Hace quince años terminé mis estudios en Betzalel, la única Academia de Bellas Artes de Israel y una de las mejores del mundo.
Como todo país, Israel también tiene su cultura. Y fue justamente esa cultura —tan contradictoria, vibrante y profunda— la que me hizo quedarme veintitrés años. La que me arraigó.

Durante mi tiempo en Betzalel, una de las primeras cosas que comprendí —aunque ya tenía un recorrido previo en el tema, después de haber trabajado en el Museo del Holocausto— fue que una parte enorme de nuestra historia cultural había sido arrasada. No eran solo personas: eran lenguajes, canciones, poemas, cuadros, estilos, voces enteras que se perdieron en los hornos y las fosas comunes. Se destruyeron mundos enteros.
Cuando se fundó el Estado de Israel, hubo que construir una cultura casi desde cero. No se trataba solo de levantar un país, sino de tejer de nuevo un entramado cultural y artístico que había sido brutalmente interrumpido. Pero esa reconstrucción tuvo un precio: muchas veces se hizo sin la memoria completa de lo que había existido antes.
Ahí entendí también por qué el arte israelí es como es: ferozmente crítico, agudo, incómodo, provocador. Y por eso sentí que era urgente protegerlo. Porque en los últimos años, con presiones crecientes, censura solapada o directa, y un avance autoritario que intenta domesticar la cultura, volvíamos a correr el riesgo de perderlo todo. Otra vez.
En los últimos cinco años no solo se redujo a cero el presupuesto estatal para el arte en Israel: se buscó arruinarlo sistemáticamente. La primera en avanzar en esa dirección fue Miri Regev, y luego otros ministros siguieron la misma línea. Hoy, quien se atreve a criticar al gobierno o a crear arte disidente puede incluso terminar detenido.

Artistas por la Resistencia nació justamente para enfrentar esto. Formalmente empezamos hace diez años, pero fue hace cinco que el grupo tomó nombre y forma. Lo fundamos junto a Tamar Drodz, una amiga que conocí en las manifestaciones. No nos conocíamos antes. Nos encontramos en la calle, marchando, y fue natural unirnos. Descubrimos, además, que las dos habíamos estudiado en Betzalel.
Allí mismo, junto con nuestro querido profesor Gilad Ofir, empezamos a imaginar que podíamos hacer algo más que marchar: que podíamos resistir con lo que sabíamos hacer: el arte.
Hace unos diez años, cuando el Estado de Israel comenzó a intensificar la destrucción de aldeas beduinas en el Néguev, iniciamos una de nuestras primeras acciones como grupo. Nos reunimos artistas de diversas disciplinas: plásticos, actores, cineastas, músicos. Y comenzamos a viajar juntos a una pequeña aldea: Al-Araqib.
Al-Araqib es una aldea beduina que existe desde hace más de cuatrocientos años, desde tiempos del Imperio Otomano. Cuenta con todos los permisos legales, pero aun así ha sido demolida por el Estado más de doscientas veces. Sin embargo, sus habitantes siguen resistiendo. Ellos creen —y nosotros con ellos— que la única opción que nos queda es unirnos y demostrar, a través de nuestra presencia y de nuestro arte, que queremos convivir, que queremos construir juntos.
Pero Al-Araqib no fue solo un símbolo: se convirtió en un anhelo para nosotros. Una parte de nuestro corazón está allí. Después de que hicimos las primeras pinturas en la aldea, por primera vez llegó la policía israelí y destruyó todo. Rompieron las pinturas, las partieron en pedazos. Y ahí entendimos algo profundo: cuando se rompe el arte, cualquier cosa puede pasar. Si se rompe el arte, se puede romper también la convivencia, la humanidad, el respeto mutuo.

A pesar de eso, seguimos.
Los lazos se hicieron cada vez más fuertes. Los habitantes de Al-Araqib venían a comer a mi casa al menos una vez por mes. Los encuentros entre artistas los hacíamos en el Ecfar, y también en mi casa: hacíamos asados, escuchábamos música, cantábamos, pintábamos y pensábamos juntos nuevas formas de resistencia.
Y no era solo arte.
El vínculo con Al-Araqib nos llevó a involucrarnos cada vez más profundamente en la vida del pueblo. Incluso ayudamos a mujeres a separarse de situaciones de violencia o maltrato. Hablábamos con el jefe de la aldea y acompañábamos a las mujeres en sus decisiones, cuando querían dar ese paso tan difícil. Llevamos el feminismo dentro del activismo también.
Por eso siempre digo: la fuerza que tiene el arte es inmensa. No es solo estética. El arte fue la herramienta que nos comunicó, que nos permitió acercarnos, que nos enseñó a escucharnos unos a otros, a respetarnos como personas. De ahí surgió todo. Porque, al final, somos todas personas. Y es desde ese lugar humano que podemos resistir juntos.
El arte israelí es, justamente, ese cruce. No es un arte “judío” en sentido cerrado. Está hecho de muchas capas: hay voces rusas, voces árabes, voces cristianas, voces mizrajíes, voces etíopes.
Eso es lo que le da su fuerza. Israel, pese a todo lo que ocurre, sigue siendo el único país de Medio Oriente donde, en la base de la sociedad, seguimos conviviendo personas de orígenes diversos.
Así también fue en los meses previos al 7 de octubre. Días antes ocurrió otro hecho que marcó profundamente ese clima de violencia creciente. En Huwara, un pueblo palestino en Cisjordania, colonos judíos quemaron y destruyeron casi por completo el centro del pueblo. Fue un ataque brutal, que dejó casas, negocios y autos convertidos en cenizas.
Ante ese horror, intentamos reaccionar como podíamos: dibujar, gritar, escribir, cantar, para que se escuchara que esas cosas no podían suceder. Que no podíamos actuar de esa manera.

El arte siempre estuvo del lado de la verdad.
Pintábamos los muros de Bibi —los muros que no nos dejaban tocar— cada fin de semana, y llevábamos esas pinturas a las marchas. Porque cuando te quitan la palabra, el cuerpo y el arte son lo que queda.
Hubo un momento que aún me conmueve hasta las lágrimas. Los artistas decidimos hacer algo especial: los escudos de la democracia. Nos reunimos en el taller de nuestro profesor Gilad Ofir. Vinieron artistas de todos los ámbitos y personas de todos los rincones de la sociedad.
Construimos escudos de madera, a mano. Cada uno tenía su forma, su mensaje, su gesto. Eran escudos reales, pero también simbólicos: escudos para proteger lo que sentíamos que estábamos a punto de perder.
Eso fue antes del 7 de octubre.
Y no era solo yo: todos, a través del arte, de nuestro cuerpo en la calle, de nuestras voces, gritábamos que había que frenar algo. Lo sentíamos en la panza, en el alma, en las piernas.
Caminábamos y llorábamos sin saber del todo por qué. Pero lo sabíamos: algo muy grande estaba por romperse.
Y así fue.
El 7 de octubre se rompió todo. Y la tragedia llegó también a Al-Araqib: seis personas del pueblo, que habían salido a ayudar a otros, murieron ese día. Desde entonces, nuestra situación se volvió aún más difícil. Los artistas en Israel ya no podemos exponernos fácilmente.
No hay verdadera libertad, ni dentro del país ni fuera de él.
Por eso, una de nuestras ideas más urgentes hoy es tender un puente hacia afuera: traer artistas a otros países, armar una Galería de Arte Israelí para que el mundo —y en especial las comunidades judías de la diáspora— puedan conocer el verdadero arte israelí, la verdadera cultura israelí. No la versión distorsionada que algunos quieren imponer, sino la voz real de quienes crean, resisten y siguen soñando.
Porque cuando se entiende eso, cuando se conoce esa voz, es algo que no solo los judíos, sino el mundo entero, debería respetar y cuidar. Porque el arte siempre dice la verdad. El arte es el espejo y los ojos de una sociedad.
Y hoy hay unos ojos en Israel que no se dejan ver —ni dentro de la sociedad, ni hacia afuera.
Y nuestro trabajo es, justamente, ayudar a que esos ojos se vuelvan visibles.
El mundo muchas veces no nos quiere por ser judíos e israelíes. Pero en Israel hoy tampoco podemos mostrar ni decir nuestras voces. Por eso es tan importante, quizás como nunca antes en la historia reciente, lograr salvar nuestro arte y nuestra cultura.
Ese es, al final, el corazón de esta resistencia.
Ilustración de portada: «Fuegos de octubre» – Oleo sobre vidrio-2022. Jessica Sharon