Tisha B’Av secular: un viaje personal hacia la destrucción

Entre el dolor personal y el trauma colectivo, Tisha B’Av se resignifica como un espejo del presente: una mirada íntima y crítica sobre el derrumbe ético de la sociedad israelí tras el ataque de Hamas, y el desafío de volver a ver —de verdad— los rostros del sufrimiento.
Por Rodrigo «Afro» Remenik

Han pasado casi dos años desde el 7 de octubre. Recuerdo esa mañana como si fuera ayer: cómo desperté con las imágenes en la televisión, cómo pensé que no era real, cómo fui entendiendo lentamente que nuestro mundo se desplomaba. La masacre, los secuestros, el inicio de la guerra: todo lo que pensábamos que era una línea roja de repente se derrumbó bajo nuestros pies.

Incluso ahora, cuando revivo ese día una y otra vez, no tengo sensación de cierre. Solo tengo una sensación de colapso continuo. Yo, como parte de la sociedad israelí —y especialmente la secular— estoy viviendo una destrucción. No de seguridad, sino algo mucho más profundo: moral, humano, existencial.

Y precisamente sobre este trasfondo, el Tisha B’Av adquiere para mí un significado nuevo y urgente. Este día ya no se trata solo del pasado, se trata de la capacidad de dirigir la mirada hacia lo que nos está pasando aquí, ahora. Reconocer la destrucción también dentro de mí, y preguntar: ¿qué podría destruirse definitivamente si continuamos así?

Emmanuel Levinas, el filósofo judío-francés que sobrevivió al Holocausto y dedicó su vida a la cuestión de la responsabilidad moral, escribió en su libro Ética e Infinito: «El rostro del otro es el llamado a no matar.» En palabras simples: sólo si miramos el rostro del otro —incluso si es el enemigo— comenzaremos a entender qué es la moralidad. Sin el encuentro con el rostro del otro, no hay ética, no hay humanidad.

Levinas no habló de la moral como teoría. Habló de conmoción. De una mirada que sacude. De un dolor físico profundo. De una experiencia en la que de repente ves a alguien —tal vez un niño herido— y entiendes que estás conectado a eso, incluso si no lo pretendías, incluso si tienes razón, incluso si la política y la geopolítica logran justificar lo injustificable.

Y eso es lo que siento que perdí. Dentro del dolor real, justo y terrible que experimenté y experimento, perdí la mirada. Perdí el rostro. Así me siento hoy. Como si algo en mí se hubiera cerrado, endurecido, dejado de ver.

Viktor Frankl, quien también sobrevivió al Holocausto, advirtió que no hay significado en el sufrimiento si la persona se convierte en víctima o en cruel. Levinas advirtió que una persona que no ve al otro se pierde a sí misma. Y temo que eso es lo que me está pasando. Que dentro de todas las justificaciones y toda la ira, me estoy perdiendo a mí mismo.

Berl Katznelson escribió una vez sobre el Tisha B’Av que un pueblo que no recuerda sus días de luto también olvida su identidad. Creo que más que eso: entiendo que si no puedo llorar, si no puedo permanecer dentro de la fractura, tampoco podré cambiar. Y mi anhelo de cambio, de salir de esta destrucción, no comienza con un plan político o de seguridad. Comienza con la empatía.

Sé que no puede haber verdadera rehabilitación para mi alma mientras las personas secuestradas sigan sentadas en las cuevas de Hamas. Esta no es una posición política, es la prueba básica de mi capacidad de ver a otra persona. Cada día que continúo con la vida normal mientras ellos están allí, estoy practicando la indiferencia.

Y tal vez por eso cuando voy a las manifestaciones por el regreso de los secuestrados y el fin de la guerra, algo en mí se libera. Por supuesto que creo en las manifestaciones y en la resistencia civil no violenta, pero primero voy por la mirada. Porque hay un momento allí en el que veo fotos de secuestrados, escucho la voz quebrada de las familias, y de repente recuerdo qué es importar. Recuerdo cómo se ven los ojos de personas reales. Cómo se ve el dolor que no es mío.

El Tisha B’Av 2025 es un momento crítico. No es un día religioso, sino un día moral. No se trata solo de lo que se destruyó en Jerusalén hace 2000 años, sino de lo que se destruyó en Tel Aviv, en Gaza, en el kibutz Nahal Oz… y en mi alma. Es un día en el que me pregunto si soy capaz de volver a ver los rostros de otros: secuestrados, refugiados, soldados, bebés, madres que lloran en otro idioma.

Cuando pienso en esto, entiendo algo simple y aterrador: sin reconocimiento de la destrucción, no podremos hablar de paz. Pero más que eso: sin reconocimiento de la destrucción, no podremos ser seres humanos.

*El presente artículo fue publicado en hebreo por el diario israelí «Times of Israel»