La libertad como valor universal: entre Argentina e Israel

En tiempos donde la palabra "libertad" ha sido apropiada como estandarte político por la derecha neoliberal argentina, vale la pena reflexionar sobre los múltiples significados de este valor fundamental y cómo se manifiesta de manera diferente en distintas realidades sociales y políticas. Particularmente, resulta revelador contrastar la concepción argentina actual con la israelí, donde la libertad constituye una de las banderas más poderosas de los sectores progresistas y laicos.
Por Rodrigo «Afro» Remenik

El actual panorama político argentino ha visto surgir un movimiento que enarbola la libertad como su principal emblema, reduciéndola principalmente a la libertad económica y de mercado. Esta concepción limitada deja de lado dimensiones fundamentales como la libertad colectiva, la libertad de pensamiento diverso y la libertad como responsabilidad compartida. Sin embargo, cuando miramos hacia Israel, encontramos una interpretación radicalmente distinta de este mismo valor.

La lucha incansable por el retorno de los secuestrados en Israel revela una dimensión profunda de la libertad como valor humanista. En las plazas de Tel Aviv y en los cruces de caminos en todo el país, miles de israelíes laicos se congregan semana tras semana exigiendo la liberación de cada uno de los cautivos. Este movimiento, liderado en gran parte por sectores progresistas y laicos, demuestra que la verdadera libertad no puede existir si alguno de nosotros permanece cautivo.

Rabinos y rabinas laicos-humanistas como Ruti Baidatz, quien mantuvo una prolongada huelga de hambre en Jerusalén, Dubi Avigor que asiste a cada protesta semanal, Elad Arnon que habla apasionadamente en plazas públicas con la Torá en mano, y Oren Yehi Shalom que fundó la iniciativa «Somos el judaísmo de la Declaración de Independencia», todos ellos representan un judaísmo que coloca la libertad humana en el centro de su visión ética.

La verdadera libertad trasciende la mera ausencia de restricciones externas para convertirse en un compromiso activo con la posibilidad de realización plena de cada ser humano. Esta concepción profunda no puede separarse de los otros dos valores fundamentales del humanismo: la igualdad y la fraternidad. Una libertad desconectada de la igualdad inevitablemente degenera en privilegio para unos pocos, mientras que sin fraternidad se transforma en un individualismo vacío que destruye el tejido social. Estos tres valores, inseparables y complementarios, constituyen la base filosófica de cualquier sociedad que aspire a la justicia.

La Declaración de Independencia de Israel, documento fundacional frecuentemente citado por el movimiento laico israelí, representa una síntesis extraordinaria de estos tres valores. Al garantizar «completa igualdad de derechos sociales y políticos a todos sus habitantes sin distinción de religión, raza o sexo» (igualdad), mientras promete «libertad de religión, conciencia, idioma, educación y cultura» (libertad), todo enmarcado en un llamado a «desarrollar el país para el beneficio de todos sus habitantes» y «extender la mano a todos los Estados vecinos y sus pueblos» (fraternidad), la Declaración estableció una visión integral que sigue siendo la brújula moral para el judaísmo humanista.

La tradición judía contiene en su núcleo esta concepción integral de la libertad. Desde el relato fundacional del Éxodo -un pueblo que escapa de la esclavitud- hasta el mandato de «Tikún Olam» (reparación del mundo), el judaísmo siempre ha entendido la libertad como un proyecto colectivo y no meramente individual. Los judíos argentinos, herederos tanto de esta tradición como de los valores republicanos y democráticos, están llamados a recuperar el verdadero significado de la libertad.

En cada manifestación por los secuestrados en Israel podemos observar que la libertad no es un valor abstracto sino profundamente concreto: se trata de personas con nombres y rostros cuya ausencia constituye una herida abierta en el tejido social. De manera similar, en Argentina, la libertad no puede reducirse a consignas económicas cuando existen múltiples formas de cautiverio social, cultural y económico que afectan a grandes sectores de la población.

La revolución francesa nos legó hace más de 200 años una tríada inseparable: libertad, igualdad y fraternidad. Estos valores no pueden existir aisladamente; se necesitan y se complementan mutuamente. El judaísmo progresista, tanto en Argentina como en Israel, tiene el desafío de recuperar esta concepción integral, rechazando las visiones reduccionistas que pretenden apropiarse de la libertad para proyectos políticos excluyentes.

La comunidad judeoargentina progresista puede inspirarse en la lucha de los israelíes laicos por la libertad de los secuestrados. Esta lucha nos recuerda a todos que la verdadera libertad siempre es para todos o no es. Que no hay libertad individual sostenible sin libertad colectiva. Que la libertad implica responsabilidad hacia el otro.

En momentos en que las sociedades tanto argentina como israelí enfrentan profundos desafíos y polarizaciones, recuperar el sentido humanista integral de la libertad -en diálogo permanente con la igualdad y la fraternidad- resulta no solo un ejercicio intelectual sino una necesidad ética urgente. Porque como enseña tanto la tradición judía como la mejor tradición humanista: la libertad es el principio, pero nunca debe ser un fin en sí mismo, sino el camino hacia una sociedad más justa, igualitaria y solidaria para todos.