Sin palabra

Asumimos, con naturalidad, en el mundo actual, la neolengua instaurada en los medios de prensa y redes sociales. Cada vez se torna más difícil discernir entre realidad y ficción: la banalización se instaló con absoluta legitimidad. Ya nadie se sorprende al observar títulos como "intercambio de prisioneros entre Gaza a Israel", estableciendo simetría entre niños -secuestrados y asesinados en cautiverio- con terroristas presos, entregados para la recuperación de las víctimas de la agresión.
Por Moshé Rozén, miembro del kibutz Nir Itzjak, Israel

¿No piensas, Winston, que, a más tardar en 2050, ningún ser humano
 entenderá una conversación
 como la que ahora sostenemos?

George Owell,»1984″, 1949

En el momento mismo del ataque a nuestro kibutz y a todo la zona sur de Israel, el 7 de octubre de 2023, Hamas y la Yihad Islámica transmitieron imágenes y sonidos de la invasión y la violencia desatada por sus tropas contra las poblaciones agredidas.

Como el espacio virtual está -mayormente- fuera de control institucional, redes sociales recogieron ese material y, en muchos casos, también el encuadre textual programado por las instancias terroristas: los asesinatos, torturas y violaciones fueron justificados como un modo de enfrentamiento con el pueblo judío en su conjunto, o sea, la supuesta responsabilidad de todo judío y no sólo del Estado de Israel como motivación de la ofensiva gazatí.

Uno de los resultados de la propaganda desplegada paralelamente a la agresión física, fue el masivo ascenso -a nivel internacional- del hashtag «HitlerWasRight» y de la aplicación de videojuegos de batalla aludiendo al conflicto, tipo «PUBG the Jews».

Llamativamente, los autores de los crímenes de aquel siete de octubre, por un lado, filmaron y grabaron sus atrocidades, pero, inmediatamente, iniciaron a nivel internacional, una campaña de negación de ese mismo accionar.

La doble maniobra propagandística de Hamas y Yihad Islámica estuvo -está- acompañada por una nutrida retórica antisemita, culpabilizando a las víctimas de lo sucedido, extendiendo esa culpa al total de los judíos, más allá de la órbita territorial del conflicto.

Yihad y Hamas gozan del sesgo mediático que facilita la manipulación propagandística de su ataque: se presentan como un movimiento revolucionario, omitiendo -o minimizando- el carácter fundamentalista del proyecto bélico del islam radical que promovió esta ofensiva.

A medida que transcurren los meses de la invasión gazatí a Israel, la oblicuidad de muchos medios favorece el encubrimiento de las masacres y secuestros, calificando los hechos como sucesos propios de una guerra.

Pero la Guerra de Gaza no se inscribe en ninguna normativa «habitual»: se trata de un macabro desarrollo de intenciones genocidas, conocido, la destrucción -mediante la muerte, la tortura y el secuestro- de grupos familiares.

Es lo que sucedió con Shiri Bibas, la madre y sus hijos capturados y muertos en Gaza.

Al obviar la determinación ideológica que impulsó la barbarie de aquella jornada, esa falta de palabra, ese silenciamiento mediático se convierte en parte de la agresión.