Trump, entre la diplomacia y la guerra: el dilema que define Medio Oriente

Con Israel bajo fuego y la amenaza nuclear latente, Donald Trump sopesa una intervención militar decisiva contra Irán. Mientras Washington evalúa si acompañar o no a su aliado en un ataque al búnker de Fordow, Israel acelera su ofensiva, decidido a actuar con o sin apoyo estadounidense. La región, al borde de una escalada que podría alterar el equilibrio global.
Por Damián Szvalb

Al cumplirse la primera semana del conflicto entre Israel e Irán es clave mirar ahora con especial atención para entender la dinámica que puede tomar la guerra, los próximos pasos que dará Estados Unidos. Donald Trump parece estar decidido a intervenir militarmente junto a Israel para cumplir con un objetivo tan puntual como decisivo: destruir el sitio de enriquecimiento de uranio de Fordow, construido dentro de una montaña al sur de Teherán. Con eso, alejaría por décadas a Irán de una bomba atómica y dejaría contento y tranquilo a Bibi Netanyahu, quien sabe que, si Fordow sobrevive a la guerra, el programa nuclear de Irán también lo hará.

El factor tiempo

Sin embargo, al premier israelí hay algo que lo preocupa: el tiempo que se quiere tomar Trump para decidir y, eventualmente, para actuar. En una de sus últimas intervenciones públicas, el presidente de Estados Unidos dijo que necesita 15 días para evaluar su decisión final. Tiene lógica: primero quiere que le aseguren que sus masivas bombas antibúnker, que nunca se usaron en guerras, destruirán de manera determinante la instalación nuclear de Fordow, la más fortificada de Irán.

También está pensando en el día después, porque no quiere que esta decisión arrastre a Estados Unidos a una guerra prolongada en Medio Oriente. Esto iría en contra de sus objetivos en política exterior, que están bien claros: terminar de desenganchar a Estados Unidos de los conflictos globales. No quiere seguir poniendo dinero ni recursos en guerras lejanas. Por ahora, no ha tenido éxito ni en Ucrania-Rusia ni en la de Israel y Hamás.

Si bien es verdad que Trump puede estar manteniendo esta ambigüedad sobre sus decisiones como una estrategia para ejercer más presión sobre Irán, lo cierto es que tiene sobre la mesa todas las opciones: la diplomática, que gestiona su enviado especial Steve Witkoff, quien está en comunicación directa con el ministro de Relaciones Exteriores de Irán, Abbas Araghchi, y la militar. Sin embargo, no son excluyentes, porque si Trump decide involucrarse directamente en la guerra, intentará, apenas termine la operación, volver a la mesa de negociación. Pero ahí seguramente se encontrará con un panorama difícil: un Irán muy debilitado, pero no vencido, que, ante la humillación de ver en llamas su sueño nuclear, podría optar por tirar del mantel y buscar regionalizar o hasta internacionalizar el conflicto, llevándolo a una guerra híbrida, activando acciones terroristas como ciberataques o maniobras que alteren la economía global dentro y fuera de la región. En esa debilidad iraní está entonces la mayor amenaza para Estados Unidos, para Israel y para todos.

¿Una época de guerras eternas?

Irán tiene a mano el estrecho de Ormuz, por donde pasa un quinto de la producción de petróleo mundial. Si ataca a los barcos que pasan por allí o, peor aún, si lo cierra, impactaría en la economía global. El otro gran riesgo es que Irán busque perpetuar el conflicto para hacer invivible la vida de millones de israelíes, lanzándoles todos los días una lluvia de misiles. Estamos atravesando una época de guerras eternas: la de Ucrania y Rusia, en el corazón de Europa, ya lleva tres años y medio. Se trataría de un escenario insoportable para Israel.

Israel no solo necesita confirmar que Trump lo va a acompañar en esa decisiva operación en Fordow, sino también hacerlo rápido. Israel no puede esperar dos semanas porque su población, que apoya férreamente la campaña militar contra Irán, es la que peor la está pasando. Nunca antes en la historia del país habían estado tanto tiempo bajo una lluvia de misiles tan potentes y letales como ahora.

Es verdad que, durante los últimos quince años, hasta el 7 de octubre de 2023, las poblaciones del sur del país fueron acosadas por el grupo terrorista Hamás con un incesante y casi diario bombardeo de cohetes que hizo insoportable la vida cotidiana. Pero ahora los ataques golpean y destruyen las ciudades más importantes del país, centros económicos, políticos y espirituales donde vive la mayor parte de la población israelí. Ya sabemos el impacto que las guerras generan en la opinión pública en las democracias, que pueden hacer cambiar apoyos incondicionales a críticas intensas en pocos días. El gobierno de Israel, consciente de este posible desgaste, ya está advirtiendo que la campaña militar puede ser larga.

Por eso, el gobierno de Israel acelerará para cumplir sus objetivos con o sin Trump. Si Estados Unidos no le da la bomba antibúnker, trascendió en medios estadounidenses que Netanyahu y las Fuerzas de Defensa de Israel tienen opciones para causar daños significativos a la instalación de Fordow, más allá de seguir golpeando con ataques aéreos. Se estaría evaluando una operación terrestre con comandos, aprovechando la debilidad aérea y terrestre de los iraníes. Los riesgos son altos, pero parece que Israel estaría dispuesto a correrlos.