El libro de Peter Beinart, Ser judío después de la destrucción de Gaza: un ajuste de cuentas (publicado en Nueva York, en enero de 2025), constituye un bienvenido ajuste de cuentas moral no solo con Israel, sino también con quienes, en la diáspora, apoyan incondicionalmente al gobierno israelí de turno y no repudian los crímenes de guerra.
Su lectura, para judíos progresistas en ambas Américas, resulta impostergable, precisamente ahora que el gobierno de ultraderecha de Netanyahu intensifica la destrucción total de Gaza y que incluso países aliados de Israel han emitido un ultimátum.
Gran Bretaña, Francia y Canadá calificaron de “desproporcionados” y “atroces” los planes israelíes de escalada, en un momento en que la ONU advierte que la población corre riesgo de hambruna.
El elevado número de víctimas civiles que desde el sábado Tzahal ha infringido drásticamente en Gaza ha provocado la condena más enérgica, hasta el momento, por parte de algunos poderosos aliados occidentales de Israel desde que comenzó la guerra hace 19 meses.
Ser judío después de la destrucción de Gaza ha comenzado a romper el silencio de numerosos judíos en Gran Bretaña, Francia y Canadá, y no solo por presión de sus respectivos gobiernos.
Editor general de la revista Jewish Currents y profesor de ciencias políticas en la Universidad de la Ciudad de Nueva York, Peter Beinart es conocido como el principal crítico intelectual sionista del mundo angloparlante respecto a la ocupación israelí del pueblo palestino. En los últimos años, sus libros y artículos han denunciado que los judíos israelíes disfrutan de una supremacía legal de apartheid que corrompe el sistema político y pervierte la moral de la sociedad hebrea.
El autor confiesa haber elegido el título como respuesta a un antiguo amigo anónimo: “Cuando te oigo hablar con voz sofocada sobre los israelíes asesinados y capturados el 7 de octubre, desearía que invocaras algo de esa justa ira por los palestinos masacrados en cantidades aún mucho mayores”.
Pero es en la esfera ética donde el libro fue escrito por un judío de la diáspora como severo mea culpa por los crímenes de Tzahal en Gaza, cuya responsabilidad moral -no penal- Peter Beinart también siente como una profanación de los valores éticos judíos.
Ser judío después de la destrucción de Gaza profundiza esta crítica centrándose en las «tradiciones judías» (‘Dios no solo libera a los judíos de la esclavitud, sino también de su amo’), mucho más que en consideraciones políticas.
Sus argumentos político-militares para criticar a Israel, o el fracaso de Tzahal en castigar el ataque genocida del 7/10, coinciden con la opinión de numerosos críticos israelíes. Utiliza argumentos similares que desmitifican el uso exclusivo del poder militar para reprimir la violencia fundamentalista, mientras Hamás no ha sido eliminado y claramente logra reagruparse en un número significativo.
“Los combatientes que mueran serán reemplazados por otros, ya sea en nombre de Hamás o de otros movimientos de resistencia. El resultado final será más violencia, más muertes en ambos bandos, sin tener la seguridad de que no se perpetrará otro 7/10”, advierte Beinart.
Sin embargo, el libro me cautiva tanto por su discurso ético y humano como por su denuncia de la complicidad del silencio ante los crímenes perpetrados en Gaza.

Para comenzar, su reflexión ética, conforme a la tradición judía: “Creo que lo más relevante para el libro es la cuestión de cómo contar una historia sobre lo que significa ser judío que reconozca nuestras obligaciones mutuas, pero que también tenga presente que las primeras personas creadas, según la Torá, no son judías. Todos los seres humanos son creados a imagen de Dios, y eso precede a la historia judía. Lo que Israel ha hecho en Gaza es la más profunda profanación de la idea central del valor absoluto e infinito de cada ser humano”, declaró en una entrevista en vísperas de la aparición del libro.
Beinart desmitifica luego la complicidad de las instituciones judías con los gobiernos de turno del Estado israelí en nombre de la solidaridad, convirtiendo el apoyo incondicional en un culto de la religión civil comunitaria judía norteamericana. Más aún, denuncia la falacia conceptual de equiparar sionismo y judaísmo. Leamos su razonamiento, pese a su extensión:
“La comunidad judía estadounidense organizada actúa como si los palestinos de Gaza carecieran de valor. Básicamente, estas personas afirman que el Estado tiene un valor absoluto, pero que los seres humanos que viven en él, si tienen la desgracia de ser palestinos, no tienen valor. Sus muertes se desestiman con los pretextos más insignificantes.
Creo que la comunidad judía estadounidense organizada, especialmente desde 1967, se ha construido en torno al apoyo incondicional a Israel como un rasgo central de lo que significa vivir una vida judía. Apoyan la estructura básica del Estado a pesar de que este es fundamentalmente desigual y opresivo en lo que respecta a sus minorías, los palestinos.
El sionismo, en su actual forma de etnonacionalismo judío, corre el riesgo de absorber al judaísmo o de integrarse tanto con él hasta ser imposible distinguirlos. La bandera israelí está diseñada para parecerse a un talit, el chal de oración que usan los judíos al rezar. La estrella de David, un símbolo judío tradicional. La menorá también se usa en los símbolos nacionales israelíes. Los judíos que se oponen al sionismo exigen hacer esta distinción que comparten con los antisemitas: no quieren que la gente se acerque a un judío en la calle que lleve una kipá o algún símbolo judío y lo haga responsable de las acciones del Estado de Israel. Sin embargo, al mismo tiempo, los líderes judíos en Estados Unidos confunden constantemente estas dos cosas al afirmar que el sionismo es inherente al judaísmo. Por un lado, afirman que apoyar al Estado de Israel es inherente a ser judío. Por otro, exigen al activista antisionista o pro-Palestina que cumpla con un estándar que ellos mismos violan”.
Advenimiento de la Segunda República Israelí Confederada
Ahora bien, a pesar de sus severas críticas al actual gobierno israelí por la destrucción total de Gaza, el mensaje final del autor se lee sorprendentemente esperanzador. Peter Beinart abriga la fe de que la posguerra sería la condición de posibilidad no solo para el comienzo de una reconciliación con los palestinos, sino también para el advenimiento de una Segunda República de Israel, confederada con los palestinos.
No es el único intelectual pos-sionista convencido de que el modelo de Estado etnocrático de la Primera República judía se ha agotado. La Segunda República es vislumbrada con ojos utópicos por Beinart, no apocalípticos: es una nueva era en la que judíos y palestinos conviven con igualdad de derechos ante la ley, en una confederación o un Estado binacional.
Interrogado sobre el origen de su optimismo, Beinart responde: “No creo que la esperanza provenga de las circunstancias materiales. El optimismo es algo que se busca con pruebas. Yo no tengo nada de eso: la esperanza viene de donde viene. Es simplemente algo que los seres humanos necesitamos. Como necesitamos oxígeno. Para mí, tal vez provenga de la creencia en Dios. No lo sé. Yo mismo he vislumbrado pequeños episodios de esta posible liberación como hijo de sudafricanos” (Entrevista de Ahmad Moor a Peter Beinart, The Guardian, 27/1/2025).
Además, hay otra perspectiva analítica aguda en el libro de Beinart que ayuda a comprender un comportamiento patológico de numerosos israelíes y que Omer Bartov atribuye al profundo legado del Holocausto en el Estado judío. Este gran historiador israelí-norteamericano, experto en genocidios contemporáneos, interpreta lo que Peter Beinart denomina “falsa inocencia”; un sentimiento que comenzó a impregnar la vida judía actual, disfrazando la toma de poder como defensa propia.
Porque la conmemoración del exterminio judío como religión civil, sostiene Bartov, debe tener consecuencias, sobre todo cuando se trata de un compromiso total con el “nunca más”. Y cuando el lema «nunca más» se convierte en parte de la ideología del Estado-nación, la falsa inocencia se torna en una lente distorsionada a través de la cual cada amenaza, cada problema de seguridad y cada desafío a la legitimidad del Estado se perciben como un peligro existencial. Entonces, no resulta incomprensible que quienes una vez enfrentaron la amenaza de aniquilación ahora busquen protegerse sin importar barreras físicas ni líneas rojas morales de ninguna clase.
Se trata de una cosmovisión, escribe Beinart, que “ofrece licencia ilimitada a los humanos para actuar violentamente, aun cuando sean propensos a cometer errores criminales”.
Significativamente, Bartov tituló a su propio artículo “Licencia para matar” y complementa la lógica de Beinart del siguiente modo: “Cuando se ve a los combatientes de Hamás como nazis modernos, uno puede imaginar a Israel como un ángel vengador que elimina a sus enemigos a fuego y espada. Durante mi infancia y juventud en Israel, el Holocausto fue un símbolo de vergüenza y negación, un acontecimiento en el que los judíos fueron llevados como ovejas al matadero. Con los años, a medida que fui creciendo, se convirtió en algo completamente diferente: el juramento nacional ‘Nunca más’” (Omer Bartov, “Licencia para matar”, Hazman Ha-Ze (hebreo), 15/5/25).

Pero inmediatamente, Bartov pasa a condenar la indiferencia y apatía moral de gran parte de la sociedad israelí por no exigir el fin de la destrucción y asesinato de miles de gazatíes inocentes -niños, madres y ancianos- cuyos rostros y ruinas de viviendas los medios ocultan en los noticieros censurados.
Esa apatía e indiferencia hacia los habitantes de Gaza se extiende, según Bartov, a los países occidentales, acusados en otro libro que también comenta: Abdicación moral: cómo el mundo no pudo detener la destrucción de Gaza, de Didier Fassin, publicado casi simultáneamente con el de Beinart (Nueva York, Verso, 2025).
Fassin examina cómo la mayoría de los gobiernos occidentales han consentido y, a menudo, contribuido a la destrucción de Gaza por parte del ejército israelí -sus hogares, infraestructuras, hospitales, instituciones educativas y población civil-. Para justificar su apoyo y evitar críticas, adoptaron la narrativa oficial israelí, difundida por los principales medios de comunicación, que ignoraron las voces y denuncias gazatíes. Las voces disidentes fueron silenciadas. Se impuso una vigilancia del lenguaje y del pensamiento. La censura y la autocensura se normalizaron. Pedir un alto el fuego o exigir el respeto del derecho humanitario, recuerda Bartov, bastaba para provocar la siempre presente acusación de antisemitismo.
Posdata
No es necesario buscar el juicio moral de intelectuales judíos norteamericanos e israelíes solo en libros de ensayistas e historiadores famosos como Peter Beinart u Omer Bartov. Diariamente, Haaretz publica denuncias de abogados activistas por la defensa de los derechos humanos, como Michael Sfard. En su valiente admonición moral, publicada el 18/5, el especialista en derecho internacional humanitario advierte dramáticamente: “Generaciones de israelíes llevarán la marca de Caín grabada en nuestras frentes durante estos días, porque seguimos bombardeando, hambreando y expulsando a seres humanos indefensos. ¿Qué será de nosotros? ¿Cómo vamos a poder vivir con nuestras fechorías?” (Michael Sfard, “Soldado, un crimen de lesa humanidad ante tus ojos”, Haaretz, 18/5).
El periodista militar Zvi Barel intenta, sarcásticamente, tranquilizar a Sfard al denunciar la sustitución, por parte del gabinete de guerra, de la narrativa bíblica de venganza por la masacre de Hamás el 7/10 por una nueva narrativa “civilizatoria” de “victoria total sobre la barbarie” (Zvi Barel, “Ahora está permitido mirarnos en el espejo con orgullo”, Haaretz, 2/5/25).
Una narrativa que Netanyahu acaba de proclamar en redes sociales como “la guerra de la civilización contra la barbarie”, en respuesta al ultimátum de Gran Bretaña, Francia y Canadá para poner fin a la guerra. Y les reiteró: “Israel seguirá defendiéndose por medios justos hasta lograr la victoria total”. Además, acusó a los primeros ministros de esos tres países de haber entregado un «premio enorme» a Hamás y de alentar “tácitamente la repetición de los atentados del 7 de octubre de 2023”, que mataron a unas 1.200 personas en Israel y llevaron a 250 como rehenes a Gaza.
La nueva narrativa de “victoria total” se indigna cuando Israel es acusada de crímenes de lesa humanidad, incluidos el abandono de los ciudadanos israelíes rehenes en manos de Hamás.
Y, perversamente, también oculta la advertencia de Bartov: que los hijos e hijas de la próxima generación, aunque ya no lleven la marca de Caín de sus padres, serán libres de repensar sus vidas y su futuro, sin el recuerdo del Holocausto que sus progenitores han profanado inmisericordemente.