Al cumplirse casi cinco meses del comienzo de la guerra entre Hamás e Israel en Gaza, el primer ministro Benjamín Netanyahu volvió a rechazar la propuesta de una tregua y aseguró, triunfalista, que seguirá «hasta la victoria absoluta». Por su lado, el ex primer ministro Ehud Olmert advirtió recientemente que el ataque de Israel contra Gaza es sólo un paso en el plan del gobierno para purgar a Cisjordania de palestinos. Al caracterizar el gabinete de Netanyahu como una «pandilla», Olmert escribió en Haaretz que el objetivo supremo del dúo del Ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, y el Ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, no es la ocupación de la Franja: «Gaza es sólo el capítulo introductorio, la plataforma que la pandilla quiere construir como base sobre la cual se llevará a cabo la verdadera lucha que están considerando: la batalla por Cisjordania y el Monte del Templo», aludiendo a la Mezquita Al Aqsa. El ex premier fue contundente y sin pelos en la lengua: «El objetivo final de ambos es “purgar” Cisjordania de sus habitantes palestinos, limpiando el Monte del Templo de sus fieles musulmanes». Con patetismo, previno que «el camino para lograr este objetivo está empapado de sangre. Sangre israelí, en el Estado y en los territorios ocupados durante 57 años, así como sangre judía en otros lugares del mundo». Vaticinó que correrá «mucha sangre palestina, por supuesto, en los territorios, en Jerusalén y, si no hay alternativa, también entre los ciudadanos árabes de Israel».
Finalmente, eligió una metáfora bíblica sumamente significativa: «Este objetivo no se logrará sin un conflicto violento extenso, un Armagedón» (Haaretz, 21/2/24). No por azar el ex premier eligió, a fin de prevenir a israelíes y palestinos, esta metáfora bíblica, que denota la destrucción total. No recordó al Armagedón como mera figura retórica: por el contrario, Olmert se propuso denunciar la piromanía mesiánica de la «pandilla», cuyo designio es encender el infierno de una guerra religiosa. Tal conflagración religiosa invierte la apocalíptica profecía cristiana en el Nuevo Testamento, que Olmert «israeliza» para denunciar el fundamentalismo delirante.

Recordemos que la profecía del Armagedón preveía enormes ejércitos, terribles sufrimientos y una devastación general. Los profetas concuerdan en que todas las naciones se aliarían en una coalición, de un lado o del otro, con el diabólico designio de destruir a la nación de Israel (Ezequiel 38:8, 15-16; Joel 2:1; 3:1-2; Zacarías 14:2).
En tal trasfondo escatológico, Ben Gvir y Smotrich intentan alertar del asedio mundial contra Israel, encabezado por el Islam.
La profecía bíblica anunciaba que la gran batalla iba a librarse en el fértil valle de Jezreel (en hebreo, ‘Dios siembra o esparce’) o Esdraelón (su nombre griego). Desde épocas muy tempranas, este valle ha sido escenario de terribles batallas. Fue el paso estratégico de ejércitos egipcios, batallones asirios, tropas de Nabucodonosor, guerrilleros judíos que lucharon contra legiones romanos y cruzados que combatían a musulmanes. Los fundamentalistas islámicos del Hamás mudaron el 7/10 su campo de batalla desde el suroeste del Néguev a la franja de Gaza, donde hoy se esconde en un enclave subterráneo blindado de túneles en un radio de 41 x 10 km.
La respuesta bélica de Israel empezó inmediatamente después de la masacre del 7/10 para vengar a más de 1.200 israelíes asesinados en el ataque de Hamás y a más de 200 secuestrados. En pocos días, la invasión a Gaza adquirió la desmesura de una batalla del Armagedón, de una venganza implacable. Sus estrategas se proponen prolongarla «hasta la victoria absoluta», pese que la letalidad ya llega a 30 mil muertos palestinos, según Hamás, y pese a que la vida de los rehenes israelíes sobrevivientes aún pende de un hilo. Pareciera, además, que «hasta la victoria absoluta» no teme el riesgo de la regionalización de la guerra aun en nuevos frentes, más allá de los ya abiertos: Hamás en Gaza, Hezbolá en el Líbano, guerrillas chiítas en Siria e Irak, las milicias hutíes en Yemen, todos bajo el paraguas estratégico de Irán.
Ahora bien: el bautismo de «guerra religiosa islámica» lanzada por Hamás, que denominó a su asalto genocida como Operación Inundación de Al-Aqsa, está siendo tomado en serio por círculos de analistas de inteligencia y de contraterrorismo en Israel.
Así, dos periodistas expertos se convencieron de que las reiteradas provocaciones de Ben Gvir y Smotrich en la explanada de la sagrada mezquita del Monte del Templo gatillaron en Sinward su decisión de lanzar el ataque sorpresa, además de torpedear el acuerdo en ciernes entre Arabia Saudita e Israel (Amos Harel, Haaretz, 23.2). Por su parte, otro periodista del canal 13 israelí refuerza la motivación religiosa del Hamás de lanzar su guerra «porque el statu quo de Al Aqsa corría peligro por la acción de los ministros ultras del gobierno»; la sospecha se basa en información sobre materiales de la organización terrorista, capturados durante la guerra en Gaza y comentados por agentes de inteligencia y servicios secretos israelíes (Nadav Eyal, Yediot Hajronot, 23.2).
Tales revelaciones validan las mencionadas denuncias de Olmert acerca de que el objetivo estratégico de los ministros pirómanos del gabinete es «purgar» Cisjordania de sus habitantes palestinos, limpiando el Monte del Templo de sus fieles musulmanes. El ex premier ya había denunciado un mes antes a Ben Gvir y Smotrich en el canal 12 de la televisión de Israel: «Él y Smotrich desean exterminar a los palestinos en Judea y Samaria». La respuesta del ministro de Seguridad Nacional no se hizo esperar: «Olmert fue un primer ministro fracasado y ahora es un ciudadano fracasado (…). Él fue uno de los arquitectos de la expulsión de Gush Katif, y en lugar de una campaña de disculpas y arrepentimiento, me critica por mi determinación contra los terroristas de Gaza y Judea y Samaria. Olmert es una mancha en la lista de nuestros primeros ministros» (Israel National News, Canal 12, enero 27, 2024)

Ahora bien, pese que los dos ministros ultras están transformando el conflicto político con los palestinos en una guerra de religión judía-musulmana, el total apoyo que les presta Netanyahu muestra a las claras que, lejos constituir un rehén de ambos extremistas, el premier eligió no solo radicalizar más la derechización del histórico partido de Begin, sino también encabezar una coalición teológica de ultraderecha. La presentación conjunta en una misma lista en las elecciones municipales el 27 de febrero, Likud Sionismo Religioso, es una prueba incontrastable.
De confrontación nacionalista a guerra religiosa Yihad
El asalto de Hamás el 7/10 no constituyó una resurrección del pogromo tradicional, donde el populacho asaltaba a los judíos en Europa Oriental y también en Irak y norte de África. Tampoco fue semejante a acciones terroristas del Frente para la Liberación de Palestina de George Habash, ni se pareció al criminal Setiembre Negro, que cometió la masacre de Múnich en los Juegos Olímpicos (también llamada Operación Ikrit y Biraam, dos aldeas expropiadas por Tzahal en la guerra 1948/9). Inequívocamente, Hamás eligió el sábado de Simjat Torá exprofeso para perpetrar la más sangrienta violencia ritual religiosa yihadista palestina.
En la tradición religiosa del Islam, el «Yihad de la espada» implicaba acometer una acción armada destinada a proteger al Dar al-Islam (‘Tierra del Islam’) y su propia supervivencia. Desde la perspectiva de Hamás,durante los últimes meses su supervivencia estuvo amenazada mucho menos por la pandilla Ben Gvir-Smotrich que por el Noble Santuario, Haram esh-Sharif.
Obviamente, el «Yihad de la espada» contra los sionistas alimenta su odio mucho más porque son acusados de ocupar y profanar el Dar al-Islam palestino que por ser infieles. Sin embargo, no olvidemos que la fe religiosa guerrera del Yihad ha sido dirigida también contra otros árabes laicos y sectas musulmanas fuera de Palestina.
Un ejemplo fue la Yihad que lanzó en 1982 la oposición política de Siria liderada por los Hermanos Musulmanes contra los gobernantes laicos del Baath en la ciudad Hama. La conocida «Masacre de Hama» fue ejecutada entre el 2 de febrero y el 5 de marzo de 1982, cuando el ejército bajo las órdenes del presidente sirio Hafez al-Asad, ejecutó una política de arrasada contra esa ciudad, a fin de sofocar una revuelta antigubernamental de la comunidad suní.
Treinta años después, la guerra civil en Siria fue transformada en guerra religiosa yihadista tras las protestas antigubernamentales de 2011, que derivaron en enfrentamientos sangrientos con miles de víctimas en ambos bandos. El Consejo Nacional Sirio (SNC), con base en Estambul, incluía en 2011 a los principales grupos laicos y militares rebeldes opuestos a Bashar al-Assad además del brazo armado kurdo (Unidad de Protección Popular-YPG). Sin embargo, pronto la guerra civil viró hacia un conflicto religioso anti-Baath debido a que varios grupos islamistas, como el ex-Frente Al-Nusra y el Estado Islámico (EI) lograron gran protagonismo, lo que les posibilitó invadir vastas extensiones de Siria desde Irak.
Asimismo, la violencia religiosa Yihad de los Hermanos Musulmanes contra los invasores norteamericanos en Irak fue santificada en la fatwa emitida por el jeque Yusuf al-Qaradawi en 2004, sancionando como obligación religiosa de los musulmanes el secuestro y asesinato de ciudadanos estadounidenses en Irak.

Ahora bien: ¿cómo explicar la perversión durante la masacre ritual perpetrada por Hamás sin pensar en clave de guerra religiosa? Las atrocidades, violación y secuestro de ancianos, mujeres y niños, además de soldados y jóvenes no pueden ser comparables con aquella fatwa de secuestros y asesinatos individuales de ciudadanos norteamericanos. Y, obviamente, los terroristas no actuaron por influjo de la Sura II, aleya 190: «Combatid por Dios contra quienes combaten contra vosotros, pero no os excedáis, Dios no ama a los que se exceden». El grito de guerra «Alla-huAkbar» (‘Alá es el más grande’) estaba desprovisto, el 7/10, de todo carácter defensivo del Islam.
Me pregunto: ¿no ha llegado la hora de advertir, precisamente, que ese «exceso» de violencia ritual del 7/10 es la demostración palmaria de que el conflicto político y nacional con los palestinos ha sido convertido por Hamás, definitivamente, en una guerra religiosa? Pero, recíprocamente, preguntémonos también nosotros: ¿no será que ese hybris del Yihad se corresponde con la hybris religiosa de quienes en Israel vienen amenazando con expulsar a los musulmanes del Har Habait, tal como denuncia Olmert?
Durante la historia del conflicto violento entre ambos movimientos nacionales, el sionismo israelí pecó de hybris desde la guerra de la Independencia. Pero hoy la hybris religiosa de los fundamentalistas mesiánicos judíos resulta mucho más trágicamente imperdonable que la Naqba «laica» de 1948. Pronto los historiadores van a comparar en términos destructivos la hybris de Tzahal en Gaza 2023-24 con aquella de 1948-49 y descubrirán las enormes diferencias que existen entre ellas.
Sabemos que la hybris en la tragedia griega era no solo desmesura, orgullo, osadía: también prepotencia, soberbia despiadada, despotismo y ultraje. Estos custodios trágicos de la violencia griega parecen estar transfigurando lo que entre nosotros había empezado como guerra justa para castigar a los responsables de la masacre del 7/10. Calamitosamente, la hybris en la guerra justa de hoy se precipita cada vez más en venganza, sin otro límite que la «victoria absoluta», con reminiscencia de la ira bíblica absoluta del Jehová de los ejércitos.
Me pregunto cada vez que escucho las noticias de Gaza: ¿será que, sin proponérselo al comienzo, el gabinete de guerra también eligió el Argamedón como campo de batalla para librar la guerra de venganza? A cien días del inicio de la guerra, ya se informaba de diez mil niños muertos; el 85 % de la población gazatí había sido obligada a desplazarse en medio de una grave escasez de alimentos, agua potable y medicinas, mientras que el 60 % de la infraestructura del enclave había resultado dañada o destruida. Nada comparable a las secuelas de la primera Naqba, cuando Tzahal tuvo que defenderse de la invasión de siete países de la Liga Árabe y de los árabes palestinos.
Pero después de 1948 hubo una diferencia adicional, aún más importante, respecto de la situación anómica actual: después de la primera Naqba, el desenlace trágico de la guerra de Independencia provocó catarsis, y muchos creyeron posible una coexistencia pacífica reparadora entre israelíes y palestinos. En cambio, la soberbia del Creonte israelí de hoy está cegado por la interminable hybris de la venganza «hasta la victoria absoluta», librando la batalla en un apocalíptico Armagedón, con el designio de arrojar en los vertederos de la franja de Gaza los deshechos de la historia de la descolonización de ambos pueblos enfrentados.
En el escenario bélico de la advanced high tech de Jerusalén actual (no de la cultura trágica de Atenas), muy probablemente la guerra «hasta la victoria absoluta» conseguirá su búmeran: reinstalar la causa palestina y la resistencia armada contra el Estado judío también en la retórica y en la acción de las organizaciones del yihadismo global. Hasta ahora, tanto al-Qaeda como el Estado Islámico habían afrontado persistentes dificultades para ejecutar campañas continuadas de violencia en Israel. Desgraciadamente, quienes bregan por transformar el conflicto nacional árabe israelí en una guerra de religión judía-islámica irremisiblemente ayudan a las organizaciones yihadistas mundiales a resucitar el nacional islamismo del Hamás y, en vez de colaborar con su derrota militar y política, los fundamentalistas mesiánicos serán responsables de que la «judía entre las naciones» siga amenazada de muerte en Dar al-Islam: un delito tan imperdonable como traicionar la vocación pacifista del judaísmo.
Imagen de portada: Armagedón, obra de Joseph Paul Pettit, 1852.