NS: Se cumplieron más de 100 días del gobierno de Javier Milei: ¿qué lectura general tenés de lo que está pasando a nivel nacional?
JG: En principio hay un deterioro generalizado en la calidad de vida de la inmensa mayoría de los habitantes de la Argentina. Independientemente del segmento social en el que cada uno de nosotros nos encontremos, yo por lo menos no tengo contacto con nadie que esté mejor en estos 100 días. Y ese deterioro no es solamente sobre el poder adquisitivo, sino que viene con un altísimo nivel de incertidumbre, de disgusto, de un sabor amargo permanente. Además, tiene como cuestión novedosa una apariencia de alto consenso con la figura de Javier Milei: mas allá de que hay un vasto sector de la sociedad que está activo y repudiando las medidas que se están tomando, hay un componente de legitimidad que no sé si es solamente producto de la proximidad con las elecciones. Y, por otro lado, veo el desmantelamiento de la estructura del Estado Argentino; me da la sensación de que todavía no hemos vivido la magnitud de lo que significa en términos de vida cotidiana y de futuro. Creo que el ejemplo más fácil para interpretar esta idea es ver cómo se está deteriorando el sistema de universidades públicas, con una mirada de que no va a alcanzar el presupuesto más allá de mitad de año. Me parece que habla de lo que está pasando en todas y en cada una de las áreas del gobierno, también con lo que pasa hoy con la crisis en materia de salud y con la epidemia del dengue. Hay un Estado que se retira y que genera mayores niveles de problemas a la gente, pero además con un gobierno que festeja eso. Eso es una novedad total, por lo menos para la gente de nuestra generación.
NS: En este escenario que combina la degradación social con cierto grado de legitimidad del Gobierno para sus medidas: ¿crees que va a escalar la presencia policial de modo represivo?

JG: Yo creo que sí, desde ya, pero no pienso que vaya a escalar, yo creo que el Gobierno inició un proceso de gestión considerando que las fuerzas de seguridad estaban. Que eran un elemento de la disputa política. Es decir, cuando el ministerio de Seguridad de la Nación establece el protocolo para las manifestaciones públicas, cuando en la Ley Ómnibus las modificaciones que se hacen están todas orientadas a temas del orden público, y ninguna en términos de seguridad, hay un tema de legitimidad de cambio de reglas de juego para el uso de las fuerzas. Cuando todo eso además tiene un componente que es que la calle no puede ser ocupada por manifestantes como la regla principal, que gatilla la cláusula del uso de la fuerza de la policía, evidentemente el Gobierno prevé ese conflicto, y lo sale a jugar desde el primer día cuando se empezó a discutir la Ley Ómnibus en el Congreso. Es decir, en mi opinión, el Gobierno usa políticamente a las fuerzas de seguridad para ganar la calle, y no está dispuesto a que la conflictividad social le quite ninguna legitimidad; incluso está más preparado para el escenario de conflictividad que las propias organizaciones sindicales y sociales.
Uno ve lo que pasó con los despidos de organismos públicos, que son las fuerzas de seguridad las que los garantizaron, decidiendo quién entra y quién no ante cualquier manifestación; no los funcionarios políticos. Pasó lo mismo en el Congreso, cuando en una manifestación de docentes y jubilados, dos diputados fueron agredidos con un gas que les quemó la cara y el cuello (Juan Marino y Lorena Pokoik). Yo creo que el Gobierno está muy preparado para ganar la calle, tienen la idea de ganar la calle como una política, pero no lo hacen mediante el respaldo de la movilización popular, sino por medio del uso de la burocracia policial.
NS: En este escenario que vos relatás, en su momento -cuando estuviste al frente de la Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA)- pusiste sobre la mesa el tema de la portación de armas fuera del horario del servicio, ¿Te parece que este escenario, con las fuerzas de seguridad portando armas fuera del horario de servicio, puede derivar en un aumento de la conflictividad?
JG: Es un elemento más, esa era una característica que tenía la PSA y ni siquiera venia de su creación, sino que tiene un antecedente con la Policía Aeronáutica Nacional. Pero la realidad es que la mayoría de las fuerzas de seguridad siempre portaron sus armas fuera del horario del servicio, y seguramente puede ser una variable que agrave una situación de mal uso de las armas de fuego, no solamente de abuso policial, sino de una mala respuesta ante agresiones que puedan recibir los policías fuera de su horario de servicio. Pero no sé si va a ser determinante, me parece que el Gobierno está planteando un escenario que imagina una sociedad donde el uso de armas es más extendido de lo que es ahora, y creo que, a mi juicio, pone más en riesgo a la población civil y de los agentes policiales, es parte de una mirada. Incluso tanto Milei como Bullrich han tenido manifestaciones en más de una oportunidad a favor de que los civiles utilicemos armas de fuego para defendernos; con lo cual, si ambos tienen en su poder la capacidad de decidir sobre este tipo de cosas, sin lugar a dudas, la Argentina de Milei es una Argentina que prevee un futuro más violento en la calle.
NS: Más allá de la actividad política pública, vos tenés un recorrido en el ámbito de la comunidad judía. ¿Qué lectura haces de toda la polémica que gira en torno a la relación de Milei con lo judío, incluyendo su promocionada visita a Israel en un contexto de creciente antisemitismo? ¿Te parece que hay una relación entre ambas cuestiones o van por caminos distintos?
JG: Me parece que, en principio, hay una cuestión de convicción y de fe por parte del presidente en su relación con el judaísmo que yo lo noto algo genuino, desde la perspectiva de su propia subjetividad. Desde la responsabilidad institucional del presidente creo que se están cometiendo errores producto de que esas convicciones de fe se convierten en relaciones de Estado, tanto con Israel como con la comunidad judía en su conjunto, de Argentina y del mundo. Es decir, yo creo que es malo para la Argentina y para los judíos lo que está sucediendo en relación a cómo aparece la temática judía en Milei como presidente y como persona.

A su vez, me parece que -por diversos motivos y principalmente por lo que está ocurriendo en este momento en Israel, en Gaza y en toda la región- hay una inercia de crecimiento del antisemitismo a escala global; pero que las relaciones políticas de la Argentina e Israel están en su mejor momento, no por Milei sino porque ya, a ocho años del capítulo Memorándum con Irán y la muerte de Nisman, apareció un capítulo de relaciones pragmáticas y productivas en Argentina -tanto en el gobierno de Macri como en el Alberto Fernández- que fueron muy positivas, y tengo la percepción de que la Argentina tiene una mirada sobre Israel que es bastante mejor que la que tienen muchísimos otros países, no solamente de la región sino del mundo. Sí, creo que es peligrosa esta asociación que hay entre el presidente Milei, los judíos e Israel, por diversos motivos, y no tengo ninguna duda de que es un componente que puede potenciar cualquier brote antisemita que exista en nuestro país. Sobre todo, si además sus políticas no tienen éxito, que es algo que yo preveo. Considero que las políticas de Milei no van a ser bien recibidas en el mediano y largo plazo, porque el deterioro en la calidad de vida va a ser muy notorio y porque probablemente el apoyo que hoy tiene Milei estará -por lo menos- en discusión. Si se asocia al fracaso de Milei a su identificación como judío, puede generar más antisemitismo.