Pesaj, Milei, la libertad y la «libertadora»

La enseñanza que nos brinda el Pesaj es que un pueblo no puede ser libre si no se encuentra espiritualmente liberado de las cadenas que lo atan. Quizá, la resignificación más potente de este relato sobre la libertad ocurrió en un momento en el que el pueblo judío también se encontraba esclavo y tomó la decisión de dar pelea: durante el levantamiento armado del gueto de Varsovia. Por estos días, una nueva fuerza política gobierna los destinos del país y curiosamente se hace llamar “La Libertad Avanza”. Sin embargo, en nombre de esa “libertad” que dicen encarnar sus políticas oprimen y encadenan a la sociedad cada vez más.
Por Maximiliano Borches

Sin dudas fascinante en toda la extensión de su relato, la mayor enseñanza que propone la celebración de Pesaj, no es solo el soberano camino de un pueblo a su libertad comandado nada más y nada menos que por Dios y su mítico lugarteniente Moisés. La enseñanza que brinda, es que un pueblo no puede ser libre si no se encuentra espiritualmente liberado de las cadenas que lo atan. De ahí el soberbio castigo divino sobre el pueblo judío a las puertas de la “Tierra Prometida”, que terminó condenado a vagar cuarenta años en el desierto por no haber cumplido las órdenes de su conducción estratégica (Dios), y luego de haber creado el “Becerro de Oro” como una especie de señal de protesta convertida en adoración pagana que desató la ira divina.

En todo este entrevero, tuvo que nacer una nueva generación para que se despoje de sus lazos con la esclavitud y, recién ahí, el pueblo judío pudiera ingresar a la tierra de la leche y miel, y continuar con un sinfín de aventuras, pero con su libertad garantizada. Algo que no es poco.

La simbología en todo este relato es fabulosa. Cada uno de los giros literarios que plantea representa en sí mismo una historia paralela, que no solo termina siendo una alegoría de las luchas internas de las personas y su entorno. Sintetiza en parte los vaivenes de la condición humana. Su lucha incansable por la libertad. La desconfianza y las internas que se dan en todo proceso colectivo. La impaciencia por no lograr, en los tiempos que a veces uno supone o desea, aquellas conquistas por las que nos sentimos convocados; y ya sea por enojo, hartazgo, desazón, como también por multiplicados individualismos, terminamos frenando procesos cuyo horizonte abarca a las mayorías, y damos paso a acciones (como la que simbólicamente representa el “Becerro de Oro”), que solo traen una serie de trágicos retrocesos y benefician a unos pocos que terminan convirtiendo al futuro en amenaza, en lugar de concebirlo como promesa de esperanza.

Quizá, la resignificación más potente de este maravilloso relato sobre la libertad ocurrió en otro momento de la historia (contemporánea en este caso), en que el pueblo judío también se encontraba esclavo y tomó la decisión de dar pelea: durante el levantamiento armado del gueto de Varsovia.

Pesaj de 1943: comienza la rebelión por la libertad

Aquel 19 de abril de 1943 (o 15 de Nisán en el calendario hebreo, coincidentemente la fecha que comienza la celebración de Pesaj), las tropas nazis intentaron llevar a cabo el aniquilamiento del gueto de Varsovia, un espacio reducido donde vivían hacinadas unas 400 mil personas. Las calles estaban desiertas y, según relatos de sobrevivientes, el ruido de los motores de camiones y tanques contrastaban con el fantasmagórico escenario. La gran mayoría de los judíos estaban escondidos bajo tierra, en alcantarillas y en los más de 700 búnkeres que la resistencia partisana judía había construido sigilosamente durante varios meses, esperando esa noche.

A una señal del comandante a cargo de la resistencia partisana judía, Mordejai Anielewicz (un joven dirigente perteneciente al movimiento juvenil-sionista-socialista “Hashomer Hatzair”), una rápida lluvia de balas cayó como una de las siete plagas que narra el mito de Pesaj sobre los verdugos de las SS y tropas del Ejército alemán. Comenzaba una de las rebeliones más épicas del siglo XX, y una más de la larga historia de rebeliones del pueblo judío.

El comandante de las SS nazi a cargo de la operación, Jürgen Stroop, informó sobre la pérdida de doce de sus hombres sólo en la primera noche de combates. A partir de allí, y a pesar de los constantes ataques con pesadas piezas de artillería, los jóvenes partisanos judíos del gueto de Varsovia resistieron a uno de los ejércitos mejor armados del planeta de aquellos años.

El 8 de mayo, Mordejai Anielewicz cae en combate junto a varios de sus compañeros. La rebelión, sin embargo, duró ocho días más.

Al finalizar los 27 días de resistencia, el saldo fue de 13.000 partisanos judíos caídos en combate, más de 56 mil judíos capturados por las tropas nazis, de los cuales en los primeros días unos 37 mil fueron deportados al campo de exterminio de Treblinka, y de los 400 mil judíos que originalmente fueron encerrados en el gueto de Varsovia, sólo sobrevivieron entre 10 y 15 mil.

La libertad de restringir derechos

Así como el término “Libertad” engloba a uno de los mayores valores de la humanidad, su utilización también puede ser nefasta. En nuestro país, en nombre de la “Libertad”; el 16 de junio de 1955 aviones de la Armada Argentina junto a unos muy pocos de la Fuerza Aérea en cuyos fuselajes llevaban pintado un extraño símbolo: una cruz sobre una “V” que significaba “Cristo Vence”, bombardearon Plaza de Mayo, sus adyacencias y otros puntos de la ciudad, puntualmente en el barrio de Recoleta, donde hoy se encuentra la Biblioteca Nacional, pero que en esos años se encontraba la Quinta Presidencial. El objetivo de este crimen era asesinar al presidente Juan Domingo Perón. El resultado, más de cuatrocientos argentinos muertos, entre ellos varios niños con sus guardapolvos blancos de escuela pública que casualmente habían ido ese mediodía a la Plaza de Mayo con su escuela, ya que corría el rumor de que habría un “desfile aéreo”. Un trágico eufemismo que terminó cargado de muerte y destrucción, que escribió una de las páginas más oscuras de la historia nacional reciente.

Finalmente, el 16 de septiembre de ese mismo año se produjo el golpe cívico-militar-eclesiástico que derrocó al gobierno constitucional de Juan Perón. La acción antidemocrática que dio paso a años de persecución, fusilamientos y la proscripción durante casi dieciocho años de la principal fuerza política de la Argentina, llevó el nombre de “Revolución Libertadora”.

Por estos días, una nueva fuerza política gobierna los destinos del país y curiosamente se hace llamar “La Libertad Avanza”. Si bien el contexto es absolutamente distinto al narrado en el párrafo de arriba, esta fuerza encabezada por Javier Milei (quien sueña desesperadamente con ser judío, generándole a la vez un problema cada vez mayor a quienes lo son en la Argentina), constituye un gobierno democrático que fue votado por la mayoría de las y los argentinos en elecciones libres y transparentes que nadie objeta.

Sin embargo, en nombre de esa “libertad” que dicen encarnar, unos cincuenta mil argentinos ya perdieron sus trabajos tanto en el ámbito público como privado desde fines de diciembre pasado hasta ahora (en solo cuatro meses). Se les puso techo a las negociaciones paritarias, el consumo se restringió notablemente por las políticas económicas de apertura total del mercado, cada vez más pymes cierran por la apertura cada vez más indiscriminada de importaciones, y muchas más lo harán por los tarifazos de agua, luz y gras que ya comenzaron a aplicarse, quitaron el cupo femenino y cerraron los ministerio de Trabajo, Cultura, Educación, Ciencia y Tecnología, Turismo, Ganadería y Pesca, y el de la Mujer, Géneros y Diversidades; convirtiéndolos en el mejor de los casos en simples secretarías

Y como si esto no bastara, se lleva a cabo una ofensiva pocas veces vista contra la cultura nacional (cine, teatro, concursos de danzas, literarios, orquestas, becas), y ahora tienen en la mira a tres de los pilares de la Argentina: la Ciencia, Tecnología e investigación científica en general, el plan de desarrollo nuclear con fines pacíficos y pionero en toda la región, y las universidades públicas de todo el país, a las que desfinancian para terminar privatizándolas.

Con la infamia del “Mercado Libre”, pretenden transparentar sus negocios, el de los principales grupos económicos locales y extranjeros y los fondos Buitre. En una de sus máximas, el pensador nacional Arturo Jauretche decía: “La economía moderna es dirigida. O la dirige el Estado o la dirigen los poderes económicos. Estamos en un mundo económicamente organizado por medidas políticas, y el que no organiza su economía políticamente es una víctima. El cuento de la división internacional del trabajo, con el de la libertad de comercio, que es su ejecución, es pues una de las tantas formulaciones doctrinarias destinadas a impedir que organicemos sobre los hechos nuestra propia doctrina económica”.

Todas estas políticas, realizadas en nombre de “la libertad” y la “novedad política”, no solo desnaturalizan este concepto, que hoy volvemos a poner en valor con la celebración de Pesaj, sino que conducen al país a la conformación de una oligarquía (que significa “poco” o “escaso” para los antiguos griegos), cuyo objetivo central es otorgar el poder supremo a manos de pocas personas, retrotrayendo a la Argentina a la lógica económica y social de la década infame del pasado siglo XX.

Imagen de portada: La adoración del becerro de oro. Óleo de Nicolás Poussin, 1634.