Acerca de la proliferación de los discursos de odio

Odia a tu prójimo como a ti mismo

Si bien no se trata de un fenómeno nuevo ni original, la agenda pública del siglo XXI se encuentra dominada por la semántica del odio, legitimada en las redes sociales (las cuales constituyen el ágora excluyente de la opinión y participación política en este tiempo), y exacerbada desde el poder político, sobre todo a partir de la llegada de Javier Milei a la presidencia de la nación. La naturalización de estas tendencias hacia la descalificación, cancelación y censura del “otro” horada lenta pero gravemente los acuerdos en los que se funda la democracia. Resulta necesario plantear un nuevo pacto de convivencia y respeto si es que la sociedad argentina se propone un destino común.
Por David Suarez

No sin cierta dosis de estupefacción reactiva al acostumbramiento, asistimos a la proliferación de afirmaciones peyorativas o discriminatorias en relación con personas o grupos, basadas en características como su religión, origen étnico, nacionalidad, raza, o identidad político partidaria. No se trata de palabras al viento que puedan ser soslayadas, porque afectan a sus destinatarios de manera directa, puesto que las descalificaciones y el desprecio hacia las personas en función de su identidad expresados en los discursos de odio ocasionan daño psicológico o físico. Es necesario desnaturalizar contenidos públicos y/o privados, acciones y actitudes que hoy se encuentran legitimadas desde las más altas esferas de los poderes político y mediático. Y si bien se trata de un fenómeno impulsado por las extremas derechas globales, importa comprender los impactos a nivel local de esta “tendencia”: ¿Qué son? ¿Cómo emergen y se reproducen los discursos de odio? ¿Cuál es el rol que deberían jugar los Estados para prevenirlos o contenerlos?

El odio como emoción

El odio es un sentimiento, uno más del abanico de emociones humanas. Puede definirse como la antítesis del amor, pero más acertado sería plantearlo como una emoción intensa y negativa que se dirige hacia una persona, grupo, idea, credo o entidad. Implica la aversión o antipatía hacia aquello que se percibe -real o de manera fantaseada- como amenazante. Nadie queda indemne del sentimiento de odio: ni el objeto (o más bien sujeto) receptor de la ira, resentimiento y rechazo, ni quien lo siente (con efectos negativos en la salud mental de las personas, incluyendo ansiedad, depresión y estrés). En términos de la convivencia en sociedad, es indudablemente un sentimiento que destruye los lazos sociales y de mutua confianza, porque en contextos extremos puede llevar a actos de discriminación, hostilidad o violencia hacia individuos o grupos considerados “otros” o diferentes. El odio no es sólo un fenómeno individual, sino que está influenciado y determinado por el contexto cultural, social, político y económico. Determinados “axiomas” establecidos en el sentido común, lecturas particulares de la historia social, contenidos educativos y mensajes propagados por medios de comunicación masivos (y ahora redes sociales) constituyen el insumo básico de los sentimientos de odio en comunidades o sociedades. Pero, así como dichos factores pueden ser potenciadores del odio, también pueden contribuir a atenuarlo o combatirlo: las sociedades son formaciones históricas y dinámicas, y lo que antes se percibía como peligroso o amenazante, y por ende perseguido y reprimido, hoy puede ser tolerado y celebrado como expresión de la diversidad constitutiva de cualquier grupo humano. Por eso es decisivo el debate en torno a la libertad de expresión y el derecho a manifestar opiniones sin que susciten la discriminación, el odio y la violencia hacia colectivos en general, y más en particular sobre los grupos vulnerables. En este sentido, el rol del Estado es performativo, ya que establece el marco de lo que se puede opinar, decir y hasta sentir.

La propagación del odio

Tómese cualquier intervención pública de Agustín Laje -influencer y conferencista de ultraderecha, actual director ejecutivo de la Fundación Faro- think tank cuyo objetivo es la creación y formación de cuadros políticos y liderazgos de esa parcialidad política. Laje manifiesta sin sonrojarse su aversión hacia toda expresión de la ideología progresista, en el marco de lo que denomina “la batalla cultural”. Dirige sus dardos envenenados de odio contra el progresismo y sus manifestaciones concretas: la tolerancia y aceptación de la homosexualidad, el matrimonio igualitario, el feminismo, el derecho al aborto, la educación sexual integral, factores todos que desviarían a los seres humanos de su verdadera naturaleza heterosexual y heteronormada. Plantea que, tras la caída del Muro de Berlín, el marxismo se atrincheró en el ámbito de la cultura, campo actual de la disputa. Para Laje no hay medias tintas: la guerra contra el progresismo, contra lo que denomina “marxismo cultural” (que, por supuesto, incluye al peronismo y al progresismo), es total. El odio está impreso en cada una de sus manifestaciones públicas. En sí mismas, estas manifestaciones no serían problemáticas: intolerantes, xenófobos, antiderechos, homofóbicos y apologistas de la represión ilegal de los ‘70 ha habido siempre. El tema es que el actual contexto de crisis constituye el sustrato donde estas ideas retrógradas arraigan con facilidad, multiplicadas exponencialmente por la difusión a gran escala y en tiempo real que hoy les permite la tecnología: quienes ayer eran marginales que publicaban libros sólo asequibles en algún puesto del Parque Rivadavia o la librería Huemul de la avenida Santa Fe, hoy pueden llegar a la pantalla de cada teléfono celular a través de las redes sociales. Las plataformas digitales tienden a reforzar los sesgos existentes, creando “burbujas” donde los usuarios sólo son expuestos a puntos de vista que confirman y refuerzan sus propias creencias: desde el “Nuevo Orden Mundial” hasta el terraplanismo, desde la teoría del “Gran Reemplazo” hasta la fábula del “Plan Andinia”, desde las apelaciones a la “memoria completa” hasta la negación del Holocausto; todo es posible de la mano de “simpáticos” tiktokers, instagramers y youtubers. Estos sesgos exacerban la polarización y la confrontación entre grupos, lo que contribuye a intensificar el sentimiento intolerante.

El odio como instrumento al servicio del poder

Pero, ¿qué sucede cuando ya no se trata de marginales, sino que los mensajes hostiles e incendiarios son emitidos, amplificados y difundidos desde el corazón mismo del esquema de poder? Milei tuvo una meteórica carrera desde los sets de televisión (a los cuales era convocado en virtud de que su sola presencia incrementaba la audiencia) y las redes sociales, hacia una diputación en 2021 y la presidencia de la nación en 2023. Lo hizo no sólo sin ocultar sus antipatías ni odios hacia el progresismo (a quienes denomina “zurdos de mierda”, concepto que desde el lopezreguismo y los grupos de tareas de la dictadura no era utilizado), la intervención del Estado en la economía (despotricando contra el keynesianismo en términos de “basura”), el sistema de partidos y la representación parlamentaria (quienes serían “ratas”, “degenerados fiscales”, “corruptos hijos de p*ta” y toda otra serie de epítetos irreproducibles), al tiempo que proclamaba la “superioridad moral y estética” del capitalismo por sobre el comunismo (englobando bajo ese paraguas ideológico a personajes tan dispares como Horacio Rodríguez Larreta y Axel Kicillof, o Pedro Sánchez y Joe Biden)… la lista de objetos del odio de Milei es inabarcable. Se destaca también no sólo el odio expresado en forma de discursos descalificadores, sino la actitud perpetuamente iracunda del ahora presidente, quien no comprende que no gobierna para una facción política de extrema derecha, sino en representación de todo el pueblo argentino. El ascenso de Milei en la consideración pública se produjo en un contexto social, político y mediático que habilita tanto el lenguaje del odio, como su utilización política por parte del poder. La vara de lo que se puede decir, expresar y hacer se fue corriendo desde la corrección política y el respeto por las diferencias, hacia una radicalidad que no prescinde de la violencia verbal, simbólica y en algunos casos, física. Hasta qué punto Milei es causa y medio de propagación, o consecuencia y expresión de las retóricas odiantes es algo que seguirá siendo materia de estudio, cuando se trate de analizar el convulso periodo que nos toca atravesar, caracterizado por la tendencia más amplia de las extremas derechas a usar la confrontación como herramienta política, en lugar de la búsqueda de consensos sociales y políticos en un clima de relativa concordia.