenta de los diversos judaísmos que habitan la ciudad de Buenos Aires.
[2] Encontramos sus antecedentes en los años 60 y sus inicios históricos a mediados de los años 80, con artistas como Carlos Trilnick, Jorge Laferla, Fabián Hoffman, Andrés Di Tella, Luz Zorroaquín, Diego Lascano, hasta su consolidación durante la década del 90, durante la cual ha estructurado un ámbito de producción y circulación que le son propias.
[3] Se trata de una mirada local y americanista, de cara a los desafíos que plantea el mundo globalizado. Este último interés se percibe claramente en obras como «Celada» (1990), «Viajando por América» (1989) y «Qosco: la Cabeza del Tigre» (1994), las dos últimas inspiradas en un viaje del artista a Perú. El tema reaparece en obras más recientes.
[4] «Todos somos iguales bajo la piel» (2011) es un video-objeto con una video-proyección en loop que integra la colección del Museo de la Inmigración de la Universidad de Tres de Febrero.
[5] Los Trilnick desembarcaron en Buenos Aires a fines del siglo XIX y su primer destino fue la colonia agrícola Moisés Ville en la provincia de Santa Fe.