Isaac e Ismael en la cruz de los caminos

La posibilidad de abrir un nuevo proceso de paz y avanzar hacia la creación definitiva del Estado de Palestina es planteada desde el Cercano Oriente y el Mediterráneo hasta el Atlántico por cada vez más voces que la reclaman como perentoria, no solo para que la justicia dé un paso mas que resistido por tirios y troyanos, sino además para alejar un horizonte plausible de guerra permanente e incluso extendida infinitamente, más trágica que la presente. Ese hipotético camino hacia la paz encontraría a los pueblos israelí y palestino como actores principales del reparto, pero éste incluiría en papeles también protagónicos a sus diásporas y aliados en el mundo, muchos de quienes tendrían que optar entre ayudar a sus defendidos facilitando el diálogo o continuar fogoneando el odio.
Por Ernesto Alazraki

Después de las primeras horas del gran pogromo del 7 de octubre fuimos posiblemente muchos quienes recordamos, transcurrida la conmoción inicial y hasta hoy, que la paz suscrita entre Egipto e Israel en 1979 fue precedida por la tercera guerra de aniquilación lanzada por varios países árabes desde el 14 de mayo de 1948. Se escribe desde entonces y hacer una analogía no luce inapropiado. 

La de 1973 produjo un terremoto político porque una población que se recogía en el clima introspectivo del Iom Kipur fue tomada por sorpresa al igual que un Ejército desprevenido pese a ciertos datos -conocidos posteriormente- que recomendaban una alerta. Israel luchó por su supervivencia durante varios días tras 25 años de una consolidación que lo hacía sentir casi invencible por haber derrotado a sus agresores contra todo pronóstico en 1948 y 1967, en simultáneo a la guerra de baja intensidad contra los fedayines.

En los meses y años siguientes a aquella victoria amarga, nadie en el pueblo y casi nadie en el mundo imaginó que una consecuencia histórica de esa catástrofe nacional sería la firma de un tratado de paz nada menos que con Egipto, bastión nacionalista árabe y líder en la persecución del objetivo reivindicado de aniquilar a Israel. 

La paz fue finalmente negociada y firmada en el lado egipcio por Anwar el-Sadat liderando un sector militar prooccidental, y en el lado israelí por el primer gobierno de derecha -dado que solo la izquierda había gobernado, ya desde antes del Estado, y creado el país-, algo paradójico porque la derecha, ‘el revisionismo’, tenía como antecedente una orientación antiárabe neta y había jugado las cartas del terrorismo, la desestabilización y las provocaciones.    

Medio siglo después, aquilatado el primer impacto de la invasión criminal de Hamás y sus aliados perpetrando aberraciones en las comunidades del Néguev noroccidental, muchas voces en Europa, Estados Unidos e Israel, vienen hablando de la posibilidad de que esta guerra desencadenada por la provocación islamista entreabra una suerte de ventana hacia un nuevo proceso de paz, e inclusive a la concreción definitiva del Estado de Palestina. Para esto se están manejando cronogramas tentativos respecto de tiempos de prueba institucional, supervisiones externas y desmilitarización de Gaza.

Nada de esto sucedería antes de que los rehenes israelíes vivos retornen a su hogar nacional, la guerra actual sea finalizada, la rama militar de Hamás sea replegada y salga de la escena de Gaza, y el pueblo israelí remueva al gobierno de Benjamín Netanyahu.

El ambiente internacional es propicio para que otros movimientos y corrientes israelíes y palestinas asuman las conducciones de sus pueblos con amplio respaldo desde el exterior si se comprometen a cesar hostilidades y liderar un proceso de convivencia pacífica.

Si se abre otro proceso de paz o uno más inmediato de creación definitiva de un Estado palestino, más allá de las características que negocien las partes y sus respaldos, sería muy deseable que las numerosas iniciativas, pasadas y presentes, de cooperación en diferentes asuntos entre israelíes y palestinos en el cuerpo de las dos sociedades, fueran reactivadas y multiplicadas como sustento efectivo del tránsito institucional y ejemplo para los más jóvenes.

Begin, Carter y Sadat el 9 de julio de 1978.

La buena vecindad, la convivencia colaborativa y la cooperación en acciones cotidianas y proyectos sociales compartidos, también son parte de la historia social común desde hace unos 150 años en esta etapa histórica, y cientos o miles de años -según el lugar- en el largo plazo de sus presencias arraigadas en todo el Oriente Medio.

Aunque esto no tenga prensa y haya ido perdiendo espacios de realización en la vida diaria por el recrudecimiento de la violencia de manera cíclica, es patrimonio común donde buscar referencias específicas de cohabitación, materiales, simbólicas y espirituales, en urbes y aldeas, en el trabajo y el estudio, el Estado y las calles. 

No está escrito en piedra que la sangre tenga que derramarse para siempre, pero es necesario vencer a las fuerzas que lo pretenden, y su máximo líder y ejecutante en el lado israelí desde hace 30 años es Netanyahu, quien lo explicitó sin ambages: una guerra eterna.

De parientes, amigos y no tanto: desecar el pantano del odio

Además, en la recreación de un modus vivendi que esté basado en premisas tales como autocontención, respeto, diálogo, mediación, arbitraje acordado ante tensiones que inevitablemente surgirían, las diásporas y amigos y aliados de los dos pueblos pueden jugar roles positivos o negativos, echar más leña al fuego o incentivar la comprensión mutua. Si algunas representaciones comunitarias se abroquelan en una defensa acrítica y acérrima de lo que hacen en el terreno los Estados con los que tienen una identificación o lazo, otras expresiones comunitarias que activen juntas en el tendido de puentes ayudarán más a quienes residen en la región del conflicto.

Éstas pueden actuar en común en las diásporas calmando ánimos y no enardeciéndolos mediante la culpabilización del otro Estado, distinguiendo entre pueblos y gobiernos en vez de homologar los primeros a los segundos, silenciándose cuando no puedan aportar a la distensión, explicando posiciones y razones de las partes para que más gente comprenda y analice en lugar de bramar y rabiar.

Los sectores radicalizados de las diásporas y especialmente sus aliados locales no tienen derecho a clamar venganzas cuando las vidas que se pierden y malogran están a miles de quilómetros de distancia y cuando desconocen procesos, hechos, lógicas, historia. Cometen otra forma de crimen teleinsuflando espíritu revanchista a quienes en el terreno lidian a diario con el terror, la muerte y la amenaza existencial. Fogonean odio sabiendo que sus hijos están a salvo. Otros sectores diaspóricos y aliados no contaminados con odio podrían contrarrestarlos actuando juntos en la esfera pública.      Gobiernos y partidos también tendrían papeles para interpretar.

Las extremas derechas afines a un Israel autoritario y funcional a sus proyectos reaccionarios y mesiánicos verían menoscabada su capacidad de actuación con un escenario de construcción de paz. Algo similar les sucedería a izquierdas antisionistas y antiisraelíes contrarias a la existencia misma de Israel y cómplices de hecho del plan genocida del régimen iraní, Hamás y la Yihad Islámica.

A líneas de acción reaccionarias y progenocidas de actores como estos en los ámbitos mediático, académico, estudiantil y también estatal, las comunidades propaz de ambos pueblos y sus aliados pueden contrarrestarlas generando acercamientos e interacciones tanto en sus países como con sus paisanos ubicados en el terreno. Son insustituibles en la función de capilaridad para abrir diálogo.

Algunas corrientes occidentales de derecha e izquierda asumen con tono cada vez más beligerante una defensa cerril de su aliado, Israel para las extremas derechas y Palestina para las izquierdas ‘radicales’, cuya comprensión del conflicto se deslizó del análisis histórico de fuerzas a un palestinismo retrógrado casi chovinista.

Esas derechas filofascistas trocaron su proverbial antisemitismo por un pragmatismo que hace causa con un Israel de data reciente, en el que gran parte del pueblo se volcó a la intransigencia viendo cómo los dirigentes palestinos no se comprometieron con la paz. Esas izquierdas han olvidado que el conflicto es entre dos sujetos históricos, entre dos movimientos de masas, entre dos pueblos, y asumieron un negacionismo del derecho israelí a la existencia que inconscientemente guiña a los programas palestinos genocidas.

Contrapesar estas concepciones con otras dialoguistas, desactivar dinámicas de encono, desnudar actitudes belicistas, explicar los porqués difíciles de entender, aislar señales de odio, tejer redes de escucha recíproca, difundir narrativas de paz, generar instancias de debate, cultivar confianza entre distintos. Esto favorecería un rol constructivo de diásporas y entornos, activando proximidades y contestando con firmeza a la prédica del odio entre los pueblos.

Foto de portada: Riña entre Isaac e Ismael, Luca Giordano, Lucas Jordán (1634-1705).