Los gobiernos de Turquía e Israel atraviesan en paralelo severas crisis políticas que ya impactaron en sus sociedades y, lo que es más preocupante para ambos gobiernos, llegaron a las calles. Por su parte, en Siria, el gobierno interino reveló su verdadera naturaleza masacrando a 1000 civiles. Estas crisis, a pesar de ser de distinta magnitud y alcance, pueden, más temprano que tarde, repercutir sobre un Medio Oriente que, desde el 7 de octubre de 2023, está sufriendo una transformación histórica de consecuencias todavía impredecibles.
Turquía: Erdogan profundiza la deriva autoritaria
Si algo le faltaba al presidente turco para romper definitivamente el sistema democrático que manoseó y horadó desde que asumió el poder, era meter preso al alcalde de Estambul, su principal rival político y próximo candidato presidencial para las elecciones en 2028, Ekrem İmamoğlu, y a otras 106 personas, todas miembros de la oposición política al gobierno. İmamoğlu fue acusado de terrorismo y corrupción.
Silenciar a quienes tienen posibilidad de exponer la deriva autocrática, se parece mucho a dar un golpe definitivo a las maltrechas instituciones que tratan de sostener la democracia en Turquía. Sin embargo, los planes de Erdogan están fallando y su embestida contra la oposición puede terminar mal para él y para su gobierno.
Las calles se transformaron en el principal escenario de esta crisis y decenas de miles de personas se manifiestan en varias ciudades de Turquía exigiendo, sobre todo, la liberación de İmamoğlu. Ya son las manifestaciones más importantes desde 2013.
La reacción del gobierno a las marchas fue la de prohibir “toda reunión y manifestación”. La oposición parece decidida a resistir. La reacción de Erdogan fue la de exacerbar las persecuciones. En el medio, ya detuvo a más de 300 personas, la mayoría estudiantes, quienes se transformaron en los principales protagonistas de las protestas. Busca disciplinar, manifestación evidente de algo cada vez más frecuente: gobiernos democráticos que utilizan medios que chocan con la democracia con tal de controlar a su población.
Mientras tanto, la oposición desafía al Gobierno llamando a continuar las protestas en las calles hasta que liberen al alcalde de Estambul. Habrá que estar muy atento a cómo esta crisis política y económica, acompañada de un descontento social cada vez más profundo sobre todo en los jóvenes, afecta los planes regionales de Erdogan.
El presidente de Turquía está preocupado principalmente por dos asuntos en materia de política exterior: el avance de la influencia israelí en la región y la inestabilidad en Siria, donde los kurdos, la principal amenaza de seguridad para la Turquía de Erdogan, ya lograron algunas concesiones del gobierno interino y siguen buscando lo que Erdogan nunca permitiría: autonomía.
Israel: Netanyahu reabre heridas
Cuando el 7 de octubre de 2023 el grupo terrorista Hamas perpetró una masacre sin precedentes en la historia de Israel, la sociedad israelí estaba profundamente dividida en torno a un proyecto de reforma judicial que había impulsado el gobierno de Netanyahu. Esa fuerte disputa, que tenía como principal escenario las calles de todo Israel, entró en stand by. La atención estuvo puesta en enfrentar los gigantescos desafíos de seguridad, eliminar la amenaza terrorista que rodea a Israel y recuperar a los secuestrados.

En eso estaba Israel cuando en medio de un recrudecimiento de la tensión militar, en el que el acuerdo de alto el fuego con Hamas se rompió y el de Hezbola comenzó a correr el mismo camino, Netanyahu anunció el despido de Ronan Bar, jefe del Shin Bet (el servicio de seguridad interior del país), alegando que no puede confiar en él. Se trata de una decisión inédita: es la primera vez que un primer ministro toma semejante medida.
Esto obligó a la política, a la justicia y a la sociedad israelí a poner el foco en las razones que llevaron a Netanyahu a hacerlo, desatando una tensión social similar a la producida por la reforma judicial meses antes del ataque de Hamas. Netanyahu dice que lo sacó porque perdió la confianza en él y por las fallas de seguridad que derivaron en el ataque de Hamas el 7 de octubre. Para otros, la decisión de Netanyahu, avalada por su gabinete, es para frenar la investigación conocida como “Qatargate” referida a pagos de ese país árabe, financista de Hamas en varias oportunidades, a asesores del primer ministro para impulsar una campaña favorable previo al mundial de 2022.
La decisión del gobierno se tomó en contra de la opinión jurídica de la fiscal general, Baharav-Miara, a la que Bibi también quiere sacar. Los partidos de la oposición apelaron al Tribunal Supremo de Israel para detener y revocar la decisión. Este tema ya es parte de los reclamos en las masivas manifestaciones en las calles que se suman al pedido para frenar las operaciones militares en Gaza y volver a negociar para recuperar a los secuestrados.
La crisis se exacerbó cuando finalmente el Tribunal Supremo emitió una orden judicial que congela el despido de Bar hasta que se pueda realizar una audiencia sobre el asunto. El temor de todos es que la decisión de Netanyahu de destituir a Bar tenga como objetivo final poner en un lugar extremadamente clave a alguien leal a él y que desde allí se utilice ese organismo como arma contra sus oponentes y críticos políticos, o para reprimir el movimiento de protesta.
La destitución de Bar regeneró la crisis política y judicial interna en Israel que había quedado congelada el 7 de octubre. Netanyahu se enfrenta ahora a la decisión de acatar o no el fallo. Muchos de sus críticos creen que podría negarse a hacerlo, lo que agravaría la crisis interna mientras los frentes externos parecen reavivarse. Un escenario preocupante.
Siria: el nuevo gobierno muestra su peor cara
El escenario sirio representa un aspecto crítico de la transformación regional. Tras la caída del régimen de Bashar al-Assad en diciembre de 2024, el nuevo gobierno interino liderado por Ahmad al-Sharaa, del grupo islamista Hayat Tahrir al-Sham (HTS), mostró su verdadera naturaleza con una masacre de más de 1000 civiles de la comunidad alauita.
Este episodio, el más violento desde el cambio de régimen, evidencia la brutalidad del nuevo gobierno y su incapacidad para cumplir promesas de diálogo y consenso. La matanza reveló el odio histórico hacia la minoría alauita, que durante décadas dominó la estructura política y militar siria.
La comunidad internacional observa con preocupación. A pesar de las promesas verbales de proteger minorías, el gobierno de al-Sharaa, con vínculos históricos con Al-Qaeda, ha demostrado una disposición extrema a la violencia para mantenerse en el poder.
Las crisis internas de Turquía e Israel, sumadas al caos sirio, añaden capas de complejidad a un escenario regional ya de por sí convulsionado. Habrá que estar atentos, sobre todo, a cómo Bibi y Erdogan resuelven sus conflictos domésticos porque, como la historia ya lo demostró varias veces, las tensiones internas siempre terminan impactando de manera directa en las decisiones que los líderes toman en política exterior.