Apuntes para un manifiesto

La libertad humana se fundamenta en la responsabilidad de los actos, tanto los cometidos como los omitidos. La libertad es paradójica, ya que está influenciada por pasiones oscuras que afectan el comportamiento individual y colectivo; no tiene un único significado, sino que se manifiesta en diferentes contextos y discursos. En resumen, la libertad es un concepto multifacético, intrínsecamente ligado a la responsabilidad y la historia.
Por Perla Sneh

Cuando yo uso una palabra -insistió Humpty Dumpty con un tono de voz
más bien desdeñoso- quiere decir lo que yo quiero que diga…, ni más ni menos.
La cuestión -insistió Alicia- es si se puede hacer que las palabras signifiquen

tantas cosas diferentes.
La cuestión -zanjó Humpty Dumpty- es saber quién es el que manda…, eso es todo.

Lewis Carroll

Un manifiesto es -dice Henri Meschonnic- la expresión de una urgencia. Quizás pase por incongruente, pero sin ese riesgo, no habría manifiesto. Arriesguémonos entonces.

Jofesh, shijrur, jeirut, dror

El hebreo -lengua no fácil, sugestiva, misteriosa, cautivante- apela a cuatro términos distintos cuando habla de libertad.

Jofesh, aún si tiene un valor de mundana cotidianidad, ya que también puede designar tanto unas vacaciones como la gratuidad de algo, define el ideal mismo de la libertad del pueblo reunido en su tierra, tal como lo dice el himno, Hatikva (la esperanza): lihiot am jofshi be artzeynu, ser un pueblo libre en nuestra tierra. Asimismo, integra expresiones que hacen a derechos civiles fundamentales como libertad de expresión, de culto, de consciencia, etc.


Shijrur
-mejor traducido como liberación– puede aludir a cuestiones muy diferentes: liberar tensiones, liberar una zona, librarse de una operación, liberar a una nación.

Jeirutzman jeiruteinu, el tiempo de nuestra libertad- habla de la libertad del pueblo, la que festejamos en los días de Pesaj, que también es jag hamatzot -la fiesta del pan ázimo-, jag he’aviv –la fiesta de la primavera- y, también el verdadero año nuevo judío, ya que celebra el nacimiento del pueblo, nacimiento que se produce por el pasaje de la esclavitud a la libertad: avadim hainu, atá bnei jorin: fuimos esclavos, ahora somos libres. El presente subraya la actualidad de ese pasaje, porque en cada generación, cada persona debe considerarse a sí misma como si hubiese sido, personalmente, redimida de Egipto. Cada uno. Cada una. Hoy.

Dror: este término tiene un valor singular; remite a un antiguo poema de Dunash ben Labrat (s. X): Ve dror yikrá – Y proclamará la liberación de sus hijos e hijas..., inspirado en la legislación bíblica del jubileo: “pregonaréis libertad en la tierra a todos sus moradores”. Todos: a todos les cabe la libertad, incluso a los esclavos. Si alguno de ellos por amor al amo y a su familia, prefiere seguir sirviendo, se le perforará la oreja para que se sepa que se trata de alguien que ha renunciado a ser libre.

Tanto jeirut como dror albergan también un valor político en la historia del sionismo y del Estado de Israel: Jeirut es el nombre del partido fundado por Menajem Beguin basado en la ideología de Zeev Jabotinsky, del que surgió, más tarde, el Likud, partido que en estos días encabeza Benjamin Netanyahu[1]. Dror, por su parte, es el nombre de una rama del movimiento sionista socialista kibutziano, integrante del laborismo fundacional del Estado de Israel, inspirado en el pensamiento del Ber Borojov. A diferencia de la libertad anhelada –jerut-, dror sostiene el derecho inalienable a ella.

Ninguna de estas acepciones se aviene, sin embargo, al sentido que le otorga a libertad nuestro grotesco Humpty Dumty autóctono, quien se regocija de asumir su cargo en Jánuca, «la fiesta de la luz, ya que la misma celebra la verdadera esencia de la libertad» y se siente respaldado por “las fuerzas del cielo”. No deja de compararse con Moshé Rabeynu y sostiene, sin ponerse colorado, que los judíos salieron de Egipto porque pagaban muchos impuestos[2].

No hay aquí espacio para desmontar uno a uno tales desatinos, aunque no podemos dejar de consignar nuestro asombro -mejor, nuestro escándalo- ante el silencio de las instituciones oficiales que no sólo no sacan a Humpty Dumpty de su error, sino que lo invitan a perseverar en ello en su seno.

¿Cómo no señalar el absurdo en que incurre alguien que pretende decirse judío[3] y llama “aberración” a la justicia social? 

Al fin y al cabo, justicia social es una traducción certera de lo que se llama tzedaká, noción inseparable de toda libertad concebible en el judaísmo. La tzedaká no es mera “beneficencia” o “caridad”, sino un acto de justicia; es imperativo, precepto, obligación moral de restituir a un semejante el derecho a vivir con dignidad.

Quizás la libertad pueda decirse de diversos modos: libertad situada (Sartre), libertad en la necesidad (Marx); incluso esa extraña libertad que implica responsabilizarse por aquello que se desconoce, pero que reclama una toma de posición (Freud). Pero nunca puede reducirse -menos aún en el judaísmo- a libertad de mercado, esa que la ley, en su mayestática igualdad, otorga al rico y al pobre por igual: la de morirse de hambre bajo los puentes (Anatole France).

El hombre es libre por ser responsable de sus actos, los que cometió y aquellos de los que se abstuvo; libre por no precisar de intermediarios para examinar la propia conducta, libre para intentar una reparación. Libertad paradojal, marcada no sólo por lo que se desconoce, sino también por esas pasiones oscuras que habitan en el alma de los hombres y de los pueblos -pasiones que hoy están a la orden del día- y que inciden en los actos del sujeto. Sujeto que, aún si no puede considerarse amo y señor de sí mismo, sus discursos y sus actos, tiene que tomar posición ante algo que lo determina y reclama una respuesta. Libre, entonces, por responsable.

Libertad, entonces, no se reduce a un significado, sino que arraiga en una posición enunciativa. La mera decencia, entre muchas otras cosas, nos impide siquiera concebir que la palabra libertad sea la misma en boca de nuestro Humpty Dumpty que en boca de aquellos combatientes que la enunciaron a sangre y fuego, entre plegarias y mesas despojadas de pan ázimo, cuando clamaron por nuestra y vuestra libertad, en medio de-como dice el poeta- la revuelta más destituida de esperanzas que supo alguna vez el ser humano.

No diferenciarlas es profanación.

Hacer oídos sordos a esa diferencia es idolatría, el peor de los pecados en el judaísmo.

Va siendo hora de manifestarlo de una buena vez.


[1] Claro que hablar de la derecha de Beguin y de Netanyahu en un mismo aliento es como hacer lo mismo con Lugones y Milei, pero no hay espacio aquí para tales sutilezas.

[2] “Cuando dicen que solamente nos quejamos por pagar impuestos es muy interesante porque cuando uno revisa el segundo libro del Pentateuco, el libro de Shemot, o para quienes lo leen desde La Biblia, el Éxodo, se señala que los egipcios, frente al avance que mostraba sistemáticamente el pueblo judío, y para frenar dicho avance, le empezaron a poner impuestos; y como aún así el pueblo judío seguía evolucionando, los terminaron esclavizando, situación que a la postre terminó con los judíos yéndose de Egipto. Es decir, caminaron 40 años para salir a la libertad, para salir del yugo opresor del Estado”. La Nación, https://www.lanacion.com.ar/politica/javier-milei-rechazo-el-proyecto-de-bienes-personales-con-una-referencia-biblica-nid21122021/

[3] No está muy claro por qué. Por mi parte, no descarto -es una opinión personal- que lo haga convencido del poder oculto y ubicuo que se asigna a los judíos que, como es sabido,  manejan (manejamos) todo, desde la banca mundial hasta el baile de los delfines, poder que el susodicho buscaría manipular en su beneficio. En fin, una precisa ilustración del antisemitismo actual.