Hace tiempo Israel se incorporó a la tercera ola de autocratización de democracias iliberales con gobiernos populistas de derecha; hace rato lamentamos el declive de sus atributos democráticos y el alejamiento del republicanismo liberal. También en Israel se celebran elecciones libres, pero ello no ha dado lugar a que se garantice el liberalismo constitucional, por lo que ambos conceptos, empíricamente, han quedado disociados.
Democracia iliberal es un concepto acuñado por Fareed Zakaria en su ensayo The Rise of Illiberal Democracy (1997), que analíticamente parte de la disociación de dos componentes que, en teoría, parecían indisolubles: la democracia y el liberalismo constitucional. Por el contrario, la democracia iliberal enfatiza una concepción de democracia que prioriza la dimensión electoral, entendida únicamente como un mecanismo de selección popular de gobernantes[i].
Pero a diferencia de otras democracias iliberales, cuyos regímenes se erosionan de modo gradual bajo una aparente legalidad, en Israel, desde el 7/10 y con las sucesivas guerras de Tzahal, el país se precipita hacia una peligrosa obstrucción democrática.
Sin dudas, la erosión iliberal israelí comparte déficits democráticos con otros regímenes autoritarios. Se constata el debilitamiento de la separación de poderes y de los pesos y contrapesos habituales, en favor de un protagonismo arbitrario del ejecutivo que concentra poder. Se trata de un poder transformado en autocrático, mediante el control de la Knesset por una coalición mayoritaria de derecha mesiánica/kahanista; por añadidura, crece el menoscabo de la fiscalización interna de la sociedad civil y sus ONG al amparo de una antidemocrática reforma judicial en avance.
Un rasgo peculiar de la democracia iliberal israelí es la sincronía entre la reducción de los derechos y libertades de los ciudadanos de la minoría árabe, la represión de los derechos nacionales y civiles de los palestinos en territorios bajo ocupación cívico-militar judía, por un lado, y, por el otro, la violación de normas del derecho humanitario internacional.
Algunos países descolonizados del Tercer Mundo afro-asiático sospecharon que el modelo de democracia liberal occidental de sus ex metrópolis podía no triunfar en las nuevas repúblicas independientes; asimismo, países ex satélites de la URSS, especialmente Polonia y Hungría, no estaban seguros de que la democracia liberal fuera el destino final de la democratización postcomunista, sino solo una de las posibles salidas.
Por el contrario, desde su independencia, Israel no tenía dudas acerca de la capacidad del modelo occidental democrático de triunfar y de formar parte de países con democracias liberales consolidadas; más aún: los israelíes no dudaban de la irreversibilidad del sistema democrático, debido a exitosos niveles de desarrollo económico y de bienestar, en contraste con el subdesarrollo de países árabes vecinos. Su cultura política cívica, históricamente, se remonta a antes de la creación del Estado de Israel. La adopción de un sistema parlamentario, Knesset, elegido por voto popular, era vista como una garantía compartida con el modelo británico, pese a adaptaciones a la realidad israelí.
El sistema judicial hebreo independiente también recoge elementos de la tradición legal británica. Incluso los orígenes de algunas instituciones y prácticas administrativas, como la figura del Contralor del Estado, se pueden rastrear en el Mandato Británico en Palestina, aunque adaptado y modificado para satisfacer las necesidades del nuevo Estado judío.
Sin embargo, hoy en día varios politólogos israelíes ya no están seguros de la irreversibilidad del liberalismo en su país, de cara a algunas admiradas democracias consideradas plenamente consolidadas que atraviesan retrocesos y parecen incapaces de sustraerse a la deriva iliberal. E.E.U.U., bajo la segunda presidencia de Donald Trump, es el caso más paradigmático dado la alianza estratégica de Israel.
Populismo y Estado de excepción en Israel
Pero hoy, más que nunca, la irreversibilidad del liberalismo democrático en Israel es puesta en cuestión por el impacto combinado de dos fenómenos políticos y de seguridad, el populismo de derecha y el estado de excepción por la situación de guerra permanente.
El fenómeno populista Netanyahu, que logra subsistir durante 16 años continuados liderando coaliciones de derecha y de extrema derecha, con apoyo de partidos religiosos ultraortodoxos y kahanistas, comparte algunas pautas de la gobernanza autoritaria en otros países; especialmente, con el populismo del líder Jarosław Kaczyński, del partido autoritario populista polaco Ley y Justicia, y con el Fidesz (Alianza de Jóvenes Demócratas Húngaros), de Viktor Orbán.

Ambos líderes populistas pretenden personificar al pueblo, acceden al poder mediante elecciones libres y procuran dar cumplimiento a la voluntad popular con mecanismos iliberales. Su populismo, aparentemente, puede considerarse democrático porque surge de comicios y quiere llevar a cabo la voluntad popular, pero es iliberal porque no concibe que haya ningún límite a esa voluntad. El premier Netanyahu, procesado por la justicia penal, tal como aquellos líderes, gobierna socavando la división de poderes, tratando de impugnar a los tribunales, dominar los medios de comunicación y reprimir la crítica de la oposición. Su objetivo autoritario es cercenar los derechos de colectivos sociales a los que considera enemigos del pueblo, y boicotea cualquier posibilidad de fiscalización interior y exterior.
Ahora bien: si en todos los países con democracias iliberales el estado de derecho se resiente, en Israel el estado de excepción por la guerra permanente es la mayor amenaza que socava a la democracia liberal.
No solamente la ocupación cívico-militar de territorios palestinos y su régimen de apartheid socavan el carácter democrático del estado judío. Básicamente, la situación de guerra-antiterrorista y la opresión sobre los palestinos provocan la militarización de la sociedad civil y que se viva como normal el estado de excepción permanente. Porque la lógica del estado de excepción durante décadas viene reemplazando las fronteras sociales, culturales y étnicas de la sociedad civil por otras fronteras que oponen aliados versus enemigos, externos e internos. Israel conoció diversos estados de excepción, pero el último está controlado por la coalición de ultraderecha de Netanyahu, cuyos aliados no son solamente colonos y electores del partido oficialista Likud. A diferencia del poderoso y mayoritario partido Fidesz, de Victor Orbán, el Likud de Netanyahu, con un máximo de 23.4% de los diputados en la Knesset, es rehén de la alianza pactada con la ultraortodoxia religiosa y, sobre todo, de los dictados kahanistas del partido sionista religioso fascista de Bezalel Smotrich e Itamar Ben Gvir.
El desemboque previsible de años de democracia iliberal bajo Netanyahu es un proceso de fascistización galopante del bloque que lo sustenta en el poder, tanto del partido de gobierno, Likud, como de sus socios religiosos de la coalición: ambos se radicalizaron a raíz de la masacre del 7/10, y por la guerra de venganza y exterminio en Gaza. Una guerra librada en varios frentes, donde la superioridad militar aérea y de inteligencia envalentona a Israel para lanzar bravuconadas expansivas de potencia regional hegemónica. envalentonan a Israel para lanzar bravuconadas expansivas de potencia regional hegemónica.
Pero examinemos más de cerca ciertas consecuencias del prolongado estado de excepción de la democracia israelí, aún antes del 7/10, incluso en años anteriores al control total de la Knesset por la actual coalición populista.
De manera diferente a lo que ocurre en Israel, el estado de excepción permanente en países democráticos liberales es una figura legal casi inexistente. El estado de excepción, en derecho constitucional, es un régimen de excepción temporal que puede declarar el poder soberano de un país en situaciones especiales, durante una crisis o una situación extraordinaria con el fin de proteger a su ciudadanía.
Conforme el derecho constitucional, las alteraciones de la normalidad que constituyen el régimen de excepción son únicamente aquellas previstas en la Constitución. En el caso de Colombia —un país que conoce violencias prolongadas de guerra civil y desplazamientos forzados—, la emergencia, «debe ser real e inminente; debe afectar a todo el país, debe amenazar la existencia continua del Estado y/o de la sociedad organizada que lo integra. La emergencia real solo puede abordarse mediante un estado de excepción, y no mediante la gobernanza o la legislación ordinarias»[ii].
Si bien el parlamento israelí cuenta con un número considerable de mecanismos formales para supervisar al gobierno durante el estado de excepción, algunos constitucionalistas israelíes argumentan que la capacidad de los diputados para ejercer dicha supervisión se ve limitada, incluso, en tiempos normales, por la capacidad de los partidos de la coalición gobernante para disciplinar a sus miembros. Dado que el gobierno ejerce su función con la confianza de la Knesset, respaldada por los partidos que conforman la mayoría parlamentaria, la supervisión de la Knesset sobre el gobierno es muy limitada en la práctica.
Además, pese que las regulaciones emitidas por el gobierno bajo el estado de excepción se rigen por las garantías de la Knesset y la supervisión judicial, la persistencia del estado de excepción y la continua dependencia del gobierno de las regulaciones de emergencia para funciones gubernamentales importantes no han sido cuestionadas significativamente por ninguna institución del Estado israelí[iii].
Finalmente, el régimen de democracia iliberal ofrece al estado de excepción israelí el pretexto de crear una «legalidad alternativa» para justificar la no aplicación del derecho internacional humanitario en los territorios palestinos bajo ocupación cívico-militar. Por el contrario, organizaciones internacionales critican la ejecución desproporcionada por parte de Tzahal de prácticas de seguridad y medidas antiterroristas sobre la población palestina que violarían sus derechos protegidos por las obligaciones jurídicas nacionales e internacionales de Israel[iv].
Represalias anteriores al terrorismo del Hamas y la guerra de tierra arrasada actual
Ahora bien, la respuesta bélica de Israel a la masacre genocida de Hamas el 7/10 y las represalias de Tzahal, aún aquellas operaciones anteriores más letales ejecutadas en 2008 y 2014, son completamente incomparables, porque ninguna de ellas se propuso aniquilar la estructura civil, matar miles civiles como «daños colaterales» ni despoblar a gazatíes de la Franja reducida a tierra arrasada.
Así, la operación «Plomo Fundido» —27/12/2009 al 18/1/2009, en represalia al lanzamiento de cohetes por Hamas— provocó la mayor matanza de palestinos en 40 años: más de 1.300 muertos y 5.000 heridos. La operación «Margen protector» —8/7/2014 al 26/8/2014— fue la más letal hasta entonces contra Hamás en virtud, primero, del intenso fuego de aviación y la artillería naval y después terrestre, en respuesta al asesinato de tres jóvenes israelíes en Cisjordania. La incursión causó 2.251 palestinos muertos (1.462 civiles y 551 niños) frente a 67 soldados y seis civiles israelíes.
Obviamente, la guerra de venganza y de aniquilación llamada «Operación Espadas de Hierro» no es comparable a «Plomo fundido» ni a «Margen protector», pero tampoco el genocidio perpetrado por Hamas el 7/10 puede compararse con aquellos asesinatos de tres israelíes en Cisjordania y el lanzamiento de cohetes.
Indudablemente, el asesinato genocida de más de 1200 civiles y de 250 secuestrados pareciera haber decidido al gabinete israelí a lanzar no solo una guerra de venganza para liquidar el potencial militar de Hamas, sino para destruir toda posibilidad de que los palestinos logren seguir viviendo en la Franja.
La controversia para caracterizar si los más de 58 mil muertos y la destrucción de 75 % de los edificios de Gaza fueron el resultado de la intención genocida israelí o la perpetración de crímenes de guerra y/o de lesa humanidad concita desde el 7/10 la atención mundial. Muchísimo menos importa saber por qué la estrategia guerrillera del fundamentalismo islámico planeó tamaño ataque genocida, sabiendo que la población e infraestructura civiles iban a sufrir atrozmente durante la venganza de Tzahal. Por el contrario, se planificó la protección de los combatientes de Hamas y de la Jihad debajo de una inmensa red subterránea. Los 500 km de túneles tácticos y estratégicos, excavados debajo de áreas habitadas cada 50 o 100 metros en toda la Franja, fueron el resultado de una deliberada y perversa estrategia guerrillera del Hamas. Existe un consenso casi unánime entre los críticos de los crímenes de guerra de Israel, que aceptan sin reservas esta estrategia guerrillera que se desentiende del costo humano sufrido por la población civil: Yehya Sinwar estaba dispuesto a sacrificar «hasta cien mil gazatíes para liberar Palestina», una estrategia que garantizaría a Hamas una prolongada guerra de desgaste subterránea de dos años al precio de decenas de miles de vidas civiles segadas en las superficies urbanas devastadas.

No se trata de exculpar los crímenes de guerra de Israel. Pero si moralmente es abominable que la sociedad civil israelí permanezca indiferente ante la monstruosidad de los crímenes que perpetra el estado de excepción israelí en Gaza, recíprocamente, ¿por qué los críticos de Israel no condenan, asimismo, esa politización sacrificial de la guerra santa yihad del Hamas de «cuanto peor, mejor», más santificado es el shaid gazati muerto en la operación «Inundación deAl-Aqsa»? ¿O es que estaría justificado el precio sacrificial de miles de gazatíes porque coincidiría con la estrategia guerrillera de Sinwar? El estratega de la masacre del 7/10, después que Tzahal penetro a Rafah, escribió satisfecho a los jefes del ala política de Hamas que «los israelíes están exactamente donde queríamos: en el barro libanés y vietnamita»[v].
Y la imputación sobre la responsabilidad penal y moral de Israel debiera estar precedida por la siguiente pregunta : ¿cómo es posible que la guerra para vengar el genocidio del 7/10 fue transformada por Tzahal en guerra de exterminio de toda la población de Gaza, justificándola de lamentable “daño colateral,”, y atribuyendo toda la culpa solamente al Hamas?
¿Cómo fue transformada una guerra de venganza por el 7/10 en «solución final de la cuestión palestina»?
Últimamente, voces éticas israelíes denuncian una periodización de la guerra en Gaza, revelando el momento en que la guerra de venganza con crímenes de guerra se transformó en una suerte de plan de «solución final de la cuestión palestina». Dos investigadores israelíes coinciden en que la decisión de ejecutar ese plan fue tomada por el gabinete de guerra israelí al decidir violar en marzo la tregua con Hamas iniciada el 19 de enero.
La politóloga Maya Rosenfeld de la Universidad Hebrea de Jerusalén data el comienzo del siniestro plan el 2 de marzo, mediante la prohibición absoluta a la entrada de alimentos, que provocó una paralización casi total del sistema de ayuda de emergencia.
El paso siguiente a la violación del alto el fuego denunciado por Rosenfeld se dio en la noche del 18 al 19 de marzo, cuando Tzahal reanudó los bombardeos masivos en todos los centros de población de la Franja de Gaza; el efecto inmediato ha sido el desplazamiento masivo de la población y su confinamiento forzoso en una pequeña área, menos del 20 % de su territorio. El plan avanzó sádicamente mediante la Fundación Humanitaria de Gaza (GHF), que suplantó los mecanismos de coordinación de la ayuda alimenticia de las Naciones Unidas en Gaza con tres o cuatro escasos puestos de reparto de alimentos. Sus guardias y fuerzas armadas israelíes han matado a más de 600 palestinos y herido a otros 4.000 al disparar contra civiles que buscaban desesperadamente acceso a los puestos de distribución.

La indiferencia de la población israelí subleva a Maya Rosenfeld:
Hay pocos crímenes de guerra más atroces que el asesinato a tiros de soldados de un ejército de ocupación contra una multitud de personas hambrientas y asediadas que se agolpan para conseguir comida. En Israel, donde el recuerdo del Holocausto aún influye en las asociaciones de muchos de sus ciudadanos, el asesinato deliberado de una multitud derrotada, desesperada e indefensa se asocia casi automáticamente con las acciones de los nazis. A menos que los asesinos sean soldados de Tzahal y las masacres sean gazatíes cuya ciudad haya sido destruida, sus tiendas estén en llamas y sea culpa suya que quisieran llevar una hogaza de pan a sus hijos.[vi]
También el conocido historiador israelí del Holocausto y de genocidios Prof. Omer Bartov (Brown University) denuncia que la ruptura de alto el fuego por parte de Israel el 18 de marzo tuvo como objetivo «ejecutar un plan muy publicitado para concentrar a toda la población gazatí en una cuarta parte del territorio en tres zonas: la ciudad de Gaza, los campos de refugiados centrales y la costa de Mawasi, en el extremo suroccidental de la Franja». Pero a Bartov le subleva la anunciada construcción de «una «ciudad humanitaria» sobre las ruinas de la ciudad de Rafah para concentrar inicialmente a 600.000 palestinos de la zona de Mawasi, que serían abastecidos por organismos internacionales y a los que no se permitiría salir.[vii]
Su conclusión es que la construcción de esa ciudad concentracionaria y la destrucción de sus hogares y ciudades culminarán hasta tal punto que será imposible para los palestinos de Gaza mantener o reconstituir su existencia como grupo.
Bartov discute con aquellos que prefieren calificar ese plan solamente de limpieza étnica, no de genocidio. Pero el historiador de los genocidios en el siglo XX recuerda que cuando un grupo étnico no tiene adónde ir y se ve constantemente desplazado de una supuesta zona segura a otra, «bombardeado sin descanso y privado de alimentos, la limpieza étnica puede convertirse en genocidio».
Ahora bien: más allá de la polémica semántica, si es genocidio o limpieza étnica, el investigador del Holocausto exige a los israelíes una rendición de cuentas moral después del 7/10 por la devastación de Gaza.
El historiador, como ciudadano israelí, plantea un primer cuestionamiento en los siguientes términos éticos:
¿Cómo afectará al futuro de Israel la inevitable demolición de su incontestable moralidad, derivada de su nacimiento en las cenizas del Holocausto? (..). Después de haber crecido en un hogar sionista, de haber vivido la primera mitad de mi vida en Israel, de haber servido en la I.D.F. como soldado y oficial y de haber pasado la mayor parte de mi carrera investigando y escribiendo sobre los crímenes de guerra y el Holocausto, llegar a esta conclusión ha sido doloroso y me he resistido todo lo que he podido. Pero llevo un cuarto de siglo dando clases sobre genocidio. Sé reconocer uno cuando lo veo.[viii]
El académico investigador del Holocausto judío formula su segundo cuestionamiento:
Lo que me temo es que, tras el genocidio de Gaza, ya no será posible seguir enseñando e investigando el Holocausto de la misma manera que antes. Debido a que el Holocausto ha sido invocado tan implacablemente por el Estado de Israel y sus defensores como encubrimiento justificador de los crímenes de Tzahal, el estudio y el recuerdo del Holocausto podrían perder su pretensión de preocuparse por la justicia universal y retroceder al mismo gueto étnico en el que comenzó su vida al final de la Segunda Guerra Mundial.
Pero es su denuncia moral por el silencio hoy, tanto en Israel como en otros países, lo que a Bartov le resulta una imperdonable complicidad:
¿Qué consecuencias tendrá el cambio moral de Israel para la cultura de la conmemoración del Holocausto y la política de la memoria, la educación y la erudición, cuando tantos de sus líderes intelectuales y administrativos se han negado hasta ahora a asumir su responsabilidad de denunciar la inhumanidad y el genocidio dondequiera que se produzcan?[ix]
Posdata
Sorprende que el Yo acuso de Bartov respecto de cómplices del silencio israelí por los crímenes en Gaza haya omitido exceptuar a ONG de derechos humanos hebreas que sí denuncian el rechazo a poner fin a la guerra; esas mismas organizaciones habían cuestionado el autoritarismo del estado de excepción israelí y del populismo de ultraderecha.
ACRI (the Center for the Protection of the Individual, and Physicians for Human Rights), B’Tzelem, Brinking the Silence o Yesh Din son algunas de las voces de la otra Israel. Una Israel en que resuenan mensajes de esperanza y paz bíblicos que vienen desde muy lejos, ecos de la época remota del profeta Isaías; pero también de voces femeninas de concordia y convivencia de la diosa griega Eirene. Esas ONG y otras más —como Yesh Din, Nashim Ozot Shalom, Combatants for Peace – Standing Together, A Land for All— son atalayas de una nueva Sion que exige poner fin a la guerra y liberar ahora a nuestros cautivos. Son voces insufladas por las advertencias de Ezequiel, el profeta exiliado del pueblo de Israel durante su cautiverio en Babilonia, y no por las alucinaciones apocalípticas del profeta Daniel, cortesano en el séquito imperial de Nabucodonosor. El desterrado Ezequiel hizo oír voces de admonición y reprobación porque exigía justicia y juicio. Ahora son sus ONG las que exigen una paz ezequieliana, una en la que cada uno sea responsable de sus propias acciones, y sea recompensado —o castigado— según la forma en que use su albedrío para limpiar la iniquidad del alma o camuflarla.
Un ejemplo que condensa la exigencia de ajuste de cuentas moral es el comunicado de la ONG Rompiendo el silencio. Luego de denunciar el designio perverso de construir una «Ciudad humanitaria» al sur de Gaza, repudia a los responsables políticos que solo se preocupan por las
«fuertes reacciones en la comunidad internacional: Rompiendo el silencio de sus conciudadanos israelíes, les pregunta: “¿Y qué hay de las reacciones en la comunidad local? ¿Y nosotros, los israelíes? ¿Estamos dispuestos a vivir con la concentración de cientos de miles de ciudadanos contra su voluntad? ¿Con la determinación de dispararles si se niegan? ¿Estamos dispuestos a vivir con traslados forzados? ¿Con secuestrados que siguen siendo arrastrados en círculos de muerte y duelo interminables? Resistir. Cada hora y minuto del día. No debemos permitir que esto continúe. Resistir.[x]
Ahora bien, los crímenes de guerra en Gaza, y en otros territorios palestinos, están simultáneamente relacionados con la represión que sufre la ciudadanía del estado de excepción israelí. Ya en el primer año de la guerra,ACRI publicó una dramática denuncia titulada: Detener el ataque de Israel a la sociedad civil, la justicia y los derechos humanos: Un llamado a la acción
La denuncia empieza así:
Desde la horrible masacre perpetrada por Hamás el 7 de octubre y el estallido de la guerra, las violaciones de derechos humanos se han convertido en una parte indeseable de la nueva realidad(…) Está destruyendo el sistema judicial y la administración pública con el objetivo de acumular poder ilimitado; incrementando el uso de la fuerza en Cisjordania y otorgando licencia tácita para la violencia desenfrenada de los colonos; utilizando la fuerza paralimitar la libertad de expresión y protesta[xi].
Pero no es suficiente únicamente que ONG israelíes denuncien los crímenes de guerra y la negativa del gabinete político militar de parar la guerra. Ser judío y criminal de guerra no es un mero oxímoron deplorablemente escandaloso. Tampoco un estrafalario contrasentido del lenguaje. Haber sido hijo de sobrevivientes y hoy aceptar convertirse en un israelí fascista es no solo un oxímoron inmoral y una figura del lenguaje mutilada: exige al judío renunciar el apellido de sus padres y abuelos desterrados, reemplazar el lenguaje humano por otro canalla que conjugue solamente verbos de expulsión y terror.
¡Es hora de decir basta!
Judíos en Israel y en la diáspora; denunciemos, moral y políticamente, el bloqueo al suministro humanitario a millones de gazatíes hambrientos. La historia de nuestro pueblo y el legado de sus valores nos convocan, sin dilaciones, a alzar la voz para condenar la política genocida de los kahanistas fascistas del gabinete de guerra de Israel.
Si las generaciones futuras tendrán todo el derecho de interpelarnos —dónde estuvimos cuando Gaza fue arrasada y por qué no hicimos todo lo posible para evitarlo—, hoy el silencio y la inacción ya nos condena, irremisiblemente, ante la opinión pública democrática y humanista del mundo. Hoy nos condenamos moralmente nosotros mismos ante la minoría pacifista de las organizaciones de derechos humanos que luchan perseguidas en Israel por parar el belicismo fascista de los kahanistas civiles y militares.
¡No abandonemos a quienes hoy en Israel representan el auténtico legado del humanismo judío y sionista, bregando por la coexistencia de dos estados en una misma tierra para dos pueblos!
¡No abandonemos a los familiares de los rehenes, que esperan la solidaridad de todos los judíos del mundo para obligar al gobierno de Netanyahu a negociar la liberación inmediata de sus seres queridos!
¡Protestemos juntos, en Israel y en Argentina, contra el crimen fascista de desplazar a más de dos millones de palestinos en un gigantesco campamento concentracionario al sur de Gaza!
¡Osemos resistir en un frente unido judío antifascista a los planes genocidas de kahanistas criminales de guerra y de lesa humanidad!
¡Osemos! Antes que los judíos seamos marcados con el estigma de haber traicionado el «Nunca Más» de la Shoah:
¡Osemos!
[i] Astrid Barrios Lopez, «Democracia Iliberal, Populismo y Estado de Derecho», Estudio de Deutso,Vol. 70/1, enero-junio, 2022).
[ii] Eduardo Cifuentes Muñoz, «Los Estados de Excepción Constitucional en Colombia»,Ius et Praxis, 8 (1), p. 117-146.
[iii] Adam Mizock, «The Legality of The Fifty-Two Year State of Emergency in Israel», U.C. Davis Journal of International Law & Policy 7, no. 2 (2001), 236.
[iv] F. D’Allessandra, «Israel Associated Regime, Exceptionalism, Human Rights and Alternative Legality», Utrecht Journal of International and European Law, vol.30:79, 2014.
[v] Uri Misgav, «Cuando llamé a Netanyahu “destructor del Estado”, me dijeron que exageraba», Ha’aretz, 17/7/25.
[vi] Maia Rosenfeld, «De tramar batallas políticas y legales para destruir la senda hacia un estado palestino a la destrucción total de Gaza y luego Cisjordania», Ha’aretz, 10/7/25.
[vii] Omer Bartov, «Never Again», The New York Times, 15/7/25.
[viii] Omer Bartov, «Never again», op.cit.
[ix] Ibidem
[x] «Sobre “Ciudad Humanitaria” y otras palabras para ocultar la realidad», Rompiendo el silencio, 10/7/25.
[xi] «Un Año de Guerra: El colapso de la protección de los Derechos Humanos y Civiles en Israel y Cisjordania». ACRI, 7/10/2024.