Buenos Aires, 16 de enero de 2024

Apostillas a la aniquilación y a la insolencia

"El reino de la insolencia" dentro de las oraciones judías implica un desafío interpretativo que en tiempos como el actual tiende a multiplicar su significado. Acabar con dicho reino, más que en el hecho de desterrar del corazón humano lo propio del odio, el ensañamiento y la altivez, puede convertirse en una invitación a la aniquilación de un territorio.
Por María Gabriela Mizraje

Una insolencia reinante es el antisemitismo, para expresarlo de una manera suave aunque de huella libresca, y otra, no menos peligrosa, es el atropello de vidas inocentes.          

«El reino de la insolencia» de antigua data, que últimamente se quiere reivindicar incluso como línea textual en la plegaria de la Amidá, más allá de las mutantes tradiciones que oscilaron entre la literalidad, la metáfora, la censura y la autocensura, nos puede conducir a un punto riesgoso.

Dentro de las oraciones del judaísmo, «el reino de la insolencia» implica un desafío interpretativo que en tiempos como el actual tiende a la resemantización. Acabar con dicho reino, más que dirigirse al esfuerzo por desterrar del corazón humano lo propio del odio, el ensañamiento y la altivez, puede convertirse en una invitación a la aniquilación de un territorio.

Babilonia contra el Primer Templo, Roma y todo lo que siguió, por lo menos hasta la Segunda Guerra Mundial y sus fatídicas consecuencias, son hechos innegables de la historia que, va de suyo, jamás deben ser silenciados y que acarrean un dolor vivo.

De manera concomitante, la templada construcción que hagamos con las palabras y más aún las que intentemos elevar con espíritu piadoso, no deberían fomentar ningún tipo de odio o retórica de aniquilación ni discriminación. Orar para la destrucción raspa el alma y hasta habilita un contrasentido; por el contrario, si se opta por implorar, lo más noble pareciera ser la protección, así como caminos de comprensión y paz. No es una ingenuidad o una quimera, pues si de oraciones se trata, ¿por qué no pedir lo máximo posible? Para realidades, ya alcanza con  el horror cotidiano. A su turno, si de destrucciones se trata, habría que avanzar por la del mal, cualquiera sea su signo; por la del fanatismo, cualquiera sea su credo o su bandera; por la del odio, cualquiera sea su emisor o su destinatario.

«Justicia, solo justicia perseguirás» se nos ha enseñado una y otra vez, mas no venganza, no imitaciones indignas, no elucubraciones de lo siniestro, no danzas macabras, no violaciones de los derechos humanos, es decir de la básica condición de ser personas con derecho a existir, y según los puntos de vista de los creyentes, incluso criaturas que se consideran y se quieren bendecidas.

Si por «reino de la insolencia» nos inclinamos a interpretar, como en alguna enmienda previa de aquel texto, tanto la insolencia propia como las ajenas, bueno es sin duda desterrarlas. En cambio, si en medio de la máxima expresión de un servicio religioso, nos enfervorizamos considerando que ese mentado reino es un país vecino, estaremos equivocando el foco, no ya el de la mirilla de las armas sino el de la mira de las almas, la vista vuelta al interior y los ojos hacia lo alto.

El resurgimiento de esa línea clave de la concentrada Amidá (que, como su nombre indica, se reza de pie y que recoge las principales plegarias del judaísmo a Dios Rey) abre una tela de juicio a la reflexión.

Mediante un artículo en JTA del 12 de enero de 2024, realizado con franqueza, Eliehu Kanfer, influyente rabino de New York, quien antaño se sintiera incómodo con ella, ahora, tras los desgraciados acontecimientos del 7 de octubre de 2023, la reivindica, no sin advertir acerca de lo que se puede y no pedir, así como alertar sobre la impropiedad de la venganza. Rab. Kanfer elige el vocablo «desarraigar» («May our enemies be uprooted, speedily») pero tras él late en lo concreto la extirpación.

En un límite muy delgado, como haciendo equilibrio sobre letras borroneadas y sucesos categóricos, la antigua pregunta que retorna en momentos de crisis y penurias tiene aquí su cabida. ¿Cómo orar en circunstancias aciagas? El cuestionamiento por los vocablos adecuados debe trazar su itinerario sobre otras realidades insoslayables: las retóricas de época y los sentimientos.

Entre las fórmulas reconocidas por la superficie de la página o la oralidad, por un lado, y las profundidades de los pensamientos recónditos y los sentires acaso ignotos, por otro, el desafío es encontrar las palabras más nítidas que nos conecten con las plegarias más justas. La justicia nunca es fácil, tampoco la del verbo.

Quizá sea preciso reescribir la propia subjetividad junto o bajo la propia espiritualidad para acertar con el trazado de palabras que permita un doble diálogo. Horizontalmente, con los hermanos de otros pueblos; verticalmente, con la divinidad única en la cual el judío religioso confía.

No puede ser casual que frente a aquella línea («el reino de la insolencia») tanto conservadores como ortodoxos y reformistas se hayan sentido desafiados a lo largo de la historia. Tampoco debería ser casual, entonces, el ímpetu a su reposición o resemantización contemporánea. La convicción implorante se actualiza poniendo detrás de aquel reino al «enemigo» de turno.   

La insolencia tampoco se puede negar. Lo central de ella, insistimos, en este caso es el odio. Citar al fogoso profeta Sofonías en estos tiempos se hace difícil, atravesar esos capítulos que prometen destrucción, desolación y desamparo es algo que algunos preferiríamos saltear, porque no solo nos duele Israel y repudiamos el atentado terrorista de Hamás, también nos duele Gaza, nos duele el mundo.

Cada época construye su retórica y en consecuencia, más allá de las teorías sobre la inspiración o no, la literalidad o no de los textos considerados sagrados, no puede eludirse el hecho de que fueron hombres los que uno tras otro, mayores o menores, por mandato divino o por vocación humana, redactaron el Tanaj y lo fueron haciendo con el lenguaje de sus respectivos tiempos, además de su capacidad individual o guía especial en la que se quisiera creer.

Repetimos expresiones de aquellas lejanas realidades por respeto a la tradición, por tributo a la memoria y veneración a quienes nos precedieron, también por las verdades imperecederas y valores inclaudicables que pueblan páginas e intenciones. Pero la actualización en nuestro presente, al momento de rezar de manera colectiva o en silencio, no nos impide reconocer cómo el lenguaje está necesariamente situado y cómo debe contextualizarse. Advertimos continuidades y rupturas dentro de una historia milenaria que nos interpela, mas no podemos ahora calcar el espíritu de las palabras surgidas dentro de otros parámetros epocales, así como no volveríamos a la esclavitud, por ejemplo.

La insolencia es aquello que no suele decirse (porque no se debe) y sin embargo, de pronto, de manera altisonante se expresa. Contra ese reinado discursivo vale la pena luchar, así como contra las enloquecidas decisiones reinantes que devastan una región, una esperanza y dos pueblos.

Una siembra de sal, la tierra en sangre. Ojalá seguir diciendo «¡Lejaim!» no pierda su sentido.

Foto de portada: Jerusalem bajo el fuego, de Robert Davis.