Israel: entre lo Judío y lo Democrático en la era del algoritmo y el caos

Israel se declara ser un Estado judío y democrático. Una afirmación que parece simple, pero que hoy, en medio de una crisis sin precedentes, resulta más difícil de definir que nunca. Desde el 7 de octubre de 2023, la certeza sobre el significado de estas palabras se ha resquebrajado.
Por Rubén Ogorek

Ser judío siempre significó pertenecer a un pueblo con una cultura forjada en el diálogo y el debate. La democracia, por su parte, es un sistema de gobierno basado en el mismo principio: la conversación, la confrontación de ideas y la búsqueda de acuerdos. Cuando el diálogo se ve contaminado por el caos, la manipulación y la desinformación, ambos pilares -lo judío y lo democrático- se desmoronan.

El judaísmo no es solo una religión ni una identidad nacional, sino una cultura sustentada en la palabra. Desde los tiempos del Talmud hasta los debates políticos en los cafés de Tel Aviv, la identidad judía se ha definido a través del intercambio de ideas. La verdad nunca es absoluta, es paradigmática; se moldea en la discusión, se adapta al lugar y al momento. La democracia, en su mejor versión, opera con la misma lógica. No es solo un sistema electoral, sino un pacto de confianza entre ciudadanos y gobernantes.

Pero en la crisis actual, parece como si todos estos principios básicos de convivencia hubieran desaparecido, como si la conversación pública

hubiera sido secuestrada por una estructura que la distorsiona, utilizando el miedo y la desinformación para sofocar cualquier intento de diálogo. En lugar de permitir que la sociedad procese el trauma del 7 de octubre con reflexión y debate, el espacio público se ha transformado en un escenario de manipulación emocional cuidadosamente orquestado.

El caos no es un accidente; es una estrategia. La confusión, el miedo y la polarización no son efectos colaterales, sino herramientas diseñadas para perpetuar el poder. La fragmentación de la sociedad israelí no es una consecuencia inevitable de la guerra, sino el resultado directo de la instrumentalización del miedo. Los algoritmos y los bots amplifican los discursos más extremos, sofocan cualquier matiz y aseguran que la única narrativa posible sea la que refuerce el statu quo. Esto no solo afecta la política, sino la esencia misma de la sociedad israelí. El judaísmo siempre ha valorado la pluralidad de voces y la confrontación de ideas. Pero en el Israel de hoy, el disenso es visto como traición, la crítica como debilidad y la búsqueda de la paz como una concesión imperdonable.

El Likud ganó las elecciones, -aquí no hay discusión- pero su fracaso el 7 de octubre lo ha descalificado políticamente. La democracia no es solo un mecanismo de conteo de votos, sino un contrato social basado en la confianza y la separación de poderes. Si un gobierno fracasa en su obligación fundamental -proteger a su pueblo- su legitimidad se disuelve, aunque haya sido elegido democráticamente. La democracia no es un blindaje contra la incompetencia ni una póliza de seguro que garantiza el poder sin importar las circunstancias. La soberanía popular es una cosa, pero la responsabilidad política es otra. Y cuando un gobierno demuestra ser incapaz de garantizar la seguridad de su gente, deja de ser un gobierno legítimo. Ganar elecciones no exonera a un

gobierno de su desempeño. La democracia no se trata solo de elegir gobernantes, sino de que estos gobiernen con responsabilidad. Si el 7 de octubre demostró que la administración falló irremediablemente, su descalificación política no es un capricho, sino una consecuencia natural de su fracaso.

Netanyahu ha convertido la guerra en su salvavidas político. En lugar de aceptar que su gobierno fracasó, usa la crisis como una herramienta para mantenerse en el poder. Mientras los rehenes siguen en manos de Hamás, él sigue jugando a hacer política, calculando cada movimiento en función de su propia supervivencia. Cada día que pasa sin un acuerdo para traerlos de vuelta es una prueba más de que el gobierno ha dejado de servir a su pueblo y ahora solo se sirve a sí mismo. Los hechos lo demuestran. Mientras el conflicto escala y las familias de los secuestrados imploran por su liberación, Netanyahu destituye a altos funcionarios de seguridad y enfrenta abiertamente a la fiscal general, no por razones estratégicas, sino para eliminar cualquier voz que cuestione su liderazgo. Su prioridad no es derrotar a Hamás ni garantizar la seguridad de Israel, sino prolongar el conflicto el tiempo suficiente para consolidar su control.

La sociedad israelí está atrapada en una división feroz. De un lado, están quienes exigen que se priorice la liberación de los rehenes. Para ellos, cada día sin un acuerdo es una sentencia de muerte para los cautivos, y la negativa del gobierno a negociar con Hamás demuestra una indiferencia cruel disfrazada de estrategia militar. Del otro, están quienes consideran que la única forma de garantizar la seguridad a largo plazo es destruir completamente la capacidad operativa de Hamás, sin concesiones. Para estos, cualquier negociación es una muestra de debilidad, y cualquier tregua solo daría tiempo al enemigo

para reagruparse y atacar de nuevo. Lo que está en juego no es solo una cuestión militar, sino una batalla emocional amplificada por el caos digital. La discusión en si es legítima. Pero la incertidumbre, el miedo y la desconfianza dominan el debate público, amplificados por plataformas diseñadas para maximizar la indignación y el algoritmo no busca la verdad, ni el debate sino la reacción. Cuanto más polarizados estamos, más tiempo pasamos conectados, reforzando el ciclo de radicalización.

Netanyahu no necesita controlar directamente la conversación; el algoritmo lo hace por él. Su estrategia es clara: alimentar el caos con decisiones que mantengan viva la tensión. La destitución de funcionarios, los ataques sorpresa y las declaraciones incendiarias son parte de un juego en el que la polarización no es una consecuencia, sino el objetivo. Mientras la indignación crece y los bandos se endurecen, su posición se fortalece. En un país dividido, un líder fuerte se vuelve indispensable. Cuando el caos se institucionaliza, la sociedad pierde la capacidad de imaginar una salida. La conversación deja de ser un medio para resolver conflictos y se convierte en un conflicto en sí mismo. Cada palabra, cada gesto, cada intento de acercamiento es interpretado como una provocación. El diálogo se convierte en un campo minado donde cualquier paso en falso puede tener consecuencias devastadoras.

La guerra ya no solo se libra en el campo de batalla, sino en la narrativa pública. No se trata solo de quién dispara primero, sino de quién define qué significa la paz, la justicia y la seguridad. Y mientras tanto, el ruido de las bombas sigue siendo la banda sonora de un país atrapado en una conversación que ya no busca soluciones, sino reafirmaciones. La historia no la escriben quienes buscan la paz, sino quienes mejor saben

manipular el miedo y convertir la desesperación en un arma política. Cuando las decisiones políticas se toman en función de la permanencia en el poder y no de la resolución del conflicto, las víctimas son siempre las mismas. Los rehenes siguen sin ser liberados, sus familias que son las que más sufren se sienten traicionados, los ciudadanos de a pie siguen viviendo con miedo y la guerra se convierte en un ciclo interminable donde los muertos se acumulan en los cementerios mientras los discursos se repiten una y otra vez. No se trata de defender a Israel ni de vengar los ataques sufridos; se trata de prolongar una situación que le permite al gobierno justificar su existencia y su mano dura.

Mientras tanto, los juicios por corrupción, fraude y abuso de poder que amenazan a Netanyahu quedan en segundo plano. En circunstancias normales, estas acusaciones habrían sido un escándalo imposible de esquivar. Pero en tiempos de guerra, con la sociedad volcada hacia el conflicto, los tribunales se han convertido en ruido de fondo. La crisis ha sido utilizada para debilitar a opositores, eliminar voces críticas y consolidar su dominio sobre el Estado. Sus seguidores han adoptado el relato de que los juicios en su contra son una conspiración de la izquierda. En una sociedad polarizada y emocionalmente agotada, la justicia deja de ser objetiva y se transforma en otro campo de batalla.

El caos no es el enemigo de Netanyahu; es su mejor aliado. Mientras la sociedad discute y se radicaliza, su control se fortalece. Pero la democracia no es solo contar votos, es un sistema que requiere equilibrios y responsabilidad. Un gobierno verdaderamente democrático protege a sus ciudadanos, rinde cuentas y respeta el debate. Si se rompe ese pacto, la democracia deja de existir. Israel no podrá sobrevivir sin recuperar su esencia democrática. Sin recuperar a los

rehenes secuestrados por el Hamas y devolver así la confianza en las instituciones que debían defendernos y hacer todo lo posible para recuperarnos en caso de que la defensa fracase.

La única forma de salvar ambos pilares, judaísmo y democracia, es recuperar la conversación, no la dictada por los algoritmos ni la manipulada por el poder, sino la cultural. Esa que nos ha mantenido unidos por milenios. Si perdemos eso, perderemos mucho más que un sistema de gobierno. Perderemos lo que nos hace ser quienes somos. Y apurémonos porque estamos bien cerca de eso suceda.