Respuesta al libro sobre Gaza (“escrito con rabia”) de Enzo Traverso

Por primera vez me decepciona un libro del ecuánime y reflexivo historiador que escribió “Melancolía de izquierda” y “Las nuevas caras de la derecha”.
Por Leonardo Senkman, desde Jerusalén

Enzo Traverso confiesa en una entrevista que su libro reciente, Gaza ante la historia, (Akal, 2024) fue escrito con el deseo de “tomar distancia crítica y de no quedarse simplemente aplastados por la dimensión emocional de lo que está ocurriendo. La distancia crítica permite mirar en perspectiva histórica”.

Pero el gran historiador intelectual reconoce: “no puedo negar que es un escrito lleno de sentimientos de rabia devenida en una contribución al debate actual” (Sara González “Enzo Traverso, historiador: Alemania está siendo cómplice de un genocidio en Gaza”, El País, 2/7/24).

Ahora bien: sentimientos emocionales de rabia, de furia, de venganza y odio criminal no han sido ignorados por el sensible autor de A sangre y fuego: De la Guerra Civil europea, 1914-1945. Tampoco los evita en su último libro sobre Gaza. Pero pese que procura tomar distancia critica a fin de analizar el “atroz atentado del 7 de octubre, y no solo condenarlo”, evita reunir todas las herramientas críticas de la investigación histórica, tal como recomienda en la misma entrevista. Una lectura no ideológica del libro muy pronto revela un Traverso que consiente mucho más en sus reacciones pasionales de la narrativa pos colonial sobre cómo concluirá la última guerra palestina, que en dar cuenta del proceso histórico que la inició.

Traverso dice que escribió su libro “con rabia para contribución al debate actual”; pero su pulsión pasional es un problemático preanuncio de próximas memorias y narraciones sobre la atroz guerra en Gaza: se escribirán macro relatos para contar cómo ella finalizó, o cómo su trágico desenlace se gestiona desde el Sur Global; lamentablemente un borroso cono de sombra seguirá velando el entramado geopolítico para la comprensión del estallido de una guerra sagrada (Jihad) lanzada por el Hamas. En definitiva, más importante que entender el conflicto en clave histórica, el libro de Traverso nos propone leer Gaza ante la historia también como otro macro relato para la construcción de una narrativa histórica poscolonial del Sur Global. Lamentablemente, la tragedia de los gazatíes ya fue transfigurada en el reciente icono en las narrativas de históricos conflictos militares que han reconfigurado sociedades con población civil diezmada por crímenes de guerra, desplazamientos forzados, limpieza étnica, devastación de infraestructura urbana y ejecuciones sumarias (Javier Rodrigo, “Furia e historia. Una aproximación a los relatos de las guerras civiles europeas (1919-49)”, Amnis [En línea], 2015, URL: http://journals.openedition.org/amnis/2295).

La narrativa de la guerra en Gaza -aun antes que acabe-  se escribe con sangrientos estereotipos y antinomias reduccionistas del conflicto Israel-Palestina.

Veamos los usos emocionales y políticos del pasado de la Shoah en Israel y los del Hamas en Gaza, cada uno empalmando su propio macro relato del 7/10 y de la guerra interminable, cuyo warfare funge de potente generador mnemónico de un conflicto esencialmente nacional que se prefiere olvidar.

En Israel, el traumático asalto genocida impulsó a la coalición populista de ultra derecha mesiánica liderada por Netanyahu a invocar el pasado de la Shoah para canonizar el 7/10 como su última efeméride; desde entonces, la metáfora discursiva del 7/10 se llama en todo el mundo “la masacre más sangrienta perpetrada desde la Shoah”.

Hamas planeó meticulosamente la masacre genocida calculando su efecto catártico: por primera vez dentro de Israel, palestinos asaltaban con éxito bases militares y diezmaban población civil y, por primera vez, asaltos de irredentistas de Guerra Santa lograron apoderarse durante dos días del sur de Israel. Nunca el terrorismo palestino laico nacionalista de organizaciones afiliadas a la OLP había conseguido lanzar un ataque militar y terrorista semejante al asalto del Hamas.

La Jihad no solo osó mostrar la capacidad de Hamas de fungir como Movimiento de Resistencia Islámico (acróstico de su nombre en árabe); también fungió como ejército de milicianos sanguinarios para ejecutar una misión sagrada: vengar la amenaza sionista de profanar la mezquita Masyid al-Aqsa al-Ḥaram ash-Sharīf, (“El noble santuario»); erigida en el Monte del Templo de Jerusalén.

Pero si Hamas ejecutó la masacre del 7/10 (bautizada Diluvio al-Aqsa) invocando la sacralidad de la mezquita al Haram ash-Sharif (referencia al capítulo del Corán llamado “El Viaje nocturno” de Mahoma), indudablemente la organización terrorista fundamentalista también supuso que iba a provocar una atroz reacción de venganza israelí, fantaseada como una segunda Naqba.

En efecto, a diferencia de la primera en 1948, para la segunda Naqba en 2023-24, los líderes del Hamas plausiblemente imaginaban que  los miles de muertos civiles y la devastación total de la Franja, provocaría unánime condena internacional de genocidio, acusación de la que  habría sido  eximida Israel en la primera Naqba, entonces limitada solo a la limpieza étnica en aldeas y ciudades palestinas.

Innegablemente, el imaginario irredentista de inmolación-genocidio en la guerra santa del Jihad lanzado por Hamas debería haber ocupado la reflexión crítica en el libro del historiador Traverso. 

Asimismo, hubiera debido reflexionar también sobre el uso político y militar israelí del pasado judío a fin de justificar su guerra de venganza atroz; una guerra ejecutada en dos temporalidades diferentes: la primera, en la guerra presente para vengar el ataque genocida del 7/10/23, cuya crueldad desagraviaría simbólicamente la memoria judía de la Shoah; la segunda invoca una violencia de guerra mesiánica capaz de legitimar en la post guerra un nuevo advenimiento que Israel instauró con la guerra de venganza de Tzahal en Gaza. A diferencia de otras guerras lanzadas por Israel con estrategias políticas para negociar acuerdos que facilitaron su conclusión, ahora Netanyahu se niega a parar la guerra a la que llama Guerra Tekuma, una suerte de guerra de Renacimiento, que fantasea lograr únicamente mediante la victoria total.

Después de boicotear los acuerdos de Oslo I y II firmados por el laborismo con la Autoridad Palestina -base para negociar la creación de un Estado palestino- el designio del líder de la coalición de ultra derecha mesiánica es aprovechar ahora la guerra de venganza no solo para liquidar militarmente al Hamas, sino también para terminar por completo con la causa palestina. La guerra Tekuma procura liquidar a los palestinos de Gaza, pero también a los de Ramallah: la expansión violenta de asentamientos judíos en la Cisjordania se prolonga en el designio de asentar colonos judíos después de la limpieza étnica en el norte de la Franja de Gaza. Varias voces importantes del espectro político de centro izquierda han comenzado el último mes a denunciar este proyecto gubernamental: desde Eran Etzion, ex director adjunto del Consejo de Seguridad Nacional de Israel, hasta el investigador Tomer Persico, hicieron un abierto llamado a soldados y reservistas para que desobedezcan las órdenes de limpieza étnica. Asimismo, destacados jurisconsultos firmaron una carta pública que denuncia la expulsión y ataques de Tzahal a gazatíes civiles (Iael Varda y Miron Rapaport, “Frente del rechazo a la limpieza étnica”, Haaretz, 17/11/24).

Impacto del número de víctimas, el 7/10 en perspectiva comparada

Pese a reconocer “la atroz masacre”, Traverso se desentiende de la dimensión cuantitativa comparada de las víctimas israelíes del 7/10 respecto a víctimas civiles del terrorismo en otras guerras de liberación. A fin de comprender el shock del 7/10/23 (1.200-1.400 masacrados y 251 israelíes secuestrados solo en un día), ayuda confrontar cifras de víctimas civiles caídas en luchas de liberación nacional en el Tercer Mundo; recíprocamente, la comparación ayuda también a juzgar la índole vengativa de la respuesta de Tzahal.

Durante los 8 años de guerra con Argelia (1954-62) las autoridades militares francesas calcularon sus pérdidas en cerca de 18.000 muertos (6.000 no combatientes) y 65.000 heridos. Las bajas de civiles europeos sobrepasaron los 10.000 (incluyendo 3.000 muertos) durante los 42.000 ataques terroristas registrados en esos años.

Las fuerzas de seguridad francesas dieron muerte a 141.000 combatientes rebeldes, además de 12.000 argelinos muertos en purgas internas del FLN durante la guerra. Otras 5.000 muertes se registraron en las “guerras de los Cafés” en Francia, entre el FLN y los grupos rivales argelinos. Asimismo, fuentes francesas estimaron que hubo 70.000 civiles musulmanes asesinados o secuestrados, y presumidamente asesinados, por el FL N en Argelia (Teniente Coronel Philippe François, Infantería de Marina Francesa, «Contrainsurgencia en Argelia. Un punto de vista francés». Military Review, Enero-Febrero 2009).

Traverso debería haber encontrado oportuno reflexionar en su libro sobre el uso de la violencia revolucionaria del FLN, recordando al conocido intelectual revolucionario paquistaní Eqbal Ahmad, quien siempre apoyaba la causa palestina, pero criticaba acerbamente el terrorismo indiscriminado de la OLP: “Después de ver lo que vi en Argelia -dijo Eqbal Ahmad en una entrevista- no podía idealizar la lucha armada”. No sólo el número de víctimas civiles entre los argelinos fue muy alto, señaló, sino que, de hecho, “los argelinos perdieron la guerra militarmente”. La liberación del colonialismo francés no se produjo por la campaña armada en sí, sino por las movilizaciones políticas que generaron un creciente consenso mundial de que Francia debía retirarse para que Argelia logre su independencia. “Tuvieron éxito en aislar moralmente a Francia. Por lo tanto, la tarea principal de la lucha revolucionaria es lograr el aislamiento moral del adversario ante sus propios ojos y ante los ojos del mundo”. Las campañas de violencia podían ser devastadoras, advertía Ahmad, no sólo para los opresores coloniales sino también para los oprimidos; y no únicamente por las represalias de las que eran capaces los colonialistas; también por la posibilidad de que la violencia movilizada contra el colonialismo pudiera dirigirse después contra sectores de la población civil colonizada. Al mismo tiempo, Ahmad pensaba que hay circunstancias en las que la lucha armada era necesaria. Pero lo que importa es que no sea indiscriminada en la elección de sus víctimas y apunte a ampliar el apoyo político en lugar de alienar a aliados potenciales (Barsamian, D. “Tribute and interview: Eqbal Ahmad”. Massachusetts Review, 41(4): 452-454, 1993).

Eqbal Ahmad fue uno de los pocos intelectuales revolucionarios del Tercer Mundo que habría influido sobre Arafat para que en 1988 reconociera al Estado de Israel y abandone el terrorismo. Ahmad, un verdadero amigo de los palestinos, también fue de los críticos más duros de la Autoridad Palestina y sus fracasos, en particular sus inconsistencias ideológicas. “La incapacidad de comprender la ideología”, como escribe Eqbal, «también conduce al fracaso intelectual y organizativo”. Recuerda Arun Kunduari: “Para Eqbal, Palestina debe tener lo que Edward Said llama disciplina de detalles: cuán profundamente se conoce al enemigo, sus fortalezas y sus vulnerabilidades” (Arun Kunduari, “Eqbal Ahmad and the liberation of Palestine”. TNI, 50 years, https://www.tni.org/en/article/out-organise-the-enemy).

Si hubiera vivido, Ahmad habría condenado no solo moralmente la masacre del Hamas; además, desde su visión política revolucionaria criticaría a los intelectuales del Sur Global por subestimar totalmente el pánico de los israelíes hijos y nietos de sobrevivientes del Holocausto. Vulnerabilidad en quienes las heridas familiares no cicatrizadas conducen a que la vindicta permanentemente obnubile a la política con la victimización, porque toda guerra de venganza implacablemente secuestra toda estrategia política. Recordando la advertencia de Eqbal, en una reciente entrevista el historiador palestino Rashid Kalidi, reafirma que a diferencia de la violencia del FLN argelino, el uso exclusivo palestino de la violencia exacerba el sentimiento israelí de víctima y solo fortalece a la cohesión interna de su sociedad. ”Los  pieds noirs franceses en Argelia tenían adonde regresar después de la descolonización, y no sufrían de ese  miedo persecutorio hereditario de los israelíes; el pánico colonial francés era totalmente diferente al trauma hereditario actualizado toda vez que los israelíes sufrían el terrorismo palestino». Kalidi recuerda que Eqbal Ahmad creía que, debido a la idiosincrasia de la historia judía, “la estrategia de violencia indiscriminada palestina resulta perjudicial desde una perspectiva política” (Suplemento Haaretz. 22/11/24. Entrevista de  Iti Meshiaj. “Israel construyó para sí misma un escenario de terror”).

Ahora bien, el número de más de 38.000 bajas civiles en Afganistán, según la ONU, durante veinte años de guerra (2001-2021) es incomparablemente menor al saldo letal de más de 40.000 muertos apenas en un año de guerra en Gaza, en particular niños, mujeres y ancianos (Danilo Albin, Público, Bilbao.20/8/21). Sin embargo, la Misión de Asistencia de la ONU en Afganistán estima que en todo el año 2020, los combatientes del movimiento talibán perpetraron más de 1.300 crímenes, casi equivalente al saldo letal que provocó Hamas en un solo día el 7/10.

Asimismo, es significativo que organizaciones internacionales que supervisan las normas relativas a la conducción de las hostilidades en guerras y conflictos étnicos que afectan a civiles, decidieron no intervenir durante la guerra de Afganistán, en contraste a la intervención del Tribunal Internacional de La Haya durante la guerra Israel-Hamas.

Agnès Callamard, secretaria general de Amnistía Internacional, concluía su informe crítico exigiendo que “La Corte Penal Internacional debe anular su errónea decisión de restar prioridad a las investigaciones sobre operaciones militares estadounidenses y afganas, y debe seguir los indicios sobre todos los posibles crímenes de guerra, sin importar a dónde le conduzcan” (https://www.amnesty.org/es/latest/news/2021/12/afghanistan-government-collapse-marked-by-rep).

La Cruz Roja Internacional también consideraba innecesario reformular algunas normas del derecho humanitario internacional en la primera fase de la guerra en Afganistán. Sin embargo, lamentaba que no haya habido iniciativas durante la segunda fase (Robin Geiss y Michael Siegrist, “¿El conflicto armado en Afganistán ha afectado las normas relativas a la conducción de las hostilidades?”, Marzo de 2011, N.º 881, International Review of the Red Cross).

Durante los últimos años, el aumento de guerras civiles e internacionales ha obligado a la ONU a recordar las diferencias entre crímenes atroces y personas protegidas en virtud del derecho internacional humanitario. En consecuencia, decidió elucidar un marco de análisis para “víctimas de crímenes atroces”, partiendo del supuesto de que los actos de genocidio, crímenes de lesa humanidad y crímenes de guerra, son diferentes delitos (Marco de análisis para crímenes atroces, https://www.un.org/es/preventgenocide/adviser/pdf/Framework%20of%20Analysis%20for%20Atrocity%20Crimes_SP.pdf).

El genocidio, según el derecho internacional, es un crimen cometido contra miembros de un grupo nacional, étnico, racial o religioso. Aunque las víctimas de los crímenes son personas, ellas son atacadas por su pertenencia, real o percibida, a uno de estos grupos.

Los crímenes de lesa humanidad engloban los actos que forman parte de un ataque generalizado o sistemático contra una población civil. Aunque no civiles puedan ser víctimas del ataque, para que un acto se considere crimen de lesa humanidad, el objetivo último del ataque debe ser la población civil.

Los crímenes de guerra son perpetrados contra una diversidad de víctimas, sean o no combatientes. En los conflictos armados internacionales, las víctimas son las personas protegidas específicamente por los cuatro Convenios de Ginebra de 1949: 1) los heridos y los enfermos de las fuerzas armadas en campaña; 2) los heridos, los enfermos y los náufragos de las fuerzas armadas en el mar; 3) los prisioneros de guerra; y 4) las personas civiles. También se incluyen las personas protegidas por el Protocolo Adicional I de 1977. En el caso de los conflictos armados no internacionales, el artículo 3, común a los cuatro Convenios de Ginebra de 1949, reconoce protección a las “personas que no participen directamente en las hostilidades, incluidos los miembros de las fuerzas armadas que hayan depuesto las armas y las personas puestas fuera de combate por enfermedad, herida, detención o por cualquier otra causa. También se incluyen las personas protegidas por el Protocolo Adicional II de 1977. La protección en virtud del derecho internacional humanitario en ambos tipos de conflicto abarca al personal médico y religioso, los trabajadores humanitarios y el personal de defensa civil» (Marco de análisis para crímenes atroces, op.cit).

Ahora bien, Alerta Internacional, anuario que analiza el estado del mundo en términos de conflictividad y construcción de paz, ofrece un resumen totalmente decepcionante sobre la eficacia de los acuerdos de paz negociados por beligerantes que perpetraron crímenes de guerra y genocidios.

Desde aproximadamente el año 2012, el número de guerras ha ido creciendo, después de una disminución en la década de 1990 y principios de la década de 2000. Donde han terminado las hostilidades, la calma se debe menos a negociaciones que a victorias en el campo de batalla. En Afganistán, los talibanes tomaron el poder mientras las tropas estadounidenses se retiraban, sin negociar con los rivales afganos. El primer ministro etíope, Abiy Ahmed, llegó a un acuerdo a finales de 2022 con líderes rebeldes, acuerdo que puso fin a la guerra en Tigray, pero fue más una consolidación de la victoria de Abiy que un acuerdo sobre el futuro de la región. El año pasado, Azerbaiyán recuperó el control de Nagorno-Karabaj; su ofensiva en septiembre finalizó lo que la guerra de 2020 comenzó, poniendo fin a un enfrentamiento de 30 años sobre el enclave y forzando un éxodo de armenios.

Las guerras en Libia, Siria y Yemen también se han apagado, pero sin un acuerdo duradero entre las partes o incluso, en Libia y Siria, una vía política que merezca ser llamada así. De hecho, en realidad, las partes beligerantes están esperando una oportunidad para apoderarse de más tierras o poder.

No es ninguna novedad que las partes beligerantes quieran vencer a sus rivales. Sin embargo, en la década de 1990, una serie de acuerdos pusieron fin a conflictos armados en lugares como Camboya, Bosnia, Mozambique y Liberia. Estos acuerdos eran imperfectos y a menudo implicaban concesiones desagradables. Un período marcado por el genocidio en Ruanda y la violencia en los Balcanes difícilmente puede ser romantizado como la era dorada de la construcción de paz. Aun así, la sucesión de acuerdos parecía señalar un futuro en el cual una política más tranquila después de la Guerra Fría daba mayor lugar para la diplomacia.  Desgraciadamente, durante la última década, este tipo de acuerdos han sido escasos y poco frecuentes (¡Alerta 2024! “Informe sobre conflictos, derechos humanos y construcción de paz”, Informing  humanitarians worldwide 24/7, a service provided by UN OCHA).

¿Genocidio o crímenes de guerra?

Significativamente, en los ejemplos citados de las guerras de Argelia y Afganistán, los crímenes de guerra no fueron tipificados de genocidio, contrariamente a la tipificación de crímenes de guerra de Israel en Gaza.

Muy diferente, la acusación a Israel de genocidio por los medios y por algunos historiadores, está motivada más por condenas políticas basadas en macro relatos que por la historia de la violencia de ambos acérrimos enemigos, Hamas e Israel.

Traverso reconoce en su libro que la aplicación del concepto jurídico de genocidio a las Ciencias Sociales plantea muchos problemas porque “fue forjado durante el Holocausto y tiene el objetivo de distinguir entre el verdugo y la víctima”. Más aun, Traverso resalta que esta distinción es fundamental, e inmediatamente agrega una conjunción adversativa: “(pero) se supone que un historiador no se limita a distinguir eso y analiza el contexto, las causas, el papel de otros actores, partiendo de la constatación de que esos roles no son fijos porque no hay una definición ontológica de la culpa y de la victimización”.

Pues bien: si los roles de víctima y victimario no son fijos para el análisis histórico, es menester reconocer que Israel, pese a ser la parte más poderosa en la actual guerra, también puede ser analizado históricamente en la posición ambigua y simultánea de víctima y victimario, pero contextualizando y analizando el rol de otros actores. Sin embargo, la representación de Israel en la estereotipada historiografía del conflicto con los palestinos continúa reflejándose en una definición ontológica de culpa exclusiva por haber provocado la primera Naqba.

No obstante, si analizamos históricamente el conflicto entre ambos movimientos nacionales (y nos alejamos del macro-relato), dejaremos de estaquear a Israel en el cepo de los reos de la historia contemporánea para que purgue su pecado original de ser culpable por haber nacido como un Estado nación.

El macro relato histórico sobre la primera Naqba subestimaba la guerra impuesta en 1948 por los países árabes que invadieron el recién nacido Estado judío; ahora no sorprende que la segunda Naqba provocada por Hamas sea sustituída en el libro de Traverso por un genocidio, borrando la naturaleza de Guerra Santa del Hamas el 7/10.  Una borradura que había empezado mucho antes. Hamas comenzó a lanzar ataques contra la población civil del sur de Israel desde que expulsó a la OLP del gobierno de Unidad Nacional en Gaza, luego de ganar las elecciones en 2007. Cinco intentos de Jihad precedieron el último ataque que culminó en la masacre del 7/10. Mientras Fatah trató de mantener las políticas de la Autoridad Palestina (AP) dentro de los límites de los Acuerdos de Oslo, Hamas trabajaba en los escasos meses de Unidad Nacional para socavarlas, con especial énfasis boicoteando la cooperación entre israelíes y palestinos en materia de seguridad. El control de la gobernanza en Gaza planteó a Hamas una dura disyuntiva: continuar actos de violencia contra Israel, sabiendo que ello implicaría el riesgo de represalias sangrientas, o centrarse en atender las necesidades y la seguridad de los gazatíes en la Franja. En los primeros meses, tras la toma del poder en 2007, la violencia de Hamas se desaceleró mientras consolidaba su control de las instituciones gubernamentales; pero en diciembre de 2008 inició la primera de la serie de guerras irredentistas con cohetes contra la población civil del Neguev. Desde entonces, el bloqueo terrestre, aéreo y marítimo sobre Gaza impuesto por Israel en 2007 fue mucho más hermético, a pesar de los pedidos de Naciones Unidas y de ONG de derechos humanos. El bloqueo ha tenido un efecto devastador sobre los civiles palestinos que enfrentan crueles restricciones de movimiento. En 2015, después de tres rondas de guerras con cohetes, algunos todavía pensaban que Hamas daría prioridad a los esfuerzos de reconciliación política con Fatah, pero fracasaron porque Hamas se negó a entregar las armas a la Autoridad Palestina, y a cumplir los compromisos del proceso de paz. Todo analista de la violencia Hamas-Israel no puede prescindir -tampoco Traverso- de tomar en consideración la gravedad de la escisión intra palestina entre la organización Jihadista Hamas y la Autoridad Nacional Palestina (Mattew Levitt, “What Hamas wants in Post War Gaza. The Power to Fight without the Burden of Governing”, Foreign Affairs, 21/7/24).

Igualmente grave es no tomar en cuenta el estatus reconocido por las Naciones Unidas de Palestina como Estado observador permanente no miembro, semejante al status de El Vaticano, sin diferenciar Gaza de los otros territorios ocupados.

Previsiblemente, los ataques de Hamas a la población civil del sur de Israel provocaron violentos operativos de represalia de Tzahal. Entre el 28 de diciembre de 2008 y el 18 de enero de 2009, Israel lanzó el operativo Plomo Fundido, cuyo objetivo era destruir la «infraestructura terrorista» y la capacidad militar de Hamas, en respuesta al lanzamiento de  más de 200 cohetes y proyectiles de mortero contra poblados  civiles israelíes. Obviamente, un  operativo incomparablemente menor a la actual guerra devastadora en Gaza, pero que tuvo repercusión  internacional como para acusar a ambas partes de crímenes de guerra.

La organización israelí de  derechos humanos B’Tselem cifró en 1.387 el número de palestinos muertos en tal operación, de los que al menos 774 serían civiles, 320 de ellos menores de dieciocho años. La Franja de Gaza resultó seriamente dañada y miles de edificios fueron destruidos, la mayor parte residenciales. El sur del territorio israelí se vio sometido a una situación de permanente alarma con cohetes que  alcanzaron en repetidas ocasiones las ciudades de Sderot, Ashkelón, Ashdod y Beerseba, provocando la muerte de un soldado y tres civiles, así como decenas de heridos de distinta consideración. Tras el inicio de la invasión terrestre sobre la Franja, 10 soldados israelíes murieron en combate en diferentes acciones,

Tanto Tzahal como Hamas fueron acusados de haber cometido crímenes de guerra en  distintos informes de Naciones Unidas, Amnistía Internacional y Human Rights Watch.

A efectos de conocer antecedentes de normas penales con las cuales se imputaron crímenes de guerra a ambos enemigos (no analizados por Traverso), resulta útil leer los considerandos de Amnistía Internacional durante el conflicto de 2008-2009 en Gaza y el sur de Israel (véase Amnistía Internacional, Operación “Plomo Fundido”: 22 días de muerte y destrucción, julio de 2009, http://www.amnesty.org/es/library/info/MDE15/015/2009/es), y la Misión de Investigación de la ONU sobre el Conflicto de Gaza coincidió con esta valoración en su informe de 2009 (Informe de la Misión de Investigación de las Naciones Unidas sobre el Conflicto en Gaza, doc. ONU A/HRC/12/48, 25 de septiembre de 2009). Tras evaluar las investigaciones en el ámbito nacional realizadas por las dos partes, Amnistía
Internacional concluyó que ni el gobierno israelí ni la administración de facto de Hamas habían llevado a cabo investigaciones prontas, exhaustivas e independientes conformes al derecho internacional, y que no habían procesado a las personas con presunta responsabilidad penal por crímenes de guerra (Amnesty International’s assessment of Israeli and Palestinian investigations into the Gaza conflict, 27 de septiembre de 2010, http://www.amnesty.org/en/library/info/MDE15/022/2010/en).

Guerras justas, crímenes de guerra y derechos de legítima defensa

Después de hacer algunas reservas, Traverso acepta finalmente la acusación de genocidio de Israel contra la población civil en Gaza, sin matizar la diferencia entre crímenes de guerra y prácticas genocidas, tal como sí las reconoce el filósofo político Michael Walzer, considerado como el principal explicador de la filosofía moral de la guerra justa en su clásico libro de 1977.

Desafortunadamente, como han señalado muchos filósofos serios, Walzer tampoco estuvo dispuesto a aplicar plenamente su propio marco analítico para juzgar la guerra de venganza israelí. Pero el 21 de septiembre de 2024, Walzer escribió una extensa columna critica en The New York Times. A pesar de que Walzer considera justa la guerra contra Hezbolá, critica la detonación por parte de Israel de las bombas colocadas en secreto en los beepersy walkie-talkies. Además, Walzer analiza críticamente la guerra de Israel contra Hamas en Gaza. Citando su propia  teoría de la guerra justa, recuerda que ella “depende en gran medida de la distinción entre combatientes y civiles. En la guerra contemporánea, estos dos grupos suelen estar mezclados en los mismos espacios; a menudo, de hecho, deliberadamente mezclados porque la matanza de civiles invita a la condena moral. La guerra que Hamas diseñó en Gaza es una cruda ilustración de la estrategia de poner en riesgo a los civiles para obtener beneficios políticos. Sin embargo, un ejército que responda a esta estrategia tiene que hacer todo lo posible para evitar o minimizar las bajas civiles”, advierte Walzer. “Israel afirma estar haciendo eso en Gaza, aunque en los medios de comunicación de todo el mundo han aparecido serias críticas a su conducta bélica, por no mencionar un caso presentado contra funcionarios israelíes y de Hamas por igual en la Corte Penal Internacional alegando crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad” (Michael Walzer, “Israel’s Pager Bombs Jave not Place in a Just War”. The New York Times, 21/9/24; véase el análisis de Jerome Slater. “One of the most prominent just-war theorists fails to apply his own arguments to the hostilities in Gaza”. The National Interest, 15/10/24).

Lamentablemente, tampoco el libro de Traverso interviene en el único debate serio entre los críticos del operativo bélico israelí acerca de la cuestión de si los crímenes de guerra constituyen o no genocidio. Traverso obvia este debate tan cargado de tensión, y acusa sin vacilar de que los ataques israelíes contra Gaza sí configuran genocidio.

Peor aún: el historiador se abstiene de analizar la guerra de religión Jihad del Hamas para destruir a Israel, sin analizar la diferencia entre la resistencia nacionalista palestina laica de la OLP y de la Autoridad Palestina respecto de su enemigo mortal, el movimiento fundamentalista islámico Hamas. Una de las conclusiones supuestamente históricas de Traverso está viciada de conspiracionismo e inexactitudes flagrantes. Exonerando el terrorismo suicida de shaidim promovido por Hamas durante la segunda Intifada -destinada a liquidar los acuerdos de Oslo- Traverso afirma contundente: “La violencia resurge el 7 de octubre por parte de los palestinos después del naufragio de los acuerdos de paz. Se trata de un naufragio que fue perseguido y planeado por Israel desde el principio. Pues si bien firmó los Acuerdos de Paz fue con el objetivo de tomar tiempo para seguir la colonización. Entonces, el epílogo de esos fracasos de la paz es el 7 de octubre, una vuelta de los palestinos a la violencia terrorista” (Traverso vuelve a enfatizar esta conclusión tajante en la entrevista de Sara González “Enzo Traverso, historiador: Alemania está siendo cómplice de un genocidio en Gaza”, El País, 2/7/24).

Mucho menos el libro se interesa por participar del debate jurídico de derecho internacional sobre la cuestión de si la guerra en Gaza habría puesto de manifiesto el derecho a que también el enclave palestino islámico del Hamas sea legitimado a hacer la guerra, como plantean Quentin Bruneau y Claire Vergerio.

La cuestión crímenes de guerra o practicas genocidas es desplazada por estos juristas que analizan la demanda de ejercer el derecho de legítima defensa contra Israel mediante una guerra considerada justa, sin tener en cuenta que Hamas utilice estrategias bélicas terroristas de guerra santa.

El problema planteado por ambos juristas internacionalistas va más allá de un desequilibro jurídico entre aquellas organizaciones palestinas que pueden reivindicar el derecho a la legitima defensa y las que no. Hay una dimensión histórica importante que excede consideraciones jurídicas ajenas disciplinariamente al historiador Traverso; pero hubiera sido importante su juicio: legitimar o ilegitimar el derecho de la guerra santa contra civiles israelíes.

La proposición en clave jurídica de Quentin Bruneau y Claire Vergerio es formulada del siguiente modo: “A medida que la situación en Gaza se vuelve cada vez más desesperada, el desequilibrio jurídico entre quienes pueden reclamar el derecho a la legítima defensa y quienes no pueden hacerlo se ha hecho trágicamente patente. Mientras la guerra siga siendo un medio necesario para defender los propios derechos en las relaciones internacionales, la comunidad internacional no puede seguir concediendo este derecho sólo a una de las partes del conflicto”.

Antes de arribar a esta conclusión, ambos juristas hacen un esclarecedor recorrido histórico sobre quién tiene y quién no el derecho a la guerra, aunque los Convenios de Ginebra de 1949, ampliamente considerados como el paso más importante en el establecimiento del sistema contemporáneo de regulación de los conflictos armados, en última instancia reiteraron el enfoque estatista de finales del siglo XIX. En lo que respecta al ius ad bellum y a su cuestión central -¿quién tiene derecho a hacer la guerra?- los Convenios mantuvieron el statu quo.

De ahí que ambos juristas critiquen a este sistema centrado en el Estado, por lo que el derecho inmanente de legítima defensa consagrado en el artículo 51 de la Carta de la ONU se contempló como un derecho que los Estados podían invocar solo contra otros Estados. Y ésta es la razón por la que la invocación del Artículo 51 por parte de Israel y Estados Unidos contra actores no estatales como los talibanes o Hamas ha suscitado tanto debate entre los juristas. (Quentin Bruneau y Claire Vergerio “Gaza, Israel y el monopolio estatal de la guerra”, Grand Contienent, 24.9.24 https://www.google.com/search?client=firefox-b-e&q=Gaza%252C+Israel+y+el+monopolio+estatal)

Limitaciones de ciertas categorías analíticas para estudiar guerras regionalizadas y globalizadas

La actual guerra en Gaza se ha regionalizado por la estrategia del apoyo iraní a Hamas mediante proxys que atacan a Israel en varios frentes, aumentando y complejizando los ataques balísticos y crímenes de guerra a población civil, los cuales no son tomados en cuenta en el Estatuto de Roma.

En consecuencia, la actual  guerra regionalizada (y globalizada), las acciones de defensa y operativos ofensivos de Israel, Irán y sus proxys, requerirían ser evaluados conforme a un  derecho internacional humanitario aggiornado que Traverso no toma en consideración.

No se trata solo de que no es una guerra convencional entre dos Estados, sino de que es un conflicto bélico asimétrico entre un poderoso ejército y diversos grupos armados no estatales; y que involucra, además, a varios actores regionales y extra regionales. Si bien es imposible preverlas, el recrudecimiento del conflicto tiene implicaciones no solo para Israel y Palestina, sino para la región y Occidente.

A medida que se prolonga la guerra y a pesar de la extrema violencia de la campaña militar israelí, pareciera que no se logrará ninguna batalla decisiva. Las batallas decisivas, que antaño determinaban el vencedor y le permitían, mediante la fuerza, imponerse políticamente sobre el enemigo, están en vías de extinción. Nada de esto leemos en el libro de Traverso sobre la guerra de Gaza. Si Tzahal suponía que el operativo Espadas de Hierro restituiría a Israel la capacidad de disuasión bélica merced a su formidable potencia aérea e infalible capacidad de inteligencia militar, hoy la superioridad bélica sobre guerrillas no estatales no es garantía de un éxito militar sin acuerdos políticos. Los asesinatos selectivos de los jefes militares y políticos de Hamas y Hizbollah no garantizan a Israel  ninguna batalla decisiva, pese a haber logrado imágenes digitales victoriosas con las ejecuciones de Ismaël Haniyeh, Yahya Sinwar y Hassan Nasrallah.

Por el contrario, batallas militares ganadas por Tzahal sin tener un plan que pongan fin a la guerra actual, no evitaron la derrota política. Un primer botón de muestra: el 18 Septiembre de 2024, la Asamblea General de la ONU adoptó una resolución que exige a Israel «poner fin a su presencia ilegal en el Territorio Palestino Ocupado» y que lo haga a más tardar en 12 meses. La Asamblea General invocó el fallo de la Corte Internacional de Justicia que exige a Israel poner fin a la ocupación en Cisjordania y Jerusalén, mucho antes del reciente fallo de captura a Netanyahu y Gallant acusados de crímenes de guerra (Alon Pinkas, “La decisión de la Corte Internacional de Justicia sobre la ocupación va más allá de los peores temores de Israel”, Haaretz, 21/7/24).

Netanyhau se niega a escuchar la amarga lección de batallas militares de USA contra el terrorismo, ninguna de las cuales logró ser decisiva. Luego del 11/9, 20 años de guerra contra el terror han acabado con la vida de cerca de un millón de civiles, pero no con el terror: los talibanes, que fueron derrocados en 2001, regresaron al poder en 2021 tras la humillante  retirada estadounidense de Afganistán; la eliminación violenta de Saddam Hussein en Irak desencadenó una guerra civil mortífera de la cual nació la organización Estado Islámico, y el yihadismo es hoy más transnacional que nunca.

Desde la invasión de Rusia a Ucrania, la guerra ha remodelado la geopolítica al involucrar a docenas de otros países de la OTAN liderados por USA;  de modo similar,  la guerra Israel Hamas trasciende las fronteras regionales merced a una alianza sólida con apoyo logístico, económico e ideológico de Irán; más aún, ha conseguido internacionalizar la causa palestina, enarbolada hoy como bandera de combate del Sur Global contra el Norte Global.

Afrontamos el nuevo fenómeno de conflictos armados que Mara Karlin denomina “el regreso de la guerra total”, y que exige también para el actual conflicto en Medio Oriente de una puesta al día de categorías analíticas ausentes en el libro de Traverso. “Ha terminado una era de guerra limitada; ha comenzado una era de conflicto general. De hecho, lo que el mundo está presenciando hoy es similar a lo que los teóricos del pasado han llamado guerra total, en la que los combatientes recurren a vastos recursos, movilizan sus sociedades, priorizan la guerra sobre todas las demás actividades estatales”, Karlin advierte lucidamente (Mara Karlin, “El regreso de la guerra total”, Foreign Affairs, 22/10/24).

Posdata

Traverso confiesa que no es experto en estudios sobre el conflicto del Medio Oriente y que escribió sobre Gaza desde la perspectiva de un historiador de Europa contemporánea y del mundo moderno, porque “se siente interpelado por lo que está sucediendo”.

Traverso intelectual tiene todo el derecho de hacerlo.

Además, como intelectual honesto, Traverso revela que no tuvo pretensión de escribir la historia de la guerra en Gaza, “pero sí la necesidad de posicionarme con el riesgo de equivocarnos, basado en algunos puntos con información que circula”.

Los mejores libros de Traverso fueron escritos no con “información que circula” sino con fuentes primarias y la fecunda capacidad de historiador intelectual que estudió los autoritarismos, totalitarismos y el Holocausto.

Su libro memorable sobre la guerra civil europea, A sangre y fuego, logra articular política, cultura y violencia, que moldearon las ideas y prácticas de sus actores nacionales, sociales, minorías étnicas, culturales y religiosas, entre 1914 y 1945.

En un libro sobre el conflicto Israel-Palestina esperábamos leer algo semejante a lo que se lee en ese otro libro suyo excepcional de historia intelectual: La cuestión judía.

Otra cosa esperábamos leer del intelectual que escribió Pasados singulares: el Yo en la escritura de la historia, un libro capaz de desplazar la frontera entre verdad novelesca y verdad histórica para incluir su propia subjetividad en la narración de historias sobre otros.

No dudamos que Traverso está dotado como pocos para escribir una buena historia intelectual sobre Israel y los palestinos, también de sus pasados singulares, pero a condición de que se divorcie del macro relato que acaba de publicar sobre Gaza.